5 poemas de Balam Rodrigo
3 agosto, 2026
La poesía de Balam Rodrigo nos interpela en lo más hondo de lo que aún preservamos de humano. Enraizados en una experiencia centroamericana que desafía toda territorialidad, los textos que presentamos a continuación pertenecen a colecciones de poemas llamados desde ya a ser clásicos contemporáneos.
Cosedoras de balones de futbol (Chichihualco, Leonardo Bravo, Guerrero)
Para mis hermanos Ángel Carlos Sánchez -el Santo Niño de La Mira-,
Hubert Matiúwàa y Lenin Ruwa Mosso, habitantes de La Montaña.
*
Virginia, 72: a este lugar que algunos llaman de las nodrizas
sepan que sería mejor llamarlo pueblo de chichis, es decir,
de las que criamos hijos con el pan de nuestros pechos.
Sin embargo, lo que llevamos la mayor parte del tiempo
en nuestros brazos y pegados al seno las que aquí vivimos
no son escuincles recién paridos,
sino decenas de balones que engendramos y arrullamos con paciencia
como a gordos y traviesos niños de aire.
Hace cuarenta años Don Beto Morales Adame, oriundo del pueblo
y obrero de una fábrica de pelotas en la Ciudad de México,
fue quien trajo la costura de balones a Chichihualco
y nos enseñó a remendar el hambre y la necesidad
con las chatas agujas del oficio.
Así, a mano limpia y calluda cosemos todas las esféricas
y aunque antes ocupábamos metros y metros de cuero de vaca
hasta convertirlos en duros e irrompibles balones,
hará tres décadas que usamos gajos de vinil
para encerrar al viento entre pespuntes de hilo y dar a luz,
por camada y en racimo, a los mejores balones del mundo,
esos otros hijos nuestros:
los párvulos y redondos sueños del futbol.
**
Susana, 20: se maridan dos capas de lona blanca, muy delgadas,
a un gran pliego de vinil sintético; una máquina las plancha y hace tiras,
muy compactas, que se troquelan en distintos moldes,
redondos y poligonales;
en seguida se estampan a mano las hormas con serigrafía,
grabando la imagen o leyenda que cada bola llevará:
Guerrero, Campeón, Garcís o Golazo, por ejemplo;
después nos entregan las partes sueltas y estampadas
—20 hexágonos y 12 pentágonos—
algunos metros de hilo cáñamo, un trozo de cera, e inicia la labor:
me pongo dos tiras de cuero en los pulgares
—gemelos anillos de un imposible divorcio con el cansancio—
para que el cáñamo no me raje ningún dedo al coser
y apriete con fuerza las junturas del balón;
ensarto hilo doble y bien encerado a la aguja
—así las costuras no se aflojan—
y se ajustan una por una las partes a coser
sujetándolas con dos tablas largas y parejas;
todos los gajos —cinco hexágonos unidos a un pentágono
forman una flor de vinilo— se cosen por su envés:
cada pelota se costura por su lado interno,
nosotras metemos las manos en el anverso del espejo esférico del gol,
zurcimos a su falso cuero el lado zurdo del aire;
cuando faltan ya pocas puntadas, el casi balón se invierte al derecho
por la pequeña ranura donde se introduce la cámara de látex;
luego se cierra el falso ombligo con puntadas invisibles
y se infla la cámara;
habrá que agregar sellador en todas las costuras para que resistan el agua;
finalmente queda lista y completa la hija de gajos
para entrar en las faenas de la cancha y derramar las lágrimas
de la victoria o la derrota;
pero las cosedoras de balones perdemos siempre
sin jugar ningún partido de futbol:
cosemos cinco o siete balones por día,
ganamos diez o trece pesos por cada uno
y apenas si evitamos las constantes goleadas
que nos atiza del hambre.
***
Virginia, 72: encorvada desde hace décadas sobre una pequeña mesa atermitada,
llevo las manos desnudas y ya no me duelen los pinchazos de las agujas.
Allá lejos se ve la Sierra Filo de Caballos, donde los únicos rocines que relinchan
son los del hambre que lo arrasa todo montada en la bestia de la miseria
que marcha en estampida por las calles de nuestro pueblo
y se pierde entre cerros y barrancas.
Casi nunca me lastimo los dedos al coser balones,
pero hace dos años la desaparición de mi hijo
me aguijoneó el corazón con la oxidada aguja
de la desesperanza.
Chichihualco, tus dos íes son largas y afiladas agujas para coser la vida
con hilos de sangre:
desde que desaparecieron a mi hijo sólo he visto su rostro
y su cuerpo completo en sueños y fotos;
por la mañana cierro los ojos y coso a mis párpados
las imágenes suyas que recuerdo.
Después, la cara de mi hijo se me aparece redonda,
como un balón nuevecito, recién costurado, limpio,
y entonces le abro la puerta para que salga a jugar calles abajo,
con los demás niños.
Pero las sombras del silencio patean la esférica imagen de mi hijo
que se deshace pronto como un balón hecho de niebla.
Y todos mis sueños se apagan sin hacer ruido alguno
al igual que todas las personas que aquí desaparecen.
Las mujeres de este pueblo ya no tenemos pechos:
de nuestro seco tronco brota un racimo de balones,
un manojo de gordos niños de viento que no buscan la caricia,
sino el puntapié certero que los aviente lejos.
Amamantamos con pechos innumerables a los que se han ido,
saciamos la interminable sed de los desaparecidos.
Alimentar fantasmas con la oscura leche del recuerdo
y la esperanza de quien busca al menos una parte de los suyos
en cualquier sitio:
gajos de un balón despedazado por la insaciable jauría
de los amos del miedo.
****
Susana, 20: mi marido no me dejó por otra mujer,
sino por la pobreza que teníamos, por la media docena de bocas
que le pedían algo para comer
y también para seguir montado en el necio trote del mezcal;
se aburrió de remendar pelotas y se fue a la sierra
a ordeñar amapolas para cosechar goma,
rayando con un vidrio las costillas del pequeño y verde
balón del fruto,
pero otros hombres —enemigos de su patrón—
lo dejaron seco y abierto de pétalos al mundo,
con los retazos de su cuerpo en amapolas de carne recién nacidas
al remolino de las moscas:
arrojaron su cadáver a una barranca, desmembrado;
mientras yo costuraba las partes de un balón
para darles perfecta y redonda forma,
a él lo despedazaban gajo a gajo los sicarios de la maña
hasta dejarlo sin horma ni sombra;
y aquí, mientras coso balones para que un mar de pies juegue con ellos,
descosieron con saña la carne de mi hombre
dejando su cuerpo ya sin cuerpo,
pájaro roto en plumas sin número y arrojado a las cañadas de Leonardo Bravo
como si el cielo lo hubiese echado al mundo en pedazos
como a los deformes gajos de un balón color ninguno,
sin aire, sin rumbo, sin nombre.
El corazón del hombre es un balón desmadejado, sin sangre,
yerto y volteado por envés para ocultar su lado enfermo
y disimular con las costuras sus defectos,
para esconder la perfecta redondez de su odio con suturas,
remiendos y nudos podridos que unen sus gajos muertos;
al terminar de costurarlo volteamos al derecho el siniestro corazón
y llenamos su eterno vacío con la inútil e inflexible cámara
del ego y el orgullo,
lo inflamos con el aire oscuro del llanto y lo echamos a rodar
por las llaneras canchas de la vida
hasta que revienta de nuevo,
despedazado por los duros puntapiés de la pobreza y la realidad,
por los golpes de los efímeros objetos
y el trallazo del eterno sinsentido,
porque la muerte, siempre zurda, no juega en los potreros
ni partidos callejeros con los hombres;
la vida es el mayor lugar común de la existencia, no la muerte:
vivir es un ridículo autogol.
Cuando me entregaron tu cuerpo me di cuenta de que lo habían costurado
como a un muñeco de trapo, torpe, horriblemente:
ni la más borracha de los cosedoras de balones
lo habría dejado así, tan alrevesado, tan chueco;
mejor te hubiera costurado y zurcido con mis propias manos,
con hilo encerado y aguja capotera, con un poco de amor,
como a los balones; comparadas con el trabajo del médico forense,
mis puntadas son como las de cualquier balón perfecto:
invisibles y profundas, incontables suturas de dolor.
*****
Virginia, 72: la mayoría de los futbolistas de México ha pateado,
al menos una vez en la vida,
alguno de los balones que hacemos a mano en Chichihualco.
Nuestro oficio, en todo artesanal, es patear al menos por un día
el desasosiego que nos trae, durante toda la vida,
el lento paso del sol,
balón de Dios que rueda sin detenerse nunca sobre el arco imbatible del cielo.
Denme hilo y tiempo suficientes y coseré los rotos pedazos
en que se encuentra el mundo.
Zurciré el dolor, costuraré las heridas abiertas,
volveré a dejarlo sin grietas ni aberturas,
con su tierra verde y circular y su mar esférico.
Coseré de nuevo el desmembrado cuerpo del mundo
—desinflado balón pateado por la crueldad del tiempo—
hasta que quede nuevamente redondo, liso,
y Dios lo eche a rodar de nuevo sobre la interminable cancha del silencio:
aquí volveremos a patearlo hasta romper todos sus gajos,
hasta desaparecerlo de una buena vez
y por completo.
Carpero (Saltillo, Coahuila)
Para mi hermano, el paleontólogo Rubén Rodríguez de La Rosa
y especialmente para David Fernando Rodríguez Robles –in memoriam– a quien debo esta historia.
*
Bajo el sol de Saltillo levantamos la carpa.
Mañana celebrarán aquí la fiesta de quince años de una muchacha;
habrá música, baile y cervezas.
Cargamos los fierros y atamos lazos de plástico en las cuatro esquinas
de la lona más grande,
parecida a la piel viva y reseca de los dinosaurios que poblaron,
hace millones de años, esta tierra desértica.
Para matar el tiempo —antes de que lo apuñale el sol— escuchamos la radio
y sabemos que las mismas canciones serán tocadas por el conjunto norteño
que amenizará el festejo.
Es hora de comer y repartimos los tacos de frijoles, los tacos de carne asada,
la salsa de chile gSa saliento,o nuestros cuerposha.
üero, las sodas.
Arriba el sol es una luciérnaga gigante que gira lento en el frasco de vidrio
de un cielo sin nubes, lleno de pájaros de polvo, de espesa y sucia luz.
La mujer de la estación de radio nos lee una noticia asombrosa:
Christine Jianxin Lee de 17 años, estudiante de ingeniería química de Malasia, recibió por error 4.6 millones de dólares en su cuenta de Westpac, el banco más grande de Australia. Sin embargo, en lugar de notificar al banco o a las autoridades, se gastó un millón en bolsas de lujo, joyas y otros artículos. Christine fue arrestada cuando intentó salir de Australia con destino a Malasia. Ahora deberá comparecer ante un tribunal en Sidney y devolver todo el dinero. La magistrada Lisa Stapleton, al escuchar el caso, dijo que no procede como crimen: «Es dinero que todos soñamos tener».
Al igual que Christine Jianxin Lee, nosotros también soñamos.
Ni bien la locutora ha terminado de leer la nota, nos lanza en directo la pregunta:
¿Qué haría usted, radioescucha, si por error aparecieran
cuatro punto seis millones de dólares en su cuenta…?
Ninguno de nosotros responde de inmediato.
Tragamos lento, rumiamos con ira la carne de cartón de los tacos, los frijoles,
el ligero sabor a detergente de las tortillas de harina,
nos servimos a grandes cucharadas la salsa, un vaso más de soda,
caliente como los orines de un perro.
Somos cuatro levantando los veinte metros de sombra:
el Terminator, elPokemón, el Catracho y yo.
¿Tú qué harías con esa plata? me dice el Pokemón.
“Llevaría a mi mamá con los mejores médicos de Estados Unidos
para que la curen, luego le compraría una casa a mis papás
y enterraría lo demás en el desierto, para que no lo encuentren”.
Terminator, ¿qué harías con toda esa feria?, le pregunto.
“Me iría para el otro lado y me conseguiría una de esas morras que salen en VH1, compraría una troca bien perrona y tuneada y llevaría a la morra conmigo
a pasear por las playas de Miami, pero le dejaría la mitad de la feria a mi familia”.
El Pokemón responde sin que nadie le pregunte:
“Contraría unos sicarios para que maten a los narcos
que levantaron a mi hermano y a mi papá,
luego me iría a los Estados Unidos y pondría con mi esposa
un restaurante de comida mexicana en Phoenix:
ella cocina muy sabroso”.
Volteamos a ver al Catracho, que mira hacia la calle, sin decir nada.
Es el más trabajador de todos, llegó a Coahuila el año pasado:
como no tenía dólares para pagar la cuota,
los narcos lo aventaron del tren y se lastimó las costillas,
la nariz, la mano derecha.
El padre del albergue para migrantes lo llevó al hospital y ahora trabaja con nosotros
en el staff cargando cables y bocinas, lazos y tubos, lonas;
reúne dinero para pagarle al coyote que lo llevará hasta Atlanta,
Georgia, donde se reunirá con sus hermanos.
Al ver que permanece sin hablar, le pregunto al Catracho:
“¿Qué harías tú con los cuatro millones de dólares?”
El Catrachorespira hondo y jala del gatillo de su voz para decirnos a quemarropa:
“Yo compraría todos los paisajes que vi
cuando anduve montado en La Bestia”.
**
Agachamos la mirada y nos quedamos en silencio, como si el aire y el sol,
de repente,
hubiesen muerto.
Sin aliento, arrancamos del suelo nuestros pesados cuerpos.
Bajo el sol de Coahuila levantamos sombras,
sueños.
Machete sin hoja al que le falta el mango (fragmentos)

Y otra vez construir un cuerpo, erigirlo y recrearlo con palabras, y ese cuerpo verbal renacerá en el acto amoroso de la poesía, conjurando la viva palabra para derrotar a la muerte e injuriarla con la vida misma, pero vida escrita, y, por tanto, verbal existencia dicha. Cuerpo para regresar a las aguas profundas y llevar a quien lo tacta por mares laberínticos, situándolo en la natural orfandad humana, orillándolo a nacer de nuevo por vía del asombro, por caminos de fascinación y locura, por naufragios cotidianos y oníricos, pero sin olvidarse de montar el caballo del silencio o el barco de la memoria hasta regresar a la isla de su propio cuerpo donde los murmullos de la muerte y de la vida son escritos a filo de relámpago con una poesía onírica que encanta y canta memoria adentro, páginas adentro, cuerpo adentro, letras adentro, hasta lograr su espiral metamorfosis: el poeta es carne que escribe, carne que canta, carne que aúlla y que silba luz.

Poesía, pan de la resurrección, carne recién calcinada, pan hecho de manos y rostros conocidos, y de cuerpos anónimos, despedazados. Troncos de árbol cuya leña alimenta la boca de los hornos. Troncos sin miembros cuyas moscas alimentan el horror. En este siglo han muerto las maternas y paternas cabezas de cualquier familia al tiempo que aparecen familias sin cabeza, sin matriarca ni patriarca, huérfanos todos. Días de barbarie en los que compartir, por más terrible que parezca, el pan de la muerte, la harina del llanto, los cuerpos o sus fragmentos que no van al crematorio, sino a los hornos de la calcinación a la intemperie. Compartir el pan del anonimato, el ázimo pan de la injusticia, el lento leudar de la muerte clandestina, de la desaparición sin rostro, sin siquiera una mesa en la que humee el café, sólo el territorio oscuro donde humean los cuerpos, los casquillos percutidos, los cigarros apagados en la piel: compartir el dolor para que su terrible peso en los hombros y corazones aminore. Quizá nos espera en el trasmundo, no únicamente la boca abierta de la narcofosa, las infinitas fauces del baldío en el desierto o las lenguas de plomo lamiéndonos la sien en cualquier calle: nos espera la añoranza, la casa de la infancia y el mar familiar, y más allá, nos alumbran las palabras de amor en la boca de la madre, su cálido beso en la frente, su caricia en la carne incorrupta, su mano de pan y luna sobre el corazón.

La poesía es un cuchillo recién afilado que corta, con terrible dulzura y singular belleza, un pan de lodo que debemos repartir entre los convidados de la vida y la muerte: escribir un libro de la imposibilidad, un cuaderno del naufragio, el testamento de los habitantes del miedo, la bitácora de los sobrevivientes del espanto. Testimoniar al niño huérfano que somos, abandonados a esta vida fragmentaria, a una posible muerte violenta y destazada, a la fría luz de un sol que también yace encobijado, con la lumbre y los rayos desmembrados. Sólo una antigua lengua de musgo escribirá las suficientes letras de sombra para tatuar el dolor en el agua muerta del pozo sin fondo de la noche. Y mientras las parvadas de gorriones picotean el trigo y las orillas del sol en la distancia, aquí, en estas páginas, yace el cadáver de la infancia, el cadáver del agua, el cadáver del silencio, el cadáver de la luz, el cadáver de las palabras: nuestros cadáveres desmembrados y puestos a pudrir lentamente sobre el manto ensangrentando del poema en el país de la impunidad, la desaparición y el silencio.
«Cosedoras de balones de futbol (Chichihualco, Leonardo Bravo, Guerrero)» y «Carpero (Saltillo, Coahuila)» son poemas de El tañedor de cadáveres (Dirección de Editorial Universitaria/Publicaciones UANL, México, 2026). Los tres fragmentos de Machete sin hoja al que le falta el mango fueron extraídos de la edición publicada por el Fondo de Cultura Económica (México, 2025).
Villa de Comaltitlán, Soconusco, Chiapas, Centroamérica, 1974.
Exfutbolista, biólogo y escritor, autor de 41 libros de poesía. En la última década y media su obra literaria se ha centrado en la defensa de los derechos humanos de personas migrantes y víctimas de desaparición forzada. Obra reciente: Marabunta (Editorial Arte y Literatura, Cuba, 2021; Ala Ediciones, Chiapas, 2021 –edición bilingüe-; Los Perros Románticos, Chile, 2019), Libro centroamericano de los muertos (FCE, 1ª reimpresión, 2020), Antiícaro (La Chifurnia, El Salvador, 2019), Cantar del ángel con remos en la espalda (Puertabierta Editores, 2019), icarías (Ícaro Ediciones, 2020), El tañedor de cadáveres (CONARTE, 2021), Braille para sordos (FOEM, 1ª reedición, 2021), El mazo del tahúr (UACAM, 2022), Central American Book of The Dead/Libro centroamericano de los muertos (Ala Ediciones, Chiapas, edición bilingüe, 2ª edición en español, 1ª edición en inglés, 2022, en prensa), Álbum familiar centroamericano (Andesgraund Ediciones, Chile, 2023, en prensa) y Central American Book of The Dead (Flower Song Press, USA, 2023, en prensa). Su obra ha merecido diversos reconocimientos, entre otros: Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2012, Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 2014, Premio Nacional de Poesía José Emilio Pacheco 2016, Premio Nacional de Poesía Amado Nervo 2017, Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2018 y Premio Nacional de Poesía Carmen Alardín 2021. Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México en las emisiones 2013, 2017 y 2022. Como originario de Soconusco, ubicado en el sur profundo de México y estrechamente vinculado durante siglos con las culturas de Centroamérica, Balam Rodrigo se identifica nacional y culturalmente como centroamericano/centroamexicano.