Nacidos con la marca de la Bestia

1 junio, 2026

Cuento ganador del XIV Premio Centroamericano de Cuento Carátula.


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Nene, me dijo, vos has escuchado lo espantoso de cruzar México en la caravana, pero cruzar solo esa fosa común de centroamericanos es temerario, y cruzar sola, ni te cuento. Si no era el marero a la par mía en el bus, nada más porque se le antojaba, sería el chofer. Si no era el chofer, algún bajador. Si no era el bajador, serían los narcos; y si no eran los narcos, aprovecharían los policías. O, lo peor de todo, los narcos y los policías al mismo tiempo. Y cuando te viola un policía no te queda ni la denuncia para consolarte.

Vicenta no se fue en el Tren. La aterraba imaginarse los miembros de la caravana en el lomo de los vagones; pedazos de carne colgando en las parrillas de acero. Ella, en cambio, juntó un dinerillo y recorrió México en buses, sin otro papel más que el pasaporte guatemalteco. Ese documento le abre a uno muchas puertas en el extranjero: sobre todo las de salida. Pero si uno se va en servicios privados, a nadie le importa de dónde es la identificación. Recorrió México con mucha paciencia. En eso tenía razón, Estados Unidos no se iría a ninguna parte.

Avanzó de bus en bus, con el dinero en la billetera justo para completar el trayecto una sola vez. Ella misma designó la ruta, una que pasara por las urbes para arriesgarse menos. Tomaba los buses durante el día; en el camino, se distraía del miedo leyendo algún periódico que había encontrado en la basura o tomado de un comedor. Por las noches dormía en parqueos de supermercados, al aire libre. Se envolvía en las páginas de los periódicos, como un burrito, dentro del radio de alguna cámara de vigilancia. Así se sentía protegida.

Uno la ve temerosa, en un tembeleque permanente, pero cuando hay que lanzarse al agua, esa mujer se lanza. Como que fue tanteando que el descaro agarra mal parado hasta al más precavido. A veces desayunaba en hoteles. Hoteles cinco estrellas, donde nadie se atreve a preguntarte nada. Así de entrar en chanclas, meterse al restaurante, decir el número de habitación y servirse con autoridad, con munificencia. No lo hizo siempre, pero no dudó en darse un lujo de tiempo en tiempo, nadie le hace el feo a cagar en una taza limpia, si tiene chance. Se largaba con el morral lleno de papel para cuando le tocara hacer en el monte. Si caminaba por las ciudades, aprovechaba para ir a alguna tienda de ropa y salir renovada gratuitamente del vestidor. Eso es lo que yo llamo fast fashion.

Anduvo en esas por un mes, pagando lo de los buses y algo de comida, cada dos o tres días. Era una situación calamitosa, sí, pero asequible. Al menos hasta que pasó lo que tenía que pasar. Fue después de casi cuatro mil kilómetros de ruta. El bus recién había entrado a Sonora, prendido con esa música regional que despierta dentro de uno el demonio sediento de trago duro. En la parada se subieron dos hombres con pasamontañas y sin aviso se quebraron al conductor de un plomazo. Pum. La sangre chorreando por el pasillo como fresco de Jamaica.

De plano, los sicarios querían matar al chofer nada más, por encargo o pasatiempo, pero en medio de la acción se cobraron un bono con los pasajeros y les quitaron todo lo que tenían. Pidiéronles que se desnudaran para asegurarse de que no escondían nada entre los calzones. Pasó cobrando uno de los dos, con un machete en la mano para mostrarse más convincente: el tipo sabía comunicar, hay que reconocerlo. El que cargaba el rifle, o lo que fuera, se quedó parado junto a la palanca de velocidades, con la suela de la bota sobre la cabeza del chofer. En medio de la colecta, iba el del machete haciendo preguntas, «¿no estás mintiendo, mi amor?, ¿qué llevas escondido bajo ese cuerpecito?» «Ay, qué rico». Lo que sea que Vicenta contestó la delató por el acento, a ella y a un hondureño manco.

«Estos van para la frontera», dijo el del machete. Y después del tremendo vergazo que le pegó en la cabeza con el mango, lo único que recordaba Vicenta cuando me lo contó es que los párpados se le cerraron lentamente una vez, se le abrieron otra vez con un reflejo pegajoso y se le volvieron a cerrar. Cuando despertó, estaba amarrada a una silla, sentada al revés, con el estómago pegado al respaldo, la vista en un muro de madera, ni dios sabe dónde: esa no era su jurisdicción.

Pero esa historia no la sabía el cliente que recién había tratado de menospreciarla, tal vez para darse un pequeño placer, una palmadita en su espalda, un chispazo de energía que le doblara el efecto del capuchino que recién había ordenado. Yo lo vi entrar desde la ventanilla de la cocina por donde sacamos las bandejas con las órdenes listas. Un viejo robusto, encanado. Llevaba una chaqueta de cuero brillante que exaltaba la anchura de sus hombros, lentes oscuros y un solo audífono. Caminó bamboleando su cuerpo de armario hasta la mesa, con los brazos desplegados hacia afuera y las manos colgando, como para enseñorearse de todo el espacio posible.

A los pocos segundos de haberse sentado, volteaba a todos lados, quizá sorprendido de que nadie hubiera corrido a tomar la orden con la inmediatez que su presencia exigía. Miraba los ventiladores del techo; el piso, dispuesto como un tablero de ajedrez blanquirrojo; la barra vacía; y nada que aparecía alguien para atenderlo.

Henry, el dueño y único camarero de la cafetería, había salido a reabastecerse de cigarros. Era un estadounidense con un manejo del español correcto y gracioso a la vez. Nos había contratado después de una entrevista en la que nosotros habíamos hecho las preguntas. Durante los ratos en los que se ausentaba, Vicenta y yo teníamos la orden de atender a los comensales. Evitaba involucrarme a toda costa, refugiado en la cocina salvo casos urgentes, por cuanto interactuar con clientes gringos, trabajando fuera de nómina —por decirlo de un modo decoroso—, me parecía una insensatez, aunque no estuviera en posición de elegir mis responsabilidades.

En realidad, si no me acerqué al cliente, fue porque me vi en el espejo de la cocina, el pelo espolvoreado con harina y mi delantal apenas visible bajo la grasa. Los dedos del don golpeaban la mesa en un ansioso galope. Desde allí me transmitió su inquietud, el apuro de muchachito malcriado que llevaba a cuestas. Me distraje observando su drama particular, gestos desaforados como de olla a presión sin agua adentro. Se quitó los lentes oscuros y los puso sobre la mesa. Tanto me embelesé que olvidé cerrar la compuerta del horno; caí en cuenta cuando me envolvió una nube de humo. El vapor salía por la ventanilla. Entonces el señor volteó hacia mí y tuve el impulso, herencia del miedo y la costumbre de vivir escondiéndome, para entonces tan arraigados en mí como las dos arrugas que tengo en la frente, de agacharme para evitar que me cazara con los ojos.

Vicenta por fin salió del baño, le tomó la orden con la pleitesía que había aprendido a fingir y la colocaba un paso atrás de la escena, como si estuviera viendo una comedia en la televisión, en la que era al mismo tiempo espectadora y actriz principal. La vi desenfundar su lapicero, anotar con rapidez en su libreta cada palabra indisputable, con el cuidado de no dejar escapar ningún detalle que la condenara. Ante la mirada clavada del señor, brazos cruzados sobre la mesa, la nariz arrugada, tal vez en señal de sospecha, y la barbilla erguida que buscaba señalar el techo, Vicenta se retiró con una inclinación de cabeza. Se acercó hasta la ventanilla, me pasó el papel con la orden. Corté un trozo de cinta y lo pegué en la pizarra de los pendientes: panqueques con crema batida y banana.

Era evidente que ese don no podía imaginarse la historia que Vicenta me había contado en aquella misma mesa, durante la primera semana que coincidimos trabajando en la cafetería República.

«¿Y vos de dónde venís?, ¿y cómo paraste aquí?», solían preguntar los centroamericanos al encontrarse en Los Ángeles. Mi respuesta era decepcionante por haber llegado en avión y con visado, a pesar de las perspectivas de volverme tan ilegal como el resto en tanto tuviera mala suerte con el juez que tenía asignada mi solicitud de asilo, o en tanto se descubriera que tenía un empleo informal sin relación con mis competencias. En Guatemala, la carrera de historia me había servido para dos cosas que poco tenían que ver con el trabajo: entender por qué el ejército había calcinado la aldea de mis abuelos cuando yo era un niño y escribir unas columnas de actualidad nacional que me publicaba elPeriódico, por las que recibía amenazas de muerte semanales.

Aquella noche debíamos limpiar el local. Vicenta había tratado de contarme el resto de su historia durante toda la jornada, pero el clima de la cafetería —su gentío ruidoso, cubiertos colapsando contra las porcelanas, las tacitas humeantes y continuas expediciones hacia las mesas— nos lo había impedido.

Una vez despedimos al último cliente, volteé el letrero a cerrado y apagué las luces de la entrada. A esas horas, el silencio nos arrastraba a pensar en el tiempo que debíamos permanecer en la ciudad, en los posibles desenlaces torcidos de la empresa y, sobre todo, en nuestra infinita y hermética soledad.

Preparó dos cafés con leche en la máquina. Llevaba la camisa blanca chorreada de kétchup y el pañuelo del uniforme, amarrado con displicencia intencional, le colgaba del cuello.

Sentate, nene, me dijo, más larga es la noche que las historias. Y, si tenemos suerte, más larga que el trabajo.

Puso los vasos de cartón sobre la mesa. En la cocina nos esperaba una ciudad en ruinas que rescatar. Edificios de platos sucios, calles asfaltadas de grasa, parques de basura; ciudad sitiada por hornos y lavaderos hediondos. Además, debíamos lustrar las mesas, los inodoros —dejarlos chispeantes—, las vitrinas y los ventanales de la entrada.

Me senté. Ella desgarró un sobre de azúcar, lo echó en su café y, mientras lo revolvía en el vaso, fijó la mirada en la espuma rebosante. Levantó la cabeza. Los ojos le temblaban y se le habían abultado.

Te sigo contando, pues, nene, dijo.

Pero poneme atención y dejá de jugar con el palito del café, hombre.

Además del dinero, no me huevearon gran cosa. En el morral solo llevaba el teléfono, unos condones y tal vez quedaban tabletas de anticonceptivos. No muchas, como mentitas me las había tragado. Creo que fue el crujido de la puerta el que me despertó. El cuarto estaba iluminado por unas candelas, era una luz suave, rojiza. Olía a cera y a ropa húmeda.

No vi en toda la noche a los hombres que entraron, eran diferentes a los del bus. Apenas podía mover el cuello, estaba bien encapullada a la silla con un lazo para colgar ropa; a mi lado el hondureño, escuchaba su respiración gangosa. Al frente, en el muro, las sombras de los dos hombres atravesaban la mía cuando caminaban de un lado para el otro. Eso sí, recuerdo sus voces, el de la sombra enana tenía acento guatemalteco, hablaba de torturar y descuartizar como vos hablás de amasar pan de manteca. La otra sombra era flacucha; al ponerse de lado, le salía una barbita de chivo de la quijada. Ese era el que mandaba, un mexicano.

Órale, cabrones, dijo la barbita de chivo, ¿cuánto pueden darnos sus familiares en el norte para que no tengamos que mandarlos parte por parte a través del servicio postal?

¿Qué podíamos contestarle?, no había nadie que mandara un centavo por mí.

Siguió hablando, todavía medio relajado.

No queremos estarnos toda la noche dale que dale con lo mismo. Dennos los contactos y cuando recibamos el dinero, no habrá mayor pedo con ustedes.

Tal vez entienden mejor a cuentazos, dijo la sombra enana.

Y agarró una tabla, más grande que él, nene. Sin esperar reacción a su amenaza, le propinó al hondureño tremendo tablazo.

Él se quedó en silencio. Yo cerré los ojos y forcé un poquito el cuello para el otro lado. La sombra enana continuó pegándole. Después de los primeros diez golpes el otro no soltó palabra. Taz, taz, sonaban los tablazos, secos, a madera contra madera hueca. Pero después, cuando los tablazos retumbaron más duro, empezó a gritar. Chillaba como cochino en el matadero, gritos largos y carrasposos pegaba, pero no decía nada. Los chillidos me arañaban las tripas, como que me estuvieran rascando con un azadón por dentro.

A ver si no hablas ahora, manco aventurero, dijo la barbita de chivo.

Su voz casi ni se escuchaba, entre los gritos del hondureño y los tablazos que no parecía que fueran a terminar pronto. Yo me imaginaba lo que podían hacerme cuando llegara mi turno.

Vas a probar mi paciencia, idiota, dijo la barbita de chivo. Y tú, no me mires a mí, síguele dando, síguele, síguele… y si este manco no habla, vas a traer la viga de hierro.

El hondureño, ya rendido, casi yéndose de su cuerpo, después de unos dos o tres minutos de paliza, confesó que les podía dar un número. Y yo pensaba «ay, que les baste con lo que le manden los familiares de él porque yo a quién voy a llamar».

No te escuché, le dijo la barbita de chivo. Habla bien.

Te puedo dar el número de unos amigos en Los Ángeles, le contestó el hondureño, llorando.

Entonces la sombra enana dejó la tabla por un lado. A los pocos segundos reapareció con un teléfono.

Marcá el número, manquito, le dijo.

Y escuchame esto, nene, el hondureño le contestó que no podía marcar el número. Que me perdone Dios porque yo en ese momento pensé «ay no, que lo marque con la otra mano, hombre».

Pero se refería a que no se sabía el número de memoria, dijo que se los podía dar si le devolvían su celular para buscarlo. Eso sí envergó a los dos hombres.

Este pendejo…, dijo la barbita de chivo. Si serás pendejo, le dijo otra vez. Y tú, le dijo al compinche, ¿qué esperas?, ve al coche a por el celular.

Nos quedamos nada más con la sombra de la barbita de chivo, lo escuché servirse una bebida, de lo más tranquilo. Un par de minutos después, entre un silencio nomás interrumpido por los tragos y los suspiros del hondureño, el otro regresó con nuestras cosas.

¿Cómo enciendo esta porquería? No sirve, dijo la sombra enana.

Tal vez hay que ponerlo a cargar, le contestó el hondureño.

¿Estás llamándonos imbéciles? Pégale un tablazo en la nuca a este pendejo.

Trataba de esconder la cabeza dentro de mis hombros, yo sentía que era a mí a la que le caían los tablazos.

El de la sombra enana puso a cargar el teléfono y aprovechó para servirse un traguito él también. Por fin, cuando el celular encendió, el hondureño les dijo el nombre del contacto que debían llamar:

Ariel – ferretería.

Estos pendejos cada vez vienen con ideas más estúpidas. Estás en territorio del Micho, no en el recreo de tu puta escuela. Pónmelo en altavoz, dijo la barbita de chivo.

Había echado la mezcla en la panquequera y esperaba a que se solidificara, a que la superficie del primer panqueque adquiriera la costra dorada que eleva el resto de los sabores. No me tomaría más de cinco minutos; de momento era la única orden que tenía en la cola. Por la ventanilla vi al don recibir su café con la satisfacción de una orden cumplida, sus palabras hechas realidad a través de las manos ajenas. Se llevó la taza hacia la nariz y aspiró el vaho. Resopló, apachaba sus ojitos al beber el primer sorbo y entonces… cuando Vicenta caminaba de regreso, tal vez a preguntarme cómo iban los panqueques, o buscando un reducto para retirarse del escrutinio del cliente, oímos un escupitajo caudaloso. Entonces vi el café desparramado sobre la mesa y una mirada furibunda. Luego vino el grito.

Y escuchábamos por el altavoz la señal de la llamada entrando, nene. Algo de estática y un silencio horripilante.

Tuuuuuuuuuuuuuu, sonó de repente, y yo sentí las señales eléctricas de los nervios pinchándome las piernas, los bombazos de mi corazón y la panza retorciéndoseme. Como cuando estás enamorado, solo que se te revuelve todo por la obscenidad del miedo.

Tuuuuuuuuuuuuuu, sonó, y yo recé por mi mamá y por mi hijo, que quedaran con la protección de todos los santos, allá en Guatemala, si yo no regresaba viva.

Tuuuuuuuuuuuuuuu, sonó, y pedí por el alma del hondureño, que no parecía que fuera a salir airoso de aquel embroque.

Tuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu, sonó, y rogué por el resto, por los que en ese momento cruzaban las fronteras, los desiertos, los ríos, las llanuras, los valles empedrados y los túneles bajo la tierra.

Y la voz de la contestadora invitó a grabar el mensaje después del tono.

Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii.

Vamos a probar llamar de nuevo. Si no, te va a tocar burrear, infeliz, pero no te agüites, porque de que cruzas la frontera, la cruzas, dijo la barbita de chivo.

Volvió a llamar. Y otra vez tuuuuuuuuuuuu, cada pitido que salía del altavoz me crispaba los pelos, aunque lo peor eran los silencios negros, espaciosos.

Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii.

No te quiere ayudar tu gente, dijo la barbita de chivo, cuando el silencio ya no se fue a ninguna parte. Ese no es mi pedo. Pero ya que estás aquí, no te podemos desperdiciar.

Prepárame a este cabrón, le dijo al otro. Lo vamos a mandar cargando merca con el resto del grupo.

Abrió un gavetero y sacó unas cadenas. Escuché la lluvia metálica de los eslabones. La sombra enana desató al hondureño de la silla, le puso una mochila y le enrolló las cadenas alrededor. Le atrancó varios candados. Clac, clac, clac, clac.

Al menos así no se te va a zafar la mochila del lado chueco, dijo la barbita de chivo. Las llaves las tiene el grupo que te recibe del otro lado de la frontera. Vas a caminar tantito con la merca para que te suelten. Te pegas a los burreros. Te vamos a estar vigilando hasta que entregues la carga.

No hay necesidad de mentirle, hombre, dijo la sombra enana, nadie tiene las llaves de nada. Llevá la merca y después mirás como te zafás. Qué otra motivación querés.

Tocaron la puerta. Se llevaron al hondureño fuera del cuarto. La puerta volvió a tronar. Y yo pensaba, ay Padre santo, no me dejés sola con ellos.

¿Y tú?, me dijo la barbita de chivo.

Sentí sus manos velludas en los hombros. Me sobaba. Después me dio unos besos que me dejaron mojado el cuello.

Ya sabes lo que te toca si no nos obtienes una buena lana de tus familiares, continuó.

Había estado esperando que llegara mi turno e intenté responder con voz firme, pero me salió nada más un alarido, nene.

Yo no tengo familiares en Estados Unidos, yo no voy para allá, le contesté.

No me vengas con pendejadas tú también.

Pensé que si me mandaban con los burreros, igual que al hondureño, podría cruzar, o morir en el camino, pero al menos no me quedaría con esos dos. Me sirvió de consuelo por unos segundos, hasta que escuché algunas cajitas revolverse junto con unas fichas. Me estaban registrando el morral.

Vaya equipaje, si lo que es esta vieja es una puta, dijo la sombra enana.

Mira no más, le contestó la barbita de chivo, esta banda de idiotas nos ha traído pura morralla. Si no va para el norte, al menos hay que venderla a los bares de doña Ermelinda.

No van a darnos buena ficha por esta india en ningún burdel, dijo la sombra enana.

Vete a ver qué haces con ella, yo voy a volver a llamar al otro número. Y después tengo que reunirme con el Nero para resolver con la municipalidad, dijo la barbita de chivo.

El de la sombra enana me cargó, todavía amarrada a la silla, y caminó conmigo a cuestas hacia afuera de la casa. Justo cuando iba saliendo, el mexicano contestó el teléfono. No alcancé a escuchar toda la llamada.

Miren, hijos de la chingada, dijo, les voy a mandar un código de Western Union, y si no está puesto el dinero en una hora, voy a desguazarle el otro brazo al manco este y a dárselo de comer a mis perros guardianes…

¡Repugnante!, gritó el cliente.

La panquequera encendió su lucecilla verde. Abrí la tapa, sin quitar la vista de la escena. Los gritos del don se hacían más agudos y tomaban tono de perplejidad ¿Cómo es esto posible?, decía. Y repasaba su pregunta con el enojo y la angustia de haber descubierto una traición inaudita. Coloqué los panqueques con la espátula de goma en un plato de porcelana y los cubrí con un colchón de crema batida. Luego, tomé un racimo de bananas del canasto de frutas. Por la ventanilla vi al cliente alzar su taza de café, con la mirada apuntando a Vicenta, a la vez que repetía, esta vez mucho más fuerte, que había pedido su capuchino con leche sin lactosa. De un movimiento gentil, una pincelada fina en el aire, estrelló la taza contra el piso. Quebrada la porcelana, derramado el café, la mancha expandiéndose, me fijé en Vicenta, quieta, tal vez pensando si era momento de ir a por la escoba, o si era más apropiado hacer el capuchino con la leche sin lactosa cuanto antes. Mantenía las manos detrás de la cintura y esperaba la siguiente acción del cliente. La cara del don se había coloreado de un rosado intenso, su ira recargada debido al silencio de Vicenta, que parecía esperar más de lo debido. Entonces inició un monólogo, su dedo índice tan estirado como se lo permitían los huesos. Le dijo que ni siquiera intentara hablar, que de todos modos era imposible entender su inglés, y que en ese momento le correspondía escuchar, como a todos los que eran iguales a ella y que pululaban en el establecimiento. Después, poseído por una rabia auténtica, aunque quizá ajena y para él mismo inexplicable, predicó las mismas cosas que oíamos en la televisión sobre los centroamericanos y los demás migrantes; las conocíamos de memoria, pues Henry mantenía el canal de noticias en la cafetería cuando no había juegos de béisbol. El daño que hacíamos, ladrones de la paz, cleptómanos y delincuentes, secuestradores de los buenos tiempos de antaño en su patria inmaculada. Ese tipo de cosas. Y terminó con una pregunta:

Who the hell brought you here?

Iba recostada, nene, en la palangana de un picop, aún amarrada a la silla. Hacía un frío horrible, filudo, del que corta la piel. Podía ver el camino. De poco me sirvió, en esos arenales no crecen ni los nopales más ermitaños. Se escuchaba la voz del aire bravo, nada más. Las estrellas flotaban encima de mi cabeza, transparentes, casi echando sus gotitas de cristal sobre mi cabeza helada. Por momentos entre las hendiduras de las pequeñas colinas aparecían algunas cabañas hechizas. Aparte de eso, ni el alma de un alacrán.

El carro traqueteaba y mi cabeza entró en un conflicto desesperado. Había sido una tontería cruzar México, sí. Yo sabía todo lo que podía pasarme en aquel camposanto, adornado con árboles pelones de los que cuelgan los calzones de las mujeres y los retazos macheteados de los que se quedaron a medio camino. Sabía de los muñones esparcidos como aserrín a lo largo de los rieles donde se pasea la Bestia; alfombra procesional del gran Tren. Los dedos, las piernas, los brazos y las cabezas, cubiertos a medias por la arena, con la sangre que alguna vez emanaron ya seca y endurecida; huesos enhiestos, miembros autónomos que saludan firmes a la Bestia por las noches. Sabía de las almas flotando apretujadas en el laberinto inexplicable del desierto. De las jóvenes enjauladas en los puteros, encadenadas a los barrotes con cadenas hechas de huesos que truenan como una cloaca a toda presión. Lo sabía, nene, no tenía que contarme nadie de las masacres que perpetraban los narcos para esparcir los rumores de su existencia. Los policías y los alcaldes ganándose unos centavos sacrificándote. Y así me había atrevido a pensar que a lo mejor tendría suerte y lograría llegar ilesa. Había sido una bruta.

Pero entonces pensaba también en mi barrio, en la covachita con techo de lámina que por fuerza tuve que llamar mi casa, aunque adentro sintiera más miedo que en la palangana del picop. Recordé a los mareros que se encargaban de llevar el control de natalidad del barrio, a los que asesinaron a mi papá dentro de su negocio días después de que se negó a pagarles el impuesto y cómo uno de ellos, en sus delirios, me había reclamado como su mujer, pocos días antes de que huyera sin mi hijo.

Ahí recostada, encarné en el cuerpo de mi papá durante los últimos minutos de su vida. Las llamas azules danzaban sobre mis pellejos. Al principio me sobijearon la superficie de la piel, luego sentí raspones, infinitos alfileres calientes uno juntito al otro, penetrando cada vez más profundo en la carne, atravesándola, despidiéndole a mi piel los colores. Las flamas se elevaban y ganaban grosor, se transferían en anillos por el suelo hasta llegar a las paredes del negocio. Las piezas de carne de res, muslos gigantes, costillas y los demás trozos colgados agarraron fuego; todo ardía, los filetes y las lenguas ásperas del mostrador, los calendarios en las paredes, el delantal con la cara de mi mamá y los cuchillos y las pinzas y los utensilios. Poco a poco el olor a gasolina era asfixiado por un olor a churrasco y después a polvillo de carbón; el rojo iba inundándome la visión, mientras mi cuerpo entero se sublimaba y dejaba una silueta deforme de polvillo negro impregnada en el piso de concreto. Por último, me escuché, en un susurro triste, a través de la voz de mi padre, pedir perdón en los últimos instantes de conciencia, como si me revelara las palabras que le debía a mi hijo.

Aún tenía en la mente la cara de El Mandíbulas, el marero que me había dado un ultimátum para mudarme con él. En medio de la presencia ineludible de su maldad, entendí que tampoco habría podido quedarme, ni en mi barrio, ni en ningún otro barrio, así como tampoco tenía a dónde ir. El carro seguía agitándose y yo entendí que donde fuera que estuviera, sería desechada por los intestinos del mundo.

Una lluvia de balazos en las cercanías me hizo regresar a mí misma. El picop paró de repente, y después de que el hombre me dejara botada en medio de la nada, se regresó por el mismo camino a toda velocidad. No recuerdo en qué momento me quedé dormida, pero friolenta, con la vista en las estrellas, no me sentí triste, resignada más bien, esperando que todo se terminara. No había servido ni para que me vendieran como chatarra humana. Tampoco me di cuenta cuando me recogieron y me llevaron al albergue, desde donde lograría cruzar unos meses después, con un grupo acogido por un pollero mexicano.

Pelada la banana, tomé el cuchillo y la corté en rodajas que regué sobre la crema del panqueque. La pregunta del cliente me llevó a pensar que además de la historia de Vicenta, era imposible que supiera lo de la banana. ¿Cómo podría saber lo de la banana y todo lo que pasó después? No,era imposible que lo supiera, en su televisión aún le llamaban guerra fría, y su pregunta lo delataba.

Vicenta había mantenido su silencio terco durante el monólogo del cliente; en cuclillas, absorbía con un trapo el café desparramado y colocaba los chayes más grandes de la porcelana sobre la bandeja. Él en la silla, los ojos arrugados, patas de gallo profundas surcando hasta sus pómulos de arena seca, la boca salida, moldeado el labio de abajo hacia afuera como un cucharón para servir caldo, satisfecho del efecto domesticador que sus explicaciones habían tenido en la empleada.

De repente, se levantó y fijó su vista en el don. Ella me daba la espalda, pero la fiabilidad de su movimiento, la certera parsimonia con la que se le acercó, me llevó a imaginar su mirada, oscura, mirada de río bravo que arrasa cuanto toca; ojos desbordándose, ocupando la cafetería, ahogando la pregunta, llevándose consigo hasta el olor a café con leche.

Who the hell brought us here?, dijo con una voz sutil y libre de perturbación, se va a sorprender cuando se entere de que ustedes nos trajeron aquí.

Le mantuvo la mirada al don. Quizá fueron sus ojos infundidos por la astucia de las respuestas conocidas e indelebles los que desvanecieron las hebras de enojo enraizadas en el rostro del cliente.

No sé de qué hablas, dijo el don con todo el orgullo que le reservaba a la respuesta, si por mí fuera, desaparecerías en un chasquido.

Claro que no lo sabe, señor, contestó Vicenta, en el sueño americano no hay lugar para el error o la infelicidad.

El cliente sonrió. Sus ojos se agrandaron.

¿Sabes qué?, me gusta ese lema, se vería asombroso en una playera, dijo.

Ahora vuelvo con su café, contestó Vicenta.

Se inclinó de nuevo, dando por terminado el intercambio. Suspiré de alivio al ver al don tomándose como un halago el sarcasmo de Vicenta. En efecto, no se imaginaba ni el significado ni la historia detrás de su propia pregunta y de nuestra presencia en la cafetería. Ella formó una pequeña escoba con su mano y terminó de barrer los chayes hacia una bandeja. De regreso en la barra, echó los restos de porcelana en la basura y abrió un cartón de leche. Desde la ventanilla la vi señalar con los labios el interior de la cocina.

Apurale a los panqueques, dijo, que aunque nosotros no vivamos en su sueño, cada pedido entregado nos acerca al nuestro, regresar a construir el hogar y no tener que abandonarlo nunca.

¿Regresar?, le dije, ¿qué hogar, Vicenta?, ¿de donde me echaron a palos y tuve que huir en bragas?

El hogar, me contestó, es donde no tenemos que justificar que existimos.

Y como si me hubiera leído la mente, porque no me agradaban esas frases melosas, continuó hablando:

Al menos yo voy a intentarlo cuando me haga de billete. No me queda de otra, porque vivir aquí no significa nada para mí.

Ya veremos, le contesté, queda un gran trecho para eso. Por ahora tené cuidado y dejá de torear gringos. Como que se te olvida que te pueden hacer regresada antes de tiempo con un telefonazo, y a mí junto con vos.

Disculpame y gracias por cubrirme las espaldas, nene. Aunque andarse con cuidado no significa que hayamos de creernos todo lo que nos llaman. Porque acordate que rompimos la ley porque la ley nos rompió primero. De tus peroratas cansinas lo aprendí.

Volvió a señalar con los labios el interior de la cocina.

Tan rápido como pude, bañé los panqueques en el jarabe de chocolate. La crema también contenía lactosa, pensé, pero no era momento de alebrestarse por menudencias y le dije, no sin estremecerme, que estarían listos en un minuto.

Ella asintió con una sonrisa discreta.

De la máquina a la taza caía un chorrito espeso de café. El cliente desdobló su periódico y su rostro se perdió detrás de las páginas. Justo entonces entró Henry con una bolsa de papel resguardada bajo el brazo.

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Guatemala, 1994. Publicó en 2023 la colección de narrativa corta “Contemplación de un ovillo enredado”. Ha sido incluido en antologías en Alemania y Polonia; traducido al inglés, alemán y polaco. Financia su creación literaria manipulando hojas de cálculo, de lunes a viernes, de ocho a seis.