Reflexiones del reflejo
6 abril, 2026
Un niño pequeño en Ontario se detiene frente a un espejo y reacciona con asombro ante su propio reflejo. Esta escena personal sirve de metáfora para Paul Haase, quien en este ensayo reflexiona sobre una de las ficciones más antiguas de la humanidad: creer que el reflejo que devuelve el espejo fija quiénes somos. Pensando junto a Lacan, quien considera el espejo el primer escenario del yo, así como con referencias a Borges, Foucault y Nietzsche, Paul le propone al lector habitar con mayor honestidad el espacio entre lo que vemos y aquello que somos.
Hace unas semanas estuve visitando a una amiga en Forest, un pueblo de Ontario que uno puede recorrer entero en una tarde sin proponérselo. Mi amiga tiene cinco hijos, el menor de apenas unos meses. Después de desayunar, y como parte de su diversión cotidiana, los niños más grandes agarraron un espejo y se lo pusieron enfrente al bebé, que es algo que hacen seguido, según me contó la madre, porque les fascina la reacción. Capturan emocionados con la cámara del teléfono de su madre la forma en que el bebé se queda paralizado mirando la imagen, sin parpadear, con una atención que no le dedica a nada más, como si estuviera frente a algo que no termina de clasificar. Yo los miraba hacer esto, a los niños riéndose y al bebé inmóvil frente al espejo, y me acordé de Lacan. Me acordé del texto que le dedica exactamente a ese momento, al instante en que un niño se ve en un espejo por primera vez. Lo que Lacan describe en ese texto me parecía, ahí en la sala de mi amiga, menos una teoría psicoanalítica y más una descripción casi literal de lo que estaba pasando frente a mí. Todo esto me quedó dando vueltas durante los días que pasé en Forest, y lo que sigue no es más que el resultado de eso, Lacan filtrado por la experiencia con el bebé de mi amiga y por el agua de Hickory Creek, una paráfrasis probablemente involuntaria de lo que él ya dijo hace décadas en un vocabulario que yo no domino.
El bebé de mi amiga tiene seis meses, y hasta ese momento en que sus hermanos le ponen el espejo enfrente, su existencia ha sido una sucesión de sensaciones sin contorno, hambre, calor, el peso de su propio cuerpo que todavía no sabe manejar, la voz de su madre. No sabe dónde termina él y dónde empieza el mundo porque esa distinción no existe todavía, no ha sido producida, y digo producida y no descubierta porque lo que va a pasar frente al espejo es una fabricación. El bebé ve un rostro y no sabe que es el suyo. Lo mira con la misma curiosidad con que mira la cara de sus hermanos que se asoman por detrás del espejo muertos de risa, y durante un instante que no podemos medir ese rostro es simplemente otro objeto en un mundo lleno de objetos. Pero luego algo ocurre, algo que tal vez sea lo más decisivo que le haya ocurrido jamás a la especie, y es que el bebé entiende, o mejor dicho, siente, o mejor dicho padece, que ese rostro es el suyo. Que eso que ve es él. Que existe una correspondencia entre lo que siente desde adentro y lo que aparece ahí afuera, en esa superficie plana que le devuelve una imagen completa, cerrada, coherente, una figura con límites precisos donde antes no había más que dispersión.
El nacimiento de la conciencia, si es que la conciencia tiene algo así como un nacimiento y no es más bien un proceso gradual que por conveniencia narrativa comprimimos en un instante, ocurre frente a un espejo. Ocurre cuando alguien se ve desde afuera por primera vez y descubre, con esa euforia que Lacan describió como «jubilation» y que yo vi en la sala de mi amiga, que es algo visible, algo que tiene forma, algo que puede ser mirado. La conciencia nace de una imagen, de una representación, de algo que por definición no coincide con aquello que representa, y por lo tanto nace de un vacío, de una fisura entre el cuerpo que siente y la figura que aparece, una fisura que resulta ser la condición misma de la conciencia, lo que la hace posible y al mismo tiempo lo que la hace imposible de completar. En el momento en que te ves, te desdoblas. Ya no eres uno, eres dos, el que mira y el que es mirado, el cuerpo que pesa y la imagen que flota, y entre esos dos hay un hueco que no se llena con nada porque es constitutivo, porque la conciencia es exactamente la experiencia de ese hueco.
El espejo le entrega al bebé una totalidad, un cuerpo entero donde antes había fragmentación pura, lo que Lacan llamó el cuerpo despedazado, y esa expresión que suena tan dramática es una descripción bastante precisa de lo que se siente antes de tener una imagen de uno mismo, cuando nada se sostiene, nada encaja, todo es parcial y discontinuo. Los hermanos del bebé, que ya hace mucho pasaron por su propio encuentro con el espejo y lo olvidaron como se olvidan todas las cosas fundacionales, le ofrecen al menor sin saberlo exactamente eso, una ficción de completud, una mentira en forma de reflejo. Y el bebé acepta la oferta con una fe que nunca más tendrá hacia ninguna otra cosa, una fe anterior a toda duda, anterior incluso a la posibilidad de no creer. A partir de esa fe inaugural en una imagen que no es él pero que él adopta como si fuera él, comienza la larga historia de lo que llamamos identidad, que consiste en el esfuerzo sostenido, interminable, siempre fracasado, de parecerse a la propia imagen, de alcanzar en la vida la unidad que el espejo nos prometió. La conciencia termina siendo un subproducto de esa promesa, un efecto secundario del hecho de que existan superficies capaces de devolver imágenes, y la pregunta que importa es si el medio reflectante determina en alguna medida la naturaleza del reflejo y, con ella, la naturaleza de la conciencia que ese reflejo produce.
Esa tarde salimos a caminar por Hickory Creek, y en un recodo del sendero donde el agua se aquieta y se vuelve casi transparente me quedé mirando mi propio reflejo en la superficie. Los niños tiraban piedras más adelante y cada piedra que caía deformaba el agua y con ella mi cara, y mientras los veía se me ocurrió algo que probablemente sea obvio, pero que en ese momento me pareció importante. Antes del espejo pulido, los seres humanos se veían en el agua, o en algún metal, o en los ojos de otro, en superficies que no se quedaban quietas, y que el agua en particular no se comporta como un espejo. Se ondula con el viento, se rompe con una piedra, se deforma con la más mínima perturbación. Si uno se acerca demasiado, la imagen se disuelve.
Narciso aprendió esto de la peor manera posible, enamorándose de un rostro que solo existía a condición de que él mantuviera la distancia, un rostro que la superficie producía y que la superficie destruía en cuanto alguien intentaba cruzarla. Narciso no murió de vanidad, como suele decirse con esa ligereza con que se resumen los mitos para que quepan en una moraleja. Murió de la imposibilidad estructural de coincidir con la propia imagen.
En Hickory Creek, con los niños tirando piedras y mi reflejo haciéndose pedazos cada tres segundos, la diferencia entre el agua y el espejo se volvía obvia. El agua le decía al ser humano que su imagen dependía de circunstancias que no controlaba, del viento, de la luz, del estado del mundo. Que su forma no era definitiva. El espejo, en cambio, fijó esa imagen, la volvió permanente. La identidad estable, esa noción que fundamenta todo lo demás, desde el derecho de propiedad hasta la responsabilidad moral, es en alguna medida un producto tecnológico, un efecto de la invención de superficies lo suficientemente inmóviles como para devolver una imagen que no cambia. El espejo nos mintió tan bien que olvidamos que era una mentira. Nos dio un contorno y creímos que el contorno era real. Y sobre esa creencia construimos todo lo que después llamaríamos civilización, el retrato, la fotografía, el selfie, esa sucesión interminable de intentos de fijar en una imagen algo que por naturaleza no se deja fijar. Yo miraba el agua y veía algo que se me parecía sin ser yo, algo que tenía mis rasgos pero deshechos, reorganizados por la corriente, y pensaba que esa imagen deshecha era probablemente más honesta que la que me esperaba en el espejo del baño de mi amiga.
Esta inquietud sobre el espejo, la superficie y el vacío que producen no es nueva ni es mía. Borges escribió que los espejos son monstruosos porque multiplican, porque crean duplicados hechos de pura superficie, de pura luz organizada, y la formulación tiene algo de gnóstico, de quien sospecha que el universo visible es ya un error y que cualquier duplicación del error lo agrava. Pero lo que Borges identificó como multiplicación enmascara algo todavía más inquietante, que es la inversión, la mano derecha que se vuelve izquierda, la diferencia que se disfraza de semejanza, y tal vez sea esa la trampa más profunda de toda representación, que no consiste en ser distinta de lo que representa sino en ser casi idéntica, tan parecida que la distorsión se naturaliza. Foucault llegó a algo parecido por una vía completamente distinta, analizando Las Meninas de Velázquez, donde un espejito al fondo del cuadro revela que en el centro de toda representación hay siempre un vacío, la ausencia de aquello que la hace posible, porque el que mira no puede habitar lo que mira. Y Nietzsche, que llegó antes que ambos, cuestionó la premisa misma sobre la que descansa toda la angustia frente al espejo, la premisa de que detrás de la imagen hay algo más verdadero. Los griegos, admiraba Nietzsche, habían sabido quedarse en la superficie, en la piel. Eran superficiales por profundidad, escribió, y lo que parece una paradoja es una descripción exacta de lo que significa entender que no hay fondo, que la profundidad es un efecto óptico producido por la superposición de superficies. Borges vio la multiplicación, Foucault vio el vacío, Nietzsche vio que detrás de ese vacío no había nada que encontrar, y la tentación de buscar un fundamento sobre el cual apoyar toda la arquitectura de las representaciones termina siendo otra ficción, otra imagen que se pretende más real que las demás y que está hecha de la misma sustancia, luz devuelta por una superficie.
Esa noche cuando los niños ya se habían dormido, le conté a mi amiga lo que había estado pensando toda la tarde, lo del espejo y el bebé y el agua y Lacan, y ella me miró con esa expresión que tienen las madres cuando alguien sin hijos les explica algo sobre la infancia, una mezcla de paciencia y de diversión que no intentaba disimular. Me dijo que los niños le ponían el espejo al bebé porque les parecía gracioso, nada más, y que yo estaba buscándole cinco patas al gato. Probablemente tenía razón. Pero sigo necio en pensar que cada vez que nos miramos en un espejo verificamos un pacto que no firmamos, renovamos una fe que no elegimos, confirmamos una identidad que el espejo inventó y que nosotros mantenemos con la misma obstinación con que se mantienen todas las ficciones necesarias. El mecanismo funciona igual, con o sin Lacan, con o sin un tipo sentado en un pueblo de Ontario pensando en espejos mientras los niños se divierten.
Al día siguiente, antes de irme, cargué al bebé y lo llevé al espejo del pasillo. Quería verlo otra vez, el momento, la reacción. Lo sostuve frente al vidrio y ahí estábamos los dos, él y yo, y nuestros dos reflejos mirándonos desde el otro lado, y el bebé se quedó inmóvil como la vez anterior, con esa seriedad que todavía no sabe fingir, y yo me vi a mí mismo sosteniéndolo y me pregunté cuántas veces habré vuelto a creer lo que el espejo me decía sin darme cuenta de que estaba creyendo algo, y cuánto de lo que llamo mi identidad no será más que la insistencia de esa primera mentira repitiéndose cada mañana. Un bebé se mira en un espejo y ve un rostro que no reconoce y luego lo reconoce y en ese reconocimiento, que es también un desconocimiento porque lo que reconoce es una ficción, nace todo lo que después será pensamiento, lenguaje, identidad, cultura, historia. Nace de un vacío que se abre entre el cuerpo y su imagen y que no se cierra nunca, y lo que llamamos vida consciente resulta ser el intento sostenido, siempre insuficiente, de habitar ese vacío sin llenarlo. El bebé se dio vuelta y me miró, y yo no supe decir qué era lo que había pasado, si algo había pasado, o si lo que yo había visto en esos ojos era simplemente lo que yo quería ver, que al final es lo único que los espejos saben hacer.
Bibliografía
Borges, Jorge Luis. “Los espejos.” El hacedor, Emecé, 1960.
Borges, Jorge Luis. “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius.” Ficciones, Sur, 1956.
Foucault, Michel. Las palabras y las cosas: una arqueología de las ciencias humanas. Traducido por Elsa Cecilia Frost, Siglo XXI, 1968.
Lacan, Jacques. “El estadio del espejo como formador de la función del yo tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica.” Escritos 1, traducido por Tomás Segovia, Siglo XXI, 2009, pp. 84-89.
Nietzsche, Friedrich. El crepúsculo de los ídolos, o cómo se filosofa con el martillo. Traducido por Andrés Sánchez Pascual, Alianza, 1973.
Nietzsche, Friedrich. La gaya ciencia. Traducido por Charo Greco y Ger Groot, Akal, 2001.
Ovid, 43 B.C.-17 or 18 A.D., and Tarrant, R. J. (Richard John). P. Ovidi Nasonis Metamorphoses. Oxford University Press, 2004.
Guatemala, 1982. Cineasta, poeta e investigador. Curioso de las formas de la expresión audiovisual en el Istmo centroamericano. Es autor de Entre Laureles y Conquistadores (Metáfora editores, 2024), Des-sombra (Editorial Palo de Hormigo, 2004) y Muy Íntimo (F&G Editores, 2002). También es director de varios cortometrajes, entre ellos El camino es así (2023), Tiburón Rabioso (2022) y Síntomas (2021), ganador del festival Aguacatón de Oro, edición VIII.