5 poemas de Juan Carlos Santiago Rojas

1 junio, 2026

La poesía de Juan Carlos Santiago Rojas trabaja el lenguaje mediante la ruptura con la sintaxis regular de las oraciones, ello le permite lograr imágenes «extrañas» que desnudan al mundo y nos lo muestra desde una perspectiva más conceptual.


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Mi fruta favorita alguna vez fue la manzana

La mantequilla menos mamífera,
menos mordida, de lo no diente que soy.
Ninguna manzana de cáscara bosque friolento
me demerita,
ni su croar de sapo y dulce, no su rojo para labios.
            ―Nada, no le pido nada ni al sol;
            es más, al verlo lloran los ojos,
            al verme:
            gime todo tu sistema,
            el fonoarticulador;
            y el otro más abajo,
            más abajo
            aún del corazón.         Ahora lo sabes.
No tienes modo de nombrarme
con esta mi embravecida forma curva, de lo no oro que soy
y solo tienes un sonido como «mar-algo-de», evoca algo inmenso
para decir de mí,
torpemente, de lo derrotado que te dejo
            ―y al lenguaje mismo―,
con un chiquito nombre                     «mango»,
que debió ser monosílabo y sin poesía,
            te repito, no le pido nada
            ni a esa piedra que se tira y prende en mi tierra vulgares hojas
            que es la lírica.
Mi nombre debió ser así como el vocablo que susurras
            cuando vienes a mi cuerpo:
            «más»,
            «mas», «más».

 

 

Dirty John Dust: fake poem to Salma

A la adolescencia de Juan

Hay una suerte de matiz tan piel, tan horizonte, tan curva
uno se resbala mironamente a las orillas invisibles
se queda con dibujos de ondas, manzanas de calor.
Cuántas veces no me asalta tu nombre. No sé qué tanto
pero tus formas tus maneras sin duda no merecen número;
el campo espectral en tus pestañas:
inquieta;
tus labios horneados, tu escalera helada;
tus rizos de El callejón de los milagros.

Qué ganas de estar en todos los sentidos y todos los estados de la materia
imbuido, revuelto, penetrante,
todo común sin tregua hasta la tibia piel detrás de la cuesta,
no habría seno, franja de cintura escondida en tus vestidos
que no quisiera osmolar adormilado,
una huida de serpiente entre sí,
una huida de ave por las ramas densas del cabello;
soy un ave buscando jaula,
―eso dicen los entendidos, que es la libertad―
y heme aquí dibujando de nuevo, adolescente, vano
dejándote vestida entre tus alfombras rojas y tus lamentos de actora,
―la savia,
           el vino,
                       la naranja
                                 requieren una cáscara.
Basta que hagas un chasquido insonoro desde la comisura labial,
basta que la gravedad haga lo suyo en tu cacería Del crepúsculo al amanecer,
basta que una paparazzi evidencia sea capturada en tus veranos.
          Prueba de que existes,
          de tu estar así de indudable, de morena, de lejana en Francia,
          ―París cumple en tu rostro quince años―
basta, para que siga omiso y conquistando una premurosa
apreciación
           inescindible,
                     relatante
que no desalma a Frida,
que desarma.

Tú en los créditos, voz en El profeta
brillas como viejo susurro
donde fui.

 

 

Escena mínima entre ruinas y felinos

En estas ruinas aún se nota el acabado de un piso cerámico,
la alineación no exacta coincide con la de los dientes.
Sorprende el desgaste en lo que fueran sus hombros,
quizá deportista o trabajador de cosas manuales;
quizá él mismo construyó partes de la casa.
En aquella época la construcción artesanal era más barata
y la gente aprendía de algo llamado internet y tutoriales.
Pero
llama la atención el desgaste angular de rotación en los huesos de la mano
como si hubiera podido permanecer muy muy quieto
y a la vez escribiendo,
o acariciando a un felino.
Existen vestigios de muebles rasguñados típicamente por esas criaturas.

Hay rastros de lo que habrá sido la gran tragedia que arrasó esta zona;
se ven cadáveres petrificados en posturas de huida,
conjuntos de personas que intentaron ir a los sitios seguros,
pero este hombre
por cómo quedó su cuerpo, es
como si quisiera escuchar el latido en un pecho,
sus manos estaban bien abiertas. Dóciles ángulos revelan, un
a punto de acostarse cubito ventral, tentando
quizá
un aviso;
hay documentos que datan la existencia de alarmas, tecnología limitada, pero
¿sería algo más empírico, antiguo y ya extraviado lo que busca
sobre el rumor del polvo?

No sabemos por qué no salió o se refugió como los demás.
Él y sus gatos quedaron sepultados
como si alguna clase de
detenimiento,
priorizado,
los
hipnotizara.

 

 

Textura de pétalo con diente

Sobre el libro de Andrea Muriel

¿Los poetas de hoy casi no concursan (no ganan)
con poemas de amor?, se cuestiona Elsa Cross.

Con otras tristezas lindan sus palabras, meditan
encaballan ecuestres tiros a matar en tableros realísimos,
enllaman tonaditas hasta el vientre, vibran sus tripas entre ellos,
sincronizan sus reglas masculinas.
Ah, esa vieja conmoción que arrastró a rimar a tantos,
con un             no, los engallina.
Pero hay que ver cómo esa jardinera enluce cactus, suculentas,
arpas de espinas para mi curiosidad.

              ―¿Cómo sabrá ella que acá hace tanto verde como un sí?
              Cómo hace, si allá hubo, ¿si algo palma?―

Hay que ver cómo la pelirrosa de portada,
              ―pelirroja del centro más latiente en su canal de sabia―
instruye una primera edición de textura a pétalo con diente.
Sí, insisto en su tajante modo de alfil alto entre la corte,
poniendo en jaque con ceviche,
sembrando para su asir el conjuro de las bocas y 
todas las espaldas mañaneras,  
su  sí:     he amado y escribo lo que tú,
con perecederos, mundanos desamores;
en estos tiempos           y qué.                 

¿Cómo hace para saber que adentro de mí                        hace frío
y allá                                    puede?

 

 

Felino de puntas Rojas

Al fondo de todo esto
duerme un felino
corto de patas, de cola serpentígera
             ansiosa por la celeridad de algunas formas de mi baile
             la precaución es la hidra de esa punta,
aun así, no huye, los niños lo emboscan
le rascan la panza esparciendo hormigas,
él ronronea, acostado
en la infinitésima orilla de mis pies, donde él empieza,
mira todo mientras pulo estas no 11, 20 líneas.
Tiene una facha bonachona, la esculpe como el agua si me miento,
pinta a pez si paro y
maúlla en mi nuca si algo me arrincona.
Nunca sabe a lo invisible, sin luna o sin luz
se estira, marca su garra de algún modo
y en sueños y en poemarios, y en besos
siempre suele dejar aves de regalo,
por si el hambre
o
algún ángulo              nos hace perdonables.

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México, 1984. Es psicólogo egresado de la Facultad de Estudios Superiores Iztacala de la UNAM. Actualmente labora en el Centro de Atención Psicológica Wandelethos y en la Universidad Politécnica del Valle de México. Se ha formado en poesía con Luis Flores Romero y en los talleres de literatura Archipiélago. Participó en «Cuéntame una imagen, Taller de gráfica de TENTE» durante la Feria Internacional de la Lectura Yucatán 2025 y en la antología Reto 30/30: Un poema diario, edición 2024 (Archipiélago, 2025). Sus textos han sido recitados por Grace Gálvez, en Perú, en el programa Poeta Armada.