
El barrio que se volvió visible
7 octubre, 2026
¿Cómo se vuelve visible un barrio que siempre estuvo ahí? En este ensayo personal, Magdalena Arias Vásquez vuelve al Casco Viejo, en Ciudad de Panamá, el barrio donde creció y recorre sus transformaciones, la memoria y la vida cotidiana de un lugar que durante mucho tiempo permaneció fuera del cuadro
Hace años, cuando el horizonte del Casco Viejo era solamente el mar con las siluetas oscuras de las islas a la distancia y el vecindario todavía guardaba una reputación complicada, perdimos al perro, que se escapó por la puerta principal y salió disparado hacia un destino incierto.
El perro en cuestión era un Jack Russell Terrier, particularmente mal portado y de vez en cuando lleno de garrapatas, pero dotado de una vitalidad que parecía reflejar el estado de la vida en esos días. Yo tenía solamente diez años y recién venía de hacer mi primera comunión. En casa, mi madre había enmarcado varias fotos del evento importante. Salgo con un vestidito blanco y una sonrisa suave; atrás mío se ve la bahía, gris y hedionda, enmarcada por las líneas tenues de los edificios coloniales y las murallas blancas de la Plaza de Francia, erosionadas por el beso agresivo del mar. Los retratos fueron tomados con una cámara de verdad, son de esos con la fecha en la esquina que hoy en día solo se encuentran en álbumes viejos. Por ese entonces, el Casco comenzaba a cambiar, aunque los indicios todavía eran sutiles: uno que otro restaurante, negocio de algún vecino, y la posibilidad de que abrieran una farmacia en la esquina.
Pero bueno, el punto fue que perdimos al perro y entre todos pasamos toda una tarde correteándolo por toda la ciudad histórica. Recuerdo haber dado varias vueltas por Las Bóvedas, subiendo las escaleras una y otra vez con el papá, tratando de ver si el perro se escondía entre las mesas de los vendedores de artesanías. Al lado de la embajada de Francia, recuerdo haber pensado que vi al perro, asomándose en la esquina de la calle, un retrato pintado del animal mirando perpetuamente hacia atrás.
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Hace unas semanas, un amigo me preguntó sobre el Casco Viejo. Había visitado Panamá, y como cualquier persona que visita la ciudad por primera vez, pasó mucho tiempo en el centro histórico, caminando por las callejuelas húmedas flanqueadas por la mezcla, ya algo desmezclada, de casas coloniales en diversos estados de restauración. Al enterarse que crecí toda mi vida aquí, quiso saber más sobre el vecindario. Algo, me dijo, le inquietaba. Sentía que entre las calles sobrecargadas por tiendas de artesanías, restaurantes, bares y discotecas, vivía un misterio sutil, enhebrado en los andamios de la ciudad vieja.
Su pregunta me dejó vacía. Llevo años tratando de escribir sobre este lugar, y aunque figure persistentemente en casi todos mis poemas, siento que todavía no logro capturar, o tal vez no agoto, todas las palabras que emergen de ese misterio. Me siento, más que nada, llena de imágenes persistentes del pasado y del presente, imágenes que mi imaginación trata de reconciliar sin mucho éxito.
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De jóvenes mis hermanas y yo éramos aficionadas de los helados en paleta. En casa, mi mamá, como muchas de las mamás de su generación, trataba de evitar la hiperactividad que trae el azúcar, y nos daba solo frutas y yogurt de postre. Es por ello que, conforme recibíamos unos cuantos dólares para comprarnos algo, corríamos a la tienda de la esquina (en Panamá se les conoce coloquialmente como “chinos” dado a que históricamente muchas han sido manejadas por familias panameñas de ascendencia china), y nos comprábamos paletas de naranja, tan azucaradas que cuando las abríamos, paradas justo afuera del chino, en la acera angosta y agrietada, se comenzaban a derretir casi inmediatamente. Quedábamos con las manos y las caras pegajosas y tratando de limpiarnos contra los shorts de jean. Dentro de la tienda, la hija del dueño hacía diversos pedidos en voz alta, traduciendo las necesidades de los clientes al cantonés para su hermano, que manejaba la despensa.
En el camino de regreso, veíamos a los mismos personajes de siempre: gatos, enroscados bajo las llantas de carros mal estacionados; familias enteras sentadas en la calle, sin miedo al tráfico, que en ese entonces todavía no plagaba la ciudad; niños jugando al fútbol en callejones que dan a la playa, llena en esos días de los cadáveres de botellas de Coca-Cola y diversas cervezas.
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En la Plaza de Francia está el jardín más grande de todo el Casco Antiguo. O por lo menos, así me parecía de pequeña, cuando las tres hermanas salíamos en nuestra peregrinación diaria de las cuatro de la tarde. Durante la temporada lluviosa, que dura aproximadamente nueve meses en la Ciudad de Panamá, el piso de la Plaza de Francia abraza la lluvia para crear un océano en miniatura. En la costa de este océano, creamos nuestro primer mapa del mundo, lleno de naciones con reinas, pequeños mares e islas ahogadas en nieve, fenómeno natural que estábamos convencidas solo existía en las películas. Fui capitana de varios veleros, un buque y también tuve una época como prófuga de la ley, durante la cual me volví pirata. En el centro de nuestro mundo, estaba el jardín. Era un gran parche de hierba rodeado por una cerca de hierro. Entre sus fronteras habían arbustos de flores diminutas, jacarandas con pétalos anaranjados, raíces gruesas sobresaliendo de la tierra, perpetuamente húmeda. Había también ciudadanos temporales: el vecino que iba a nuestra escuela; un niño que llegaba siempre con un perro negro sin collar; la vecina francesa con el cabello sumamente rubio; dos hermanitos cuya mamá vendía dulces en la esquina.
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Todos los domingos por la tarde, en la playa del Casco Antiguo, varios de los habitantes del vecindario bajaban a la playa al frente de nuestra casa para un torneo de béisbol. Los torneos comenzaban por la mañana y frecuentemente no acababan hasta tarde, cuando el sol ya se estaba escondiendo detrás del Cerro Ancón, a la distancia.
Desde el balcón de la casa, me sentaba a ver el juego con el perro. A veces, una de las pelotas volaba lo suficientemente alto como para pasar a toda velocidad al lado de mis orejas y entrar en la casa por la ventana, mientras que el perro la perseguía como si se la hubieran enviado directamente a él.
Yo tenía doce años y decía que no me gustaban los deportes. Tenía, por primera vez en mi corta vida, un cuarto propio, con una estantería llena de libros. Un tercio de los edificios en el barrio seguían siendo ruinas. Otro tercio estaban habitados por la gente de siempre. Y otro tercio cargaban signos de construcción. En esa época los niños pararon de jugar fútbol en las calles por miedo a los carros. En mi opinión de niña de doce años, el fútbol no valía la pena ya que Panamá nunca llegaría al mundial. El béisbol, por otro lado, sí tenía mérito ya que existía Mariano Rivera.
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En mi adolescencia, cuando comenzaron a llegar los bares al Casco Viejo, cerró la heladería de los franceses. La familia que la manejaba se fue del Casco Viejo, y con ellos se fueron nuestras amigas del parque. Ese fue el mismo año que comencé a hacer danza aérea, en un estudio de circo que habitaba uno de los muchos espacios abandonados dentro de Santa Familia, una ruina enorme que servía como un complejo no oficial para artistas y organizaciones no gubernamentales. El estudio en sí no tenía aire acondicionado, y bajo la manta de humedad de las cuatro de la tarde, nos montábamos en las telas, aprendiendo cómo girar y caer en el aire. Desde el punto más alto, entre las paredes con pintura que se desmenuzaba como piel muerta, se podía ver la calle de afuera, luminosa y cambiante mientras la tarde se tragaba la luz.
Años más tarde, cuando desarrollaron Santa Familia y se transformó en un condominio de apartamentos, el estudio de circo también se fue del Casco. Esto último ocurrió durante el año fantasma que le siguió a la cuarentena, cuando todos comenzaron a vacunarse y el mundo parecía atascado entre dos décadas.
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Comencé a entender, cuando estaba por cumplir los diecisiete, que habían emociones y vivencias que no se podían clasificar, que escapaban definición alguna. Esta realidad me quedó clara precisamente por las experiencias que tuve con el trasfondo del Casco Antiguo.
En ese entonces, ya el Casco se estaba deshaciendo de su fama como barrio marginal. En sus calles previamente oscuras, comenzaban a emerger los bombillos diminutos de bares y restaurantes nuevos, llegados al vecindario en busca de un potencial que se movía sobre los ladrillos como una marea. Aún así, todavía conservaba su identidad cambiante, compleja por la presencia de los varios tipos de personas que lo habitaban: panameños de todo tipo de contexto socioeconómico; extranjeros viviendo en Panamá desde hace varios años, antes del fenómeno de nómadas digitales; familias enteras y mujeres independientes.
Recuerdo la vez que mi mejor amiga y yo salimos por primera vez de noche en el Casco. Teníamos dieciséis y nuestros mundos se sentían irrevocablemente pequeños. Íbamos vestidas de negro, tratando de encontrar algo que se asemejara al futuro dentro de los locales desbordándose de personas. El sentimiento de novedad nos seguía como una capa. Bajo las luces doradas de la calle a la medianoche, nos sentimos adultas por primera vez, capaces de existir en un mundo que comenzaba a abrirnos sus puertas. Podíamos, bajo la ambigüedad de la noche y del barrio, entretener un sentimiento de posibilidad y crear dentro de esta ambigüedad un microcosmos que nos perteneciera, dentro del cual pudiesen soñar nuestros sueños.
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El día antes de ayer caminé desde mi casa al chino. Necesitaba huevos. Hoy en día quedan unos cuantos chinos en el Casco, y solo uno cerca de mi casa. También hay una farmacia y el supermercado Rey (cadena grande), donde venden productos alimenticios gringos, loción anti quemaduras, licores y varios medicamentos. El chino que queda está entre medio de dos tiendas de souvenirs. En la primera, una pantalla muestra los juegos de fútbol de la selección desde un ángulo alto en el techo. En la segunda nunca he entrado, pero tienen un escaparate de lentes de sol en la puerta, al lado del cual caminan los turistas a paso lento, deteniéndose cada cinco minutos para observar el escaparate de una tienda, o tomar una foto de algún edificio recién renovado. Dentro del chino, me atiende la misma familia, aunque hoy en día aceptan tarjeta de crédito. Esto último me conviene, ya que tiendo a no cargar efectivo.
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Anoche no podía dormir. Los pies me llevaron, como por inercia, hacia la Plaza de Francia. Está completamente bloqueada por paredes de metal. Es un proyecto de millones de dólares del gobierno para repararla. Como todo proyecto gubernamental, no queda claro qué reparan, cuándo acabarán, ni a dónde irá esa cantidad enorme de dinero.
En las horas tempranas de la mañana, el Casco Viejo se desborda de carros. Se desborda también de bares, hoyos negros que parecen inhalarlo todo en un solo suspiro. Es lo que más parece haber ahora. En su deseo de embotellar la posibilidad, los nuevos e infinitos locales nocturnos aparecen una noche y desaparecen la otra, para nunca volver. A su paso llegan otros locales idénticos y el proceso se repite infinitamente.
En las calles hay grupos grandes de turistas: jóvenes norteamericanos en sus vacaciones de la universidad, chicas europeas en viajes largos de mochileras por América Latina, hombres mayores en fuga de sus esposas. Hay también señoras vendiendo cigarrillos sobre las mesas dónde antes vendían los billetes de lotería, grupos de trabajadoras sexuales que buscan clientes entre las hordas de turistas, y hombres en esquinas vendiendo drogas a cualquiera que parezca extranjero.
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No recuerdo exactamente cuándo fue que dimos con el perro, sólo la longitud de la tarde, que, bañada en el calor moribundo que llega a la ciudad todos los días después del almuerzo, parecía extenderse de forma violenta, inmune al tiempo. Recuerdo haber corrido distancias larguísimas aquel día, aunque si hoy fuese a recorrer las cuadras que corrí en ese entonces, probablemente me tomaría sólo unos cuantos minutos. Recuerdo, más que nada, el sentimiento de atravesar un líquido, la forma en la que el vecindario parecía estar simultáneamente sumergido en agua y sobre la tierra a la misma vez. Es una cualidad que hoy ha perdido, incluso si las alcantarillas se desbordan más que nunca de lluvia.
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En la Plaza Santa Ana, dónde desembocan los límites invisibles que separan el Casco Antiguo, Santa Ana y El Chorrillo, expusieron las pinturas de un artista local que todos conocen coloquialmente como “Chingui”. Creció toda su vida en el área, incluso antes de que yo naciera, y como muchas personas de esa época, ha visto al barrio y ahora sus alrededores cambiar conforme el turismo se expande, sin regulación alguna, hacia los barrios limítrofes de Santa Ana y El Chorrillo.
Sus pinturas se desbordan de color, son puertas que se abren hacia una versión del pasado no tan lejano; escenas cotidianas dentro de las casas coloniales del Casco Antiguo, habitadas en ese entonces por familias que en ellas crearon hogares, incluso frente a estructuras inestables y sin mantenimiento. Entre paredes verdes y pisos de madera delineados en negro, Chingui busca abrir, para todo el que ve y no recuerda, el espacio de posibilidad y movimiento que se crea cuando, frente a realidades políticas difíciles, se crean comunidades que desafían las divisiones que marcan un país.
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Años después, me encuentro rebuscando mis propias memorias de aquél entonces, tratando de poner en palabras el sentimiento que se ha perdido. Físicamente, el cambio es fácil de ver: hay muchísimas más tiendas, restaurantes y bares. Hay menos “chinos” y muchísimos menos niños jugando al fútbol en las calles y plazas. También hay hordas de turistas. Algunos vienen de países lejos de Panamá, otros son estadounidenses, canadienses o latinoamericanos de países vecinos. Hay tiendas que venden perfumes o joyería, flanqueadas en las callejuelas por vendedores que, sin importar cuantas veces me hayan visto pasar en la misma dirección, tratan de hablarme en inglés y venderme sus productos. Hay vecinos que se han ido, como la italiana que era dueña de la pizzería de la esquina, o los niños que jugaban conmigo y mis hermanas en la Plaza de Francia.
Tenemos vecinos nuevos: emprendedores de criptomoneda que se mueven por el barrio como fantasmas, comprando propiedades y abriendo hoteles, gringos en busca de un lugar pacífico para retirarse de sus carreras corporativas estresantes y lucrativas, grupos de turistas que descienden de cruceros masivos, y locales de bienes raíces.
Aún así, a veces todavía veo a personas que conozco, y el momento siempre es un instante de unión entre el pasado y el presente, un glitch en el sistema que por segundos trae de vuelta ese sentimiento de estar sumergida y con los pies firmemente en la tierra a la vez.
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Los espacios ambiguos, cuya identidad evade definición concreta y cuya existencia es difícil de explicar en palabras, le permiten a sus habitantes existir en un estado liminal, que evade definición y que es caracterizado primordialmente por un deseo de búsqueda. Son espacios que cambian sin calcificarse en una sola forma de existencia y para un solo propósito. Un espacio sólo logra preservar su ambigüedad cuando se le permite preservar su diversidad, tanto en las demográficas de sus habitantes, como en los lugares y existencias que se les permiten tener. Tal y como las personas, que desafiamos clasificación concreta porque somos seres de multiplicidad, los lugares deben poder cambiar sin perder su posibilidad de abarcar varias realidades a la misma vez.
Hoy en día, el Casco Viejo se está calcificando en yeso, transformándose en un ambiente que existe, solo y primordialmente, para ser el patio de turistas. En ese proceso, se pierde la ambigüedad que carga todo espacio lleno de personas que son, a su vez, ambiguas. Se le quita a las personas que viven en el barrio la posibilidad de ser algo más que el entretenimiento u obstáculo del turismo. Para aquellos que lo visitan, se les quita la posibilidad de ser algo más que sólo turistas, observadores separados de su propia humanidad.
El problema, como toda forma de gentrificación, es sistémico y gubernamental y lleva años en proceso, desde las épocas de olvido de décadas anteriores, hasta la sobreexplotación turística de la década actual. Está atado a varios factores, entre ellos, la falta de leyes y protecciones para los barrios históricos y diversos, tanto como la capacidad de hacer cumplir estas leyes y protecciones. La solución, que es más compleja de lo que puedo esperar abarcar, requiere tomar en cuenta a todo habitante del Casco Antiguo y de la Ciudad de Panamá como tal, y buscar proteger la integridad, diversidad y accesibilidad de los espacios para democratizar la posibilidad de soñar.
Quiero aclarar que no estoy en contra del cambio, que es normal e intrínseco a cualquier vecindario. Es más, creo que argumento, más que nada, por espacios que sean más permeables al cambio, que acepten, en su ADN cultural, una búsqueda constante, que evadan más que nada la definición clasificable que la gentrificación trae; que puedan existir en su liminalidad sin que tratemos de calcificar, para la mirada de otro, un estado que busca estar perpetuamente en movimiento.
Tal vez este es el fallo que ahora nos ahoga: un deseo intenso de volver transparente lo que siempre ha deseado ser opaco, de transformar, en algo visible, lo que siempre le ha sido invisible a los ojos. Al fin y al cabo, este deseo de firmeza, de querer ser visto y consumido, es evadir la vida, que siempre es ambigua y repleta de profundidad.
Magdalena Arias Vásquez (Ciudad de Panamá, 2000) es escritora y traductora. Su trabajo ha sido publicado en diversos medios, entre ellos la
Antología V del Festival Internacional del Libro de Nueva York (FILNYC), AGNI, y Poetry Northwest; sus traducciones se encuentran en Revista Anfibia, The Common, entre otros. En 2025 fue residente en poesía en Under the Volcano, en Tepoztlán, México. Ha recibido becas y reconocimiento de PEN America, Brooklyn Poets, y del American Literary Translators Association (ALTA). Actualmente cursa una maestría en la Universidad de Cambridge, donde estudia literatura, entre otras cosas.