Marta espera

9 octubre, 2026

Este cuento sigue el recorrido obstinado y devastador de una mujer que intenta obtener respuestas tras el asesinato de su marido. Entre oficinas que no atienden, teléfonos que devuelven voces automáticas y trámites que se repiten como un laberinto, Jeanny Chapeta logra retratar la violencia institucional y la precariedad del duelo. Este relato forma parte del libro Chipe (2025) publicado por la editorial F&G en Guatemala.

Marta empezó yendo a la estación de policía. La verdad es que no sabía por dónde empezar. Quizá aquí los señores sabrán, se dijo. Fue, haciéndose nudos en el suéter de la pena. No madrecita, aquí no miramos eso, le dijeron, después de esperar sentada un par de horas. Tiene que ir al Ministerio Público. Allí la pueden orientar. La verdad es que ya habían pasado algunos meses. Casi un año. Pero no se le había ocurrido. Lo primero era lo primero. Buscar trabajo. Darle de comer a los patojos. Recuperar el carro. Venderlo. Como repuestos lo terminó vendiendo. Es que cuando lo devolvieron del predio ya no tenía llantas. Ni sillones. Ni batería. Ni radio. Lo dejaron en los huesos los desgraciados. El predio lo cuidaba la policía. Pero esos son ladrones, así le dijo su hermana. Así creía ella. Ahorita ya estaba recuperando su vida. Su vida nueva. Su vida sin él. El patojo grande ya encontró trabajo. Ella tuvo y lo perdió de pura tristeza. De puro llorar cuando se iba a dormir.

De puro despertar con las arrugas de las ojeras hinchadas. De puro suspirar y no hacer nada hasta que un día le dijeron mejor ya no venga, doña Marta. Y volvió a llorar, ahora de tristeza y de desempleo. Cobardes. Cómo me lo fueron a matar así. Sin testigos. De noche. Como cuando a la gente se le muere un perro y lo va a tirar al basurero. Ahorita ya no me duele tanto, se decía, esperando en el Ministerio por alguien que le diera razón de su caso. Una mujer muy amargada la atendió. La miró apenas. Apenas miró sus ojeras tristes, sus manos retorciendo el suéter de siempre. Para eso tiene que hacer cita. Llame a este número para que la podamos ayudar. El fiscal de su caso no está. No puede venir así nomás. Y así se fue. Con un papelito estrujado entre las manos. Llamó hasta que el teléfono se quedó ronco. No contestó nadie. Después de las cuatro nadie atiende. Antes tampoco, pero a lo mejor. Siguió llamando. Dos semanas tardó en agarrar línea. Una voz monótona, más parecida a una grabación que a un ser humano, le contestó. Tiene el número de caso. Nnno. Es sobre la muerte de mi marido. Quiero saber si saben algo. La señorita en el Ministerio me dio el número. Cómo se llama su marido le contestó la grabación. Gordo pensó. Así se llamaba para ella. El hombre tomó sus datos y prometió llamarla. Si puede, consiga el número de caso. Que le den copia en el Ministerio. Así es más fácil. Cuando sepa algo, yo le hablo. Ah tiene mi número. La grabadora dudó. Démelo. Anote. Y vuelta a esperar. Un día se hicieron dos, tres, cuatro. Ninguna llamada regresó. Vuelta a ir al Ministerio. Otra mujer, igualita en amarguras a la primera le atendió. Le cobró la impresión, y aunque Marta estaba segura de que no cuestan nada, la pagó. Y vuelta al teléfono, que el fiscal tampoco estaba.

Solo tres días tardó otra grabadora humana en contestar. Sabe si hay avances sobre el caso tal tal y tal o con quién puedo ir, papito, dijo. No, madrecita. Eso lo tiene que hablar con los que llevan su caso. Le doy el número de la oficina y la dirección por si no le contestan. Y no contestaron. Llamó dos días, tres y antes de que se le pasara otra semana, fue. Al otro lado de la ciudad. La tuvieron esperando media mañana. Y todo para qué. Para decirle que no había nada. Que fue de noche. El poste donde lo dejaron tirado no tenía foco. La esquina de la cuadra no tenía luz. Pero había un reporte del banco de su último retiro. Y qué dicen en la farmacia. Nada. La farmacia tiene el cajero afuera. Ah. Gracias. ¿Si hay algún avance me llaman? La voz de la grabadora carraspeó. Dudó. Ssssí. Nosotros la llamamos. Y disculpe, tiene el número de la farmacia o la dirección. No, madre. Nosotros no compartimos esos datos. La información se la tiene que pedir al fiscal o al Ministerio. Nosotros no hacemos esas diligencias. Se le agotaban los pasos. Seguía dando vuelta en círculos. Pasaron los días y no la llamaban, no se le ocurría nada. Pero pensando y sobrepensando se acordó del estado de cuenta del gordo. Lo fue a sacar de la caja donde tenía los papeles que le pudieran servir. Encontró la transacción. La última antes de sacarle dinero para su propia caja. Para su propio entierro. Para sus propias flores. Lloró pensando que se enterró a él mismo. Llamó al banco. Le contestó una señorita con el acento muy marcado de otro país. Disculpe señorita, me puede decir en qué sucursal se hizo esta transacción. Es que no me aparece detallada. La señorita validó los datos de la señora, del gordo, su fecha de defunción y después de pasarla con un supervisor porque ella no le podía dar la información, y diez minutos de tenerla con la musiquita del banco le dieron los datos.

Con esa información y el recibo se fue a la farmacia. Disculpe quisiera hablar con el encargado. El encargado estaba almorzando adentro, en un plato de duroport. Esperó a que terminara, poniendo su peso ahora en esta pierna, ahora en la otra. El policía casi le dice que si quiere se sienta, tome mi banquito, pero se abstuvo. El encargado siempre se tardaba mucho en comer. Salió, todavía sacándose la comida de entre las encías con la lengua. En qué le puedo ayudar. Es que fíjese que a mi marido lo mataron hace un año y antes de que eso pasara, vino a sacar dinero aquí al cajero. Y quisiera saber si me pueden dar la grabación que ustedes tienen. Pero lo mataron aquí afuera, señora. No. Lo mataron más lejos. Pero aquí fue al último lugar a donde vino. El encargado carraspeó. Un video solo se puede proporcionar por instrucción del Ministerio Público, señora. Tiene que traer una orden, pero si no ocurrió aquí el hecho delictivo, no le podemos dar una copia. Además, para que se le extienda tiene que traer una memoria usb, una carta firmada por el fiscal y venir con un agente policial. Marta se sentía a unos pasos y a un mundo de su cometido. Le suplicó al encargado –que deseaba haber tenido más refresco en el almuerzo, porque seguía sintiendo comida en la boca, que se sacaba sin cesar de entre los dientes con la lengua– y él le dijo que no podía hacer nada. Y si solo viera. Ustedes podrían nada más enseñarme allí en su compu y me voy sin ninguna prueba ni nada. El policía la vio con pena. Le hubiera dado su banquito a la señora. El encargado vio las manos de la señora, blancas de tanto apretar el suéter y también sintió pena. Usted tiene la hora. Sí. Tengo el estado de cuenta. Mire eso no lo podemos hacer ahorita pero pásese mañana o pasado y yo reviso qué se puede hacer. Marta le agradeció al encargado y se fue a su casa.

Compró una memoria por si acaso y esperó a que ya fuera mañana. Nomás se hizo de día y de vuelta a la farmacia. Encontró que el encargado era otro. Le explicó la misma situación al hombre y vio asentir al policía con cada cosa que le aseguraba le había dicho el otro encargado. El hombre entró a la bodega y habló con uno de los vendedores, para ver si sabían cómo acceder al sistema de cámaras y fueron a traer al que sabe algo de compus. Salió a decirle a la señora que lo esperara. Que iban a ver qué hacían y el policía ahora sí le ofreció a Marta el banquito. Marta se pasó viendo la farmacia mientras esperaba. Dónde estaba la cámara. Dónde estaba el cajero. Se aburrió de ver de punto A al punto B y pensó por primera vez en mucho tiempo en la cara del gordo. Ya no se acordaba de ella. Llegaron clientes, se fueron clientes. El policía se arrepintió de haberle dado el banquito a la señora. Marta ya sentía otro día perdido, pero esperó. Eso era lo único que tenía. Tiempo. Salió el encargado y le dijo que podía entrar. Entró, con la pena entre las manos a una bodeguita oscura donde cuatro computadoras titilaban. Sentía la panza aguada. Las manos aguadas. El cuerpo completo aguado. En una computadora aparecía el video en blanco y negro de la entrada de la farmacia. El encargado señaló la pantalla. Más o menos por esa hora aparece la transacción. La pusimos en pausa para que nos diga dónde está su marido. El vendedor le dio play a la grabación y Marta vio a un hombre comprando condones. A una mujer que iba por alcohol y al dependiente cobrar con más aburrimiento y sueño que ganas. Por fin después de ver otros dos compradores, apareció en la esquina del fondo la figura abombada del gordo. Aquí está, les dijo al encargado y al vendedor, que ralentizó la grabación. Llevaba la chumpa que guarda con hoyos en el ropero y lo vio frotarse los zapatos contra la alfombra. Se acordó que ese día había llovido y pensó que seguro la cara del gordo muerto se había mojado cuando cayó sobre la banqueta. Lo vio entrar, saludar al poli, quedarse un minuto frente al cajero y salir, contando billetes. Lo pueden volver a poner, si no fuera mucha molestia.

El vendedor vio al encargado, esperando por su aprobación, y el encargado asintió. Puso de nuevo la grabación. De nuevo el frotar de pies. El tocar el cajero. El salir contando billetes. Disculpe. Podría grabar así con mi teléfono. Pero para qué quiere eso señora. Allí no se mira nada. Eso no es prueba para el Ministerio ni para nadie. Es que para eso he estado haciendo estas vueltas. Solo quería ver cómo estaba antes de que se me fuera. Solo quería ver si estaba tranquilo. El encargado curva su boca en una expresión de incomodidad y pesar y deja que Marta saque su teléfono y grabe al gordo. Marta sale de la farmacia un minuto después y camina a la parada de bus que la lleva a casa. Se olvida del Ministerio Público, del fiscal, de las señoritas que le atienden como todo su culo y de los robots que le contestan las llamadas. Mañana va a volver a buscar trabajo. Revisa su teléfono y le sonríe al gordo. El gordo ni se entera. Solo cuenta dinero, saliendo de la farmacia.

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Jeanny Chapeta es una escritora guatemalteca nacida en 1988. Ganadora y finalista de varios certámenes universitarios, interuniversitarios y nacionales, incluido el Certamen El Palabrerista 2016, cuyo cuento ganador Claudia y los gatos fue traducido al inglés por el Instituto Cervantes de la Universidad de Harvard. Ha publicado las novelas juveniles El año en que Lucía dejó de soñar (2017) y Volverás a soñar Lucía (2019) (Santillana); los libros de cuentos Historias incompletas (Extracto, 2016), Casa de Silencios (Los Zopilotes, 2017), Rumores del Callejón Miseria (Editorial Sion, 2022) y chipe (F&G, 2025). Su obra se ha traducido al inglés para diferentes universidades estadounidenses y algunos de sus cuentos han sido publicados en diferentes revistas latinoamericanas. Es profesora en Lengua y Literatura por la Universidad del Valle de Guatemala.