Sin esperanza para los inocentes

1 junio, 2026

Nuestro pueblo consta de cinco mini palmeras enterradas en llantas. Una isla verde, podada por hombres del gobierno, nos separa el caño de la vida gris del ser que domestica todo, pero paga por lo salvaje y natural: los humanos.

Cada llanta está a unos tres pasos largos de distancia de don Roque, el único que nos alimentaba y quién construyó esos pequeños refugios entre las hojas. Ese hombre dejó de salir con comida; desde entonces, los otros humanos nos durmieron y nos quitaron el derecho de prolongar nuestra familia en esta isla. Ya seríamos los últimos, a menos que a alguien más se le ocurra venir a tirar a otro.

Yugoslav duerme en un balcón; desde allá arriba observa nuestro sueño. Ahora que se ha ido nuestro némesis, el agua, somos más felices, aunque debamos limpiarnos más seguido. Usualmente nos recogemos para dormir y nos estiramos para despertar. Nuestro bostezo de atún invita al Creador a razonar por qué nos vemos tan pequeños desde su altura.

El descanso nos ayuda a no volver al pasado ni al futuro. La plenitud es, en esencia, una religión para nosotros. Estas palmeras no tendrán cocos; nosotros no seremos dioses.

Un día de tantos, Boris —gris como el humo— dijo:
—Es extraño. Generalmente a esta hora no tengo hambre.

Frida argumentó que había estado notando menos comida donde los humanos la ponían. Era tan gris como Boris, pero con una mezcla de blanco, como el cielo de Heredia. Se acercó solicitando una asamblea; debían reunirse y ver qué pasaba con las raciones. Era imposible que los humanos sirvieran menos; ese alimento era tan barato que relacionarlo no tenía sentido.

Se acercó Vasca y, por supuesto, el líder del grupo, que siempre estaba en los techos. Una cicatriz de perro lo mantenía en lo alto desde el accidente. Era valiente, pero había aprendido a temer.

—Quiero que conozcan la situación, familia —dijo Frida—. Algo pasa con el alimento; hay mucho menos y ninguno ha subido de peso. Debemos ver qué sucede. La única persona que nos alimentaba con calidad murió. Lo extraño es que el camión maloliente no se lo llevó —añadió.

Vasca, con su caminar imponente, intervino:
—A los humanos no se los lleva el camión maloliente. Los hombres toman café y sus ojos sueltan agua; una bolsa de madera es su camión maloliente.

El líder, desde el techo, interrumpió:
—Han estado muy faltos de atención. He estado observando unas sombras, además de un sonido agudo que viene del bajo donde el humano levantó su hogar.

La gata Carey, con su aire inocente, dijo que por su pelaje oscuro también había logrado ver huellas y escuchar sonidos a los que no estaban acostumbrados en la isla.

—Manténganse atentos —ordenó Yugoslav—. Boris, trata de llamar más al humano que te acaricia; ahí tenemos una ración extra mientras vemos qué pasa. Vasca, ve donde viste las heces; por el tamaño sabremos quién es el intruso.

Los insectos nocturnos empezaron a cantar. Vasca ya tenía identificadas las heces; era cuestión de tiempo para que los invasores salieran a la luz del alumbrado público.

El trabajo de Boris también estaba listo, solo que su amado humano llegó ese día en estado etílico. Boris se acariciaba en sus piernas. Ya la Carey y Frida se asomaban, pues el hombre emanaba un olor a sándwich de atún. Frida se acercó mientras el sujeto la tocaba; en ese momento, el hombre cayó de espaldas. El ruido no causó conmoción en la familia; hasta lo esperaban por su manera de tambalearse.

Una vez en el suelo, con los brazos extendidos y las piernas juntas, los seis notaron un caminar en zig-zag, una alteración en la noche: eran huellas en el viento nocturno que ellos eran expertos en seguir.

Salió una manada de unos diez. Eran seres que llegaban a ser hasta el doble del tamaño de Vasca. Tenían manos casi humanas, de guantes de hule, y una cola larga con anillos. Los seis se quedaron circunspectos; sus colas cobijaron sus patas mientras observaban, como estatuas en la isla, cómo aquellos animales despojaron al humano de cualquier cosa que pudiera alimentarles, incluido el sándwich de atún.

Desde el cielo oscuro, Yugoslav sentenció:
—Ese idioma no lo entiendo. Lo que sé es que se aprovechan del estado del hombre porque le temen. Ese alcohólico les robó su selva; ellos tratan de quitarle algo, así sea un añejo sándwich de atún.

—Son nocturnos, igual que nosotros —agregó Vasca—. Tienen mucha energía y están hambrientos; solo el humano se va a dormir con hambre y espera al sol. Son listos.

La Carey refutó:
—He estado viendo que la señora de los sahumerios dice que odia a estas criaturas; que traen mala suerte y destrucción. Es una señora extraña, cree que las cartas guardan historias. Debemos estar atentos a la reacción de los humanos ante su llegada.

—Nos pueden empezar a culpar de hurtos y daños —explicó Yugoslav—. Hemos sido casi invisibles para ellos en nuestra isla, pero no veo a estas criaturas con el don del sigilo.

Mientras las criaturas hacían añicos la basura de los humanos —basura que, pese a serlo, nadie puede tocar—, Vasca dijo mientras se lamía las patas:
—¿No les parece curioso que todos sean del mismo color? En unos años, tal vez cuando nosotros estemos en la eternidad, podrían ser domesticados. Una vez que eso pase, sus colores empezarán a fundirse. Ellos aún son salvajes.

Mientras esto pasaba, una mujer embarazada bajaba de un auto con unas compras. Los mapaches la vieron vulnerable y la atacaron para que soltara la bolsa. La mujer huyó como en una absurda película del Viejo Oeste.

Mientras comía la manada, una hembra que traía a sus crías encima se comunicó con Vasca. Los demás observaban.

—¿Qué te dice? —preguntó Yugoslav desde el techo.

—Dice que no desea pelear con nosotros. Que han viajado mucho y que los nuestros siempre son negociadores con ellos. Dice que comerán de la basura y no tocarán el alimento que nos pone la comunidad en la isla.

La hembra miraba a los demás con ternura. Vasca, que había vencido a tres zorros, sabía que con esa manada sería igual de feroz, pero nunca mostraron hostilidad hacia la isla.

—Dile que aceptamos —ordenó Yugoslav.

La matriarca se apartó con naturalidad y siguió comiendo.

Transcurría la noche cuando una cría de otra madre se metió dentro de una bolsa. Confundida al tratar de salir, avanzó hacia el centro de la calle. Su madre le hacía sonidos extraños que la aturdía más. Un grupo ruidoso en dos ruedas pasó en descoordinación, cerrando el paso de la madre y asustando más a la criatura. Cuando pasaron, la bolsa ya no se movía. La madre, con agua en los ojos, recogió la bolsa con su boca, la internó en el bajo y la manada desapareció.

Al día siguiente, Yugoslav escuchó desde el balcón que tuviera cuidado con esas criaturas: eran intrusos y los vecinos estaban muy molestos por el olor a heces y orina en ciertas zonas de la cuadra. Al retirarse, escuchó:
—Se dice que, cuando tienen mucha hambre, se comen a sus crías.

A Yugoslav se le quiso asomar agua en los ojos.

La noche continuaba y llegó el ebrio que amaba a Boris.

—Estamos listos —dijo Yugoslav—. Vamos a ver qué trae hoy en su bolso.

Boris se paseaba con su cola alta entre las piernas descoordinadas del hombre.

—Eres el único amigo que tengo, Boris. Te quiero mucho. Sé que pueden ver la esencia de las personas buenas. También quiero mucho a Frida por sus ojos de peluche, pero a Boris quisiera tenerlo en mi casa. Te deseo una vida plena, gris de la noche.

Frida sintió una despedida.

Abrió varias latas de atún y los nativos comieron. Boris le mencionó a su familia que se había encariñado con el sujeto y siguió comiendo. El hombre desapareció entre la noche cantando temas de despecho.

Vasca aconsejó a Boris no confiar tanto en un humano, y menos en ese estado. Todos los gatos pasaron la noche sin novedad; no habían visto entre la basura a sus furtivos invasores.

A la noche siguiente, la mujer de las cartas y los humos densos salió con una bolsa y la puso cerca de su casa. Adentro había una lata abierta. Yugoslav dio la orden de no tocarla; estaba dentro de una bolsa, por lo cual correspondía a sus amigos de la noche.

A la mañana siguiente, la matriarca, muy nerviosa por ser encandilada por el gran sol, despertó a la familia:
—Oigan, tengo que decirles algo. Vengan al bajito.

Yugoslav ordenó a Vasca seguir a la madre. Frida la acompañó; no confiaba del todo en ella y quiso cuidar a Vasca.

—Esta lata de alimento tenía un olor. Ese olor mató a una parte de nuestra familia en una comunidad anterior. Infla el estómago como madre con cría.

Las dos salieron corriendo a revisar a Boris, que ya dormía profundamente. Su panza estaba como nube a punto de estallar.

Esa tarde llovió mucho.

Entrada la medianoche, el joven ebrio llamaba sin cesar:
—¡Boris! ¡Boris! Amigo, ven…

Era la primera vez que ese gris no acudía a su llamado. Lo vio en su casita, dentro de su mini palmera. El joven derramó tanta agua de sus ojos que la isla casi estaba por flotar; su nariz también tenía agua. Lo recogió y se lo llevó. Varios vecinos notaron lo afectado que estaba por Boris.

Frida le maulló:
—Tranquilo, Boris. Allí estará don Roque y te dará atún.

Vasca y Yugoslav coincidieron: al menos los zorros y los canes enseñan sus dientes, pero la mujer loca de las cartas nunca dio una advertencia. Una bruja tuvo que haber contemplado en su absurda bola que mataría a uno de ellos.

Los días pasaron. Yugoslav seguía oyendo a los humanos:
—Se rumorea que los intrusos mataron a Boris, aunque sabemos que no. Van a tomar represalias. ¿Te acordás de la chica con la gran barriga? Se está planeando algo peor. Diles a los intrusos que se cuiden; los van a agarrar a palos y piedras donde los vean.

Escuchó también desde el tejado unos gritos de dolor de la mujer embarazada.

Yugoslav le pidió a La Carey que se los comunicara, aunque Vasca ya les entendía y ellos a ella.

Las noches pasaron. El pacto entre especies de cuatro patas se mantenía y había un relativo orden, aunque el temor por los seres nuevos seguía entre los humanos. Por la advertencia de Yugoslav, los mapaches mantenían un perfil más bajo. El chico ebrio pasaba a saludar a la familia de vez en cuando; era constante aún.

Una noche, Frida dijo:
—Atentos, tengo un mal presentimiento.

Ella siempre tenía razón.

Frida se acercó de manera furtiva, siguiendo huellas en el viento. Había un ligero sollozo saliendo de una bolsa de basura. De repente, vio a la manada de mapaches cobijando una bolsa del frío de la noche; ese calor calmaba un poco a la criatura. Frida llamó a Vasca y a La Carey. Era la primera vez que Yugoslav bajaba del techo.

El viento abrió la bolsa y se reveló la forma perfecta de definir al humano: una cría. Se mantuvieron con sus colas cubriendo sus patas, esperando al chico ebrio para que llamara a las autoridades.

Así fue. Se cercó el área. Las noticias que a los domésticos no les interesaba oír decían que un grupo de mapaches y gatos callejeros habían mantenido a un bebé caliente mientras fue encontrado.

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Costa Rica, 1995. Es comerciante y escritor. Enfocado en la búsqueda de una voz propia, su obra de poesía y microrrelato ha sido publicada en diversas editoriales independientes de la región, manteniendo la mayor parte de su producción inédita.