Cuando la novela contemporánea se ambienta en un bosque gótico
5 octubre, 2025
El informe sobre Clara / Nochebosque. Madrid, La Huerta Grande, 2025.
Juan Carlos Chirinos ha escrito una novela de terror muy adictiva. Una novela que ata al lector a sus páginas con las ligaduras del miedo a lo desconocido, a lo primitivo y a la locura, al tiempo que lo arrastra hasta el límite de la duda, envolviéndolo en un cuento de hadas en el que lo carnal, lo irracional y lo emocional están perfectamente entrelazados y no dan pie a la indiferencia. Una novela para devorar, si esta no lo devora a uno antes.
Dominando el arte del «killing me softly literario», Chirinos se convierte en un íncubo que maneja el lenguaje proverbialmente para arrebatarnos la virginidad lectora. No hay vuelta atrás después de adentrarse en las esclarecedoras tinieblas que su narrativa nos ofrece. En Nochebosque (2011), origen de la trilogía —de la que El informe sobre Clara (2025), es precuela y, Renacen las sombras (2021), secuela—, la atmósfera se carga de erotismo y horror para hurgar en las entrañas más profundas de quien se aventure con osadía en el bosque que él describe, ¡pero no teman!, porque «en el bosque, la maldad no existe. Solo el hambre», nos dice.
Hay en la novela un gran repertorio de emociones humanas, pero sobre todo animales. Las situaciones de angustia y terror no dejan margen al sosiego. Los acontecimientos se hilvanan uno tras otro con el esmero perverso de quien te quiere contra las cuerdas de lo real y de lo verosímil, utilizando para ello la herramienta del lenguaje que el autor domina a su antojo.
Nochebosque, texto clave de cuanto les sucede a los personajes de la trilogía, sitúa a la protagonista, Paula Sorsky, en el verano en que acepta un trabajo de niñera para cuidar a Osip, un peculiar crío de once años. El relato no presenta visos de nada que pueda alterar al confiado lector, aunque desde la primera escena este no podrá descansar ni un instante; pero la tensión va en aumento y puede que, en más de una ocasión, sienta la necesidad de mirar de reojo para cerciorarse de que ha cerrado bien las tapas del libro, comprobar que ni una brizna de la oscuridad del bosque al que lo han invitado a entrar se esté filtrando a través de las páginas e invadiendo su cómoda cotidianidad. Esta es la raíz de la narrativa del miedo. Y Juan Carlos la maneja con indiscutible eficacia, con meticulosa destreza y con maleva travesura.
Expone a los personajes diseccionándolos psicológicamente con precisión, al hilo de lo que acontece, de lo que les sucede. Y una sabe, el lector sabe, que el autor no los va a dejar marchar indemnes. Osip, como un flautista de Hamelin, perturbador de la rutina y la paz, marcará el devenir de la historia y de todos los personajes que lo rodean; solo el Sr. Fenris, que no es malo, pero tampoco digno de confianza porque no es precisamente un osito de peluche tierno, cuida de él, de Osip; lo ve, lo protege e incluso lo guía por las noches mientras duerme. Ligia es la madre viuda, sin sentimientos, pero excesivamente protectora. Ausente y autoritaria, con un extraño círculo de amistades, lascivas y exageradas. Animales. Prácticamente bestiales.
La trama de Nochebosque se desarrolla en la montaña, en la residencia de Ligia, Osip y el Sr. Fenris, una casa ubicada en el frondoso bosque de San Guinefort, en un entorno aparentemente irreal que infunde temor, sobre todo en Paula. En mitad de la noche y del bosque, se aparecerá, en función de quién y cómo mire, una casita de cuento de hadas a la que los personajes llegarán con un ungüento —regalo de hadas— cubriéndoles los ojos, una sustancia que los llevará a percibir más allá de lo real. A partir de este punto de la narración el lector no sabrá cuánto es real, cuánto es fantasía de Osip, cuánto es alucinación y cuánto, a la postre, verdad. Y se restregará los ojos en busca de restos de alguna sustancia sobre la piel de los párpados.
A modo de spin of, la precuela, El informe sobre Clara, narra la vida de Clara y Aslani, los progenitores de Osip. Lo más fascinante de esta novela corta es que no parece que haya pasado tiempo entre la escritura de ambos relatos (casi quince años). Es como si la historia necesitara ser contada poseedora de constantes vitales propias (este es un libro que late) y utilizara al autor para producirse y reproducirse. La mano de Juan Carlos está, pero no se lo adivina más allá de la precisión en los términos, de cierto grado de sadismo cruel en las descripciones y de la «amoralidad» que impone la Naturaleza más pura. (Me resulta inevitable pensar a veces que, detrás del pobre Aslani, entregado a su destino, se encuentra, atrapado y víctima, el propio autor).
En Renacen las sombras, consecuencia directa de Nochebosque, que narra las secuelas de Paula Sorsky tras las experiencias vividas en el bosque, Juan Carlos le tiende una mano a Paula para resarcirla de los traumáticos acontecimientos vividos junto a Osip y que quedaron impresos en su cuerpo, en su diario rojo y en las verdes pupilas del Sr. Fenris. A fin de cuentas, todo parece que vaya a salir bien para ella en esta nueva entrega: cumple el sueño de ser chef en un pequeño local madrileño de su propiedad; también recupera el amor perdido… pero las sombras, con las que ya ha bailado, no la dejarán ir tan fácilmente. Es un cabo suelto. Y la oscuridad no va a permitir que se le escape. La intriga, que a diferencia de la venganza es ardiente, está servida. ¿Se atreven?
Hay una expresión emocional, estética y filosófica que reacciona, que reaccionó, contra el pensamiento dominante de la Ilustración para la que solo en uso de la Razón se puede llegar a obtener el conocimiento, la felicidad y la virtud. El estilo gótico, su renacimiento en la cultura, dejaría manifiesto que tan insaciable apetito de conocimiento olvidaba la idea de que el miedo podía ser también sublime y nada desdeñable a la hora de entender las emociones humanas y alcanzar un grado ulterior de conocimiento.
En los relatos propiamente góticos (siglo xviii), se da una tendencia al amor desgraciado, pasional y decadente. Al erotismo. A las emociones exaltadas de angustia, soledad, a los sentimientos enfermizos, siempre vinculados a la oscuridad. Hoy, el género de terror se desprende de gran parte del exceso de tales sentimientos (exacerbados en el Romanticismo del xix), para enfocarse en el fenómeno del miedo y la amenaza sobrenatural y en la ruptura espacio temporal con el pasado invadiendo el presente y contaminando el futuro. La forma del relato gótico se hace discontinua y enrevesada, incorporando otros relatos dentro del relato, además de mucha descripción y detalles que aportan realidad a la fantasía. Lo fantasmagórico, lo putrefacto, lo violento, lo oculto, lo maldito… siempre presente.
Juan Carlos es maestro de todo lo mencionado. Al punto de que, con la gracia de quien domina su herramienta de trabajo a la perfección, nos va dejando trampantojos en los nombres de los personajes, los títulos (Nightwood, de Djuna Barnes) y hasta en las descripciones de los escenarios (Drácula, de Bram Stoker) que «son miguitas que uno deja por si alguien las reconoce». Sus apetitos góticos están presentes para quien guste tanto como él —o como yo— del género literario de terror. En algunas entrevistas, el autor ha bromeado con los periodistas acerca del porqué de este libro, de esta serie de libros, en realidad. ¿Qué tiene que saber el lector, qué lección debe aprender de la existencia de Paula Sorsky? El humano que todos los lobos llevan dentro —dice con sarcasmo en esta interpretación libre de «el hombre es un lobo para el hombre»— es fruto de su pensamiento. Los animales tienen pensamiento —apostilla. Lo que pasa —considera— es que el mundo de los animales es un mundo extraño para nosotros pero, cuando un humano ingresa en ese mundo, puede pasar de todo.
Madrid, 1974. Es editora, escritora e ilustradora. Ha publicado "La caja y la luna", "La ranita Tocotó" y "Mani, orejas de Luna". Ilustró la edición española de "El hombre simiente", de Violette Ailhaud. Ha trabajado para el Grupo Anaya, la editorial Casariego, la SGEL y en la actualidad es editora en la Editorial La Huerta Grande, de Madrid.