Lugares que se narran: ¿Cómo se habita un lugar cuando ya no se vive en él?
3 agosto, 2026

¿Puede una ciudad reconstruirse con recuerdos prestados? ¿Qué convierte un territorio en materia literaria: un acontecimiento extraordinario o la observación de lo cotidiano? Estas fueron algunas de las preguntas que recorrieron la Academia Panameña de la Lengua el 19 de mayo de 2026, en un diálogo entre Edo Brenes, Sorayda Peguero Isaac y Santiago Roncagliolo en conversación con Mayra González, en el marco del festival Centroamérica Cuenta. Presentamos una transcripción editada de la conversación.
Un lugar solo existe plenamente cuando alguien lo narra. El barrio de la infancia, disuelto apenas lo abandonamos; la ciudad, siempre distinta a sí misma; un pueblo que solo conocemos en fotos y a través de las historias que se repiten en cada sobremesa familiar… vuelven todos a levantarse, ladrillo a ladrillo, en la página. ¿Cómo habitamos esos territorios literarios? ¿Los leemos y los escribimos todos de la misma manera? ¿Qué vuelve un lugar digno de ser narrado? Estas fueron algunas de las preguntas que atravesaron el diálogo «Lugares que se narran», celebrado el martes 19 de mayo de 2026 en la Academia Panameña de la Lengua, en Ciudad de Panamá, dentro de la edición istmeña del festival Centroamérica Cuenta 2026..
El encuentro reunió a tres autores cuya obra está centrada por el territorio: recordado, imaginado o dibujado. El costarricense Edo Brenes, ilustrador y novelista gráfico, ha reconstruido en libros como Puerto Langosta y Memorias de Limón un Limón que no llegó a vivir, levantado a partir de fotografías familiares y de las historias que se contaban en las fiestas. La dominicana Sorayda Peguero Isaac, cronista y columnista afincada desde hace años en Cataluña, escribe desde la distancia sobre Haina, el barrio donde creció, y sobre esos territorios mínimos que sobreviven en la memoria. El peruano Santiago Roncagliolo, autor de Abril rojo, ha habitado en sus novelas ciudades tan distantes entre sí como el Tokio poblado de robots de Tan cerca de la vida o los diversos Perús —el de Sendero Luminoso, el de los colegios limeños— que sigue escribiendo sin vivir ya en el país. La conversación fue conducida por la editora mexicana Mayra González, directora literaria de Alfaguara y de otros sellos de Penguin Random House México. La charla se movió con naturalidad entre lo lejano y lo cercano, de Tokio a Lima, de Haina a Limón, y propició reflexiones estimulantes sobre la memoria y la nostalgia, sobre el exilio elegido o forzado, sobre la lengua y el argot que dan sabor a un lugar, y sobre la manera en que un territorio se vuelve literario cuando refleja lo que sus personajes llevan dentro. Ofrecemos una transcripción editada de esa conversación.
Mayra González: Qué lindo poder reunirnos para hablar de literatura, para hablar de historias, de creatividad, y el día de hoy para hablar de territorios. Recientemente estaba haciendo yo una relectura y en lugar de compartir con mis amigos que estaba haciendo esta relectura, con esas palabras, porque mi hijo mayor está también haciéndola, entonces [dije que] estoy visitando ese lugar junto con él por primera vez y yo releyendo. Entonces decía a mis amigos: Es que Bastian y yo andamos en el Leoncio Prado, y evidentemente hay quienes activan el referente de inmediato y en vez de decir: Estamos leyendo La ciudad y los perros, [decimos que] estamos habitando ese espacio literario, y es lo que vamos a platicar el día de hoy: ¿Cómo habitamos esos espacios, esos territorios literarios, esas ciudades que podemos compartir pero que leemos de distintas maneras y que ustedes escriben de distintas maneras y nos regalan? Así que vamos a entrarle suavecito, Santiago, porque no quiero empezar con Lima, quiero empezar con Tokio. Quiero empezar con una novela, Tan cerca de la vida, porque quiero empezar desde lejos y luego quiero que terminemos en Lima Limón. Y ahora verán por qué. Y quiero empezar con Tokio justo porque esta novela, Tan cerca de la vida, es una novela que podrías escribir ahora mismo, que tendría menos de ciencia ficción de lo que tiene, que ocurre en Tokio, que las relaciones empiezan a ocurrir más con robots y con androides que entre los seres humanos, y que estamos hablando de que ya tiene su tiempo. Entonces quiero, antes de irnos a lo cercano, irnos a lo lejano y que nos cuentes cómo fue escribir ese Tokio, pensando que los territorios no solamente es el espacio, sino el tiempo, el momento que decides dejar plasmado en tu novela.
Santiago Roncagliolo: El viaje a Tokio fue muy curioso porque en esa época yo acababa de tener una gran catástrofe con un libro, con una historia trágica, y odiaba más o menos toda mi vida. Y un editor mexicano, un editor de una revista de una línea aérea mexicana, me dijo: Estamos llevando escritores a algunos de nuestros destinos y entonces te mandamos ahí, pasas una semana y escribes para la revista de la línea aérea sobre los destinos de la línea aérea. Y yo lo que dije fue: ¿Qué es lo más lejos que hay de mi vida y de todo? Y caí en Tokio y pasé ahí una semana. Además, me mantenían por canjes publicitarios, entonces iba cambiando de hotel porque los canjes duraban dos días y fui pasando de un barrio a otro. Fue un recorrido muy surrealista por cuatro o cinco barrios de Tokio en un momento en que además la tecnología en nuestro mundo todavía no era lo que es, pero en Tokio ya era lo que es. Estamos hablando del 2008 o por ahí y ya en Tokio si un teléfono no era 3G, no funcionaba. Yo ni sabía lo que era 3G, simplemente entendí que mi teléfono no funcionaba. Llevé una laptop que intenté enchufar al internet del hotel y colapsó con el ancho de banda. Y por último los husos horarios de Japón son como 12 husos más que España y no sé, 8, 9 más que Perú o menos. De manera que estaba incluso desconectado horariamente de mi mundo. Mientras yo estaba despierto, la gente que yo conocía dormía y no tenía cómo comunicarme con ellos y no tenía cómo hablar con ellos y odiaba el mundo y mi vida en general. Así que deambulaba por esta ciudad y de hecho uno de los hoteles, el mejor, fue el mismo hotel en que se rodó Lost in Translation, que es un hotel que empieza en el piso 54 y de ahí para arriba. Y abajo había galerías comerciales y en una de ellas había una exposición de lo que hoy llamamos inteligencia artificial, de robots, algunos más humanoides que otros, y el resto de la gente hablaba japonés o una cosa que ellos llamaban inglés que no se parecía a lo que yo llamaba inglés. Entonces la experiencia de ese viaje fue de una completa incomunicación humana, pero todas las mañanas bajaba a la exposición y aparecía una robot con forma humana. No sé si debajo de la falda y del vestido también había un cuerpo o solamente alambres, pero todo lo que tú veías era humano, y ya me reconocía. Y me explicaron que había sido programada con 32 emociones, que son más de las que tiene mucha gente que yo conozco. Las primeras versiones habían sido programadas con cuatro, esta había sido programada con 32 emociones. Y todas las mañanas me decía: «Buenos días, señor Roncagliolo, ¿cómo está usted?». Y yo le decía: «Mal, odio mi vida, me siento solo, no puedo hablar con nadie, soy un perro solitario en Japón». «Qué bueno, me alegro. Pruebe nuestro desarrollo continental». No estaba preparada para que tú no le respondas «bien», a estas cosas se responde «bien». Y de alguna manera todo este viaje era una metáfora de la soledad, de la incomunicación del personaje. Y creo que por eso es una de mis novelas más raras, en realidad no se parecen mucho a las demás, porque yo estaba en un momento también de desconexión conmigo mismo. Y eso es lo que creo que te dan los viajes, lo mismo que te da la literatura, la posibilidad de ser otra persona, una persona que no está limitada, sometida, restringida por la gente que te rodea, por el pasado del que vienes, por el lugar en el que estás, ni siquiera por el idioma. Entonces fue un viaje horroroso, pero lo bueno de ser escritor es que incluso lo horroroso se convierte en algo que te permite superar, que te permite cambiar de vida, que te permite crear algo hermoso amortizando tus desastres.
Mayra González: Y ese es el Tokio que nos toca habitar cuando estamos leyendo la novela de Santiago. Y hablando de lo lejano y de lo cercano, Sorayda, tú no estás viviendo en República Dominicana, tú estás viviendo ahora en Barcelona, escribes continuamente artículos, columnas, escribes textos sobre República Dominicana, es decir, desde la lejanía, y no solamente desde la lejanía espacial, sino también desde la lejanía temporal estás escribiendo estos textos, porque a veces recurres a la memoria para compartir algo sobre República Dominicana y llevarnos a habitar ese espacio, no el país necesariamente, no una ciudad necesariamente, sino a veces un territorio mínimo dentro de tu memoria y dentro de ese lugar.
Sorayda Peguero Isaac: Ciertamente a mí me pasa algo que me tomó por sorpresa, porque no fue algo en lo que yo estuve reflexionando durante un tiempo, sino que surgió de manera casi instintiva. Ese lugar, ese pequeño lugar que dices que no necesariamente se ubica o comprende todo el territorio de la República Dominicana es el barrio en el que yo crecí, en el que viví toda mi vida hasta que me fui a vivir hace ya muchos años a Cataluña, un municipio de Barcelona. Este lugar, este pequeño lugar, igual que el municipio de Barcelona en el que vivo, que queda a pocos kilómetros de la ciudad, queda a pocos kilómetros de la capital de la República Dominicana, de Santo Domingo, se llama Haina. Se escribe con H, pero se pronuncia ‘Jaina’. Y es un lugar muy pequeño, sumamente caótico, pero en ese pequeño lugar convergen una serie de elementos, de los cuales yo no fui consciente mientras vivía allá. Pero tiene el puerto más importante del país, entonces, siendo un lugar muy pequeñito, llegan todos los años más de mil buques de carga, todos los productos de importación que llegan al país entran por ahí, con lo que conlleva: todo el movimiento comercial, gente que llega de otros lugares del país a vivir al pueblo porque hay trabajo, está la refinería de petróleo, una planta generadora eléctrica, hay toda una zona franca. Entonces, durante mi infancia esto se iba dando, el incremento de la población. Hubo durante muchos años, si no recuerdo mal hasta el 96, un ingenio de caña de azúcar, también uno de los más importantes del país. Entonces hay una población haitiana importante que se dedica al corte de la caña. Y durante mi infancia todavía los niños de mi generación tenían la suerte de que podían jugar en la calle o ir a los patios vecinos a jugar con otros niños, pero en mi caso no fue así porque mi papá y mi mamá eran bastante estrictos con eso y nos decían aquí que venga todo el que quiera, todos los amiguitos y amiguitas que quieran venir a jugar al patio, que crecimos en una casa grande con un patio grande, que vengan, pero eso de estar yendo aquí y yendo allí a ellos no les parecía. Y eso hizo que yo desarrollara una curiosidad que, si ya la tenía de forma innata, la prohibición de no salir a la calle me la incrementó. Entonces yo vivía espiando todo, porque la casa quedaba a pie de calle, y parando gente que pasaba para hacerle preguntas. Eso a mi mamá le generaba también mucha preocupación, porque a veces me perdía de vista y de repente me encontraba hablando, filosofando con un borracho, preguntándole no sé qué cosas. Cerca de la casa había un matadero de reses y había unas horas concretas en que los empleados salían, a la hora del mediodía, para comer en sus casas y yo les preguntaba que cómo mataban las reses, que si era con un cuchillo, que si no sé qué, si no sé cuánto, todo ese tipo de cosas. Y por las noches, tuvimos la suerte de que en la casa, de dos pisos, el dormitorio de mi papá y mi mamá estaba en la planta de arriba y nosotras estábamos abajo. Entonces a partir de las ocho y media, las nueve, ellos se retiraban ya a su habitación y nos dejaban teóricamente dormidas. Pero yo aprovechaba y a veces había unas ventanas antiguas que se abrían, que se regulaban como con unas manecillas. Entonces yo podía regular las ventanas para ver lo que pasaba en la calle sin que me vieran a mí. Entonces en la calzada de la casa había peleas de enamorados, reconciliaciones, todo tipo de cosas y yo oía muchas conversaciones y prestaba mucha atención a los diferentes perfiles de gente que pasaba por ahí. Y lo que no sabía o lo que no podía investigar preguntando me lo imaginaba. Y claro, después que yo me fui a vivir a Cataluña, a Barcelona, a Sabadell concretamente, tenía muchos recuerdos de ese pequeño lugar en el que yo crecí y me parecía fantástico todo lo que yo veía, los personajes, las frases que yo escuchaba, las conversaciones que yo escuchaba y eso se fue introduciendo poco a poco en mi escritura y era como un ancla. Surgió en mí una especie de miedo como de perder esa memoria. Entonces el ejercicio de llevar esos personajes y ciertos acontecimientos que yo recordaba de esa época a mi escritura surge por eso. Porque yo dije: Yo no quiero que esto se pierda. Era una manera de preservar el lugar de donde yo vengo y que me acompañe, que está en mí de alguna manera y por qué no compartirlo.
Mayra González: ¿Y en tu caso, Edo? Quiero saber por qué las ciudades son tan importantes, porque en principio es Limón mucho, por eso digo Lima Limón, ahorita pasamos a Lima. Pero no solamente es Limón, sino que ya has ido también a La Habana, ya has ido también a otras ciudades. ¿Por qué las ciudades son tan importantes en tu arte?
Edo Brenes: Yo creo que eso viene porque mi papá es urbanista y arquitecto, entonces yo he recorrido ciudades con él y me va explicando cosas que, es cierto, cuando era adolescente me parecía lo más aburrido del mundo, pero ya después uno va creciendo y se va dando cuenta del valor que eso tiene. Y, por otro lado, Limón es la provincia del Caribe de Costa Rica y toda mi familia es de ahí, yo no soy de ahí, yo ya nací en San José. Pero, cuando se hacían fiestas grandes, la familia de mi mamá y la de mi papá se juntaban y hablaban de Limón y esos recuerdos y para mí había algo mágico, es como lo que dice Sorayda, como ese recuerdo de algo que yo no viví. Entonces yo empecé escribiendo en mi cabeza cosas que yo no viví. Yo Limón no lo conozco hoy en día, yo conozco el Limón de los cuarenta y los cincuenta y lo tengo muy interiorizado, sobre todo porque mis dos abuelos eran aficionados a la fotografía, pero uno a los paseos y a las fiestas familiares, entonces tengo mucho de esa vida, y el otro a la arquitectura, a los eventos, entonces cuando llegó la guerra del 48 todo, el ejército y todo eso está ahí. Y yo dije, ya más adulto, ya sabiéndome todas las historias de memoria, según yo: Voy a escribir sobre Limón. Y lo que pasó fue algo muy curioso, que empecé a poner más atención en estas reuniones familiares, a que hablaban mucho de la ciudad, del lugar, de la playa, del mar, lo que hacían, y me di cuenta de que en todas las fiestas sólo contaban las mismas diez historias. Y las mismas diez historias. Y empecé a ponerme atención a mí y a mis amigos y siempre que nos reunimos contamos las mismas diez historias. Entonces mi trabajo fue ver cómo hacer para que se fueran por otras ramas y lograr más historias. Y a partir de ahí fue que yo realmente conocí Limón. Acompañado de mi papá, que me llevó a hacer un tour y me dijo: Bueno, es que aquí es donde estaba esta casa, que hablan de esto, Aquí es donde está lo otro. Y viendo las fotos y analizando. Y yo creo que yo aprendí a escribir experiencias de lugares a partir de experiencias que yo no viví. Pero ese ejercicio, en mis primeros dos libros, que hablan de Limón, me llevó a hacer el mismo ejercicio conmigo mismo. Y entonces en Aparthotel Deluxe, que habla de un edificio en San José, y Turistas en La Habana, que es un viaje que hice con mi esposa a La Habana, ya apliqué lo que había aprendido a hacer en otras personas, pero en mi vida propia. Entonces no sé, es algo que, no sé, la ciudad para mí… A la gente no le gusta Limón, en Costa Rica, y no le gusta San José. En realidad no nos gusta el país. Y a mí me parecen increíbles. Porque es que Costa Rica es conocido por sus playas y su naturaleza, pero las ciudades son feas, eso es lo que se dice. Y en realidad no es cierto. A mí me encantan las dos y tienen su magia. No somos un país de primer mundo, pero cada lugar es un mundo, y Limón es muy diferente a San José, y están esas diferencias, lo que me gusta observar y lo que me gusta escribir.
Mayra González: Porque, además, podemos pensar que para que un territorio sea literario tiene que pasar algo extraordinario. Me quedo un segundo con Edo más. Tú narras lo cotidiano, no te enfocas en que algún suceso, una guerra, una batalla, tenga que estar acompañando a ese territorio para que sea literario.
Edo Brenes: Sí, en realidad me gusta más lo cotidiano. El primer libro sucede en el marco de la guerra del 48 en Costa Rica, pero la historia no se trata de la guerra, nada más va pasando como de fondo. Yo, desde que empecé a escribir, yo antes hablaba mucho en mi familia y era muy participativo, y ahora soy muy callado, y me dicen que de pronto ya como que perdí esas ganas, pero en realidad es que ahora observo más, y entonces estoy observando y estoy en las cosas sencillas, siento que es donde está la mayor riqueza para mí, para escribir. Tanto así que me dicen, cuando llega alguien nuevo, dicen: Cuidado con lo que dicen, porque él lo va a escribir. Mi suegra lo dice un montón. Pero lo curioso de eso es que mis tíos más bien ahora me dicen más para que ojalá lo escriba.
Santiago Roncagliolo: Todo el mundo quiere que escribas su historia hasta que ven qué historia escribes, porque todo el mundo cree que la historia que tiene es la historia en la que es bueno y maravilloso y lucha contra un mundo que no lo comprende, pero tu verdadera historia es sobre lo horrible que eres, la pesadilla de ser humano que eres, y esa es la historia interesante de leer. Entonces todo el mundo viene y te dice, cuando eres escritor: Deberías escribir mi historia, y tú siempre piensas: Chiquito, no te va a gustar, no es una buena idea.
Mayra González: Santiago, de lo lejano a lo cercano, o a lo que sigue siendo lejano, porque escribes sobre Perú sin vivir en Perú. Mucho de lo que has escrito lo has escrito ya no viviendo en Perú.
Santiago Roncagliolo: Bueno, pero en mi cabeza Perú también fue un viaje a otro sitio, porque yo crecí en México, y mis primeros recuerdos son de México, y mis primeros amigos eran mexicanitos, bueno, mexicanitos y otros exiliados, exiliados de todos lados, chilenitos, argentinitos, todos con padres que tenían barba y anteojos de carey y que estaban planeando una revolución en algún lugar. Y entonces, como a mediados de los 80 volvimos al Perú, y había una revolución en curso, y era un infierno, era un infierno de violencia y de apagones y asesinatos y de cadáveres por la calle, y entonces, claro, yo llegué a este sitio preguntándome: ¿por qué vivimos aquí?, ¿por qué no vivimos en México, donde estábamos perfectamente bien? Ese lugar tan tranquilo. Imagínate, si tú crees que la Ciudad de México es un lugar tranquilo y apacible, es que no puedes ser una persona normal. Sin embargo, este regreso a esta ciudad que se supone que era mi ciudad y en la que no podías ni salir a la calle, fue lo que me hizo lector. En casa, bueno, crecíamos confinados, como cuando estuvimos en la pandemia, no se podía salir, y en casa había libros, y en esos libros había otras vidas mejores y más satisfactorias y más grandes que mi vida, que terminaba en la pared del cuarto. Además, era un niño que hablaba raro dentro del colegio y que además no entendía las palabras, no entendía ni de qué estábamos hablando, porque yo en México había estado en un colegio pequeñito, laico, mixto, rodeado de padres progres, y en Lima fui a un colegio religioso enorme y de varones. Entonces, todas las lógicas eran diferentes, pero todo tenía que ver con palabras que yo no entendía y con insultos que yo no entendía y con chistes que yo no entendía. Pero me daba cuenta de que no podías preguntar porque ya era entregarte en sacrificio al bullying, o sea, ya era suficientemente raro como para preguntar: ¿De qué estamos hablando exactamente? Entonces durante un año yo conté chistes que no entendía e hice bromas e insulté a gente con palabras que no sabía qué querían decir mientras me iba enterando de qué estábamos hablando todo el tiempo, porque todo el tiempo se estaba hablando de lo mismo. Y esto también creo que tuvo mucho que ver con ser escritor, porque un niño simplemente suele creer que las palabras se refieren a las cosas y ya está, no hay más dificultad. Pero esto me obligó a darme cuenta de que las palabras también determinan quién eres dentro de un grupo. Si tienes más poder porque conoces unas palabras, tienes menos porque conoces otras. Tienes mejores relaciones y puedes hacer que los demás se rían y menos si no entiendes de lo que están hablando. Y todo eso me creó también una fascinación. Todo eso y tener que leer porque no se podía salir me generaron una gran fascinación por los libros, por las palabras, por el lenguaje que son las de un extranjero descubriendo un lugar que no reconoce como suyo.
Mayra González: Pero entonces, ¿qué es lo que termina haciendo que un territorio se convierta en algo literario? Y lo pregunto como lectores y para quienes somos lectores, pero también se los pregunto por supuesto como narradores.
Santiago Roncagliolo: Yo creo que un territorio es interesante cuando lo lees porque refleja lo que los personajes llevan dentro. Es una materialización de lo que les pasa a unas personas con las que el lector se identifica y siente que esa persona también es él. Entonces la violencia de un lugar como el Perú de los 80 retrata la violencia que todos llevamos dentro. Un desierto o los robots en Tokio no interesan tanto por contar a los robots sino porque esa sensación de soledad y de incomunicación todos la hemos tenido de alguna manera aunque no hayamos salido de nuestro barrio nunca. Todos nos hemos encontrado en algún momento con la sensación de que nadie entiende nada de lo que decimos y nosotros tampoco entendemos muy bien por qué el mundo es como es. Y en ese sentido, tanto para escribir como para leer, los escenarios solo tienen sentido si son parte de las emociones, si son parte de los personajes, que estén completamente integrados en sus sentimientos y en sus miedos y en sus dramas.
Mayra González: ¿Sorayda?
Sorayda Peguero Isaac: Yo te diría, a mí me pasó, por ejemplo, en los años de la secundaria en el colegio, yo no era una estudiante aplicada porque resulta que por una cuestión de compañerismo, cuando hicimos el cambio de la primaria a la secundaria, yo hice la real pataleta para que me inscribieran en el colegio donde iba la mayoría de mis amigas, no teniendo en cuenta que en ese colegio el bachillerato era ciencias físicas y matemáticas y yo detestaba las matemáticas, era muy mala en matemáticas porque, entre otras cosas, no le ponía interés. A mí solo me interesaban dos asignaturas: historia y literatura. Entonces, ahí sí que yo estudiaba porque me gustaba. Era ese tipo de niña. Entonces me inscribieron finalmente en el colegio y era una tragedia. Había dos horas de clase que eran las únicas que yo esperaba que llegaran. Entonces, con el profesor de literatura, hasta el día de hoy le tengo muchísimo cariño porque tuvo mucho que ver en el hecho de que a mí me interesara y me inclinara por la escritura y por la lectura, sobre todo. Pero él cada mes nos mandaba a leer una obra literaria que teníamos que analizar y formábamos grupos de cinco y hacíamos una exposición. Y durante todo ese tiempo, los cuatro años que dura el bachillerato, no leímos nunca a una autora mujer. Yo la primera escritora que leí fue a Isabel Allende porque una de mis compañeras había estado viviendo un tiempo en Venezuela, y de hecho su papá tenía un vínculo, una amistad con Isabel Allende y tenía el libro, recuerdo, autografiado por ella y a mí eso me pareció fascinante. O sea, como, claro, esta mujer escribió este libro y además es una persona que existe. Aquí está su firma, ¿no? Pero todos los libros que el profesor nos mandaba a analizar y leer eran autores hombres, entonces yo no me reconocía en esos libros. Algunos autores sabía quiénes eran porque eran políticos dominicanos, como el profesor Bosch, que fue maestro de García Márquez, un gran cuentista, disfruté muchísimo sus cuentos. O Joaquín Balaguer o, bueno, eran todos hombres. Pero eran hombres que ostentaban ciertos grados de poder y yo no me identificaba con eso ni me identificaba mucho con lo que me contaban. Entonces cuando yo empecé a leer, ya en España, autoras como Maryse Condé, Edwidge Danticat, por ejemplo, aunque no es una autora antillana ni latinoamericana, Maya Angelou también, me impactó mucho que contaban desde el lugar en el que habían crecido y de cosas que le pasaban a la gente que vivía en esos lugares. Y entonces ahí despierta en mí el hecho de: Esto también puede ser literatura, esto vale la pena, merece la pena contar lo que vivimos y las historias de la gente que rodea el mundo en el que vivimos, no es menos importante esto. Entonces me interesa más eso y de hecho es la literatura que más disfruto, no necesariamente algo extraordinario que esté enmarcado en un acontecimiento que traza un antes y un después de. Y creo que eso me hizo poner muchísima más atención en cómo puede algo, no sé, que una niña te cuente que un señor mayor le dijo que hiciera ciertas cosas que ella entendía que no debía hacer, que es algo que conté en una de estas columnas que hablamos antes, que funcionan un poco entre la ficción y la no ficción, y eso tiene un elemento político, el hecho de no se lo digas a nadie, es tu amiga, te cuenta eso y te dice: no se lo digas a nadie, y tú aprendes que ese tipo de cosas, aun sabiéndolas, no debes hablarlas y que a veces algunos adultos lo saben y tampoco lo dicen, y eso pasa en esos pequeños espacios y es parte de la vida cotidiana.
Mayra González: Los territorios literarios se forman a partir del argot, se forman a partir del caló, ahora veníamos platicando también de que el español neutro no existe. Entonces eso también te va dando el sabor del territorio, del lugar: los olores, las temperaturas, si estamos hablando por ejemplo de un clima específico, de un lugar en un momento del año. Pero, en tu caso, Edo, tú nos fijas el espacio, es decir, como es novela gráfica, no solamente nos estás dando la libertad de habitarlo, sino que tú nos pones ahí, cómo tomas esas decisiones y cómo te afecta como escritor. Porque, además, Edo siempre ha dicho que él primero es escritor, tiene el talento de dibujar y por eso es que lo hace también a partir de la novela gráfica, pero en realidad a ti lo que te interesa es contar.
Edo Brenes: Sí, y yo creo que tiene que ver con el imaginario y el recuerdo, digamos, analizándolo, porque yo quise escribir mi primera novela gráfica a partir de una anécdota que me contó mi abuelo, que cuando él era joven en Limón salió mucha langosta, entonces todo el mundo creyó que se iban a ser millonarios vendiendo langosta, pero llegó un gringo y compró, hizo como un congelador o algo así y algo había pasado que se le murió el papá al gringo, entonces el gringo no dijo nada y lo metió en ese congelador y se fue a tomar guaro por quince días y cuando lo encontraron era una bola de hielo en el congelador. Cómo se lo imagina cada uno es muy mágico, entonces yo dije: esa imagen yo quiero dibujarla como yo me la imagino y quiero que las demás personas lo lean y digan: esto es mentira, pero no, porque eso pasó así. Ahora, yo la dibujé probablemente muy distinto a como en realidad pasó y él, teniendo diez años, probablemente se la imaginó muy distinta, o sea, la recuerda muy distinta a como en realidad era, como ahora hablábamos de los árboles, que nos tirábamos de allá arriba, pero en realidad podía ser una ramita muy pequeña cuando éramos niños. Y eso me puso a analizar que, digamos, cuando uno habla con primos o amigos, uno siempre recuerda la niñez como: ¿Se acuerdan cuando vendían aquella…? ¡Ah, qué bueno, sí! Y yo dije: todos esos son recuerdos que vale la pena contarlos, y esos están muy ligados a los lugares donde nosotros habitamos o habitábamos. Y además, el hecho de dibujarlo, como que también, digamos, le quita cierta imaginación, pero a la misma vez trae un recuerdo real. Entonces, como que por ahí anda. Y, digamos, ahora que hago el análisis, mis primeros dos libros son de recuerdos que no son míos. Luego, cuando nos fuimos a vivir afuera, mi esposa y yo, como que a mí más bien me costó inspirarme para escribir, yo ocupaba como estar, entonces, apenas regresé, escribí sobre San José, pero sobre cosas que tal vez me habían pasado hace unos años. Y el libro de Turistas en La Habana, que nosotros fuimos en el 2016, se publicó en 2023. O sea, como que yo necesito un espacio de años de tiempo para que eso se vuelva mágico en mi memoria, y a partir de ahí publicarlo. Pero siempre sí está ligado como a un punto específico, a pesar de que las historias tal vez no sean mías. Entonces, digamos, la novela que estoy escribiendo ahorita sucede en Playas del Coco, que más bien es en el Pacífico, en una casa que tenían mis papás, mis tíos, y es sobre el recuerdo de esa casa en los 80, y escribir sobre lo que yo odiaba: sentir la arena que me pegaba en las piernas con el viento y que me picaban, y a partir de esos recuerdos formar una historia, que los recuerdos están como alrededor de la historia, pero no es la historia en sí, y que a mí me produce como una nostalgia, eso es lo que a mí me gusta escribir, sea para bien o para mal, pero está puntualizado siempre en un lugar.
Mayra González: Santiago, tu Perú, que se modifica en varias novelas, que a veces es un Perú con Sendero Luminoso muy presente, a veces es con Sendero Luminoso medio atrás y está ocurriendo algo en un colegio limeño, pero a veces es un Perú más actual, ¿también lo trabajas desde la nostalgia? ¿Cómo has sido tú? Porque has sido habitando, literariamente hablando, narrativamente hablando, distintos Perús en tu obra.
Santiago Roncagliolo: Bueno, ha ido cambiando mi mirada, yo creo que cuando estás fuera de una sociedad a veces ves las cosas con más claridad que los que están dentro, porque no estás metido en el fragor de sus discusiones, y tú crees que eres más lúcido, lo que pasa es que estás más solo nomás, no importa que tengas razón, a nadie le interesa tu opinión de extranjero, y conforme va pasando el tiempo te vas convirtiendo en alguien que ya no se parece al que era cuando se fue, yo ya llevo más de media vida viviendo en España; pero nunca serás un español: ser extranjero es como una enfermedad incurable, siempre vas a ser el peruano, tampoco hay suficientes como para que se diluya esa identidad, y entonces ha ido cambiando no tanto el Perú, sino qué puedo contar yo, y si las primeras trataban de temas muy directos, sociales y actuales incluso del Perú, ya los últimos libros son un libro de cuentos que habla de latinoamericanos en España, en realidad, que es mucho más personal y que tiene historias mucho más cercanas a las que yo viví. La última novela es una novela histórica que ocurre en el siglo XVII en el Perú, pero es que eso era España, es un territorio español, y es la Inquisición Española, y es el poder español el que está ahí. Y entonces, de hecho, en la próxima novela también estará México y también estará España: va ocurriendo que eres un salpicón de identidades, que hay cosas de un sitio y cosas de otro, y que ese es el único sitio del que puedes escribir, porque no puedes pretender que representas a alguien en el Perú, ni escribir la novela de la Guerra Civil que hacen todos los españoles en algún momento de su vida, no terminas de encajar en ninguna de estas miradas, y tu mirada tiene que tomar cosas de todas estas identidades y tratar de no rechazar ninguna, de incorporarlas todas. Creo que eso hace que tu voz sea siempre diferente, pero también significa que piensas muy raro, que miras el mundo desde un lado muy diferente a lo normal. Creo que eso es bueno para un escritor, porque de eso se trata, es contar historias, de contar las cosas desde un lado del que no se han visto, de reconstruir la realidad de manera que parezca otra realidad que la que la gente ha vivido, pero para tu vida personal es un desastre, nunca terminas de ser, y para las discusiones políticas es una pesadilla, porque a mí me mandan a mi país en todos los países. En cuanto no les guste lo que yo digo, si es Perú, me dicen lárgate a Europa, que tú no sabes nada, y en España me dicen pero tú eres peruano, lárgate al Perú. Siempre eres también no solo lo que tú eres, sino lo que los demás ven, y entonces lo que vean los demás en ti también está fuera de tu control.
Mayra González: ¿Y lo construyes desde la nostalgia? Pienso ahora algo que ha estado diciendo Edo sobre ese Limón que no conocías y que lo construiste a partir de lo que te decían. En Y líbranos del mal, el chavito tiene estas memorias prestadas sobre el Perú, no lo conocía y quiere, y tiene nostalgia, y siente necesidad.
Santiago Roncagliolo: Claro, esta es una novela que ya empieza a cambiar el punto de vista. Lo que ocurre es un caso real peruano de abusos sexuales en una congregación religiosa. Pero la mirada del narrador es la del que ha crecido fuera y que está encontrando ahí que esa es su historia, aunque no le guste, que es también lo que yo encontré cuando salieron estos casos, que todo había ocurrido muy cerca de mi vida y nadie había dicho nada. Nostalgia, imposible. Yo crecí en el infierno, es imposible tener nostalgia de los años 80 y 90 que yo viví. Pero lo que sí hay es un intento de explicar por qué un autor es como es. Cada vez que escribes un libro en un lugar, es muy parecido a lo que hacemos cuando vamos a terapia, tratar de darles palabras a cosas que tenemos dentro y que no entendemos bien, pero que quitárnoslas de encima nos libera, nos explica y nos hace encontrar una historia en la que tenemos sentido.
Mayra González: Como lectores, ¿qué territorios literarios los han marcado? ¿Qué novelas, qué historias, qué ciudades, qué países los han llevado ahí? Y a los que les gusta recurrir o regresar.
Sorayda Peguero Isaac: No sé si es el que más me ha marcado, pero para mí fue muy impresionante cuando leí y entendí, porque yo curioseaba la biblioteca de mi papá y muchas veces abría los libros y no tenía ni idea de lo que estaba leyendo, pero sí sentía fascinación por el libro como objeto. Y cuando leí y entendí finalmente Cien Años de Soledad, me pareció impresionante el parecido de algunos aspectos que describía García Márquez de Macondo con el lugar en el que yo vivía. El área de Macondo donde vivían los funcionarios de la United Fruit Company era como un lugar que hay en mi pueblo que se llama Gringo, porque ahí vivían los gringos que administraban el ingenio, y las casas eran igual, con las cercas de alambres de púa y las gallinas y yo decía, pero esto es Gringo, ¿cómo puede ser algo que está en un libro, y que desde mi punto de vista y desde mi inocencia de entonces era ficción, tan parecido y algunos personajes? Claro, era el Caribe y de ahí también parte un descubrimiento que surge ya estando yo fuera del territorio de: existe algo llamado el Caribe como lugar, pero que tiene una identidad muy diversa, pero también quizá para los que hemos vivido y crecido en ese territorio se identifica. García Márquez decía algo que a mí me parece hermoso, cuando él vivió en París, en Barcelona, él decía: A mí me pueden llevar en un avión a cualquier isla del Caribe con los ojos vendados y yo me bajo de ese avión con los ojos vendados y por el olor yo sé que estoy en el Caribe. Y yo entiendo perfectamente eso, pero lo entiendo después que me fui. Quizá si yo hubiera visto esa entrevista, me parece que fue algo que él dijo en una entrevista, si yo lo hubiera visto viviendo en República Dominicana sin haber emigrado, no lo hubiera entendido; pero ahora lo entiendo. Ahora lo entiendo. Ayer estuvimos en Colón y había algo, nunca había estado en Panamá, es la primera vez, pero hay algo de este lugar que me habla como si hubiera estado aquí antes o como si hubiera algo en este espacio que me resulta familiar. En ese sentido creo que García Márquez tuvo cierta importancia.
Edo Brenes: A mí me gusta como leer muchos autores e identificar las cosas que tienen en común, pero para hablar de un caso específico, hay un libro costarricense que se llama Los Peor, que es de Fernando Contreras y fue muy importante, creo que es del 96, pero él habla de San José y está hablando del San José feo, sucio, con el que nos identificamos todos, que nadie quiere, pero hay un personaje ciego, que tiene como 70, 80 años, y acompaña a este monje que está loco y le va describiendo la ciudad como era hace 40 años. Entonces, este monje, que es el protagonista principal, no la ve, no entiende la ciudad; entonces, lo que él decide es cerrar los ojos y él empieza a caminar y a recorrer la ciudad con los ojos cerrados, aun sin el ciego, porque le gusta más esa otra ciudad. Y eso a mí me recuerda muchísimo lo que me pasa a mí con Limón, que yo el recuerdo que tengo es uno que no viví y no es la ciudad de ahora, está basado en fotos y en como: «este edificio era así y este…». Ese libro lo leí a los 17, 18 años, cuando empecé con esa espinita de querer como narrar lo que yo estaba viviendo. Y lo que a mí me parece como más bonito de eso es que ese libro lo he leído muchas veces, me ha marcado, y se acaban de cumplir los 30 años de ese libro y ya yo había empezado a crecer como novelista gráfico y me pidieron de casualidad que si quería hacer la portada de aniversario de 30 años; entonces para mí fue como mucho honor. Pero sí, es eso, porque es lo mismo, es la realidad contra la nostalgia, y eso es lo que siento yo adentro mío, como esa dualidad de lo que fue con lo que es, porque las dos me gustan y las dos existen. Entonces voy a decir que ese es el libro.
Santiago Roncagliolo: Creo que crecí literariamente tan lejos como podía de mi lugar. Primero, por todo ese tema de la violencia de crecer encerrados, los clasemedieros limeños no podíamos salir de la ciudad, era peligroso salir de la ciudad, con lo cual crecimos muy lejos de nuestra propia cultura. La cultura a la que teníamos acceso estaba, en mi caso, en los libros, porque en mi casa había libros, pero sobre todo en la televisión, en el cine; esa era la cultura que recibíamos, porque la nuestra misma estaba mucho más lejos. Y luego me pasaba con García Márquez y con, en general, el realismo mágico que no se parecía a mi mundo: todo era demasiado bonito y la gente tenía cola de cerdo y luego salía volando mientras lavaba la ropa, y mi mundo se parecía más a las historias de asesino en serie, a las historias policiales, a los thrillers, a las historias de terror; con lo cual, yo quizá pasé mucho más tiempo de mi infancia en el Londres del siglo XIX, donde se están inventando todas estas historias y aparece Drácula y aparecen Jekyll y Hyde y se inventan los géneros del terror y del suspenso, y entendiendo que ese mundo tenía mucho más que ver con mi vida que la literatura latinoamericana, que no hablaba de las cosas que yo vivía. Y también eso creo que te dan los libros, que luego resulta que encuentras tu país en algo que ha escrito un japonés o un inglés de hace dos siglos, y eso es parte también de lo que me fascinó de ellos.
Sobre el evento
«Lugares que se narran» tuvo lugar el martes 19 de mayo de 2026, a las 11:00 de la mañana, en la Academia Panameña de la Lengua, en Ciudad de Panamá, dentro del festival Centroamérica Cuenta 2026, celebrado del 18 al 23 de mayo. Esta fue la segunda ocasión en que Panamá acogió la edición centroamericana del festival, tras la de 2024, con una programación de más de ochenta invitados procedentes de dieciocho países y con la migración y la diáspora como ejes de la conversación.
Centroamérica Cuenta es el festival literario más importante de América Central. Fue fundado en Managua en 2013 por el escritor nicaragüense Sergio Ramírez, Premio Cervantes 2017, con el propósito de contribuir a la proyección y difusión de la literatura iberoamericana desde Centroamérica. Se celebra en dos ediciones anuales: durante el primer semestre en un país centroamericano o del Caribe, y durante el segundo en España. Hasta 2017 su sede fue Nicaragua; tras la crisis política que obligó a sus organizadores a salir del país, desde 2019 el festival se ha vuelto itinerante y ha recalado en Costa Rica, Guatemala, República Dominicana, Panamá, Madrid y Barcelona.
Las mesas del festival se transmitieron en vivo y quedaron grabadas. La conversación completa, que incluye pasajes no recogidos en esta transcripción editada, puede verse a continuación:
Participantes
Edo Brenes (San José, Costa Rica, 1985) es ilustrador y novelista gráfico. Estudió Animación Digital en la Universidad Veritas (Costa Rica) y cursó una maestría en Animación y Diseño en la Universidad de Sunderland (Reino Unido). Su obra, centrada en la vida cotidiana costarricense y en la memoria familiar, reúne las novelas gráficas Puerto Langosta, Memorias de Limón, Aparthotel Deluxe y Turistas en La Habana, publicadas en Francia, Italia, España, Inglaterra, Estados Unidos y Costa Rica bajo sellos como Casterman, Reservoir Books y Nobrow Press. Ha colaborado en revistas como Métal Hurlant (Francia), Monocle (Inglaterra) y LökZine (Italia), y su trabajo ha sido incluido en antologías de distintos países. En 2019 obtuvo el Observer/Cape/Comica Graphic Short Story Prize por el primer capítulo de Memorias de Limón.
Sorayda Peguero Isaac (Santo Domingo, República Dominicana) es cronista y columnista. Nació en Santo Domingo y creció en Haina, un pueblo cañero de la República Dominicana; desde hace más de una década vive en Sabadell, en el área metropolitana de Barcelona. Estudió en la Escuela de Escritura del Ateneo Barcelonés. Escribe para las páginas culturales de El Espectador de Colombia, donde es columnista, y ha publicado en medios de Latinoamérica, España, Canadá y Estados Unidos. Su primer libro, Por aquí pasó una luciérnaga (Tusquets, 2021), reúne crónicas, perfiles y columnas; Doce encuentros y una despedida (Frailejón Editores, 2024) es su libro de relatos más reciente. Imparte talleres de escritura y de lectura.
Santiago Roncagliolo (Lima, Perú, 1975) es narrador, guionista y periodista; reside desde hace años en Barcelona. Con Abril rojo (Alfaguara, 2006) se convirtió en el ganador más joven del Premio Alfaguara y obtuvo después el Independent Foreign Fiction Prize británico. Es autor, entre otras, de las novelas Pudor —llevada al cine en España—, Tan cerca de la vida, La pena máxima, La noche de los alfileres —adaptada al teatro en el Teatr Nowy de Łódź, Polonia— y Y líbranos del mal, que se mantuvo un año como la novela peruana más vendida; El año en que nació el demonio (2023) fue elegida por la revista Forbes de España entre las mejores novelas del año. Ha publicado además una trilogía de historias reales sobre el siglo XX hispanoamericano, entre ellas La cuarta espada, sobre Sendero Luminoso, y El amante uruguayo, sobre Federico García Lorca. En 2010 la revista Granta lo incluyó entre los mejores narradores jóvenes en lengua española.
Mayra González (Ciudad de México) es editora y directora literaria de Alfaguara, Lumen, Reservoir Books, Salamandra y Taurus, sellos de Penguin Random House Grupo Editorial México. Con veinte años de experiencia, ha ocupado distintos cargos en Santillana Ediciones Generales y en Penguin Random House, y es miembro del comité ejecutivo de la Cátedra Extraordinaria Carlos Fuentes de Literatura Hispanoamericana de la UNAM. Ha combinado su labor editorial con la promoción de la lectura y la crítica literaria en radio, televisión y prensa durante más de dos décadas; como entrevistadora, ha sostenido cientos de charlas con escritores y editores de talla internacional.
Revista bimestral y digital que promueve las ideas, la creación y la crítica literaria. Fundada en 2004 por el escritor Sergio Ramírez