Danzón

3 agosto, 2026
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Presentamos un poema en varios fragmentos, como pasos de baile. La écfrasis abandona la pintura y se traslada a la danza. El verso cede ante la prosa. El poema se permite ensayar algunas variaciones sobre su tema.

Con los pies llenos de asombro y el aliento adelgazado por una cicatriz de preguntas y memorias, las parejas inventan una constelación de huesos para tejer la transparencia. En esa duermevela, cuatro axilas miden el origen del silencio, y la vida rejuvenece al convertirse en una isla de labios que regresan ilesos del azar, para acomodarse en otra fantasía.

Porque bailar es leer en los augurios, es susurrar un poema de amor con los zapatos; es regresar de ese sitio al que nunca se ha ido, de ese lugar que es origen del tacto, del rincón donde brotaron las miradas y la aurora reinventando la respiración y los adioses, los círculos, las caderas, la fortuna.

No se puede morir lo suficiente sin haber puesto en los pies un poco de arcilla milagrosa, un poco del deseo de restaurar la geografía en el vuelo inocente de una alondra, en el olor de la lluvia o en la redención por la tiniebla; no se puede morir sin explorar la luz al deambular sobre la sombra propia.

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Juega el azar con la sospecha. El tiempo se desliza entre los ojos cerrados.

Es probable que un relámpago finja que es un lirio cuando nombramos la cintura mientras la espuma se filtra a las orillas de su propia derrota —colmena de guijarros— sin mancharse el aliento.

Juega el azar con la sospecha, ciego pocillo del deseo; el tiempo se detiene: dos espejos se buscan resonando en los poros; dos signos descifran sus humores.

*

Tal vez el danzón haya hecho crecer nuestro silencio, poniendo oídos en las cosas; tal vez a su influjo pudimos redimirnos del tedio que se escondió en los detergentes y logramos airear nuestra esperanza en medio de voces de hule-espuma.

Quizá el danzón nos permitió respirar por primera vez un aire que nadie nos prestaba, pisando en las astillas de nuestra mala suerte; quizá nos haya enseñado a caminar diciendo lo que no cabe en las palabras; posiblemente en su cadencia haya ungido nuestros brazos con una sustancia que hace florecer los almanaques; probablemente en sus sonidos esté cifrado el lugar preciso en que se esconden las raíces de la geometría.

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Hay algo peculiar en el corazón de los danzantes: algo como una herida sobreviviente del futuro o como un dolor que encontró su lugar en la última página de un libro.

No se baila con los puños cerrados; no se baila sin contribuir al arte de la fuga; no se baila sin la cartografía de una ruta misteriosa. Bailar es redactar un diálogo de esponjas.

Alguien baila y se redime, alguien baila y resucita; algunos sólo siguen el ritmo de su tos y asesinan los caminos; pero el que baila sabe la distancia exacta de la cercanía.

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Minero de la luz, el contrabajo revienta las siete cabezas del silencio.

Su voz se escucha lejos, hurgando en la nitidez de una consciencia que desparrama sus ojeras en la metáfora de un agua que palpita.

Nunca pierde el tiempo el contrabajo, por eso no envejece.

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Para hilvanar el sueño y el espacio, alguien escribe su nombre en el ala de una mariposa.

Si la tarde transcurre en un crepúsculo de huesos, si algunos huyen de la noche en blanco, si alguien estira su nostalgia para alcanzar —a contratiempo— una ración de olvido, es porque un piano deshojó una luz ensimismada llenando de lascivia lo que habita en la corteza de los árboles.

Alguien escribe su nombre en el ala de una mariposa, inventando los nombres, inventando las alas, inventando las mariposas, cobijado por el gesto de una luz negligente deshojada por un piano.

*

Flor grave —cáliz del sonido—, el trombón abre sus pétalos para aromar las líneas de la palma de la mano: campánula de latón, caña con alas, el trombón habla lentamente, igual que los hombres que saben lo que dicen.

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Habría que hurgar en el primer relámpago para reconocer el místico linaje de la clave.

Habría que ir a las sílabas nostálgicas del árbol que quiso cantar como los pájaros que se posaban en sus ramas.  

El secreto de la clave no está en su voz, sino en su aliento luminoso.

*

Llegó el danzón.

Llegó cuando la luna era tan solo una costra blanca en la frente de la noche, cuando el olvido era un verbo intransitivo que nadie conjugaba, cuando un retrato era una declaración de guerra y una receta de cocina era una declaración de amor.

Llegó el danzón: nada estaba en su sitio; cada sonido era una bofetada y cada palabra era un estornudo: se cantaba un tumor, se sudaba un polvo extraño y mirábamos el mundo a través de las uñas.

El sol era un erizo, nos alimentábamos de pies descalzos, el cielo era una grieta.

Nada ha cambiado salvo porque amaneció un timbal.

Llegó el danzón, parecíamos felices.

La noche respiró.

Valladolid, Yucatán, México. Poeta, ensayista, periodista y catedrático universitario. Licenciado en Comunicación por la Universidad Iberoamericana. Maestro en Filosofía por la UNAM. Ha publicado cinco libros de poesía y uno de ensayos, además de una obra sobre los murales del Palacio de Gobierno de Yucatán que pintara el maestro Fernando Castro Pacheco. En 2008 ganó el Premio de Poesía “Efraín Huerta”. Actualmente es coordinador de la Escuela de Creación Literaria del Centro Estatal de Bellas Artes de Yucatán.