Lo tenemos

6 abril, 2026

como las palabras cuando nacen al mundo
privadas del poderío y la clarividencia de la voluntad.
Jesús Gardea

Han de ser las siete, que está naciendo la luz.

El sol pinta apenas unas franjas sobre la calle. El resto permanece a la sombra, espesura intransitable. De ella provienen las pisadas de ambos soldados. Colman la banqueta. Ahí donde sólo hay hoja barrida. El viento extiende su gemido contra las caras hieráticas.

Las botas insisten sobre el pavimento. Horadan la superficie del silencio.

La luz va derramándose sobre cristales, puertas, las casas renuevan su cuerpo de concreto. Van apurados, se oye en el taconeo de las botas. La goma endurecida produce eco, con los pasos, casi mostrenco. Uniforme el andar. De lejos, desorientados los dos. Sombras distorsionadas sobre vidrios esmerilados. La firmeza en cada paso, sin embargo, dice lo opuesto: conocen su destino, aunque al ver a la primera sombra nacer de la mañana se encaminan a ella.

El de la izquierda trae un cuadernito, un bolígrafo y un walkie-talkie en bandolera; el de la derecha el cuadro. La sombra se sorprende al sentir la cercanía marcial. Por los uniformes, los gestos secos, el tono lampiño en las caras ve el oficio. No podría la sombra huir de esos ceños absolutos. El de la derecha asienta sus pies. Como asta de bandera, traza rigurosas parábolas para invertir el cuadro, para que la sombra lo vea y escuche el abaniquito del marco y el lienzo. El otro espera, bolígrafo listo.

—¿Qué ve? —pregunta enseguida.

La sombra da un paso hacia atrás. Trecho que conquistan los uniformados. Al unísono sus respiraciones, el de la derecha acerca más el cuadro. No vibra la pluma.

—¿Qué ve?

La sombra escupe al suelo. La pared y su espalda se han vuelto un mismo lecho de sudores. ¿Qué decir? Ve la inflexión de sus labios; hesitaciones le surcan ambos hemisferios del cerebro. Una respuesta rápida, descripción a lo mucho ceñida a unas cuantas palabras. Sus manos se adhieren al muro.

—No pienso repetirlo —acusa el de la pluma.

La sombra siente cómo esa rigidez le va ahuecando el pecho. Y si no es lo que desean oír… una apuesta, se convence por fin la sombra, porque se tiene que escoger entre la brevedad de las percepciones o los pareceres.

—Una visión extrañísima. Una lluvia de colores, como si el cielo se nos viniera encima —va diciendo con desconfianza en la invención que emiten sus labios—. Hay algo de nuevo en el cuadro, no se me habría ocurrido que la pintura llegara a tales niveles.

Carraspea. Frunce la voz. Sabe cuán fingida suena. Tuerce el labio. Fatiga que sople el plexo solar. Intenta a toda costa que no se le cole el temor en las palabras. De nuevo la saliva. No fluye pareja. Emplea sus palabras más recónditas, las que nunca creyó usar, para hacerles entender a los dos hombres de uniforme lo que cree ver.

El de la izquierda garabatea con la pluma. El otro una estatua de barro al sol. Endurecido. El sol empuja el aire; del edificio que los estaba cubriendo poco a poco se asoma: descubre las facciones crispadas de la sombra, sus ojos húmedos y rutilantes como charcos al alba cuando llueve de noche.

El que anota cierra el cuaderno.

Resuena otra vez el ímpetu de las botas. Vuelven a la esquina de la que salieron, un cuadro de luz desde el cual miran el portón del edificio por fin iluminado. Ya no está ahí la sombra. Ven una mujer que baja de las escaleras con un carromato a escala.

Cuando están a su lado repiten los aspavientos. La mujer se contrae. Al principio deja caer el carromato. También contra la pared. La luz del sol le impide ver las caras. Como lámpara de interrogatorio. Encandiladas las pupilas, oye la brasa en su garganta suspirar. Tose. El de la pluma reitera.

—¿Qué ve?

La mujer apenas ha visto el cuadro. Oro tórrido le escurre al lienzo.

—No pienso repetir la pregunta, señora.

Parpadea detrás de sus anteojos, la mujer. Piensa protestar, pero con esos uniformes sabe que puede ocurrir cualquier cosa. Lo ha visto en las noticias. El sol y los uniformes, un solo tósigo a esta hora de la mañana.

El día va iniciando y ya siente el cansancio de las horas por venir.

¿Qué hacer para librarse de ambos hombres?

—Es un milagro. Una verdad hecha al óleo. Algo que se acerca a la felicidad, puede ser, en esa familia del cuadro. Creo que la pintura quiere decirnos que todo estará bien, que siempre se puede mejorar, ¿no? —Ni ella misma sabe qué decir. No la convence. Piensa en el tesoro de la luz, que la ciega, le llena de incendios el vello sobre la piel. Una mordida caliente, aunque en realidad vaya diciendo las palabras más conmovedoras que le atraviesan la cabeza. No sabe si complace a los hombres. Quiere hacerse a un lado, aunque sea para ver cómo son quienes la asedian con semejante cuestionario.

Oye hojas de papel plegarse. Luego un retroceso de botas. Nadie le agradece.

Mediodía deja caer su daga vertical sobre las cabezas de los hombres. Poca afluencia, al menos, de modo que de las diez gentes vistas ninguna se les ha ido sin abrir el pico.

—Pesa el cuadro, Ignacio.

—Falta poco. Cubierta la cuadra, nos vamos.

—Este edificio, abandonado, Ignacio. El otro, ¿cuántos ocupantes tendrá?

—Estimo unos veinte, Lautaro.

—Llevamos diez apenas.

—Esperamos.

Se están asoleando, se les marchita la piel de tanto verla:

—El sol vuelve más pesadas las cosas, Ignacio.

—Bueno, Lautaro. Vamos.

—¿Lo cargas?

—No.

En casi todos los pisos, respuestas parecidas.

Todas las anota Ignacio en su libreta. Lautaro no vuelve a quejarse. Tiene la espalda encorvada, cada peldaño un esfuerzo adicional por mantener equilibrado el cuadro. En la escalera aprovecha un rellano para que Ignacio reporte por el walkie-talkie su progreso. Mientras no ve Ignacio, Lautaro se seca las manos en el pantalón. Se desbalancea el cuadro.

A los vecinos, en su mayoría ancianos, se les desorbitan los ojos ante los uniformados. Uno intenta protestar, pero Ignacio pone a la vista el walkie-talkie y, debajo, un par de esposas cuelgan plateadas. El hombre viejo recula, subiendo las manos como si el amago de arrestarlo fuese en realidad un encañonar de revólver. Los hombres se meten al departamento, pese al enfado del viejo. Lo obligan a sentarse en el comedor. Lautaro deja caer el marco sobre la superficie de madera. Ignacio se acuclilla a la altura del anciano y repite la pregunta.

De la rabia ahora sólo le queda rojez en las canas. Le tiemblan los labios, todo lo que ha visto en las noticias se le vuelve patente de inmediato. Lenifica la sorpresa aquella privada resolución. Las manos en la mesa, aguarda de nuevo la pregunta. El viejo recuerda que lo ha discutido en la tienda de la esquina, con los demás inquilinos, después de que a cada uno de los habitantes se le distribuye su despensa correspondiente. Discusión sobre cómo algunos conocidos no han vuelto por alebrestarse ante los uniformados. Todo eso se comparte sobre la calle. Ninguno de los vecinos sabe después qué decir, así que se diseminan en la tarde y dejan que el sol incinere sus sombras.

Ahora están aquí enfrente el cuadro, la amenaza del bolígrafo, las facciones céreas que entreabren sus labios en muecas petrificadas.

—¿Qué ve?

El viejo mira hacia arriba a Ignacio:

—Veo lo que usted quiere que mire.

Ignacio y Lautaro se miran.

El sonido del radio mina la quietud del departamento.

En el último piso sólo hay una puerta. La tocan. Dentro un tráfago de pasos y moblaje arrastrado. Rechinan las tablas hasta que, detrás de la hoja y la mirilla, se presiente el peso de alguien. Abre la puerta con cadena.

—¿Sí? —pregunta un hombre.

—Venimos a hacerle una pregunta —dice Ignacio.

Lautaro asiente.

—Claro, faltaba más —dice el hombre al otro lado.

El departamento es amplio como bodega. Las ventanas tienen una vista ordenada del edificio de enfrente. Así, desde arriba, parece un conjunto de huesos: deshabitado hasta por la carroña. En el piso hay manchitas rojas, verdes, sobre todo blancas. Un ardor químico invade las narices de los uniformados. En las paredes ninguna desnudez. Alcatraces, jarrones, hogazas de pan mordidas entre cuchillos y copas semivacías con vino, paisajes urbanos, el edificio abandonado que se ve por la ventana. Cuadros. Decenas y decenas de cuadros.

Si se aventurasen por el pasillo hacia donde, presumiblemente, está la recámara, hallarían otra pinacoteca. En medio de la sala, una enorme sábana extendida a los pies de un caballete, donde un lienzo les da su espalda de cruces. Sobre un banco, la paleta, sus óleos.

El dueño del piso mira a los hombres. Se le ha apagado el recibimiento. Sabe que miran las pinturas. Quizá los ha dejado pasar porque uno de ellos carga precisamente una.

Pero el más alto, a su parecer, se desliza hasta su lado y le pregunta qué ve. El otro voltea el cuadro, mostrando un paisaje común que enseguida abate al pintor. Había creído que vería algo más que una obra sencilla, pero en verdad que no hace mucho por ocultar su decepción, pues el alto le pregunta si todo está bien:

—Claro, sí, es que pensé…

—¿Qué ve, entonces?

El pintor no titubea:

—Pues, veo una montaña al fondo, que colorea una tarde entre malva y anaranjada. Hay parvadas y debajo se extiende un bosque de coníferas que hasta me produce ganas de meterme en esa cabaña iluminada por, lo que me imagino, debe ser un fuego calentado por uno de los miembros de esa familia que juega frente a la cabaña y corre al lago donde se ha diluido la turquesa para dar lugar a oscuridades más palpables. ¿Voy bien?

Ignacio ha apuntado todo. Lautaro clava su mirada en el pintor. Aflora en su semblante una expresión distinta a ese ceño adusto.

—Tendrá que acompañarnos.

—¿Perdón?

Ignacio sujeta el brazo del pintor. Éste lo mira atemorizado, como si al tacto lo quemara. Siente que lo aprieta. Lautaro sale primero por la puerta. Detrás van el pintor e Ignacio.

—Exijo un abogado, tengo derechos…

—Lo tendrá, lo tendrá… —y le apresta una zancadilla en la pierna.

El pintor gimotea, alcanza a aferrarse del caballete que se viene abajo con él. El lienzo aterriza con paleta y frasquitos de óleos; se mancha el paisaje que el pintor producía. Ignacio no lo suelta.

De su cintura extrae las esposas. Lautaro presencia la escena sin inmutarse, el cuadro ladeado contra la pared. Lo arrastran hasta el pasillo. Un vecino asoma la cabeza desde el quicio de su puerta, pero inmediatamente vuelve a meterla en cuanto ve lo que sucede. Ignacio le ordena a Lautaro que vaya a tocar a esa puerta.

El pintor se retuerce, babea. Apenas sus palabras una ristra húmeda de sílabas.

Ignacio se ha despeinado. El sudor le cuece la frente. Del mismo sitio donde colgaban las esposas destraba de su soporte el walkie-talkie.

Su aliento jadea a unos centímetros de la bocina.

—Lo tenemos.

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México, 2000. Es narrador. Su obra ha sido premiada por el Concurso de Cuento “Ignacio Padilla” y el Premio Nacional al Estudiante Universitario “Luis Arturo Ramos”. Es autor de dos libros de cuentos: Los párpados (Editorial Eleusis, 2024) y Hombres ridículos, actos miopes (Herring Publishers, 2025). Instagram: @el_licantropo_ilustrado