Una historia de amor cualquiera

3 agosto, 2026
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Presentamos una pieza de Breve historia del fracaso, primer libro de cuentos de esta autora nicaragüense cada vez más imprescindible. Con una edición guatemalteca (F&G, 2024) y otra mexicana (Nitro/Press, 2025), Breve historia del fracaso es ya un referente de la ficción contemporánea de Centroamérica.

Se conocieron en una fiesta a la que no hubieran asistido en circunstancias normales. Ahora que muchos se habían ido, los círculos de la pequeña ciudad se reajustaban para abrir paso a nuevos y extraños encuentros. No se trataba de lazos, esos lazos ya estaban perdidos. Se trataba de sobrevivir, de no perder el contacto humano y de no envejecer de golpe. También se trataba de tener con quien juntarse a conversar, de lamentarse un poco, pero solo un poco, porque lamentarse mucho podría incomodar a los invitados. Había que ser sutiles y no romper la frágil burbuja. Afuera la realidad era hostil, reinaba la barbarie y nadie quería pensar demasiado en ello. Nadie quería pensar, pensar era morir en vida y ellos habían decidido quedarse, aunque otros no tuvieron elección.

Algo de alcohol para calmar la sed, un poco de mariguana para relajar los nervios ¿Quién tiene el contacto del que trae MDMA? Siempre hay alguien que lleva consigo algo que funcione para no perder la fe en el amor y en el milagro que provoca el tacto de un desconocido, conectarse con lo más elemental, ser solo sentidos. Las imágenes del horror podían quedarse afuera, esas eran parte del pasado, o más bien, parte del presente de las cosas pasadas.

Ambos llegaron sin conocer a casi nadie, pero a la vez conociéndolos a todos, de vista, de nombre, de espacio compartido en algún momento hace muchos años. Gente con la que no hubieran conversado jamás, por la que sentían algún tipo de aversión o ningún interés, pero ahí estaban todos, debían ser cordiales, había que iniciar de nuevo. El paraguas y la máquina de coser se encuentran de forma fortuita en la mesa de disección, llamados por el impulso de la carne que se atrae mutuamente, aunque en otras circunstancias no se hubieran visto el uno al otro como una posibilidad. En tiempos de hambre quién puede decirle que no a un trozo de hígado, a un pedazo de pan cuando el alimento escasea. Los que buscan alimento para el espíritu no están ahí, porque los espíritus ya murieron, solo quedan los cuerpos que buscan el sustento. Todos los que están en esa fiesta ya perdieron algo, aunque ha pasado tanto tiempo que no recuerdan qué, porque la memoria es corta para evitar que duela el cuerpo lastimado.

Se observan y no se reconocen, nunca se han visto antes. Ella es una oficinista que odia su trabajo pero que no sabe hacer nada mejor. Él es un artista, según dicen, un pintor al que su momento para ser descubierto ya pasó. Se ven y no se gustan, pero hay que engañarse un poco. Vale la pena intentar cosas nuevas, de esas oportunidades ya casi no quedan. Ella le sonríe y se acerca, mañana debo trabajar y no quiero, piensa, él le regresa la sonrisa y solo espera su llegada, no piensa en nada, no piensa que tenga que trabajar al día siguiente porque no tiene trabajo. Se saludan, preguntan quién te invitó a venir aquí, no te había visto antes. Trazan los vínculos que los llevaron hasta este momento. No conocen a las mismas personas, no frecuentan los mismos círculos, coinciden en que de verdad el azar –también llamado desgracia– los ha juntado ahí, en esa casa vieja, con esa gente extraña que baila poseída, con los ojos viendo hacía ninguna parte, esa gente que solo conoce la plenitud mientras alguna sustancia le recorra el cuerpo.

Hablan de cualquier cosa, del clima que nunca mejora, y que no conoce el cambio de estación. Es agosto y a veces llueve por la noche, pero el infierno no tiene tregua. Después de un rato, un incómodo silencio se instala entre los dos. No queda nada más de qué hablar, no tienen los mismos intereses, tampoco intereses parecidos, ni siquiera son contrarios, solo son ajenos. Entonces piden más cerveza, él enciende un cigarro de mariguana, lo trajo desde su casa para no tener que pedirle nada a algún desconocido o peor, a algún tipo conocido y desagradable. Ambos piensan que tal vez después de beber y fumar un poco, todo puede fluir mejor. Siguen conversando de cualquier cosa, de como nunca se habían conocido, de cómo no simpatizan con muchos de los que están en esa casa vieja y medio mugrienta de Managua.

Gente entra y sale, van al patio, varios de ellos van descalzos, dejan sus pisadas oscuras en el piso. Quién va a limpiar todo esto se pregunta ella. Apenas un par de focos iluminan todo el lugar. En la penumbra se alcanza a ver una pareja al fondo de la sala, la mujer lleva un vestido de flores, está sentada encima del hombre, hacen movimientos extraños, cogen al parecer, pero todos fingen no verlos, nadie se entera de lo que pasa fuera de sí mismo. Él la reconoce, salieron alguna vez hace no mucho pero no funcionó, encontrarla de nuevo no era extraño. Así es esto, reflexiona. Ella le dice que ya tiene que irse, no quiere dormir tarde porque mañana debe atender la queja de algún gringo con alguna enfermedad terminal que su seguro médico no cubre. Tiene auto y le dice que puede llevarlo hasta su casa, pero él propone que vayan a su apartamento a conversar un rato más, aunque ya no tengan nada de qué hablar. Ella accede, no pierde nada en intentarlo, una decepción más o una decepción menos no cambia el panorama, al menos servirá para decir en la oficina que tuvo sexo anoche, aunque nadie haya preguntado ni le importe.

Ella renta un apartamento en una zona acomodada, él vive en un cuarto diminuto, en una casa que comparte con cuatro hombres más, cerca de la universidad. Nunca está de más tener de cerca la vida universitaria, o más bien, tener cerca a jóvenes e impresionables muchachitas que lo hagan sentir como un hombre interesante; aun así, él ya siente que no puede seguirles el ritmo, ya comienza a sentirse… no viejo, esa palabra es muy fea, pero si mayor, adulto y esta no era la adultez que imaginaba. Qué estoy haciendo de mi vida, comienza a preguntarse, ni siquiera tengo un taller para mi trabajo, solo mi cuarto donde apenas alcanza una cama, una silla, un caballete en un rincón y un closet desarmable.

Van juntos en el auto, él sigue en silencio meditando en el sinsentido de su vida adulta. Ella lo observa de reojo y piensa que nunca había salido con un hombre así, se ve desaliñado, no es feo, pero podría arreglarse mejor. Esa camisa de cuadros desteñida. ¿Cuántos años tendrá usándola?

Ella vive para trabajar en algo que no le interesa ni le apasiona, aunque tampoco cree que pueda existir tal cosa como el trabajo indicado cuando nada en su vida parece cumplir con ese adjetivo. Estudió una ingeniería que no terminó, entregar la tesis se le hizo un requisito sin sentido. Sus padres fueron lo suficiente visionarios como para invertir su poco dinero en hacer de su hija una persona bilingüe desde pequeña, creyeron que esa habilidad pagaría mejor que cualquier carrera universitaria y no apostaron mal, gracias a ella comenzó a trabajar en un call center, un empleo para el que no se necesita título y donde solo los más fuertes o peor aún, los más dañados podrían sobrevivir después de uno o dos años. Persistió, a diferencia de quienes se iban desesperados porque consideraban que aquel lugar se llevaba sus vidas hundiéndolos en un pozo de frustración. Ella continuó de forma estoica, no por convicción, sino porque era consciente de que para sí no había una mejor opción laboral, aunque tampoco le interesaba buscarla. Tenía la sangre fría que se necesitaba para el puesto, eso le dijeron sus superiores cuando inició. Te veo aquí muchos años, era un halago, aunque también una condena. Su último novio, con el que planeaba casarse, la dejó a causa de ese espíritu imperturbable. Le decía: vos no tenés aspiraciones, vos no tenés sueños, ni intereses, ni planes, solo estás ahí, eso le decía hasta que se robó buena parte de sus ahorros y se fue con otra. Mi aspiración es sobrevivir a esta mierda sin perder la cabeza, se decía a sí misma. ¿Qué haría aquel hijueputa con el dinero que me robó? Se imaginaba a su exnovio comprando un sofá reclinable, siempre quiso uno para ver el fútbol. Al mes siguiente ella planeaba regalárselo, sería una sorpresa, pero no pasó, la sorpresa fue otra. Así es la vida, se dice así misma, no todo es como quisiera.

Cada uno va inmerso en sus propias reflexiones hasta que llegan al apartamento y tienen que bajarse del auto. Ella lo invita a pasar, van a su habitación, le ofrece una cerveza. Él piensa, esto es mucho mejor que el cuartucho que rento, pero no puedo pagármelo, necesito conseguir un trabajo de verdad. Le da un beso, intenta concentrarse, pero no deja de pensar en el rumbo que está llevando su vida. Ella recibe el beso, piensa que hace mucho no besa a nadie, no desde que su exnovio se fue. ¿Hace cuánto? ¿Ocho meses, nueve meses quizás? Eso es mucho para alguien de su edad, pronto cumplirá 32. Sigue siendo joven, pero se sorprende de lo vieja y cansada que se siente. No creo llegar a los 50, en realidad no quiero llegar a los 50, se dice a sí misma. Se besan e intentan concentrarse, no pensar o pensar en alguien más, en otro cuerpo, en otras tetas, otro culo más redondeado, una verga que huela mejor, una cita, un gesto, una mirada, escarban en algún recuerdo que les cause más emoción que el presente. Diseccionan cuerpos en sus cabezas para armar algún Frankenstein erótico. Se desnudan, cogen por unos minutos, ninguno puede llegar al orgasmo. No fue malo, pudo haber sido peor. Tal vez otro día, en otras circunstancias.

Él le dice que ya debe irse, pero es mentira, no tiene que ir a ningún lado, nadie lo espera, lo dice con la esperanza de que ella no lo deje volver a su mugrosa realidad, a su cuartucho miserable y a sus sábanas sucias. Que bien huelen estas sábanas, debería lavar las mía más a menudo, piensa. Y siguen blancas ¿Serán nuevas? No recuerdo nunca haber comprado sábanas en mi vida, no sé cómo conseguí las que tengo. Ella observa su rostro pensativo, aunque le dijo que ya debe irse no lo ve moverse, al parecer no se quiere marchar. Le ofrece quedarse si así lo desea, ya es tarde. No tiene que insistir, él acepta de inmediato. Entonces duermen, uno junto al otro sin tocarse, sin sentirse cómodos, pero tampoco incómodos, sin sentir nada en realidad.

A la mañana siguiente ella lo ve dormir profundamente y prefiere no despertarlo. Le deja una nota: podés tomar lo que querrás del refrigerador, cerrá la puerta con seguro antes de irte. Mientras conduce se recrimina a sí misma haber dejado su apartamento en manos de un hombre que conoció la noche anterior. ¿Y si te roba algo? No importa, después de todo no tiene tantas cosas de valor, o más bien, no tiene objetos que le interesen. Si me roban algo no será tanto, no es que no me hayan robado antes. Tiene su teléfono, intercambiaron números en la fiesta, podría llamarlo más tarde para saber si ya se fue.

Llega a su trabajo, marca su hora de entrada, deja sus cosas, se sirve una taza de café y toma asiento en su cubículo. Todo igual, siempre igual, aunque sus compañeros no eran los mismos, ella era una de las más antiguas en su área. No todos soportan que un gringo a cientos de kilómetros llame histérico para reclamar por su factura hospitalaria, o porque su seguro no cubre sus enfermedades. Había unos muy furiosos, otros lloraban al teléfono, contaban las historias de sus hijos con leucemia, sus padres con cáncer, pero no había nada que hacer. El seguro no lo cubre, señor, señora. Tener temple de acero, no dejarse conmover porque después vendría la culpa, las pesadillas, la incomodidad, pensar en lo injusto que es este mundo y, por último, la reflexión sobre el sinsentido de la vida, hasta que renunciaban. Pero lo que había que hacer para sobrevivir era recordar que ellos eran gringos mientras quienes respondían al otro lado del teléfono era algún muchachito de universidad trunca como ella, que aprendió inglés porque no tiene oportunidad de trabajar en nada más. No puedo sentir pesar de otros mientras yo vivo en el infierno se decía, quizás a eso se referían cuando elogiaban su sangre fría. En la larga fila de cubículos quien estaba a su derecha era un cuarentón de lentes que siempre llevaba puesta alguna camiseta de superhéroes. Su restaurante quebró hace unos meses, se casó hace poco y acaba de tener una hija, se le veía ojeroso y de mal humor. No le daba ni cinco meses. A veces hacía apuestas en su cabeza sobre cuánto tiempo soportarían los demás.

El personal no dejaba de rotar, pero ella seguía ahí como un viejo sillón, como parte del inmobiliario de aquellas frías oficinas donde programaban el aire acondicionado a 10 grados para contrarrestar los 38 grados del exterior. Era una estrategia para imaginar, al menos, que tenían un trabajo de mierda en otro país, más al norte. Impasible soportó aquella temporada cuando los trabajadores renunciaron por docenas, querían marcharse lo más pronto posible. Los primeros que se fueron eran los que confiaban en que su vida aún podría tener algún sentido lejos de aquel país. Luego comenzaron los recortes masivos, los clientes que se iban, la crisis económica. La mano de obra es barata, pero este ya no es un lugar seguro para hacer negocios, eso decían los inversores, entonces los gerentes congelaban los salarios, pagaban menos, establecían metas absurdas. Después llegaron a las oficinas los que perdieron sus empleos, trabajos mucho mejor remunerados, esos sí habían terminado la universidad, incluso tenían posgrados, pero no encontraban nada más. Esos se quedaban poco tiempo, ahorraban hasta poder irse y llevar a sus familias consigo. Y mientras todo pasaba, ella seguía en el mismo cubículo, en su mismo puesto, leyendo las mismas quejas de quienes rogaban por un plan de pagos, un descuento, alguna consideración especial; pero no, para ustedes no hay nada. ¿Hay algo de eso para mí acaso, mientras veo cómo el mundo se desdibuja a mi alrededor?

Se levanta para servirse otro café, al menos su área era un poco mejor que la de los peones, esos tienen un capataz que cuenta las veces que van al baño y con un cronómetro anota la cantidad de llamadas que pueden responder en un minuto. Me siento desahuciada piensa mientras le da un sorbo a su café, pero no hay ningún servicio al cliente al que pueda llamar para reclamar que esta vida no fue lo que yo esperaba, aunque nunca supe que esperar. Revisa su celular, tiene un mensaje de él preguntándole si puede verla para cenar. ¿Cenar? ¿Con él? No le agrada demasiado la idea, pero lo piensa mejor y tampoco le vendría mal comer en compañía de alguien, de quien fuera. Quizás debería adoptar un perro, se dice así misma antes de responder el siguiente correo.

Esa mañana él se levanta tarde y un poco desconcertado por despertar en una habitación que no es la suya. Se queda un rato más en la cama revisando su teléfono. La idea de regresar a su casa no lo motiva. Desde hace un par de meses se siente más angustiado que de costumbre. Piensa en su vida, en su futuro, no sabe si es la edad, pero tampoco se decide a hacer nada al respecto, no se le ocurre qué hacer ni tiene demasiadas energías para intentar algo diferente. Un restaurante le encargó unos cuadros para su local, pero seguían sin pagarle el adelanto prometido. Ya no tenía dinero para comprar materiales, tampoco le emocionaba la idea de seguir pintando bodegones o retratos por encargo. En general intentaba rechazar ese tipo de trabajos, pero eran los que más pedían los clientes. Debía aceptar, no le quedaba otra opción, menos en esos momentos donde todo parecía ponerse peor y peor. Un retrato no era la prioridad de nadie, pagarlo era una especie de lujo y él tenía que sacar provecho de sus habilidades. No estudié arte para hacer retratos de mal gusto, rumiaba para sí. De verdad los detestaba. Nada le parecía más aborrecible que el hiperrealismo, para eso ya existe la fotografía, dios santo. Qué mérito tiene que otros se asombren de ver la pincelada que no deja rastro de sí misma, el objeto representado hasta en el más mínimo detalle, la técnica robótica que rehúye del mundo de lo simbólico.

Pese a todo, no eran los retratos de sandías y papayas lo que más aborrecía, sino los desnudos. Solían enviarle una fotografía de alguna joven colocada en una posición que pretendía ser erótica. Cuántas veces no pintó la misma pose vomitiva de una muchacha recostada en un sofá imitando aquella escena del Titanic. A veces le pedían que le colocara alas de mariposa o flores alrededor, pero él argumentaba que no sabía cómo hacerlo, aunque sí sabía, pero su orgullo no podría soportar tanta humillación. Suficiente era con que sus compañeros supieran del terrible oficio de pintor por encargo al que ahora se dedicaba. Sus maestros decían «este muchacho es el más talentoso de su generación», pero de nada valía su talento porque algo le faltaba, muchos creían que carecía de personalidad y arrojo. Si los menos talentosos ahora tenían becas en Europa y exponían en bienales internacionales, ¿qué le había pasado a él? Su principal problema era no tener nada que decir. Estaba vacío, sentía una especie de hueco en su cerebro y en su cuerpo, un agujero que lo consumía todos los días, que crecía con las semanas, un hoyo que se lo tragaría a sí mismo como una enfermedad terminal y no sabía cómo detenerlo.

La última vez que expuso su obra, apenas y pudo vender un solo cuadro, era una secuencia de atardeceres de la ciudad, pero desde entonces no hacía nada más. La encargada de la galería de arte le dijo que lo siguiera intentando, que su técnica era muy buena, aunque un poco, ¿cómo decirlo?, ¿plana?, ¿hueca? Pero sin duda había talento en él. Talento, talento, talento de mierda, maldito hijueputa talento, murmuraba entre dientes, para qué le servía el talento si no podía hacer nada con él, hubiera deseado no tenerlo, que todos le dijeran que era una basura, que no tenía futuro, así tal vez se hubiera dedicado a otra cosa. ¿Cuánto tiempo más tendré que soportar esta vida en el cuartucho? Tuve que empeñar mi cámara fotográfica, es lo único que me acompañaba de valor y ya me retrasé demasiado en los pagos como para soñar con la posibilidad de recuperarla. Piensa en todas las angustias de su existencia mientras desayuna solo en el comedor de la muchacha que conoció la noche anterior. Se sirve todo lo que no suele comer. Ya está harto de los huevos con café o de un vaso de pinolillo con agua, ahora tenía jamón, bacon, panes, mantequilla. ¿Hace cuánto no compra una barra de mantequilla? Aceite de oliva, frutas. Esta es la vida que merezco. ¿Qué ha pasado conmigo para conformarme con tan poco, para vivir de esa manera tan lastimera en la que vivo?

Después de desayunar regresa a la cama, las sábanas están limpias, el sol entra a través de las cortinas e ilumina las paredes blancas. Podía detenerse a observar ese reflejo todo el día. Hace calor, pero no demasiado, enciende el abanico y duerme con una placidez que hace meses no recordaba. Después de un sueño profundo, reparador, se siente mejor, un poco más tranquilo, contento de rodearse de silencio. Comienza a revisar la habitación, frente a la cama está el closet un poco vacío, hay algunas cajas en el suelo que decide husmear, es ropa de hombre, algunos tenis. Revisa la ropa de ella, ve que le gustan mucho los vestidos, todos tienen motivos de flores, flores pequeñitas, ni uno solo de ellos tiene un color sólido y todos son muy parecidos entre sí, con ligeras variaciones de forma, unos más largos, otros con mangas, otros sin mangas, pero todos son el mismo vestido repetido 10 o 15 veces. Encuentra muchas sábanas, fundas, tapetes, también muchas toallas. Se dedica a ojear el pequeño librero del fondo del cuarto, no hay nada en particular que le llame la atención. Tiene algunas sagas que desconoce por completo, un par de novelas de García Márquez, una antología de poesía nicaragüense y varios tomos de Harry Potter en inglés. Si tuviera que juzgarla por su librero no creería que se trata de una persona interesante, pero prefiere no pensar demasiado en ello. Tal vez tenga otras virtudes. Es muy meticulosa, esa era una gran virtud. Su habitación está ordenada, impecable, cada cosa puesta con la intención de estar ahí. Tiene muchas plantas y pequeños cuadros, detalles que hablan de alguien que lleva muchos años usando ese espacio.

Sale al jardín y en el centro del patio ve una hamaca que se suspende gracias a la ayuda de dos árboles medianos. El patio no es demasiado grande pero es acogedor, el verde intenso lo inunda todo. Este es un buen lugar para pintar al aire libre, dice para sí mientras se acerca a las flores que crecen exuberantes en esa época del año. Una gran enredadera de trinitarias cuelga sobre el muro del patio. Se recuesta un rato debajo de la sombra de los árboles, piensa en que no quiere irse, no ahora. Decide escribirle, proponerle quedarse un poco más ¿Pero qué pretexto puedo darle? Le dice que puede preparar la cena para ella, en ese momento no sabe qué hacer, no es diestro en esos temas, pero alguna cosa en internet puede encontrar para que ella no crea que es un completo inútil. Si ella se niega, entonces tendrá que volver pronto a su casa. Ni siquiera sabe bien cómo regresar. En esa zona de la ciudad no funciona el transporte público, tiene que coger un mototaxi que lo lleve hasta alguna parte conocida y no tiene suficiente dinero para pedir un taxi hasta su casa, así que ella debe responder pronto porque en unas horas el sol va a ocultarse y no será tan fácil salir de ahí. Para su suerte dice que sí, ahora solo debe bañarse, arreglarse un poco, aunque traiga la misma ropa ¿Y si riego las plantas? Quizás pueda limpiar la casa, algo debo hacer para que no crea que me dediqué a dormir todo el día.

Así pasan las horas hasta que ambos se reúnen para cenar. Él le abre la puerta y ella observa algo distinto en él, se afeitó un poco la barba, seguro lo hizo con la máquina que usa para rasurarse las piernas, le parece un poco abusivo de su parte, pero prefiere no decir nada. Él la recibe con una pasta que no está muy buena, los fideos se pasaron de tiempo y la salsa está un poco seca, pero no quiere hacerlo sentir mal así que agradece el gesto. Él le dice, mañana me voy muy temprano, no quiero molestarte más. Ella lo mira unos segundos, ve que a su camisa le falta un botón, está aún más gastada de lo que recuerda la noche anterior, sigue pareciéndole atractivo, extraño y descuidado, pero atractivo en medio de todo. Podés quedarte hasta mañana o incluso otro día, si querés. Él con un gesto solemne responde que va a pensarlo, debe volver a su casa pronto para terminar el trabajo que le ha pedido el restaurante, se trata de unos bodegones, pero aún no ha definido el estilo de algunos y debe entregarlos pronto. No se queda un día, sino cinco. Cinco días en los que ella sale a trabajar y él limpia la casa y hace la cena. Al final de la tarde, ven la televisión juntos. Incluso puede lavar su ropa porque con el sol del mediodía no tarda más de una hora en secarse. Ella le dice que puede tomar la ropa de su ex novio que está en las cajas del closet si lo necesita, al parecer usan la misma talla. Así pasan los días, él se disfraza de su exnovio, ella finge que todo aquello es normal, aunque no termina de entender porque no le dice de una vez por todas que se vaya. Hay algo en su presencia que le es grato de alguna manera, aunque no puede definir qué. Le gusta regresar a casa y encontrar a alguien, aunque ese alguien fuera un completo desconocido hace unos días, ahora solo era un desconocido a secas. El sexo no es el mejor pero no esta tan mal como el del primer día.

Después de esos cinco días, él regresa a su casa y se encierra en su habitación a pensar. Que va a ser de mí si no logro vender estos cuadros, hace más de un mes nadie me escribe para pedirme ningún retrato. Así pasaba sus noches, lleno de angustia, pero sin decidir qué hacer. ¿Dónde estaban sus amigos? Esos que en otros momentos le hubieran tendido la mano ya no estaban, hace tiempo que se fueron, no sabe nada de ellos y ya no se escriben.

Ella vuelve a su trabajo, sigue respondiendo correos, reenviando pólizas, viendo como la mayoría está ahí, ahorrando, esperando la primera oportunidad para irse. Escucha el golpeteo ansioso de la pierna que se mueve sin control en el cubículo de al lado, casi que puede escuchar el rechinar de sus dientes, esos gestos son la señal de alguien que no estará ahí mucho tiempo. Después de un par de días piensa en él y decide escribirle, le pregunta cómo van sus cuadros. Lo invita a cenar y a quedarse si le apetece. Él arma su maleta y toca su puerta, ambos se ven en el umbral, saben lo que eso significa. Ella se dedica a hacer espacio para él, le dice que se quede con la ropa que guarda en su closet, también con los zapatos, al final calza el mismo número que su exnovio. No pasa mucho tiempo cuando él lleva sus pinturas y sus pinceles, sus marcos, deja su cuartucho del centro casi vacío, nunca ha llevado mucho consigo. Ella no lo detiene, solo deja que las cosas sucedan. Así, él deja su habitación en aquella casa cerca de la universidad, le regala su cama a un amigo porque no sabe qué hacer con ella y se instala de forma indefinida con la muchacha que conoció en una fiesta y que no lo quiere, lo sabe y sabe que él tampoco siente algo parecido al amor, pero eso no importa en esos momentos si la máquina de coser y el paraguas pueden hacerse compañía. Ella se levanta por las mañanas y él le prepara el desayuno, luego vuelve a la cama para seguir durmiendo hasta la tarde que es cuando se instala en el pequeño patio a pintar. Ella regresa y la cena está lista, ve los cuadros. Él decidió dejar de pintar bodegones, ahora experimenta con cosas que ella no comprende, aunque lo anima a seguir trabajando. Se trata de una secuencia de hormigas grandes, pequeñas, deformes, coloridas. Ella no sabe por qué le apasionan tanto. Pronto las cosas van a cambiar vas a ver, y vas a poder venderlos, le dice para darle ánimos. Él se queda pensativo y le pregunta, ¿Esto no puede durar para siempre verdad? Yo esperaría que no, dice ella, pero a veces no sé.

Nicaragua,1994. Ganadora del Certamen para publicación de obras literarias del Centro Nicaragüense de Escritores en 2011 con la novela Danzaré sobre su tumba. Es autora del libro de relatos Breve historia del fracaso (2024). Residente del International Writing Program de la Universidad de Iowa en 2022 y de Yaddo Corporation en 2024. Becaria del programa Jóvenes Creadores de la Secretaría de Cultura de México en 2024.

Foto: Paula Vázquez