7 poetas georgianos en traducción de Lana Kalandia
1 junio, 2026
A continuación presentamos 7 voces distintas traducidas por la pluma de Lana Kalandia. Ella es especialista en la traducción del español al georgiano, cuenta con más de una década de experiencia en el ámbito editorial y se ha consolidado como una figura clave en la difusión de la literatura hispanoamericana en el contexto cultural georgiano. Sus traducciones de poesía georgiana han sido publicadas por la editorial Huerga y Fierro, realizadas en colaboración con el poeta y traductor Rodolfo Häsler. Actualmente, continúa desarrollando su trabajo como traductora y mediadora cultural.
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Besik Kharanauli
No puedes recoger huellas en el pecho
Mi amor deambulaba por esta verde hierba,
ahora yo estoy invitado a sus huellas.
Esta casa pertenece a un guardabosques jubilado por vejez,
aquí vive él con su vieja mujer y nieto,
con la vaca y el caballo.
Alrededor hay arboleda.
En su juventud él plantó un ciprés junto a la casa.
Ahora él está sentado en el lindero del camino
con su caballo enjaezado y con sus gafas.
Desde lejos parece una amistad entre capricornio mayor y saltamontes,
en realidad el viejo guardabosques
lleva en su caballo a los visitantes
que vienen a conocer el monasterio escondido más allá de barranco.
Mi amor algún día contempló esta imagen con una sonrisa,
ella desvaneció y me dejó la imagen.
¿- Hola, como está usted?
Como está su familia, su nieto debe haber crecido…
La vaca sigue dando leche o se ha secado… ya es otoño…
¿Se acuerda de mí?
¡Claro que me reconoce! Se acuerda de todo perfectamente.
Le solía decir a ella que él se parecía a Caronte,
que lleva a la gente a visitar el pasado.
¡No, es difícil – me respondía – es triste!
Ellos se parecen más a la amistad entre capricornio mayor y saltamontes.
¿Recuerda usted a la chica que iba conmigo todo el verano?
montábamos el caballo mientras nosotros seguíamos detrás, despacito…
Era una chica hermosa, alegre, noble.
¡Ella me traicionó, prefirió a otro!
Se desconcertó, se enfadó con el caballo… Que vas a entender de las mujeres,
como si dijera, qué vas a hacer ahora,
como si dijera, qué desgracia te ha pasado,
como si dijera, sé qué alma te ha traído hasta aquí,
como si dijera, vamos, te invito a las huellas.
Batu Danelia
Traición humana
Se casa mi amigo…
Apollinaire
Sal por la puerta, mi soledad,
mira, que día, cómo brilla el sol,
cómo florecen los árboles y las rosas –
todos están exaltados
por mi felicidad.
¿Y a ti que te pasa, porque tienes la cara larga?
!Sal por la puerta, mi soledad,
llévate los días que pasé contigo,
como si fueran la primera noche
pasada con la novia!..
Por las mañanas, a veces,
estás como la masa sobrada de levadura
no cabes ni en tres habitaciones
y tengo tanta prisa de salir por la puerta,
que sueño que la puerta está colgada encima de la cama…
Si preguntan, de qué color es la soledad,
nadie podrá responder como yo,
porque yo
te tengo bañado en mis lágrimas…
Tú eras tan buena para mí,
como Asmat para Tariel…
Pero sal,
sal por la puerta, mi soledad,
y esperame con el plato en la escalera –
se casa tu amigo más fiel…
Paata Shamugia
La caridad
¿Qué podemos hacer?
El ramo donde habían florecido nuestras tentaciones ha sido cortado,
ni siquiera puedes agarrarte a las metáforas,
necesitamos algo más fiable.
¿Quién nos va a proteger del amor?
¿De la bondad?
¿De benevolencia lanzada como un cuchillo?
Quien va a detener la mano extendida,
cuando nos estamos ahogando con gracia en el mar
y cuando de forma seductora
apunta el cañón del arma en nuestra frente?
¿Quién va a poner las grietas de las dudas
al amor que nace de forma inesperada?
¿Qué podemos hacer?
Como domesticar la moderación – él signo del tiempo
que nos está midiendo cada palabra con precisión.
Nuestros cuerpos están llenos de virtud
y no aparece ningún salvador.
¿Qué podemos hacer?
Diana Anphimiadi
Culpable
Él es culpable de morir,
murió en una cama deshecha,
puso la cabeza hacia un lado y Dios mío,
murió con la boca abierta. ¡Que vergüenza!
Ni ordenó la habitación,
ni lavo los platos, imagínate, incluso dejo el cenicero lleno,
¿y ese polvo en los estantes?
No ha borrado las fotos del teléfono,
aquellas que son un poco incómodas,
ni las cartas,
y eso de morirse desnudo,
qué insolencia,
que vergüenza!
Ni se reconcilió con su amada,
ni pago las deudas,
ni el préstamo, ni el crédito,
no entregó al vecino el dinero del ascensor,
ni el dinero para las llaves de la escalera,
que por lo menos sí lavara la ropa
y que una vez seca la trajera a casa,
No logró el éxito profesional,
ni fue un startupper,
ni un blogger ni un influencer,
¿como se le ocurre morir así,
que van a pensar?
¿No le dio vergüenza?
Al menos que se afeitara la barba,
se peinara el pelo,
hasta morir exhausto
por el dolor,
durante noche, y solo.
Soso Meshveliani
El pájaro muerto
Lo que mató la ciudad
resucitó al pájaro muerto –
los recuerdos del pueblo.
El olor empalagoso
de la azalea marchita,
los días pegados unos a otros
de la infancia embadurnada con jugo de pera.
El juego con el gallo rojo carnívoro
y mi madre vegetariana,
con los ojos entristecidos
recién salida de campo de maíz –
con las hojas de las judías pegadas al pañuelo.
Me recordó también al vecino loco,
con una pequeña rama de avellano
dirigía a los pájaros
bajo las moreras maduras.
Eka Kevanishvili
La canción de la mujer de minero
Esta noche volverá tarde mi hombre, mi ahumado marido,
y relucirá sus dientes blancos.
Puedo distinguir mi marido de los demás por los dientes.
Cuando lo conocí era de piel blanca. Ahora es de color polvo.
Parece en su voz también se ha mezclado el hiero empolvado.
En sus ojos brilla el aceite ardiente.
Cambia mi marido cuando sale de largo túnel, cuando vuelve a este mundo.
Está a punto de llegar, vendrá embarrado, abrirá la puerta y traerá un olor –
desde el corazón de la tierra, el olor de los hombres exhaustos – iguales que él.
Volverá con los táperes vacíos en una mano y en la otra – con pan cubierto de hollín.
El pan también se contagia de mi marido. Igual que yo, el pan también se tiñe de negro.
En el camino ha comido un trozo, parece tenía hambre.
Se siente a la mesa y se queda quieto.
Espera un plato de sopa a la que sigue mis frases urgentes
sobre las deudas del banco, los créditos de la tienda, sobre los zapatos nuevos del hijo del vecino,
sobre los zapatos y las mochilas gastadas de nuestros hijos, sobre la desesperación.
Él se siente y mira al cielo.
Echo de menos el cielo – me dice y se calla.
Esta noche legará tarde mi marido y tirará la ropa sucia.
Él abrirá la ventana de un invierno glacial.
Echo de menos aire, -dirá y se callará.
Y yo no podre hablar de los cuadernos para pintar, de chocolates y de libros,
de los vestidos y aquel collar que está expuesto en el escaparate
y en general de la vida digna.
Solo pensaré – ojalá mi marido tenga manos y pies para bajar a la mina.
Lia Loqokeli
Nosotros teníamos el perro
Nosotros teníamos perro.
Tenía la cabeza grande, las patas grandes y pelo largo.
Los pastores tenían perros parecidos.
Nosotros no éramos pastores. Vivíamos en el centro del pueblo.
En el patio había un peral silvestre y un nogal,
y unos cuantos manzanos al final del terreno.
A esos perros les gusta el invierno.
Se subía a la montaña de nieve que tiraban del tejado,
se acostaba y miraba el pueblo.
Por las noches le ladraba a los lobos, por el día a seres humanos –
a veces no les quería. Especialmente a algunos vecinos.
Pero nosotros nos amábamos unos a otros.
Ponía su cabeza en mis rodillas,
y yo ponía la mano en su cabeza
y su cabeza pesada siempre era más ligera que mi mano pequeña.
Pasaban los años y el carácter se le estropeó.
En el pueblo decían que nuestro perro se había vuelto rabioso
y que era peligroso pasar frente a nuestra casa, –
que la valla no era tan alta y que podía saltar.
Después saltó.
Al principio hubo silencio.
Luego el pueblo salió y nos miraba a nosotro
y él ladraba en la callejuela a las huellas del perro.
Y en casa dijeron que llegó la hora.
Mi padre cogió la escopeta
y puso dos balas.
Y se lo llevó al final del patio.
Pasan los años y
miro a las personas en el pueblo y el pueblo en las personas
y veo el invierno.
Por las noches ladro a los lobos, por las mañanas – a los seres humanos.
La valla alta a mi alrededor a veces no es suficientemente elevada.
Alguien va a pensar que ha llegado la hora,
Y el perro acostado en la montaña de nieve tirada del tejado
saltará desde su soledad estirada.
Quedará la casa a las espaldas
Y todo lo que se puede vivir.
En el silencio de mi salto se levanta el pueblo
y grita que tengo en la rodilla la cabeza del perro,
la cabeza cortada del perro muerto,
y no – la infancia
y no – la vida.
Y yo cierro los ojos y veo:
mi padre coge el arma,
pone dos balas
y me lleva al final del patio.
Allí, donde tenemos los manzanos.
Es traductora literaria y licenciada en Filología Georgiana por la Universidad Estatal Ivane Javakhishvili de Tbilisi, institución en la que también ejerció como profesora de Literatura Moderna. A lo largo de su trayectoria ha traducido al georgiano a algunos de los autores más influyentes de la literatura en lengua española, entre ellos Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Jorge Luis Borges, Javier Marías, Eduardo Mendoza y Sara Mesa. Ha sido finalista en tres ocasiones del Premio Literario Saba por sus traducciones de Vivir para contarla, La fiesta del Chivo y La ciudad y los perros. En 2018 recibió el Premio de la Universidad Iliauni a la mejor traducción de los últimos cinco años por su trabajo con las novelas La fiesta del Chivo y La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa.