El informe sobre Clara (fragmento)
1 diciembre, 2025
La editorial madrileña La Huerta Grande nos comparte un fragmento de la novela más reciente del autor hispano-venezolano Juan Carlos Chirinos, publicada en marzo de 2025. Se trata, según Patricia Romero, de «una novela de terror muy adictiva, que ata al lector a sus páginas con las ligaduras del miedo a lo desconocido, a lo primitivo y a la locura, al tiempo que lo arrastra hasta el límite de la duda…».
Se internaron en el bosque por un sendero casi borrado por la hojarasca, y si no hubiera sido por una antigua estatua de Ceres que presidía la entrada como faro de viajeros, no habrían hallado la forma de comenzar la exploración. Al conde le llamaban la atención los árboles, los arbustos, la flora, los insectos, los pájaros y los mamíferos que se dejaban ver: nunca supo si se trataba de ardillas, de nutrias extraviadas o rubicundos cerdos escapados de una granja cercana. ¿Creyó ver jabalís? La vegetación era feraz y apretada, apenas dejaba vislumbrar unos pocos metros; alrededor de ellos se levantaban los diversos verdes del follaje y el marrón uniforme de los árboles. Era agradable, pero también era temible. El conde había cometido el error de olvidar en el hotel los prismáticos Amici que hacía treinta años, uno antes de morir, el mismísimo Leopoldo II de Toscana le había regalado a su paso por Módena, y que él había metido en su equipaje, justamente para utilizarlos en esta excursión. Lamentó aún más su torpeza cuando por entre las ramas se oyó una manada de seres que emitían los chillidos más horribles. Pasaron por encima de ellos, casi rozándoles las cabezas. Bramaban, gruñían, lloraban, gritaban, bufaban, relinchaban, roncaban, ladraban, aullaban, aturdían los oídos mezclando carcajadas y alaridos, voces de ira, voces de horror y voces de duelo. «¿Monos en este bosque?», murmuró emocionado el conde.
—Es probable. Mi abuelo me contó que, siendo él un niño, se instaló en el pueblo un circo egipcio constituido solamente por simios de África y tigres de India. Se quedaron hasta la primavera.
La curiosidad que despertaban los animales resultó ser un buen negocio para los dueños; pero los tigres, acostumbrados al calor y la humedad, fueron incapaces de soportar el frío del invierno y los monos, enloquecidos por el encierro y el hambre, una noche escaparon de sus jaulas y nadie volvió a saber de ellos. Los dueños del circo se marcharon, arruinados, y desde entonces en el pueblo suponen que los primates han sobrevivido en este bosque. Esos que nos pasaron por encima puede que sean sus descendientes, aunque yo no me lo creo. Seguro que son pájaros ruidosos, de los que abundan en esta región.
—El ruido que hacen me recuerda lo que me cantaba mi abuelo antes de dormir: «¡Qué batahola! Ora se apiñan, ora se esparcen como las hojas ante la ráfaga devastadora. Si chillan estos, aquellos roznan. Si trotan unos, otros galopan. Cuál se columpia, cuál cabriola. Y un duende enano, de copa en copa, va dando brincos, y no las dobla».
—Se cuenta que en este bosque también hay enanos; quizá se trate de ellos, que regresan a sus cuevas.
—¡Y yo sin mis prismáticos para verlos!
El conde apoyó la mano en el tronco del árbol más cercano, un olivo, con tan mala suerte que aplastó la fila de hormigas que subían y bajaban con el orden oficinesco de estos bichitos que, siempre dispuestos para la ira, no dudaron en morder la extremidad intrusa que les impedía el paso. A la primera picadura, el conde apartó la mano, adolorida y embadurnada de la resina que exudan los árboles con peores intenciones. Jean-Charles lo llevó hasta un pequeño arroyo que habían dejado unos metros atrás para que se aliviara de la picadura y se quitara la resina, pero el conde, torpe, creyendo que tenía las manos limpias, se enjuagó la cara, untándose la resina que le quedaba en los ojos, que le ardieron durante mucho tiempo como si las hormigas le hubieran atacado los párpados. Esto, desde luego, no disminuyó el entusiasmo vegetal del conde; al contrario, estaba aún más resuelto a llegar hasta el otro lado del bosque porque quería saber con qué se encontraría. Jean-Charles iba detrás de él, resignado y servil.
Así transcurrió el día el conde, escudriñando los rincones y apartando la maleza que les impedía llegar hasta la ansiada frontera del bosque, él cada vez más entusiasmado y Jean-Charles, el cochero, cada vez más nervioso. El consejo de Reiner antes de salir del hotel lo perseguía como un presagio.
—¿Aquella pared blanca que se ve será la de un refugio de caza, Jean-Charles?
—No veo nada, señor conde.
—Sí, mire bien: hay una pared blanca y se adivinan las tejas rojas del techo, ¿no lo ve?
—Creo que solo es una enramada seca…
—¿Nos acercamos?
Pero el sol había completado su camino por el cielo y estaba desapareciendo. El cochero, inquieto, insistió en regresar.
—Váyase usted, si tanto miedo tiene. Yo me quedaré. ¿Qué son esos árboles tan grandes? Me parece que no los habíamos visto antes, ¿no es cierto?
—Le ruego que regresemos mañana, señor conde. El sol casi se ha ocultado, y no está bien que nos quedemos aquí.
—No se preocupe; el hotel no está lejos y yo puedo regresar a pie. Es más, quiero regresar andando y eso es lo que haré.
—¿Le parece buena idea al señor conde?
—Por supuesto, ¿qué puede pasarme en este bosque solitario? Los monos son inofensivos, estoy seguro. ¿Hay osos, acaso?
—No exactamente.
—¿Lobos?
—Hace mucho que no se ven. Pero nunca se sabe.
—Tranquilícese; solo estaré un rato más. Quiero ir a ver qué son esos árboles tan grandes. Sin mis prismáticos no los veo bien, están muy lejos. Váyase.
—¿Está seguro el señor conde?
—Sí, sí, claro; solo quiero ver ese… ¿y qué son esas luces azules?
—¿Cuáles luces?
—Esas que reverberan al fondo. No serán tus brujas, ¿no?
Jean-Charles dudó un instante, pero enseguida miró al cielo convencido de lo que iba a decir.
—No, no…, aún no ha comenzado la hora de las brujas. Esas deben de ser las que llaman luces de hadas. No son peligrosas. Solo es un fenómeno óptico muy común en esta época del año, son los últimos coletazos del sol de la primavera. Pero es mejor que regresemos al hotel, señor conde, se hace tarde y está a punto de comenzar la noche de las brujas. No conviene que nos quedemos aquí. Además, en el hotel lo estarán esperando para la cena.
Al conde siempre le había intrigado la capacidad de la gente simple para inventarles explicaciones fantásticas a los fenómenos que no comprendían.
Ficha técnica
Título: El informe sobre Clara. Nochebosque
Autor: Juan Carlos Chirinos
Editorial: La Huerta Grande
Colección: Las Hespérides: Ficción
Edición: Rústica con solapas
Páginas: 208
Fecha de publicación: Marzo, 2025
Ciudad: Madrid
ISBN: 9788418657689
Venezuela, 1967. Novelista, cuentista, biógrafo e investigador literario. Estudió Literatura en Caracas y Salamanca. Fue finalista del premio internacional de novela Rómulo Gallegos con El niño malo cuenta hasta cien y se retira (2004) y del XVII premio de la Real Academia Española con Los cielos de curumo (2019). Sus libros de cuento Leerse los gatos (1997) y Homero haciendo «zapping» (2003) merecieron los premios de la Embajada de España en Venezuela y de la Bienal Ramos Sucre, respectivamente. Ha publicado además las novelas Nochebosque (2011) y Gemelas (2013); los libros de cuento Los sordos trilingües (2011), La manzana de Nietzsche (2015) y La sonrisa de los hipopótamos (2020); y las biografías Alejandro Magno, el vivo anhelo de conocer (2004), Albert Einstein, cartas probables para Hann (2004), seleccionada por la Secretaría de Educación Pública de México para la colección Libros del Rincón; La reina de los cuatro nombres: Olimpia, madre de Alejandro Magno (2005) y Miranda, el nómada sentimental (2006). En La Huerta Grande también ha publicado el ensayo Venezuela. Biografía de un suicidio (2017). Ha hecho las ediciones críticas de la novela Percusión (Cátedra, 2022), de José Balza; y, con Carlos Sandoval, editó Textos recuperados (2024), de Teresa de la Parra, para el Instituto Cervantes; además, prologó y preparó las ediciones de Persona non grata, de Jorge Edwards, El doctor Francia, de Thomas Carlyle, y Sobre arte y estética, de José Gregorio Hernández. Es miembro correspondiente de la Academia Venezolana de la Lengua. Reside en Madrid.