Tropicana

1 junio, 2026

(Honduras, 1966)

1.

Fidel pidió otra cerveza. Le estuvo dando pequeños sorbos envuelto en el humo de sus cigarros. Desde su lugar estratégico en la esquina, a un costado de la barra, inspeccionó el local de nuevo. Algunos hombres jugaban al billar, otros a los naipes y otros a los dados. La mayoría conversaba ruidosamente con ese acento con el que se empezaba a familiarizar.

La ciudad y sus habitantes lo repelían. En su corta estancia, había detectado cierto cambio en el trato cuando los locales descubrían su condición de salvadoreño. En su segundo día explorando los bares de los bajos fondos, lo habían acusado de pertenecer a un pueblo de arribistas y delincuentes que habían llegado a robarles el trabajo y a sus mujeres. En ese momento a Fidel le hirvió la sangre, reprimió su ira y apaciguó al grupo de hombres con una ronda de tragos a su cuenta.

Su tarea no era sencilla: tenía que pasar desapercibido y al mismo tiempo mostrarse duro, encontrar una fuente de información confiable sin anunciar explícitamente qué era lo que buscaba.

Fumó el resto del paquete de cigarrillos pensando en cuál sería la mejor forma de iniciar una conversación con el cantinero y apuró su cerveza. «Se me está calentando el hocico», pensó. Si seguía bebiendo, terminaría emborrachándose y no tardaría en apostar con los que jugaban a los naipes o a los dados.

Se sintió débil, patético, a punto de traicionarse a sí mismo y ceder a sus impulsos más bajos. Salió del lugar.

De camino al hostal, vio a una pareja que caminaba abrazada. Pasó junto a ellos y escuchó que reían como sólo podían hacerlo los enamorados. El hombre era feo, la mujer poseía una belleza modesta y familiar. A Fidel lo asaltaron imágenes suyas y de su mujer recorriendo las calles de San Salvador. La voz suave de Teresa y su propensión para maldecir y abjurar de todo lo sagrado contrastaban con la nobleza de sus facciones. Sintió que, si estiraba su mano, podría palpar su piel cobriza, responder su último comentario ingenioso con otro que redoblara la apuesta.

El recuerdo era dulce y doloroso.

El sonido de unos pasos que lo seguían lo hicieron salir de su ensimismamiento. Cuando miró hacia atrás, la pareja ya no estaba. La negrura de las calles desconocidas y laberínticas le pareció amenazante de nuevo. Tegucigalpa era una ciudad hostil y algo malsano proliferaba en sus barrios.

Se palpó el cuchillo y se repitió a sí mismo que sería un trabajo rápido. En el siguiente cruce, cerca de su hospedaje, un hombre alto y envuelto en una capucha negra, como salido de la nada, intentó acuchillarlo con una daga color ébano. Logró moverse a tiempo y esquivar el ataque dirigido a su pecho. Tomó el brazo del hombre y, con una presión y dos movimientos, lo quebró. Ya en el piso, escuchó que el hombre, de una apariencia ordinaria, empezaba a decir algunas de las palabras que él conocía y que, si no actuaba pronto, no tardarían en destruirlo:

—Tu cuerpo no existe, tu co…

Buscó el cuello del hombre con su cuchillo y le abrió un tajo que lo enmudeció de forma permanente. Escupió sobre su rostro. Recogió la daga negra que yacía junto al cuerpo y se la metió al bolsillo.

Con un pedazo de tiza, a pesar de que el diseño era complicado, dibujó con rapidez un pentagrama en el suelo. Movió el cuerpo del enemigo al interior del sello: se empezó a descomponer con una celeridad que a Fidel le pareció fascinante.

En el campo había visto cadáveres de animales inflados, luego comidos por los gusanos, hasta que sólo quedaban pedazos de huesos. El proceso que había iniciado el pentagrama era parecido, pero más instantáneo y violento. Nadie le había advertido que, además, el cuerpo de los necromantes, ya reducidos a una pasta de carne, despedirían un olor tan putrefacto.

El General Brujo exiliado había empezado a mover sus piezas.

2.

Fidel despertó agitado. La línea de sal intacta en el marco de la puerta y el pentagrama dibujado en el piso, sobre el que había colocado la cama, le dieron cierta tranquilidad.

Mientras se duchaba, recordó el ataque de la noche anterior. Ahora lamentaba no haber hurgado más en el cuerpo de su verdugo. Ya no estaba tan seguro de que fuera un enviado del General Brujo. Sus amos, los Moltisanti, desesperados por liquidar a su enemigo, cuyo poder aumentaba, podían haber enviado a otros para que compitieran entre sí, prometiendo conocimientos y riquezas para quien consiguiera deshacerse de la amenaza. Se sintió furioso, una vez más, a pesar de todos sus servicios pasados, era tratado como un peón descartable.

Fidel maldijo el día en que empezó a trabajar para ellos. Se odió a sí mismo. Había sido débil, impulsivo, egoísta. Recordó el día en que apostó sus tierras. La noche había empezado bien: ganó mano tras mano y los contrincantes fueron retirándose uno por uno, con la vergüenza y la derrota en los ojos. Era la mayor suma —entre efectivo, hectáreas de tierra, bueyes, vacas y caballos— que había ganado hasta entonces. Se confió y, a pesar de que sus fichas disminuían, siguió esperando una buena mano, una especie de milagro que nunca sucedió. Lo perdió todo.

Pensó en que quizás su contrincante, un capataz que trabajaba para una de las viejas familias de la zona, tardaría en cobrar sus nuevas posesiones, pero, tras dos días, apareció frente a su casa montado acaballo y acompañado por otros dos hombres armados. Podría haber opuesto resistencia, ofrecido al capataz resolver el asunto con un duelo, iniciado una serie de vendettas interminables. Se abstuvo, en parte por cobardía, en parte por la seguridad de su mujer, Teresa, y Antonia, su hija de doce años.

Tuvieron que pasar una temporada con familiares de Teresa, y luego él vendió su labor entre las fincas de la zona. Fue así como llegó a los Moltisanti, quienes no tardaron en reconocer sus talentos e instruirlo en otros. Ante el nuevo poder que le era revelado, ante la manipulación del mundo físico y la omisión y el desafío de algunas de sus leyes fundamentales, olvidó que todo tenía un precio.

Se vistió, se metió el cuchillo y la daga del enemigo en los bolsillos, reforzó la línea de sal en la entrada de la puerta y salió. Mientras desayunaba en un comedor cercano, sintió como si alguien lo observase desde un lugar lejano. Había sellos y palabras que sus amos se guardaban. De alguna manera, podían estar observando todos sus pasos, evaluando su destreza en el campo y quizás hasta su lealtad. Existía una posibilidad que resultaba más inquietante: el Ojo del General Brujo en movimiento perpetuo, escudriñando los que consideraba sus dominios. A pesar de todos los esfuerzos de sus enemigos, por más de dos décadas, su ubicación concreta había permanecido oculta. Los enviados —sicarios profesionales, iniciados en los textos antiguos, escuadroneros que querían dar un salto en su carrera— caían como moscas en una red invisible y mortífera.

Recorrió la ciudad en busca de indicios. Escuchó conversa­ciones en los parques, visitó casas de placer en donde pagó por hablar con mujeres locuaces en algunas ocasiones, herméticas en otras—no sabían nada o enmudecían cuando adivinaban qué era lo que buscaba—. Habló con libreros orgullosos y envejecidos que le recomendaban libros superficiales que había hojeado en casa de sus amos. Creyó que encontraría símbolos de protección en algunos lugares, pero no vio ninguno. Almorzó en una rotonda a la sombra de un árbol antiguo y retorcido. Finalmente, sintiéndose cansado, frustrado y derrotado, entró a un cine que anunciaba su nombre en letras doradas: Tropicana, y compró boletos para una función ya iniciada.

Había pocas personas en la sala. Eligió una butaca casi al final, no se quería llevar sorpresas. Pensó en cuál sería la forma más rápida de salir de ahí en caso de una emboscada, trató de adivinar intenciones ocultas en los hombres jóvenes solitarios y las parejas que estaban ahí. Pronto, los fotogramas y el sonido lo hicieron olvidarse de todo. Un caballero desafiaba a la muerte a un juego de ajedrez en una costa. El mar era oscuro y turbulento, el cielo claro. Caballos y cuervos azabache atravesaron la pantalla. La peste negra azotaba los pueblos, y las bandas de forajidos saqueaban y violaban a diestra y siniestra. La virgen se apareció ante un cómico. Y el caballero cruzado estaba cada vez más desesperado por encontrar un acto que le diera sentido a su vida. Invitó a algunas personas que se cruzó en el camino a resguardarse en su castillo. Una bruja era quemada y al final todos marchaban a la oscuridad.

 Cuando terminó la función, se dio cuenta de que había estado totalmente inmerso, con las manos apretando los reposabrazos de la butaca. Miró su reloj. A esa hora los bares que pensaba visitar estaban vacíos. El acomodador apareció, limpió la sala y esperó a que Fidel saliera. Él le alcanzó un billete, no fue necesario decir más. No lo volvió a molestar el resto de la tarde.

La pantalla lo transportó a un mundo destrozado por la guerra nuclear, con viajeros en el tiempo que trataban de enmendar lo inevitable, a pueblos desolados donde organistas rubias eran conducidas hacia antiguas ferias inhabitadas para descubrir que estaban en el limbo, a las sobrepobladas urbes japonesas y su universo de doble moral que terminaba con un viaje al infierno del que nadie podía escapar.

3.

Anduvo por las calles y los bares con las imágenes aún impresas sobre sus retinas. Un nuevo plan empezó a cobrar forma en su mente. La cerveza y el trago fluían delante de él, los juegos de cartas y los dados lo invitaban a olvidarse de todo. Entró a un bar con música en vivo. Las notas y las letras se le antojaron cursis y deprimentes. Había hombres bailando con hombres, mujeres con mujeres, y personas que desafiaban cualquier palabra que a él se le hubiese ocurrido para definirlas.

Recorrió el lugar con la mirada hasta que encontró lo que buscaba: un hombre solitario que lo observaba fijamente.

El hombre intentó disimular la mirada, pero fue en vano. Con una rapidez insospechada para alguien de su edad, Fidel cruzó la distancia que lo separaba de la mesa y se sentó. Antes de que el hombre pudiera levantarse, le cogió el brazo y susurró en su oído:

—Nada se oculta de las flamas negras que arden eterna­mente.

El cuerpo del hombre se relajó de inmediato. Su rostro, sin embargo, se tornó despavorido.

—Tranquilo. No tratés de hacer nada estúpido y esto sólo va a ser un sueño.

El hombre asintió prácticamente ya sin voluntad.

—¿Dónde encuentro a los hombres del General Brujo?

—No lo sé.

—¿Suelen bajar a esta parte de la ciudad?

—Están en todas partes y en ninguna.

—¿Cómo los encuentro?

—Usualmente ellos lo encuentran a uno.

Fidel esperaba respuestas parecidas, sin embargo, no pudo evitar sentirse irritado. Apretó el brazo del hombre. Se empezó a enrojecer e hinchar de una forma acelerada.

—¿Quién tiene conocimientos y habla los lenguajes en la zona?

—Varios lo hacemos. Cada vez somos menos.

—¿Quién es poderoso y odia al General?

—La vieja Callia.

—¿Dónde la puedo encontrar?

—En San Pedro Sula. En la laguna del Carmen.

Dejó un billete en la mesa y volvió a susurrar en su oído:

—Tu cuerpo no existe, tu conciencia es una ilusión, sólo existe el abismo en todas las cosas.

Se mezcló entre quienes bailaban sin ver atrás. El hombre era un informante casual de los hombres del General Brujo, eso le había quedado claro desde el inicio. Se apresuró a salir, pronto empezarían los gritos de aquellos que estuvieran próximos al oreja.

4.

El paisaje que se imponía irremediablemente a través de las ventanas del autobús lo hizo pensar en casa y en todo lo que había perdido hacía tantos años.

Después de empezar a trabajar para los Moltisanti entendió que todo tenía un precio y que no había vuelta atrás. Teresa enfermó y Fidel no tardó en echarse la culpa: era una especie de castigo divino, por desafiar los designios de Dios, el orden natural de las cosas, la lógica de la materia y el universo. Buscó la ayuda de sus amos: le dijeron que la enfermedad que la consumía estaba demasiado avanzada, que ya nada se podía hacer. Él no estaba convencido de ello; si fuera el caso de uno de los suyos, habrían movido cielo y tierra. Para ellos no era más que un peón, un pedazo de carne, un instrumento de muerte. Teresa murió y Antonia no tardó en casarse con un trabajador del puerto a quien había conocido en alguna fiesta patronal del pueblo. Nunca le recriminó a Fidel ni la pérdida de la tierra ni su trato con los Moltisanti, pero él leía resentimiento en su mirada y en su decisión impulsiva de mudarse lejos con un idiota cualquiera.

Se juró a sí mismo que cuando terminara el trabajo la visitaría. Trataría de arreglar las cosas. Ahora ella era una mujer y quizás entendería, quizás estaría dispuesta a perdonarlo.

Se preguntó cuál era el poder real del General Brujo, si los Moltisanti lo sobrepasaban, y lo que haría el último sello que le habían enseñado. Le habían dicho que dibujara el pentagrama en la guarida del nigromante y su parte estaría terminada. Muchas noches de insomnio, revolviéndose en la cama, había dedicado a especular sobre la función de la marca: quizás se libraría una peste que acabaría en pocos días con todos los humanos de la zona, quizás era una especie de atajo, un portal por el que entrarían sus amos o los seres y bestias de otras dimensiones que asolaban todo a su paso, quizás sería la guarida misma del General Brujo la que sería transportada a otra dimensión donde no está muerto quien puede yacer eternamente.

Si tantos habían fallado hasta entonces, significaba que el General Brujo, de quien antes se decía que era un charlatán y un ignorante, había accedido a fuentes de conocimiento legítimo que sus amos querían mantener ocultas, y que él se dedicaba a esparcir entre los suyos.

Casi de inmediato, se sintió observado por los pasajeros que parecían comunes y corrientes: mujeres que llevaban gallinas y canastos de comida, hombres tostados por el sol que trabajaban en las plantaciones de plátanos y bananos, jóvenes obreros de las fábricas de tabaco y cobre. Cualquiera podría estar al servicio del General Brujo, cualquiera podría pronunciar de pronto una serie de palabras nuevas, desconocidas, para las que no tendría defensa alguna.

Cuando llegó a la laguna del Carmen estaba anocheciendo. Dejó que el resto de los pasajeros bajara y caminó a paso lento, tanteando la daga en el bolsillo y repasando con el medio y el anular el sello que se había dibujado en la mano.

Caminó por las calles de tierra cada vez más desoladas. Apuró el paso una y otra vez, cuando algún peatón lo inquietaba. Se agachó en dos ocasiones para fingir que se amarraba las cintas, seguro de que el que caminaba a sus espaldas, apenas iluminado por la luna creciente, era un enemigo dispuesto a ultimarlo.

Cuando vio la pequeña isla, con los árboles retorcidos y una sola cabaña alzándose de cara a la costa, supo que había encontrado a Callia, la vieja bruja.

5.

El interior de la cabaña estaba oscuro, apenas iluminado por unas velas que parecían no derretirse. Del techo y las paredes colgaban plantas medicinales y alucinógenas, cráneos de animales, bueyes, siervos y otros que Fidel no pudo reconocer. En la mesa y en los estantes, libros de diferentes tamaños, dimensiones y encuadernación. Jarrones con componentes orgánicos como huevos de insectos y otras criaturas, colmillos de depredadores y morteros con lo que a él le parecieron distintos tipos de sales.

Se dio cuenta de que una figura lo observaba sentada frente a la mesa. La silueta era la de una mujer con un vestido blanco y desgastado. Su rostro estaba oculto, cubierto en un haz de negrura.

—Te estaba esperando —dijo la mujer, con una voz distorsionada.

Fidel se estremeció por algunos segundos que duraron demasiado. Se armó de valor, pensó que si quisiera haberlo eliminado ya estaría muerto.

—Vengo en paz. No busco problemas ¿Por qué no se muestra?

—Ya sé lo que buscás. El usted no es necesario.

—¿Y qué es lo que busco? —preguntó Fidel con cierto temblor en la voz.

—Al General Exiliado.

Fidel estuvo a punto de preguntar cómo era que lo sabía. Decidió que era una pregunta estúpida.

—Sentate, no corrés peligro aquí. Por ahora.

Fidel tomó asiento, trató de divisar los rasgos de su interlocutora, la negrura sobre su rostro permaneció inalterada, absorbiendo toda la luz y deformando el espacio mismo.

—Sí. Me encomendaron encontrarlo y marcarlo —dijo Fidel tratando de sonar desafiante.

—Si seguís como hasta ahora él te va a encontrar primero. Y va a hacer más que marcarte.

—¿Hay muchos a su servicio?

—Cada vez más. A nosotros también nos preocupa.

—¿Quiénes son ustedes?

—Los que practicamos los ritos y conocemos los lenguajes antiguos.

—¿Cuántos son?

—Cada vez menos. Cada vez más dispersos. Cada vez más frágiles.

Fidel no supo expresar los múltiples pensamientos que se formaron en su cabeza. De una cosa estaba seguro: Callia tenía miedo. Como si hubiese adivinado su pensamiento, ella dijo:

—Aunque nos ocupemos de nuestros asuntos no tardará en considerarnos una amenaza y en moverse contra nosotros.

—¿Cómo lo encuentro?

Callia dio una carcajada que hizo vibrar toda la habitación. Calló unos segundos. Luego dijo:

—¿Y qué piensan hacer tus amos después que lo marqués?

—No estoy seguro, pero…

—Son estúpidos los tuyos. No saben nada y juegan con un fuego que nos puede devorar a todos.

Fidel no supo qué responder. Tenía razón. Sus pesadillas más frecuentes estaban plagadas de esas imágenes en las que el mundo era asolado por las fuerzas desatadas por sus amos, que ya no eran capaces de controlar.

—Pero es más estúpido el General Exiliado. Un problema a la vez. Te voy a decir dónde se oculta. Y además te voy a hacer un regalo, si prometés nunca usarlo en mi contra ni en contra de los míos.

—Lo prometo —dijo Fidel deseando con todo su corazón que nunca se presentara ese escenario.

Y entonces Callia le mostró su rostro y su verdadera voz y la guarida del General Brujo, así como las nuevas palabras.

6.

El contorno de las cosas le parecía más nítido, el mundo más ancho y transitable, más real. De una forma extraña, se sentía libre. Nadie percibía su presencia, sus sentidos estaban agudizados, se paseaba entre la muchedumbre en un estado de invisibilidad absoluta. Se preguntó si algo así de verdad era posible. Lo mejor era no pensarlo demasiado.

En el trayecto de vuelta a Tegucigalpa escuchó temores, preocupaciones y conspiraciones que antes había sido incapaz de notar. En las calles del centro y los bajos fondos descubrió a algunos enemigos que habían permanecido ocultos hasta entonces y que estaban informados de su presencia en la ciudad. Pasó sin problemas entre ellos. Podía detenerse a escucharlos, pero ya no lo necesitaba.

Volvió a su hospedaje. Encontró las señas intactas, recuperó su magro equipaje y borró sus huellas.

Decidió que, a pesar de ser imperceptible, lo mejor sería aproximarse a la guarida del brujo bajo la protección de la noche. Se coló al Tropicana. Vio a una mujer ocupar un departamento que no era el suyo, aislada del mundo, incapaz de aceptarlo en su depravación hasta enloquecer. Detrás de cada hombre adivinaba intenciones ocultas, en cada esquina había un posible atacante, brazos y manos sin cuerpo salían de las paredes para atraparla. A pesar de que su corazón latía con rapidez, Fidel sintió una pesadez súbita en sus párpados.

Entró y salió de un estado de inconsciencia que trató de combatir revolviéndose en la butaca y dándose pequeñas cachetadas en el rostro. Debían haber pasado algunas horas, la sala estaba vacía y la pantalla ahora mostraba un campo de pasto con hojas gigantescas azotadas por una tormenta. Un espectro o lo que parecía un espectro perseguía a una mujer que buscaba a su amante. Un sentimiento angustiante lo invadió, trató de estirar las piernas, estaba inmovilizado. Se preguntó si no estaría dentro de una pesadilla. Temió ver de pronto, en las sillas que estaban desocupadas, figuras infernales que se volverían al mismo tiempo para atacarlo. Movió los párpados desesperado, trató de pronunciar la combinación de palabras que lo sacaría del estado etéreo, pero sus músculos faciales no respondieron. Se dio cuenta de que el sonido estaba mal: detrás del estruendo de la tormenta y los gritos de los amantes que se buscaban, había un zumbido grave, una frecuencia baja y casi imperceptible, una voz gutural repetía sin cesar: el éxodo de la carne, lo irreal de lo existente, el abismo en los eones.

Sintió la cabeza a punto de estallar. Su cuerpo vibró y todos sus átomos se agitaron elevando su temperatura a niveles imposibles. Se empezó a derretir, sus piernas perdieron solidez y se convirtieron en un líquido rosáceo que descendió por el piso de la sala. Logró articular un último pensamiento antes de que el resto de su cuerpo siguiera el mismo proceso de desintegración: el General Brujo lo había encontrado.

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San Salvador, 1994. Sociólogo por la Universidad de Buenos Aires Escribe ensayo y narrativa. Ha sido ganador de los Juegos Florales de El Salvador en la categoría de cuento en 2023 y Novela Corta en 2015 y 2022. Sus relatos han aparecido en antologías como Puntos de Fuga, antología de prosa salvadoreña contemporánea (Kalina, 2017) y Lados B (Los Sin Pisto, 2019). En 2025 publicó su primer libro de cuentos, El abismo en todas las cosas (Índole).