Túmulos y serpientes
6 abril, 2026
La encantadora de serpientes
Por la cabeza en flecha se notaba que era una serpiente venenosa.
—¿Estás seguro? —dijo uno de los tres amigos, el que llevaba bigotes.
—Sí, te das cuenta por la cabeza. Pero bueno, es un dibujo. Podría ser cualquier especie —dijo el más bajo de los tres.
—En Maldonado, una vez vi una crucera —terció el otro, que tenía su pelo enrulado repleto de canas, aunque apenas había alcanzado los cuarenta años. De hecho, era la edad de los tres amigos, unos meses más, unos meses menos.
—¿En serio? ¡Qué alucinante! —dijo el de bigote—. ¿En Bella Vista?
—Por ahí cerca —respondió misterioso.
—Las culebras tienen las pupilas redondas y las serpientes las tienen como una línea, como las de los gatos —dijo el más bajo, repitiendo un dato que leyó en alguna enciclopedia juvenil.
Los tres volvieron a mirar el adhesivo pegado en la ventana de la casa. Tenía dibujada una víbora enroscada y una leyenda junto a una cinta formada por banderas de países de Latinoamérica. El amigo de bigotes se apoyó en el muro bajo que separaba al jardín de la vereda para leer mejor.
—Asociación herpetológica de América —leyó.
Terminó de decir esto cuando los tres vieron una mujer que los miraba desde la ventana. Como si fueran niños sorprendidos haciendo una travesura, se quedaron quietos. Tal vez aquellos diciembres en que se metían en los jardines a robar nísperos los habían condicionado a reaccionar así.
Se estaban yendo, ya habiendo bajado de la nube a la que se habían subido, cuando detrás de uno de esos rosales de flores pequeñitas que crecen como una enredadera, se les apareció una mujer. La señora, de algo más de sesenta años, los saludó y les preguntó qué estaban buscando. Entre los tres balbucearon algo así como que venían caminando y que les había llamado la atención la calcomanía en el vidrio, como para dejarle en claro que no eran ladrones vigilando su casa.
—Ah, sí, es el logo de la asociación que estudia a los ofidios, a la que pertenezco desde hace muchos años. ¿Ustedes son biólogos?
—No, para nada —dijo con una risita el canoso—. A este le encanta dibujar animales y aquel escribe y siempre está hablando de bichos —señaló burlón.
La señora permaneció en silencio, levantado la barbilla como si fuera una maestra alentando a un niño a continuar con la lección.
—A mí no me interesan, yo soy constructor —dijo huraño, haciendo un gesto con sus manos a sus zapatos amarillos de obra—. Salvo como símbolo de sabiduría y esas cosas —dijo como al pasar.
—Claro —dijo triunfante la señora—. Las serpientes son muy mal vistas por los hombres y las matan ni bien se topan con ellas, pero pocos ven ese significado que se les daba en épocas precristianas.
—Es verdad —dijo el que escribía—. En Tacuarembó, cuando era gurí, nos encontramos con una falsa coral, que no es venenosa, en un camino rural cerca de Curtina. Fue fácil identificarla porque tenía la panza amarilla, pero no pude impedir que la mataran a pedradas.
La imagen tan vívida le desagradó tanto a la mujer que se lo quedó mirando muy seria, apoyando su peso sobre el muro y aferrándose al borde con sus manos.
—A mí me encanta dibujar víboras, sobre todo las de la selva misionera —contó el de bigotes, cambiando de tema.
—Dibujó los Cuentos de la selva, de Horacio Quiroga —apuntó el canoso.
—Sí, y me fascinaron la cantidad de especies que hay. ¿La del pegotín que está en la ventana es de Uruguay?
—Bueno, sí, es una cascabel —contestó la señora, volteando para mirar el dibujo.
El más bajito miraba sonriente a los otros como diciendo «yo te dije».
—¿Están apurados? Si tienen un momento les puedo mostrar un álbum de fotos de serpientes que he sacado en mis viajes por la región.
Los amigos se miraron y dudaron. Los tres tenían cosas por hacer. Además, el sol se empezaba a ocultar detrás de unos edificios cercanos y ya la sombra daba sobre la vereda, enfriando el aire.
El que había sido presentado como escritor pensó que lo esperaba su novia en casa y que habría que cocinar algo medio temprano, porque al otro día era lunes y había que ir a trabajar. El dibujante recordó la larga lista de trabajos pendientes que tenía, y que algunos debían estar listos el martes de noche, a más tardar. El que se llamó a sí mismo constructor calculó que tenía que caminar aún varias cuadras para tomar el ómnibus que lo llevaba a su casa y también que al otro día temprano tenía que estar en Facultad de Arquitectura.
Pero al parecer esas obligaciones no tuvieron demasiado peso, porque ante un simple «¿Vamos?» de la señora y un gesto que hizo con el cuerpo invitándolos a entrar, los amigos se vieron cruzando el portoncito y dirigiéndose a la casa. Una vez dentro del jardín se fijaron en la cantidad de tunas y cactus que este tenía. Sin embargo, el dibujante se detuvo y dijo que ya era tarde, que sería mejor dejarlo para otro día.
—¿No les tendrán miedo a unas fotos de víboras? —preguntó la señora haciendo una mueca.
—Nada que ver, si estos hasta son serpiente en el horóscopo chino —dijo bromeando el que siempre se pasaba hablando de bichos. Los otros dos amigos lo miraron como para comérselo crudo. Aquello no era cierto, además; los tres eran chanchos en el horóscopo chino.
La mujer sonrió satisfecha y señaló la puerta. Dentro de la casa los invitó a sentarse en unas viejas sillas verdes, ante una larga mesa renegrida por los años. Trajo de un cuarto un gran álbum que lo abrió en medio de la mesa. Ella se quedó de pie, mientras iba pasando las páginas. Allí estaban, retratadas en fotos amarillentas, las cruceras, las yaras, las corales y las cascabeles, pero también había infinidad de víboras rarísimas, verdes, marrones y amarillas, acuáticas, arborícolas, cornudas, escamosas, lisas y listadas.
El dibujante preguntaba extasiado por cada una de ellas, mientras a su derecha, apoyado sobre la mesa, el amigo más bajo, fiel a su saber enciclopédico, preguntaba detalles sobre si aquellos ofidios eran de la selva o del bañado, si eran del altiplano o del Mato Grosso, o si tenían veneno o no.
Por la puerta abierta se veía que afuera se había hecho de noche, de lo que se percató sólo el muchacho de pelo enrulado y canoso, que sentado en el otro extremo de la mesa se movía intranquilo en su silla.
—Esta es la terciopelo, la más venenosa de todas. Es de Centroamérica y Colombia —explicó la mujer.
Apenas se la veía con sus rombos oscuros, enroscada, en el centro de aquella vieja foto a colores que ya derivaba lentamente hacia el celeste.
—¿Te mordió alguna vez una? —preguntaron casi al unísono los dos que estaban cerca del álbum de fotos.
Los amigos la miraron al rostro y a la luz amarilla de la habitación fue como si la hubieran visto por primera vez. La mujer tenía el pelo negro mezclado con muchas y finas canas grises. Unas largas arrugas a ambos lados del mentón parecían impulsar su barbilla hacia arriba. Sus ojos eran mansos y estaban cubiertos por una fina neblina, pero que igual se los veía negros como un despertar en el campo por la madrugada.
La mujer corrió hacia atrás la manga izquierda de su buzo de lana y enseñó una terrible cicatriz. La piel parecía trenzada allí donde la víbora la mordió y donde alguien, quizá ella misma, extrajo el veneno. Fue como si los amigos, a través del silencio, se pusieran de acuerdo y no preguntaron sobre el método de extracción empleado.
De la habitación de pronto salió una mujer vestida de oscuro, algo rolliza y de pelo corto. Pasó sin decir nada ni saludar y dando pasos cortos se metió en la cocina. El muchacho más bajo, al notar la hora que era, miró hacia la calle y vio con sorpresa que la puerta estaba cerrada. Pero no había visto a nadie cerrarla. Tan compenetrados estaban con las fotos que ni lo notaron. Cruzó su mirada con su amigo que estaba sentado en lado opuesto de la mesa y este le devolvió un gesto como diciendo: «¡Qué macana, che!».
Mientras el dibujante, sentado de espaldas a la calle, continuaba interrogando a la mujer sobre la serpiente terciopelo, el más bajo de los tres amigos se puso a escribirle un mensaje a su novia. Le puso que estaban en algún tipo de aprieto pero que no se preocupara. Escribió entre qué esquinas estaba la casa y que por las dudas todavía no lo llamara, que ya verían si podían salir de allí.
Esperó a que la mujer terminara de contar que a la terciopelo le gustaba meterse en las casas para atrapar lagartijas y roedores y que por eso era común que la gente fuera mordida, para decir que tenían que irse. El dibujante pareció despertar de su ensoñación y se levantó de improviso de su silla apoyando la idea. La mujer los miró sin decir nada. Los amigos se quedaron en silencio sin comprender mucho, cuando desde la cocina se escuchó el sonido del agua cayendo dentro de una olla de metal. Luego oyeron cómo la persona que había pasado hacía un momento por el comedor encendía la hornalla y colocaba la olla sobre el fuego.
—Lo lamento, pero no pueden irse, es imposible. Las víboras están sueltas en el jardín y salen por la noche. No se podrán ir hasta que salga el sol —dijo tajante.
Los amigos protestaron indignados. La acusaron de secuestro y amenazaron con llamar a la policía. Se dirigieron hasta las ventanas y corrieron las cortinas, pero en el jardín a oscuras no podía verse nada.
El constructor intentó entrar en razones con la mujer, preguntándole si no podían intentar salir por las azoteas hasta la calle, pero esta le dijo que su casa no tenía contacto con los techos de las otras. Apenas unos fierros viejos que soportaban la parra en el fondo, pero si por ella fuera, le advirtió, ni que estuviera loca intentaría caminar sobre ellos. Las serpientes también andaban por el fondo.
El que escribía historias se quedó mirando por la ventana a la calle a oscuras, iluminada en la esquina por un farol, cuando se vio el reflejo de su rostro en el vidrio. El tiempo había pasado y había perdido mucho pelo. Casi era un pelado, se podría decir. «Esto nos pasó por culpa de tu gran boca; por haber dicho que eran serpiente en el horóscopo chino», se dijo. Imaginó que su situación era igual a la de unos mamíferos pequeños que se hubieran metido en una madriguera donde dormía una víbora. Sombrío, concluyó que toda su vida había sido así, que se había movido sinuosamente, como un gusano abriéndose paso en el interior de una manzana. Pensó en sus lecturas, saltando de un libro a otro, sin terminar nunca uno, o casi. Recordó cómo se metió en su carrera en la universidad a través de un anuncio de inscripciones abiertas que vio en la televisión. ¿Acaso su trabajo no lo había encontrado así? La casa que alquilaba ¿no la había encontrado también de un modo parecido? La cosa era preocupante. Al parecer nunca había tenido tino para dirigirse hacia algún lado. En realidad, parecía que siempre tomaba cualquier camino como escapando de sus propios objetivos. Ahora mismo se encontraba en un lío y había metido a sus amigos en él. Tendría que empezar a tomar mejores decisiones, acorde con ideas más claras y por qué no, aunque le sonara extraño, con sus sentimientos.
Levantó su cabeza y volvió a mirar su reflejo amarillento en el vidrio de la ventana. Giró y miró a sus dos amigos y a la mujer que lo observaban. Se acercó hasta la puerta y la abrió. El aire fresco de la noche entró en la casa como una corriente de agua. Nada se veía afuera en el jardín. Miró a la mujer que seguía sin moverse detrás de la mesa y le dijo con voz clara y fuerte:
—Vamos a ver a esas serpientes.
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Misterio de los túmulos de los bananos
Pasadas las dos de la tarde llegué al empalme de la ruta 5 que me llevaba a la casa de los gurises. Bajé la velocidad y doblé a la derecha por un camino asfaltado, pero muy comido en los bordes. Las pajas bravas y los grupitos de cañas tacuara me escoltaban como en un desfile militar. El camino pronto giró hacia el norte y pude ver las casas blancas del barrio, desperdigadas por la pendiente.
Los gurises que iba a visitar eran hermanos y los dos habían sido alumnos míos. Mauricio es el más pequeño, tiene siete años, es vivaz y el pelo enredado y bien oscuro. Ana es su hermana; tiene nueve años, pero en unas semanas cumplirá los diez. Es flaquita, rubia, de pelo pajizo y muy largo. Viven con unos «tíos», como les dicen ellos. Los conozco bien, son personas jóvenes, de vida dura. El más chico trabaja en una carnicería y el más grande reparte pan y galletas todo el día. Yo voy a visitarlos, tal como prometí. Llevo mi cámara por los lindos paisajes. El verde es excepcional este año, especialmente desde que el cambio climático se acentuó en el país. Ha llovido demasiado. El camino a la casa es largo; menos mal que vine en auto. El año pasado había venido en ómnibus y llegué todo transpirado y con los zapatos llenos de barro.
Avancé por el camino vecinal de tierra a los saltos, esquivando todo lo que podía los pozos. Pero los que esquivaba con la rueda izquierda los agarraba con la derecha, y así fue sacudiéndome de lado a lado hasta que llegué a la calle de tierra que me llevaba a la casa. Esa zona antes era de viñedos, pero la humedad ha hecho que la gente abandonara el barrio. Tras pasar una loma pude ver una casa de esas viejísimas, con ventanas altas con rejas largas con adornos solares, rematadas con globos también de hierro forjado, que alguna vez tuvieron un cristal violáceo. Había visto las rejas de cerca cuando fui con los niños el año anterior. Alguna vez alguien usó la casa para guardar caballos cuando quedó deshabitada, pero el techo se ha caído y los yuyos se acomodan por todo el piso. Ahora viven allí los insectos y los ratones de campo.
El cielo estaba bellísimo, con ese color celeste que tanto admiraban los cronistas que visitaban estas tierras. Seguí bajando hacia las casitas, construcciones antiguas también donde vive la familia que iba a visitar. Ya había estado allí, en una tarde de invierno. Apenas fueron un par de horas, para ver a los niños y conocer a sus tíos. También para ver el lugar, que conocía desde lejos, cuando pasaba por la ruta. Abajo, en un terreno plano, que cuando llovía mucho se anegaba, se podían ver dos elevaciones, como si se tratara de túmulos funerarios de la estepa rusa. Uno era más alto que el otro y, de hecho, el más chico apenas llegaba a la mitad de la altura del más grande. Pero lo singular de estos montículos era que estaban coronados por bananeros. El calor había permitido que crecieran plantas que antes eran más típicas del norte del país, o incluso del Brasil.
Al llegar a la casa hice que el auto pasara sobre la canaleta, que en esa parte no era muy profunda y estaba seca, estacionándolo sobre el pasto.
Fui descubierto por Mauricio, que anunció a los gritos mi llegada, ya pactada con Pablo, el tío que repartía galletas, tipo bromista como pocos. «¡El maestro, ya vino el maestro!», gritaba el niño. Bajé del auto una bolsa con una botella grande de refresco y bizcochos que había comprado en la panadería de mi barrio. Además, llevaba una caja de lápices de colores y un par de libros de colorear para que los niños se entretuvieran en las vacaciones.
Ana y Mauricio corrieron hacia mí y me abrazaron con una alegría inmensa. También sus dos perros, que los habían seguido, saltaban a mi alrededor, mientras levantaba las bolsas para que no las desgarraran con las uñas. Así, entre los gritos de los niños y los ladridos de los perros llegué a la casa. Pablo sonreía en la puerta.
—¿Y, maestro? ¿Cómo estuvo el viaje?
—Hola, Pablo. Bien, la ruta los sábados está tranquila. ¿Cómo se portan estos niños? Ya hace dos semanas que empezaron las vacaciones.
—¡Pah! Se aburren como locos, maestro, y eso es un peligro, porque les da por ir a bandolear por ahí —dijo el hombre, con el rostro preocupado.
Miré a los niños que pusieron la típica carita de angelitos como diciendo: «¿Quiénes? ¿Nosotros?».
—¿Con quién se quedan cuando ustedes trabajan?
—Bueno, hay una vecina que los cuida, a veces. Pero Roberto entra a las diez de la mañana y a las cinco, más o menos, ya está de vuelta.
Miré a Ana y supe enseguida que ella era quien tenía la responsabilidad de cuidar a su hermano y a sí misma.
—Está bien, dejame que llevo estas cosas para adentro y después hablamos bien —le dije a Pablo.
Este recuperó la sonrisa y corrió la cortina para que pasara. Adentró estaba fresco y olía un poco a humo. Pablo corrió una cortina y dejó que entrara más luz por la ventana. Apoyé el refresco sobre la mesa y me senté en un banco largo. Me encantan las mesas rústicas de madera, me hacen sentir en casa. Los niños abrieron la bolsa y sacaron sus libros de colorear.
—¿Para nosotros? ¡Gracias, maestro! —gritó Ana y me dio un beso.
Mauricio vino detrás imitando a su hermana, pero lo que hizo fue darme un cabezazo que casi me tira los lentes.
—¡Cuidado, Mauri, casi me fracturás un hueso de la cara! —dije, rezongón.
—Perdone, maestro —dijo, y salió corriendo con sus lápices de colores y su librito.
—Vayan al cuarto a pintar, que en un rato los llamo para que vengan a comer los bizcochos que trajo el maestro —aconsejó Pablo.
Los niños gritaron de entusiasmo y salieron como tromba para el cuarto, haciendo volar la cortina de la puerta. Al rato, y después de que los niños comieran bizcochos y bebieran refresco, sugerí que fuéramos a sacar fotos. Ana y Mauricio gritaron de entusiasmo y me acompañaron hasta el auto a buscar la cámara. La tarde estaba sensacional para sacar fotografías. Bajamos por el sendero que pasaba entre la casa y un pequeño galpón medio abandonado, hasta el aljibe. Parecía que hacía mucho tiempo que nadie sacaba agua de allí. Me lo quedé mirando un instante y le saqué una foto. Ana se movió rápido y se puso delante. Puso una mano sobre las piedras cubiertas de verdín y posó para la foto. ¡Qué inteligente que es!, pensé. Mauricio, sorprendido, no dudó y corrió junto a su hermana, posando también, pero más como lo haría un súper héroe. Pronto los dos estaban haciendo macacadas. Reí y saqué un par más de fotos. Subí la velocidad de obturación para que no me salieran movidos.
Me acerqué al pozo para comprobar que estuviera bien cerrado. Pablo le había colocado piedras encima de la chapa que lo tapaba. Les advertí a los niños de lo peligroso que era asomarse a un pozo. En el fondo no había más que agua helada y oscura, les dije, nada para ver.
—Pero hay tortugas —me dijo Mauricio.
—¿Tortugas?
—Sí, el tío sacó una con un balde cuando sacó agua para darle al caballo —respondió rápida como un relámpago Ana.
—¿Y después qué hizo con la tortuga?
—La tiró de nuevo al pozo —dijo el niño.
—Bueno, vive ahí, entonces —dije no muy convencido. ¿De qué se alimentaría en el fondo del aljibe ese pobre morrocoyo?—. Así que sacan agua del pozo, pero ¿no tenían agua corriente?
—Sí, ahí hay una canilla —señaló Ana.
Me acerqué a la pared de la casa hasta la canilla. La abrí y el agua comenzó a salir en espirales mojándome los zapatos.
—¡Estas canillas de… —pero reprimí lo que iba a decir. De reojo vi a Ana que me miraba fijo.
Entre unos helechos había un recipiente de hipoclorito cortado por la mitad.
—Alcanzame ese tarro naranja, Mauricio.
El niño corrió y me lo alcanzó. Abrí la canilla y lo llené con agua. Quería lavarme las manos. Me habían quedado los dedos pegoteados con azúcar de los bizcochos y estaba ensuciando la cámara. De pronto, alcé el tarro y arrojé su contenido con violencia hacia arriba, hacia el cielo azul, y algo curioso ocurrió. Vi caer primero el grueso del agua sobre el suelo y, un instante después, que se hizo largo, vi el resto que cayó en una lluvia que acribilló el pasto como gotas de hielo. «¿Tanta fuerza tengo para hacer eso?», pensé.
Fue una reacción de libertad, estaba muy tenso. Por eso lo de arrojar el agua hacia arriba, pero esa extraña separación del agua al caer, esa fracción de segundo que demoró en caer el resto del agua y la rapidez con que cayó después. Extraño, demasiado extraño. Los niños, que notan todo, detectaron mi afloje, la liberación de tensión.
Levanté la vista y allí estaban los dos cerritos, apenas dos elevaciones de tierra. ¿De cuántos metros de altura? ¿Treinta metros el más grande? Había buscado en Internet información sobre ellos, pero no había encontrado nada serio. Algunos decían que eran cerritos de indios, como los del este del país, con enterramientos y ofrendas, pero al parecer ningún arqueólogo se había dado una vuelta por aquí. Tampoco nadie sabía cómo habían llegado a parar a sus cimas los bananeros. Lo más probable es que los haya plantado un vecino, pero tampoco nadie recordaba nada en el barrio. Es que de los viejos habitantes del barrio casi no quedaba ninguno. La mayoría eran recién llegados, buscando un terrenito barato para edificar una casa, o para ocupar una abandonada, como lo habían hecho Pablo y Roberto, los tíos de los niños.
—Vengan, tenemos que avisarle a Pablo que vamos a ir hasta los bananeros —les dije a los niños.
Caminé entre los dos en silencio hasta la casa. Corrí la cortina de la puerta de entrada y un rico olor nos llegó desde la cocina.
—¡Pablo! —grité—. ¡Voy con los gurises hasta los cerritos, a sacar fotos; desde el año pasado que quiero ir!
Pablo apareció en el umbral de la puerta de la cocina. Tenía las manos blancas de harina.
—¡De más! Pero no demoren mucho que voy a hacer tortas fritas para la tarde. Así después del pesto que te voy a dar al fútbol, nos comemos unas tortas con el mate —dijo riendo.
—Genial, pero eso del pesto vamos a ver si se da. Mirá que me traje zapatos para jugar al fútbol.
Pablo rio y me advirtió que, si eran nuevos los zapatos, los iba a llenar de barro, porque la canchita, como le llamaba al terrenito al costado de la casa donde jugaban al fútbol con Roberto, no había secado bien después de la tormenta del jueves.
Saludé y dejé caer la cortina tras de mí. Tomamos el sendero que bajaba la loma en dirección de los cerritos. Mauricio corría adelante, seguido de Ana. Para no quedarme atrás yo también corría, dando saltitos y tratando de pisar bien firme para no resbalarme con el pasto. Pasamos por detrás de varias casas, alertando a todo el vecindario con los ladridos de los perros que se asomaban amenazantes sobre los muritos linderos.
Por fin bajamos la loma y llegamos a la zona baja del barrio. Allí casi nadie construía. El suelo siempre estaba húmedo y en algunos lugares había bañados y hasta una que otra lagunita. Mauricio iba describiendo todo lo que veía. Aquel era su mundo. Allá iban a pescar con unos amiguitos, y del otro lado habían ido a cortar colas de zorro. Era un pequeño montaraz, y apenas tenía siete años. Su vida no sería muy diferente a la de sus tíos. En la adolescencia se compraría una moto, al poco tiempo tendría su primera novia y casi seguro sería padre ya desde muy joven.
Sobre Ana no tenía tan claro cómo sería su futuro. Le gustaba leer y era bastante despierta en la clase. Si se quedaba a vivir en el barrio no escaparía a la suerte de la mayoría de las muchachas que había visto en la vuelta. La ropa tendida en aquella casita en la subida hablaba de una madre que había estado toda la mañana lavando la ropa a sus numerosos hijos. Pero no tenía por qué ser así, me dije, avergonzándome de tanto prejuicio.
—¿A cuál subimos primero, maestro? —me preguntó Mauricio.
—Al más grande. ¡Vamos, escalemos la montaña! —dije jugando al comandante, dirigiendo mi equipo de exploradores hacia la cima.
Pronto me di cuenta de lo difícil que era subir. La pendiente era muy empinada y no había muchos senderos, apenas los que hacían las vacas y a estas no les importan mucho las plantas con espinas. A Mauricio y Ana tampoco, que las esquivaban con elegancia gracias a sus cuerpitos delgados. A mí en cambio se me enganchaban las ramas a la camisa, me patinaba en la tierra húmeda y gritaba de horror cuando me llevaba por delante una tela de araña. Ana reía como loca al descubrir que su maestro no era el tipo valiente que creía.
Cuando llegamos a los primeros bananos dije que era suficiente, y que descansaríamos ahí. Mauricio hizo un puchero con los labios. Parar ahora, estando tan cerca de la meta. Pero fue obediente y se sentó en el pasto a mi lado. No habíamos llevado agua y eso fue un error. Me moría de sed. Apenas eran las cinco de la tarde y el sol quemaba mucho todavía. Saqué la cámara de su estuche y empecé a sacar algunas fotos. Enfrente estaba el túmulo chico de los bananos. Les llamaba así, túmulos. Me hacían acordar a las fotos que había visto en un viejo libro de historia. Eran muy parecidos a los de Inglaterra, por ejemplo. Aquellos sabía que eran artificiales, en cambio de estos no sé qué decir.
—¿Alguna vez fueron al chico? —pregunté.
—Yo sí. A los dos —dijo orgulloso Mauricio.
—¿Y vos, Ana?
—A Ana le da miedo acercarse al chico —dijo el niño.
Claro, pensé apenado. Me saqué los lentes y los sequé con la camisa. Recordé mi visita del año pasado, aquella tarde oscura de invierno, en que a la luz sepia del atardecer me enseñaron la foto de la mamá de los niños. Una mujer joven, vestida para su boda, miraba a la cámara con los labios apretados, la mirada asustada, los hombros encogidos. Flaca como Ana, tenía sus mismos ojos. La frente en cambio era igual a la de Mauricio. La foto parecía viejísima, pero vaya a saber uno por qué. El papel se deteriora rápido en estos días. La mamá de los niños había muerto hacía dos años. Ana la recordaba bien, Mauricio no tanto.
—A mamá la encontraron enterrada por allí —señaló el niño, apuntando al bañado.
Ambos miraban al frente, en silencio. Sólo se escuchaba alguna mosca grande que pasaba zumbando entre las plantas. Yo los miraba, apenado por haberlos sacado de sus juegos infantiles y haberlos llevado hasta allí. Alguien había matado a su madre y después quiso ocultar su cuerpo y lo enterró por ahí nomás. Pero lo encontraron enseguida los vecinos. La noticia salió en los diarios, mezclada con tantas otras similares. Y nada más. Vino la policía, habló con todos, les preguntó a algunos y se fue. Los vecinos dijeron que la mujer era muy solitaria, que no tenía marido, que apenas hablaba con nadie. Otros insinuaron que recibía a hombres en su casa por la noche.
Levanto la vista y veo el cielo enorme y celeste, casi esmeralda. La brisa trae el perfume caliente del monte, ganas de siesta y tranquilidad.
—Y hay otro —dijo Mauricio.
—¿Cómo? —pregunté alarmado. Ana lo miró furiosa. Había abierto la boca.
Mauricio, desobedeciendo, continuó.
—Allá abajo, por las cañas, hay otro.
—¿Otro más?
—Sí, hay huesos y una botella verde, de esas de vino.
Ana, resignada, bajó la cabeza.
—¿Querés ir? —dijo el niño al tiempo que se levantaba.
—No, no —dije cobardemente—. No quiero ir ahora. Nos espera Pablo con las tortas fritas, y además ya debe haber llegado Roberto.
Yo venía a otra cosa. Sacar fotos, traer un regalo a los gurises, pasear un poco, pero esto no me lo había imaginado. Ayudé a levantarse a Ana que había quedado muy afectada y empezamos a bajar del cerrito. Fui adelante, a pesar de que no conocía el camino. No quería patinarme y llevarme por delante a los niños. Mauricio iba callado, y no me guió en el descenso, por lo que me arañé más de la cuenta con las espinas.
Por fin salimos a campo abierto. Volteé para mirar los trescientos metros que separaban ambas elevaciones. Al otro lado del cerrito chico habían enterrado a la mamá de los niños, y un poco más allá había restos de otro cuerpo. Con razón la gente no quería vivir en un lugar así. Pero era muy bello, me dije. Yo viviría en una casita con una vista como la que tenían Pablo y Roberto. Levantarse cada mañana viendo como el sol asomaba por detrás de uno de los dos cerritos. O mejor aún, entre ambos.
Cuando llegamos a la casa, sedientos, ya los tíos nos estaban esperando para jugar fútbol. Me reí de la pinta que tenían los dos, con zapatos con tapones, medias largas y coloridas y camisetas de equipos de fútbol desconocidas para mí. Quizá eran de cuadros locales o de esas que se mandan hacer los compañeros de trabajo para jugar un campeonato de fútbol cinco.
Saludé con un abrazo a Roberto, bromeando con que estaba enorme. En verdad había sacado una espalda bárbara desde la última vez que lo había visto. Quizá el trabajo en la carnicería, quién sabe.
Mientras los gurises se llenaban la barriga con refresco, pasé al baño para cambiarme. Pablo y Roberto se mataron de la risa cuando me vieron salir, vestido para la ocasión, con mis zapatos relucientes y mi camiseta amarilla flúo.
—Parecés una cotorra —dijo a carcajada limpia Pablo.
—Mejor, así cuando me escape para el gol, me ves clarito —le retruqué.
El partido en la canchita embarrada fue memorable, donde jugué como nunca y nada de que «me dieran el pesto», ni ocho cuartos. Si hasta hice un par de goles y eso que jugué con los niños contra esos dos «grandotes». También alguna patadita me llevé de recuerdo. Los niños parecía que habían olvidado lo de los cerritos de los bananos y corrían como locos por la canchita.
Después, pasamos a la casa para tomarnos unos mates. Las tortas fritas todavía estaban tibias, por suerte. Pablo, como siempre, hizo bromas de todo tipo, sobre todo a Roberto y a mí. A su compañero lo jorobó con las muchachas que iban a la carnicería a darle conversación. Roberto se defendió diciendo que sólo iban a darle charla, pero Pablo insistió en que lo hacían para que les diera un mejor corte de carne o que les cobrara menos.
Yo tampoco me escapé de sus preguntas y burlas sobre si tenía alguna maestrita escondida, o de cómo me hacía el sonso «tomando tecito con las maestras en el recreo». Me reí tanto que casi me atraganto con un pedazo de torta frita.
—¿Tenés novia? —me preguntó Ana, de pie a mi lado. Me había olvidado de los niños.
—No, no tengo novia —dije vergonzoso.
—Ya vas a conseguir una —dijo sonriente.
Pablo gritaba que la niña me tenía más confianza de la que tenía yo de mí. Sólo atiné a sonreír como un bobo, mientras Roberto, sentado frente a mí, al otro lado de la mesa, me hacía una guiñada de complicidad.
Comenzó a atardecer y dije que me tenía que ir, porque no me gustaba manejar de noche.
—Tarde piaste —me dijo Pablo.
—Pero pasamos lindo —dije restándole importancia al hecho de irme tarde.
Abracé a los niños y les prometí que antes de que empezaran las clases les haría otra visita. Levanté el pulgar hacia Pablo y le dije que hablábamos en la semana, cuando nos viéramos en el centro. Encendí el motor del auto y crucé con cuidado la cuneta. Tomé el camino y toqué bocina para saludar. Los perros de los niños me acompañaron un par de cuadras hasta que se cansaron. Antes de tomar la curva en dirección a la ruta, miré las siluetas negras de los dos cerritos, los dos túmulos de los bananos, que yacían en la oscuridad. Aceleré y llegué al camino asfaltado. Enfrente se veían las luces de los coches que iban por la carretera. Asomé la trompa del auto y esperé a que pasara un camión. Cuando vi que no venía nada, pisé el acelerador y entré en la ruta, ganando velocidad y dejando atrás el barrio. Sentí que escapaba.
Nació en Montevideo, Uruguay, el 10 de mayo de 1971. Es licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UdelaR. Durante diez años fue cartero, en barrios periféricos, tanto a pie como en bicicleta. Hoy día, trabaja como comunicador en el correo. Publicó más de 90 artículos sobre periodismo científico y cultural en el semanario Brecha, en el suplemento semanal El País Cultural y en la revista Relaciones. En 2018 publicó el libro de poesía “El aljibe y otros poemas de amor y desamor” con la editorial Yaugurú. Ha escrito, también, una novela, inédita, “El viaje de Facundo”, así como varios cuentos y cientos de poemas, sobre todo en sus años de juventud. Algunas de las notas y otros textos pueden ser consultados en sus blogs: El Taller de Jar y El Taller de Jar II.