Chorrillos

1 junio, 2026

El 20 de diciembre de 1989 el barrio de El Chorrillo fue bombardeado
por el ejército de los Estados Unidos de Norteamérica.

Para Carlos Guardia (Q.E.P.D)

Rodolfo tenía una barba muy espesa y blanquísima. Además, estaba gordo, por lo que no habría exagerado quien lo comparara con Santa Claus. Creo que algunas personas así lo llamaban.

⎯¿Cómo quieres las fotografías?⎯me preguntó.

Y yo le dije:

⎯Únicas.

Y él se carcajeó con el consabido: jo, jo, jo, jo, jo. Cualquier palabra mía habría alterado la perfecta escena, así que no dije nada.

Rodolfo sugirió el Chorrillo y yo no me opuse. Dijo cierto día y hora y le contesté que sí.

⎯Pero, espera⎯me detuvo⎯, tenemos que ir con alguien del área, alguien que sea conocido allá.

Tenía razón. El barrio siempre había sido desconfiado y no podía tomarse a la ligera. Por eso sumamos a Camarón, que era un estudiante de música conocidísimo en el Chorrillo.

Nunca supe por qué le apodaron de esa manera, pero dos opciones se alternaron tras mis ojos. En cuanto lo vi, noté que su piel blanca se enrojecía con el sol y el parecido con los camarones era evidente. Y supe que tomaba con frecuencia trabajos ocasionales, como músico, por lo que no habría sido raro que heredara el Come Around de las ocupaciones ocasionales y gringas como apodo.

Ahora yo estaba en el parque de Santa Ana, con Rodolfo, esperando a Camarón. Nuestras cabezas colgaban de la tabla más alta de una banca de madera. Mirábamos al cielo.

⎯Roberto.

⎯¿Qué?

⎯Estaba pensando…

Su comentario ofrecía el pecho a las bombas (las bombas de las bromas). Daba pie para vacilarlo con que él, en realidad, nunca pensaba: «Te hará daño cambiar tus costumbres de golpe», por ejemplo. Si el resbalón hubiera sido de un cercano amigo, no habría mostrado misericordia. Y me habría reído de lo lindo. Pero a Rodolfo aún lo respetaba. Lo perdoné.

⎯¿Qué estabas pensando? ⎯lo interrogué con cortesía.

⎯Estaba pensando en el tiempo.

Tentaba su suerte. Se asomaba al precipicio y casi pedía que lo empujaran. Lo apreciaba e, incluso, sentía admiración por él, pero nadie salía ileso jugando al filósofo. Además, ¿filosofar sobre el tiempo?

Pero nada perdía siguiéndole la corriente. En el peor de los casos, lo dejaría hablar, como a los loquitos de la calle. No lo detuve:

⎯Todos dicen que el tiempo es cambio. Pero no lo es. Hay aspectos del tiempo que no varían. El tiempo rota como un planeta, gira en torno a un eje fijo.

Destino mío. No iba bien el asunto. ¿Así que el tiempo se movía como la Tierra? Ningún metódico esfuerzo a la hora de construir sus silogismos. Solo había abierto la boca y dejado que se derramaran las palabras.

⎯Mira⎯explicó⎯, es como si vivieras en una casa. El primer año, la exploras, pero solo un lado. El segundo año, te internas en otro. Y es la misma casa. ¿Captas?

Se volteó lo suficiente para que yo viera su cara feliz.

⎯¿Así que el tiempo es una casa?

⎯Así es. El tiempo es una casa con muchas habitaciones. Pero siempre es la misma casa.

Y siguió:

⎯¿Hace cuánto que conoces el Chorrillo, man? Y siempre se puede descubrir un nuevo Chorrillo, un nuevo Chorrillo que no deja de ser igual. Ya lo verás.

Fue en ese momento que el asunto me interesó. Se me coló por las rendijas del cerebro. ¿Por qué? Porque Rodolfo era un fotógrafo genial: cada foto suya era una sorpresa. Estábamos sentados en una banca del parque de Santa Ana y nos colgaban las cabezas por sobre los travesaños. Rodolfo habría podido sacar cien fotografías de la misma escena y ninguna me habría aburrido. Para él, el parque de Santa Ana siempre era otro parque de Santa Ana. Yo lo había visto. Si Rodolfo hablaba de otro Chorrillo, yo me matriculaba en su curso. Era lo mejor del mundo que un fotógrafo, en vísperas de entregarse a su arte, dijera que el lugar de siempre sería distinto.

Y ahí estaba Camarón. Estrechamos manos, intercambiamos saludos y nos dirigimos hacia San Felipe. Tomamos por una callejuela que desembocaba en la playa. Íbamos casi que corriendo. No queríamos ni mirar atrás. Apenas unos minutos antes, Rodolfo me había tomado un par de fotos. Entre una y otra, retrató a dos viejos distraídos, quienes se pusieron furiosos cuando lo notaron. Les faltó poco para ponerse de pie y perseguirnos. Los ánimos estaban caldeados y las andaderas se volvieron ligeras como plumas de ave.

⎯¡Tranquilos, veteranos!⎯se defendió Rodolfo y nos fuimos corriendo.

Y riendo.

Entonces fue que hubimos encontrado a Camarón.

Camarón nos sugirió bajar hasta la playa y tomar las fotos en unas viviendas ruinosas. Aceptamos su propuesta y nos fuimos los tres siguiendo la cadena de pequeños patios y una estrecha cancha de baloncesto.

Nos encontramos con dos casas que parecían abandonadas y las invadimos sin que hubiera reclamos. Tal vez estaban vacías desde hacía tiempo. A un costado estaba el mar y las olas y su espuma. No faltaba belleza.

Le pregunté a Rodolfo si había gremios de artistas activos en el Chorrillo. Él puso cara de no saber de qué hablaba. Hice la misma pregunta a Camarón y si bien no tuvo una respuesta, hizo algo de conversación al respecto.

⎯Un poeta organizó una cadena humana con forma de estrella, tan grande que podía verse desde el cielo. Lo hizo para conmemorar el veinte de diciembre.

⎯¿Por qué con forma de estrella?

⎯Porque no fuimos una estrella más.

Ah, caramba, me dije, qué analogía sugerente y perfecta: ¿una estrella para decir que no fuimos otra estrella?

Cuando se acabaron las casas, nos encontramos en un laberinto de pilotes. Bajo ellos había unas cuantas parejas y basura. Un chico con un bluyín cortado a la altura de la rodilla, deshilachado, zapatillas Nike calzadas sin medias y una camiseta sin mangas, peinado con un afro de considerable altura, coronado con peinilla pic, llevaba de la mano a una trigueñita adolescente, cubierta, a pesar del calor, con un jacket de bluyín desteñido. La chica usaba unas sandalias cuyas tiras de cuero se habían roto aquí y allá, por lo que sus talones y tobillos estaban cenicientos por los roces de la arena.

Más adelante, nos encontramos, pero ahora en playa abierta, a otra pareja. En este caso, el tipo se había engominado los rulos con gel. Llevaba de la mano a una chica muy delgada cuyos ojos se ponían en blanco de cuando en vez. Una pipa de metal y pequeña se asomaba en un bolsillo de sus pantalones. El par nos habría rebasado sin problemas, pero a Rodolfo le dio por hacer amigos.

⎯Hola, fren, qué sopá. ¡De alante la pipa!

⎯Cállate⎯le dijo Camarón entre dientes.

⎯¿Todo bien, fren?⎯siguió Rodolfo sin hacer caso.

El chico le dijo algo a la muchacha, apretó un puño dentro del bolsillo delantero de su pantalón y desanduvo los pasos que lo separaban de nosotros. Camarón se adelantó hasta que se toparon.

⎯Tranquilo. El man no es de aquí.

Esto contuvo al fren. Sonrió y caminó de vuelta hasta donde la muchacha le esperaba.

⎯¿Qué pasó?⎯preguntó Rodolfo, pero como si se hablara a sí mismo ansioso, nervioso.

⎯¡Eres un idiota! Ese tipo tiene varios muertos encima. Y ya nadie dice fren aquí. ¿Entendido, fren?

⎯¿Qué pasó?⎯repitió Rodolfo, más asustado de lo que quería aceptar.

Las edificaciones que buscábamos no estaban lejos. Pronto las tuvimos enfrente. No cupo duda de que sería un lugar inmejorable para las fotografías. Lo único que me preocupó fue que apenas le quedaban vigas y pilastras y medio pisos. Había que caminar por las instalaciones como equilibristas. En especial en un área que estaba sobre el mar y en la que quedaban solo travesaños de medio metro.

Y por esos travesaños anduvimos nosotros. O, para ser más exacto, anduvimos Rodolfo y yo, porque a Camarón no pudimos sacarlo de la zona que estaba en mejores condiciones. Caminamos hasta el ángulo más alejado, el que apuntaba hacia mar abierto. Yo lo hice sin mirar hacia abajo; no quería estar consciente del peligro. Y esto funcionó porque llegué con relativa tranquilidad hasta la punta. Ahí había un chiquillo con una camiseta numerada.

Rodolfo me tomó una foto mientras se hincaba en el borde de una saliente, apenas a un milímetro del vacío. Era osado Rodolfo. Me hizo posar y mirar al cielo. En una de las fotos aparecí con los ojos cerrados y quienes la vieron pensaron que quise aparentar intelectualidad. Pero no. Había sido el sol, que me hizo lagrimear los ojos.

En otra foto se coló el chico de la camiseta numerada. Apareció de espaldas, con el vistoso y ondeado número nueve.

⎯Un símbolo⎯exclamó Rodolfo.

Pero no logramos definir qué significaba el símbolo.

El nueve siempre me pareció un número amoroso, pero ¿tenía algo que ver el amor con un panorama en ruinas? Entonces los marcos de mis lentes eran al aire, como se les llamaba. Es decir, sin marco. Y tenían un tratamiento antirreflejante, por lo que las fotografías pudieron captar mis ojos casi por completo. Cuando las vi después, me dio la impresión de que miraba a un punto indescifrable. ¿A qué lugar miraba, al recuerdo terrible de las explosiones?

Ya regresábamos cuando el fotógrafo decidió arriesgarse una vez más: comenzó a seguir un pájaro cardenal que volaba de un poste a otro. Quería tomarle una foto detallada, por lo que se acercó lo más posible. Con ese fin anduvo por los travesaños que antes cruzamos con cautela.

⎯¡Ven acá!⎯le gritó Camarón, pero el fotógrafo se hizo el sordo. Yo sentí, muy dentro de mis entrañas, que un peligro conocido volvía.

Por fin enfocó al pájaro. Cuando estaba a punto de accionar el obturador, una de sus zapatillas perdió contacto con el suelo. Por un momento, Rodolfo pareció volar. Fue como esos bailarines que se elevan sobre la punta de un solo pie. Así se quedó por un tiempo que creí eterno. Giró alrededor de su punto de apoyo, su único punto de apoyo, y comenzó a inclinarse hacia el vacío. Cayó.

Mientras iba cayendo, una de sus manos se agarró de la viga más cercana. La otra apareció también, salvadora.

⎯¡Ayúdalo, ayúdalo!⎯me ordenó Camarón sin darme tiempo de pensar. Es más, mi reacción fue lenta.

Pasaron preciosos segundos hasta que inicié mi avance. El piso era más estrecho de lo que recordaba. Un par de veces resbalé y puñados de arenilla cayeron al vacío.

Cuando estuve cerca del fotógrafo, me di cuenta de su precaria situación. Seguía aferrado al borde de la pieza metálica, pero le quedaba muy poco espacio para el agarre de sus manos. Cuando estaba a un metro de él, la situación empeoró: unos pocos de sus dedos comenzaron a soltarse.

Me quedé mirándolo y no moví un músculo. Si caía, ¿su cabeza estallaría contra el piso? ¿Cómo estallaría una cabeza contra el piso? Entonces recordé, de nuevo, a los militares norteamericanos con arreos de combate, siendo sombras en la noche.

⎯Ayúdame⎯dijo el fotógrafo y noté que sus dedos ya se soltaban de la viga.

Pero aún no hice nada.

Una de sus manos resbaló. La otra temblaba.

Pasó un largo segundo antes de que me inclinara sobre él y lo halara por la camisa.

⎯¿Qué pasó? ´Te congelaste– me dijo en cuanto se afirmó en el suelo.

⎯¡Regresen de una vez!⎯gritó Camarón a la distancia.

Finalmente, nos reunimos con Camarón en el área segura. Nos vamos, convinimos.

Cuando ya estábamos por tomar una de las callejuelas del peine que era San Felipe, nos dimos cuenta de que Rodolfo se había quedado atrás. Por lo impertinente que había demostrado ser⎯la otra cara de su temeridad⎯nos preocupamos bastante. Regresamos lo más rápido que pudimos.

No lo vimos en ningún lugar.

⎯¿Y ahora qué?⎯le dije a Camarón.

⎯Caminemos por la playa. Debe estar por ahí.

Los pelícanos chillaban mientras caían como cruces y se clavaban en el mar. Había pedregones de cangrejos violinistas y ermitaños a nuestros pies. Era curioso que no hubiera visto a las aves o a los crustáceos a la ida. Estuve mirando como con anteojeras.

⎯Mira donde está el Santa Claus este.

Miré en la dirección que señalaba Camarón. Rodolfo estaba de espaldas, junto a un pilote. Accionaba su cámara sin descanso. Solo se volteó a vernos cuando Camarón le gritó:

⎯¡Hey, san Nicolás! ¡¿Qué estás haciendo?!

Rodolfo nos miró con ojos alarmados, mientras cruzaba su boca con un dedo índice. Con los movimientos de una mano nos pidió que nos acercáramos. Asumimos que debía ser en silencio porque mantuvo el índice en sus labios.

⎯Este recabuchón… ¡No vamos a ir a espiar nada, ¿ah?! ¡Deja a la gente tranquila!

Rodolfo regresó pataleando como un niño. Nos miraba afiladamente. Volvimos a recorrer el trecho y salimos, al fin, de El Chorrillo.

Las últimas fotos se tomaron en una cantina, a las afueras del Casco Viejo. Sus interiores estaban pintados con colores chillones y había pequeños espejos pegados en las paredes, muy juntos entre sí. La barra y las mesas y sillas, todas de madera y astilladas, hacían sospechar que el lugar era de hacía muchos años. Camarón se había ido y solo jugueteábamos ahí Rodolfo y yo.

⎯¿Quieres ver algunas de las fotos? ⎯Y me acercó su cámara digital.

En una imagen aparecí rodeado de botellas de cerveza, riendo como si fuéramos muchos los reunidos. En otra posé junto a la pintura de una mujer de cuerpo desnudo y exagerado, obra de algún pintor callejero. En otra más, mi rostro se transfiguró por los reflejos de luz en los espejillos. Rodolfo me arrebató la cámara diciendo:

⎯Pero estas son mis preferidas, las que tomé entre los pilotes de la playa.

Y me devolvió la cámara con el retrato de una pareja. Uno de ellos era el que se nos había acercado amenazante, quien tenía varios muertos encima, según Camarón. Bien vistos, los dos eran casi unos niños. Habían acomodado cajas de cartón y maderos hasta darles forma de casa, pero no era posible saber si vivían ahí o era una simple guarida. Ella se veía contenta. Él, feliz. Y en una de las fotografías, se miraban de perfil y con expresiones encendidas.

⎯¿Fueron las fotos por las que regresaste?

⎯Sí. Sabía que en algún lugar estarían.

Y se carcajeó con el consabido: Jo, jo, jo, jo, jo. Y yo me reí y estreché su mano y me fui.

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Panamá. La obra de Carlos Wynter Melo suele narrar hechos cotidianos que, de repente, se trastocan y dejan al descubierto una profundidad comúnmente desconocida. Para esto se sirve de la parodia, el absurdo, el realismo mágico, lo fantástico, los dobles, los espejos, escenarios realistas que se vuelven bizarros, planos superpuestos y herramientas literarias similares. Ha recibido reconocimiento de instituciones como el Hay Festival de Londres, la Feria del Libro de Guadalajara y Unesco. En el año 2021, la revista Latino Book Review lo incluye entre los seis escritores panameños y contemporáneos que hay que leer. Entre sus libros destacan sus volúmenes de cuentos Literatura olvidada, recientemente galardonado en el Concurso Nacional Octavio Méndez Pereira; Mis mensajes en botellas de champaña, que mereció una mención de honor en el Concurso Centroamericano Rogelio Sinán en 2010 y El escapista, con el que obtiene el Premio Nacional de Cuento José María Sánchez en 1998; así como su novela Las impuras, finalista del Premio de la Asociación de Escritores del Caribe en 2017. En adición, es docente universitario y asesor editorial.