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Grietas

6 abril, 2026

Presentamos tres relatos del autor haitiano Jhak Valcourt, pertenecientes a su libro Grietas (Santo Domingo: Luna Insomne, 2022).


Caníbal

—¿Qué es todo esto? —les pregunto a los chicos.

—Estamos tratando de asustar a ese guaraguao para salvar a la paloma —contestan.

—¿Qué paloma?

—¿Tú estás ciego? Mírala ahí.

Miro hacia el bosque, hacia donde tiran las piedras. ¡Pobre palomita! Qué cansada se ve. Tiene el cuello y las alas todos rojos, como si le hubieran echado ketchup, y aunque débil, mantiene todavía el vuelo: «su única defensa propia», diría Pedro. Son frases que él aprende de su tío, quien es abogado.

El guaraguao le entra el pico y las garras en el cuerpo, una y otra vez. Trata de agarrarla, pero la paloma no se deja. Es una escena triste. Si uno observa la paloma, se diría que daría lo que fuera para salvarse el pellejo; y si se mira al guaraguao, llevarse a la paloma parece ser tarea de vida o muerte y por eso, quizá, le clava el pico con esa ferocidad. Eso me hace pensar en mi madre, a quien todos en la aldea acusan de zoantropía. «Es por ser la nieta predilecta de Bodot», me dicen mis hermanas cada vez que les pregunto por qué la llaman así. Tampoco me dicen nada cuando pregunto por mi padre. Mantienen cosidos los labios y se me quedan mirando como si fuese un tema prohibido, o como si ninguna de ellas llegase a conocerlo. Pero como en las aldeas la verdad no tiene escondites, se rumorea que se fue de la casa porque una madrugada encontró a mi madre despedazando un conejo vivo, con los dientes. ¡Historias que se cuentan!, porque nadie más la vio. Cuando eso, yo todavía usaba pañales, me dicen. Pero son cosas que no me creo, desde luego. Y son cosas que nunca mencionan en casa, por lo que uno no sabe exactamente en qué creer y en qué no.

De mi bisabuela Bodot (no llegué a conocerla) son muchas las historias de terror que se cuentan. Se dice que mi madre es tan rara como ella. La única diferencia es que practica sus rituales no como su abuela lo hacía, al menos no públicamente. En la casa tiene un cuarto, que le dicen un santuario o altar al que tenemos prohibido el paso. Creo que allí es donde se esconde para pensar, o para que no la veamos llorar, aunque al salir nunca es la misma que entró. Es como el cuerpo de mi mamá, pero con otra persona dentro.

No sé si por impulso o por compasión, tomo también unas piedras y empiezo a tirarlas al guaraguao. Aunque la desesperación con la que trata de llevarse a la paloma es entristecedora, pienso también en la posibilidad de que, quizá, la paloma tenga crías que la esperan, que esperan que su mamá les traiga de comer; y que, además, abundan otras cosas en el bosque que el guaraguao puede cazar: un ratón, por ejemplo, o una culebra, que son animales que hacen daño y destruyen.

Tiramos y tiramos, pero es difícil alcanzarlo, porque hay que tirar de un modo que no le demos a la paloma, y es casi imposible por la distancia que los separa. «¡Nunca le quiten su presa a un depredador!», nos recuerda siempre mi madre, con cara severa y mirándonos fijo a los ojos, como si fuese una enseñanza crucial, vital, «porque no saben el hambre que pueden tener sus crías». Quizá por eso me siento tan triste, tan culpable y desobediente y no estoy resuelto del todo, como los chicos, a apuntar bien al guaraguao.

Suelo escuchar a escondidas a mis hermanas quejarse entre ellas, diciendo que desde que papi se fue, las cosas en la casa se pusieron más difíciles; que ya no se come como antes, aunque ahora comemos más carne que nunca. Pero yo digo que uno no solo vive de carne. Además, eso provoca que en la aldea nos llamen caníbales, y hace que a veces quiera odiar a mi madre, que nunca cocina otra cosa que no sea carne, como si tuviera una fábrica; odiar a mi padre que nunca regresa y a mis hermanas que se tragan sus enojos y rencores sin nunca decir nada. No tengo tanta capacidad de resignación, pero mis palabras en la casa no cuentan. Y encima de eso, a veces miran a mi madre como si le tuviesen pena, nunca como si le temiesen. Eso enciende mi rabia, me provoca tomar una piedra y apuntar bien al guaraguao.

—Pero ¡idiota!, ¡caníbal!, ¿Qué has hecho? Le diste a la paloma —me gritan los chicos.

—Lo siento, no fue mi intención —me disculpo, casi llorando. Pero ya es tarde. Está hecho. La paloma, ahogándose en un chorro de sangre que corre por su pico, agoniza en el suelo, estira las patas, las alas, y se mueve como pez fuera del agua. 

—Solo quise ayudar —les digo a los chicos al tiempo que, en mi interior, doy gracias a Dios porque mami no está, pues si no, me habría entrado a palo por desobedecer su principio.

—¡Miren! —exclama Paquito—, el guaraguao no se ha ido. Parece enfurecido.

Miro hacia donde Paquito dirige su dedo huesudo, como una ramita seca. Allí está, de pie, encima de la rama más bajita del roble, inflándose las plumas, ensanchándose el pecho de ira como si quisiera abalanzarse sobre nosotros, o como si la paloma fuese la única presa en el mundo. Ora mira a la paloma ya muerta en el piso, ora nos mira, furioso, especialmente a mí.

—¡Matémoslo!, ¡matémoslo! —gritan los chicos.

Yo estoy paralizado. Siento cómo se me sale el corazón por las narices, cómo me tiemblan los miembros y se me van cayendo de las manos las piedras una tras otra. Miro al ave, que me observa con ojos tristísimos y a la vez furiosos. Los chicos recogen más piedras y se lanzan en su búsqueda. Vuela más alto, más lejos, y de repente se esfuma detrás de los follajes del bosque. Perplejo, me siento en el piso, respiro despacio para retomar el aliento. Intento esconder mi temor para que los chicos no me llamen cobarde. Luego, me levanto despacio y, sin que se den cuenta, camino hacia mi casa. Un rumor de gases en mi estómago me hace pensar en los asados de mamá. A lo mejor, sí, somos caníbales; porque lo primero que siempre viene a mi mente desde que mi estómago empieza a chillar es carne. Llego y la tristeza en las caras de mis hermanas me sorprende. En el zaguán, Mami está tumbada sobre su silla de guano, pensativa, las manos debajo del mentón. No hay ni rastro de ese olor que, a esta hora, siempre invade la casa y que desde lejos empieza a quitarme el hambre de la barriga.

—Pero…

—¡Ni una palabra! —oigo la voz furiosa de mi madre, que me asusta—. Y juro por Dios que si te escucho quejarte de hambre esta noche, te estrangulo.


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Fragmentos

Ahora que le confirmaste que aquel recuerdo asiduo no fue un sueño fragmentado ni una historia casualmente escuchada en su infancia (bajo el naranjo) en alguna noche de cric crac1, sino la suya propia, se sintió un espejo craquelado, cuya imagen jamás volvería a ser normal. Entonces cargaste con la culpa y mira dónde nos ha llevado el peso.

Desde antes de que ella te lo mencionara, tú también, dolorosamente, pensabas en ello. «Me atormenta el recuerdo de un sueño. Me viene en pedazos», te dijo. Aquel día lloraste desconsolado, primero por dentro y luego por fuera. Ella no comprendió, pero algo sospechó. «No me dirás que tienes también este recuerdo, ¿o sí?», tu mirada se lo confirmó. Y fue un sí triste, abrumador. También llevabas años bocetando una estrategia perfecta para contárselo; pero el dolor, la vergüenza y la falta de valor nunca te lo permitieron.

Con la esperanza de que el tiempo y la distancia inhumaran aquella parte de tu vida, te marchaste de casa, lejos de ella. Pero fue inútil. La mente no olvida. Y lo peor fue que más de quince años después, además de que sobrevivían, hiriéndote, restos de los hechos como piezas inconexas de un puzzle encontradas a lo largo de un camino (tu camino), volviste para encontrarla llevando una vida de prostituta; y el reencuentro, que debería ser una fiesta, solo fue culpa y remordimiento y te martirizaste creyendo que si en vez de vituperación ella encontraba amor, que nadie le proporcionó, pudiera haber tenido, quizá, una vida distinta. ¿Y acaso era tarde?

Ella recordaba menos que tú, desde luego. Además, ¿qué tanto puede alguien retener de los recuerdos a los cinco años? Pero tú tenías siete. Por eso tu dolor fue mayor.

—Lo lamento tanto, hermana —el llanto te quemaba los ojos.

—Solo éramos niños —te susurró entre hipos, la voz llena de lágrimas—. ¿Qué sabíamos? La culpa es de mami y papi.

—Ellos nunca fueron modelos a seguir, lo sé. Pero mami solo quería lo mejor para nosotros.

—¡Lo mejor!, ¿dejar a dos niños con ese…? Ahora sé por qué siempre la he odiado.

—No pienses así, hermana. ¿Cómo sabía mami que aquello ocurriría? Solo tenía veintiuno. Muy ingenua todavía, y papi, demasiado irresponsable.

Dialogando sobre los hechos, los trozos que recordabas iban completando los de ella y viceversa. Pudiste haberle mentido, sorberte las lágrimas y dejarla con la equivocación, decirle que era tan solo un cuento que alguien les contó, de niños. Pero no, habías regresado para decírselo, para librarte del peso de una vez por todas. Lo habías contado a cada chica en cada una de tus relaciones. Confesarlo podría sanarte, te había dicho el psicólogo, pero debías confesárselo a ella y así tener la oportunidad del perdón. Sin embargo, nunca te imaginaste que la ibas a encontrar empantanándose en esa vida que llevaba, y el golpe fue brutal. Por eso su presencia te recordó todo como si fuese ayer: mamá, comerciante, se levantaba de madrugada y nos preparaba para la escuela. Salía con nosotros y no volvíamos a verla hasta la noche. Papá, taxista y mujeriego por excelencia, era casi invisible. Salía cuando aún dormíamos. Pasaba a recogernos a la escuela. Volvía al trabajo y regresaba a casa cuando ya dormíamos o no regresaba. Mamá lo velaba casi todas las noches. A él no le gustaba. Por eso a veces le pegaba. Ella, sumisa como todas las madres, o como todas las madres-ama-de-casa, o como todas las madres-sirvientas… (como la quieran llamar, no importa el nombre con el que se etiquete), aguantaba. Amaba a su esposo y era lo que valía. Trataba de ser una mujer ejemplar, al menos para su hija. Por eso recibía los golpes y las injurias en silencio, con coraje de haitianos.

Al regresar del colegio, el vecino era quien nos vigilaba. Jugaba con hermanita en la cama. La estrechaba. Su lenguaje de amor, quizá, era el toque físico, pero ella no entendía de esas cosas: como nadie en la casa la abrazaba, le venía bien el cariño del vecino, quien le enseñaba a contar con los dedos, no del uno al diez, sino del dedo más chico al más grueso. Hermanita se retorcía. Duele, decía, mientras jugaba con la Barbie que el vecino le había regalado. Dudo que el vecino leyera a Ojeda, porque nunca nos la mencionó, pero creo que siempre elogiaba a su Bagheera por haber hecho un trabajo extraordinario: hermanita nunca se desmayaba, y siempre estaba lista para el día siguiente.

—No hay nada que una mujer no resista —te explicaba el vecino, satisfecho—, y una mujer es mujer desde que sale de la placenta.

Tú vivías en otro mundo. Pero no por ello el vecino te ignoraba: eras el puente que le permitía el acceso a hermanita, y para asegurarse de que no lo delataras a sus espaldas, te obligaba, bajo amenazas de contar tus mínimas travesuras a mamá, a ser parte de sus juegos con hermanita en la cama. No tenías opción y hacías lo que se te pedía. A mamá le teníamos miedo. Como ella no quería que sus hijos heredaran su suerte, aplicaba medidas extremistas…

—¡Cuánto lo lamento, hermana! —le dijiste.

—Lo sé, hermano —te acariciaba la cabeza, tratando de calmarte; hablaba con tanta serenidad como si todo fuera a estar bien; cuán lejos estabas de pensar que esa confesión le llevaría a…—. Pero la culpa no es nuestra —añadía—. Ahora… es ¿cómo aprender a vivir con ello?

La pregunta fue vulgar y ella lo intuyó enseguida: vivir bajo el mismo techo, mirarse a los ojos cada vez que se cruzaran en el desayunador, en la puerta del baño, en el comedor…, sería exponer una herida incurable a los infinitos pinchazos de una jeringa. Y tú nunca hubieras podido vivir con ese peso.

—No se podrá, hermanita —le afirmaste—. Yo no podré. Hay cosas que es mejor…

¡Si tan solo lo supieras! «La culpa es mía», repetías una y otra vez, parado sobre esa silla. Pero míranos ahora. Mira dónde nos ha llevado el peso de esa culpa. Y por primera vez pensaste en la oportunidad perdida de haberle mentido, de haberle dicho que sí, fue un sueño fragmentado, o una historia contada bajo el naranjo en alguna noche remota de cric crac, y dejarla con la duda eterna. Así hubieran podido convivir, fingiendo ser felices. Pero ya era tarde. Demasiado tarde para que espejo alguno vuelva a escupir alguna imagen íntegra de nosotros. O, tal vez, deba decir de ti y de ella, porque ya no soy tú, pues aquí me abandonas, junto a esta silla, condenado a una vida errante sin un cuerpo en donde cobijarme; y tú te quedas ahí, inmóvil, colgado en esa viga como un saco de sal.


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Tras montañas hay montañas

Tras levantarse del inodoro y ver que había cagado tres sapitos, Ernesto ni siquiera se inmutó. Tan resignado estaba a la idea de que su vida ya no valía como antes, pues todos en la aldea sabíamos, con certeza inmaculada, que nadie sobrevivía después de haber sido amenazado por doña Bodot, pese a que sabíamos también que don Charit, abuelo de Ernesto y mío, siempre tenía un as bajo la manga.

En la aldea de Limbé, doña Bodot era la mambó2 más respetable, y luego, por ley de jungla, venía don Charit. En la aldea uno no era respetable por su sabiduría ni por sus virtudes y mucho menos por su posición económica —bien que estas tenían su grado de veneración—, sino más bien por la indemnidad frente a cualquier ataque, el carácter temible o el poco trato con los demás…

Sin embargo, a la hora de sanación: de echar espíritu maligno de cuerpos de los jóvenes, de curar a quienes habían pisado un baterí3 o a quienes le habían soplado encima un golpe de polvo, doña Bodot era la más solicitada, y luego don Charit. Nuestras familias, aunque no éramos enemigas, sí éramos agua y aceite por la simple verdad de que dos toros no comparten un mismo establo, como siempre decía bisabuela, cuya muerte achacaron a los simagrís4 de doña Bodot.

La nieta de la doña era la más hermosa de toda la aldea; pero ningún chico que trasponía la pubertad osaba acercarse a ella. Pero Ernesto era entre nosotros el joven más apuesto y solicitado por las chicas de nuestra edad, sin omitir a la nieta de doña Bodot, Rose, quien se encogía de cuerpo entero, como molusco, cada vez que Ernesto cruzaba el patio de su abuela para ir en busca de agua a la cárcava; cosa que a la vieja no le pasó desapercibida. «¡Jum!», reprendía a su nieta, «o te comportas, o te echo pimienta en esa cosa que te da esos calambres». Y enseguida el cuerpo de Rose simulaba volver a la normalidad, aunque por dentro, cosa fácil de imaginar, seguía el calentamiento global.

A finales de aquel año, convocaron a los houngans5 y a las mambós de la aldea a la gran ceremonia anual a la que era imposible faltar. Rose y Ernesto tuvieron entonces la oportunidad de encontrarse, conocerse, compartir y sellar algo que ni los loas6 más poderosos pudieron deshacer durante el lapso que perduró. Incluso algunos de nosotros, a veces, hacíamos de vigilantes. Nunca se supo cómo ni por quién —chismosos en las aldeas pequeñas no faltan—, el asunto se difundió como fuego en cañaveral y dividió a cuantas familias estuvieron, no solo involucradas, sino que eligieron un bando en el asunto. Y ya no era raro que, de vez en cuando, uno despertara y encontrara algún pollo degollado justo enfrente de su puerta, encima de una especie de dibujo rupestre, rodeado de maíz y harina blanca; o una pila de mierda; o una papeleta de cien, quinientos o mil pesos. Y ¡ay de quien tocara —eso era lo extraño— esa especie de «llamase como se llamara» sin que tuviera consecuencias! Si uno los tocaba sin esperar que el houngan o la mambó de la casa hiciera lo que tenía que hacer, el día no pasaba sin que la mano atrevida empezara a hincharse, o hasta que la persona vomitara o cagara un líquido verdoso o negro, o, lo que era más asombroso, una culebra o sapos, como era el caso de Ernesto aquella mañana.

El asunto fue que, durante tres meses de amores a escondidas entre Ernesto y Rose, su herida se había rehusado a llorar mensualmente sus lágrimas rojas. En los primeros días, doña Bodot achacó ese percance al mango de una escoba que, una mañana, Rose cruzó sin darse cuenta al salir espantada de su alcoba para evitar que una mariposa negra la besara. Pero tiempo después, la doña recordó que ella misma había olvidado aquella escoba la víspera de aquel acontecimiento, después de haber sentido un leve dolor en el espinazo. «Asunto de la edad», había dicho. Y estaba en lo cierto, porque la vieja era tan vieja como Matusalén. Nadie en la aldea sabía su edad.

Semanas después, el malestar de su nieta ya se convertía en vómitos y doña Bodot pensó que había, quizá, ingerido algo que no debiera. Hasta que descubrieron la causa y ya no hubo que sacar más conclusiones.

Ernesto juró que no tuvo nada que ver, que solo había conocido a Rose una sola noche y era tan solo una probadita, porque tuvo que arrojarse por la ventana ya que se oía la voz de la doña que regresaba de su aquelarre. Pero nunca supo explicar por qué entonces, aquella misma noche, se encontraba manchada de sangre la sábana que cubría la estera de Rose que, según Cornelius (el doctor de la aldea, quien, por cierto, no era tan respetable por su falta de clarividencia sobre enfermedades que no eran de Dios): «la sangre a esta edad —dijo el doctor—, si no es tiempo de sangrarse la herida femenina y sobre todo si en el lugar del crimen hay un chico y una chica, es símbolo de la virginidad destrozada». Eso fue un escándalo.

—Así que no eres el padre, ¿eh? —indagó Bodot por última vez. Fue el penúltimo día que las dos familias se reunieron.

La cabeza gacha, para evitar la mirada odiosa de Rose, Ernesto rezongó que no, que fue una sola vececita, solo una probadita y que eso no era suficiente para engordar una barriga durante nueve meses. Entonces, sonriendo, Bodot cogió la mano de su nieta y se despidió. «Tras montañas hay montañas», dijo, «yo seré el padre de mi bisnieta o bisnieto, y ¡ay del fantasma que tuvo la osadía de engordar a la barriga de mi hijita!». Desde entonces estuvimos esperando. Todo se convirtió en un suspenso insoportable. La doña no soltaba así de fácil sus amenazas y, cuando eso sucedía, hasta que no ocurriese lo que había de ocurrir, ningún corazón podía guardar calma.

Desde aquel día abuelo no dejó de bañar a Ernesto con ungüentos; ponerle todo tipo de perfume cuyos olores superaban las ratas muertas; salpicarle encima agua bendita y vestirle con harapos de yute, como si le protegiera con una especie de coraza invisible, hasta aquella mañana, cuando Ernesto despertó y corrió al baño. Abuelo se sobresaltó. Se levantó sudando temores. Corrió tras él y esperó tras la puerta.

—¿Qué ocurre, Ernestito?, ¿estás bien, hijo?

—Sí, p’pá, solo me duele un poquito la barriga.

—¡Ah!… creo que no debiste comer la arepa de yuca tras tragarte ese plato de habichuela… Son mezclas enemigas cuando comparten un mismo alojamiento.

—Lo mismo creo, p’pá.

Abuelo volvió aliviado a su cama, pero cuando Ernesto se levantó del inodoro, tres sapitos saltaban y no había nada de mierda. Los hombros decaídos, frunció levemente las cejas y tan solo dijo: ¡Bueno!

«Tuve la sensación de que un niño saltaba en mi barriga», nos contó Ernesto a la tarde de ese mismo día. Todos nos quedamos horrorizados. Nos hizo jurar que no le contaríamos nada a abuelo. Aquella madrugada no volvió a dormir, y tampoco dijo, a la mañana, nada a abuelo. Pensaba que —como nos explicó— si después de tantas rarezas y porquerías que había hecho abuelo, sin resultados, ya no estaba a salvo de las fechorías de doña Bodot, ya nada ni nadie lo salvaría. Don Charit se dio cuenta tres meses después cuando la barriga de Ernesto empezó a crecer como mujer embarazada. Hizo todo. Visitó a todos los houngan de aldeas lejanas. Suplicó cuanto pudo a doña Bodot. «Yo asumí el cargo de padre de la criatura de mi nieta, señor Charit; asuma usted el cargo de madre de la criatura de su nieto», fue la seca y tajante respuesta de la doña.

Nueve meses duró Ernesto cagando sapitos. La barriga le creció como embarazada esperando mellizos y no bajó hasta el último mes —tuvieron que hacerle cesárea—, después de parir a un sapo gigante que abuelo se encargó de criar.

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Notas del autor

1. Cric crac: expresión usada en Haití a la hora de contar cuentos.

2. Mambó: sacerdotisa del Vudú

3. Baterí: artefacto mágico del vudú que hace daño a quien lo pisa.

4. Simagrís: ritual para revertir un mal o para hacer daño a una persona.

5. Houngan: sacerdote del Vudú

6. Loas: espíritus que sirven de intermediarios entre los hombres y el regente del mundo sobrenatural.

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Nació en Haití y reside en República Dominicana desde hace varios años. Escritor, traductor, artista plástico, docente y gestor cultural. Autor de la novela El vaivén de las horas (Santo Domingo, 2021, 1ra edición; Sultana de Lagos Editores, Venezuela, 2023, 2da edición); el libro de cuentos Grietas (Santo Domingo: Luna Insomne Editores, 2022); y el libro de poemas Cuando callan los ríos (Puerto Rico: Editorial Pulpo, 2024). Ganador del tercer lugar del Premio de Cuentos Juan Bosch 2019, organizado por la Fundación Global, Democracia y Desarrollo, con el cuento «Quiero vender este reloj», publicado en Malas palabras y otros cuentos (Santo Domingo: Editorial Funglode, 2020); tercera mención en el renglón Cuento del XX Concurso Literario Alianza Cibaeña. Textos suyos han sido publicados en las revistas ¿Cómo así? (República Dominicana), Trasdemar (Islas Canarias, España), Literatur.review (Alemania), Candela Review (Cuba); y han sido adaptados al teatro, como Hoy conocido a un hombre; No me olvides y Un instante humano. Ha colaborado en las películas The exorcist, Believer como consultor cultural; en July 7 y en el cortometraje Depeyize. Es coordinador y miembro fundador de Kolektif Mapou. Escribe una columna cultural en el periódico Acento.