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Breve antología poética

1 octubre, 2010

Breve antología de uno de los poetas más destacados de iberoamérica, Eduardo Chirinos (Perú, 1960); la muestra inicia con el libro Cuadernos de Horacio Morell y concluye con Mientras el lobo está, obra ganadora este año del XII Premio de Poesía Generación del 27, en España.


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EL DERBY DE LAS JIRAFAS Y DE LOS OMNIBUSES

Entonces vivimos dando vueltas alrededor del hueco de un zapato
galopando a lomo de jirafa
estrellándonos en nuestras propias circunstancias
blandiendo una espada que puede ser la antena de una radio
o un palo usado de golf.
A veces dormimos largas noches de lechuza
encima de las piedras que intervienen en el juego
y abrimos las puertas del chalet suizo para orinar en el lago
y darle su comida a la jirafa en premio a su benevolencia.
Otras veces preferimos acostarnos sin dormir
para leer una enciclopedia de geografía de animales o de poemas
y nos parecemos muchísimo al Payaso de la Primavera Florida.
Para escapar de la rutina te paras de cabeza
buscas la palabra más complicada del diccionario
sacas tus piernas por la ventana del último piso del edificio más alto
y la dices a gritos
(asegurando siempre la montura de tu jirafa
no vaya a ser que la gente al fin te entienda
y tengas que volar a otras comarcas donde nadie te conozca).
Si estás imposibilitado de hacerlo
dibujas simplemente tu rostro en medio de la pista
y desvías a los automóviles con una pistola de juguete.
Pero
así salgas victorioso
continuarás dando vueltas alrededor del hueco de un zapato
o tendrás que salir de viaje.

Ocurre entonces que lo más triste es no tener ningún nombre
con qué ensuciar el último asiento del ómnibus en que viajas.

(De Cuadernos de Horacio Morell, 1981)

LIBRE VERSIÓN DE LAS ESTROFAS QUE RECITARA EL JOVEN ALÍ NUR FRENTE AL CARCELERO KUTAIT EN UNA DE LAS NOCHES EN QUE EL REY SCHARIAR ESCUCHABA ATENTAMENTE LA HISTORIA DE LA DULCE AMIGA

Provincias del Sur, provincias del Este, provincias del Oeste.
Oculto en estas tierras, ¿qué he de aguardar?
Tantas veces me he visto reposando con la tranquilidad de un muerto,
con la falsa grandeza de una antorcha iluminando los muros de un palacio de piedra. Tantas veces
la aspereza del vino y las piezas de un oscuro tablero se agolparon en mi mente
como el vago recuerdo de una joven tocando solitaria las cuerdas del laúd.
He observado largamente el lejano movimiento de la luna
y sé que los designios del hombre ya estaban señalados.
Líbrame Alá de la ira de mis enemigos.

He paseado mi cuerpo en las comarcas más extensas de la soledad.
He hundido la cabeza en los pechos de mi mujer y he llorado largamente.
He liberado a las aves de sus altísimas jaulas de bronce y he corrido ante
/la furia de los comerciantes y su lluvia de estiércol.
He rasurado mi barba para que no me reconozcan sus pueblos.
He abandonado padre, mujer, hijos.
He uncido bueyes en los más miserables huertos de Damasco.
He huido del clamor de los moros con una hija de su sangre.
He conspirado contra el Capitán Mayor del reino.

Sé que los designios del hombre ya estaban señalados.

Líbrame Alá de la ira de mis enemigos, aunque el calor me abrase y me
/condene a la infertilidad del agua.
Líbrame Alá de la ira de mis enemigos,
aunque muera como una brizna de hierba bajo las patas de los caballos.

(De Crónicas de un ocioso, 1983)

COMO EL SOL AL DETENERSE EN LO ALTO DE LOS CIELOS
Homenaje a Ficino (Florencia, 1433-1499)

El buen Ficino pensaba que atendiendo al movimiento de los astros
/se curaba la indolencia.
Puede ser.

La música de Platón desplaza la lógica de Aristóteles,
el orden es traspasado por la magia y el cielo
otorga innumerables signos que gobiernan el futuro.

¿De qué azar depende nuestro sino?,
¿de qué honrosa voluntad nuestra memoria?

El horóscopo sustituye al esfuerzo
pero el esfuerzo de interpretar sustituye al horóscopo:
las grandes revelaciones se hallan a merced de la interpretación del signo
porque el signo no existe,
el milagro no existe, la palabra
del oráculo no existe: sólo el débil murmurar de la indolencia,
el frío entusiasmo de la imaginación y la lascivia.
¿No es así, Ficino?
Ángel negro de la contemplación en los patios de Florencia.

Puente Viejo sobre las aguas del Arno. Cielo de 1470.
Ficino Marsilio dixit:
“Sin la pasión, delirio más potente, jamás llegaríamos a obtener el delirio amoroso,
ni el delirio poético, ni el delirio místico”.

Redondas nubes iluminan los cielos de Florencia,
migas arrojadas por Platón a sus discípulos luego de comer
y estirarse de brazos con eructos de vino.

El sol por un instante se detiene en el cielo.
Es el ángel, demonio atormentado que se apropia de nuestra alma y la trasgrede,
es la indolencia que acompaña al oscuro designio de los astros.
El cielo nos destruye, buen Ficino,
¿qué habremos de aguardar?

(De Archivo de huellas digitales, 1985)

MÁSCARA DE NADIE

…con la pobre máscara de Nadie

Gonzalo Rojas

Ahí va nuestro carro, Nadie, despeñándose al abismo,
trazando su flama en la pureza del aire;
ahí nuestra lanza que el tiempo ha oxidado,
la vieja fotografía de Penélope con su aguja de hueso.
Mis alas de ángel se han quebrado, Nadie,
busco entre ruinas un vestigio de nuestra pasada grandeza
y sólo hallo cadáveres hediendo bajo armaduras de bronce,
mechones de cabellos amarillos, trompos de madera de naranjo.
Mi pobre fantasma envejece tras una cortina de humo,
las palabras que recorrí con mi padre
son ahora signos que describen el tumultuoso desorden del mar,
el territorio implacable que nos depara el tiempo.
Busco tu rostro, Nadie, en la caligrafía del agua,
busco tu cuerpo,
pero ni agua ni cristal me los devuelven.
Antaño hundimos nuestras huellas en el lodo
y sentimos el peludo rabo de la rata temblando a nuestros pies,
ahora confundo el simple graznar de las gaviotas
con el chillido burlón de mis demonios.
Ahí van nuestros corceles, Nadie, buscando el equilibrio
entre el perfil solitario de la luna
y la daga final que anuncia la tormenta.
Ahí nuestras mujeres desfilando una por una, enloqueciendo
de amor o de olvido, no lo sé
como tampoco sé hacia dónde se dirigen.
Nada se habrá perdido si arrojamos nuestra máscara,
nada será más digno de conservar en la memoria,
nada podrá dar nombre al brillo o a la putrefacción
porque no existirán ni el brillo ni la putrefacción
si arrojamos al fuego nuestra máscara.
Ahí nuestros amigos, Nadie, hermosos como reos marchando hacia el patíbulo.
¿Reconoces a Diómedes, domador de caballos?
¿A Paris, por quien suspiraban las vendedoras de pan?
¿A Cleóbulo, a quien amaste como al mejor de tus alumnos?
Tampoco sé hacia dónde se dirigen. Marchan en círculo
y desaparecen como aves al menor estampido.
¿Su dolor no convoca tu presencia, Nadie?
Creo recordarte hundido en la maleza, con serpientes amándose
/a lo largo de tu cuerpo, o en el río
una noche de tormenta enfureciendo a los dioses.
Pero envejezco y la memoria me falla.
No seré aquel que se convierta en cerdo, jamás el apacible admirador
/de las sirenas.
He de limpiar las nubes que entorpecen mis ojos,
he de aprender a sangrar en cada palabra que escriba,
he de dolerme en cada señal que me impongan los hados.
Así purificado me darás oídos,
tu pobre máscara que me atormenta, Nadie.

(De Rituales del conocimiento y del sueño, 1887)

EL MEJOR DE LOS POETAS DE ROMA

… sólo corriste indiferente hacia los campos
y fuiste feliz comiendo con la plata de Mecenas

Horacio Morell

Un viejo gato bosteza al pie de la ventana, ni una nube empaña la pulcritud del cielo
limpio y despejado como sábana extendida.
Hace calor,
los sirvientes agitan plumas de avestruz refrescando la sala,
columnas de mármol donde apoyan sus cuerpos los más jóvenes.
Allí está Licinio, flaco y encorvado, comiéndose las uñas.
Allí Favonio, autor de oscuros epigramas que nadie conoce.
También la bella Marcia. No está sola
la acompaña Vitelio, jefe imperial de las legiones del Danubio.
Allí las ancianas de blancos cabellos y piel arrugada,
allí las doncellas de rojas mejillas y trenzas doradas.
Diffugere nives, redeunt iam gramina campis…

En la cocina trabajan los esclavos.
Mecenas ha ofrecido manjares de pollo con almendras,
frutas de oriente y vino dulce de Campania.
–“Esto huele a mierda”, dice el cocinero.
Una voz grave y melodiosa se alza sobre el humo,
algunos se acercan con timidez hacia la sala, otros
se atreven detrás de las columnas.
¿Es posible resistir tan noble cadencia?
La dulce Filis deja sus quehaceres para escuchar aquella voz tan prodigiosa.
Ne sit ancillae tibi amor pudori…

–“No te admires, dulce Filis”, dice el cocinero.
“Ese hombre es de Venusia. Le conozco.
Hemos jugado de niños en plazas y jardines, hemos paseado en arroyos
/y montañas, hemos ido juntos a la escuela.
Era entonces muy tímido y delgado,
ignorante en materia de números pero hábil
componiendo versos que mostraba con placer a sus amigos.
Nunca tuvo amigos.
Estaba siempre solo, soñando con mujeres que cantaban los poetas.
No era buen gimnasta, despreciaba los juegos y deportes
eso le venía del padre, recaudador de impuestos y vendedor de pescado
/en las plazas venusias.
Jamás lo volví a ver.
Dicen que sirvió en el ejército de Bruto y que luego
del desastre viajó a Roma convertido en indigente.
Ah, mi antiguo compañero, ¿de qué sirvieron tus poemas
si ahora mendigas solitario por las calles?
Mas Jove lo colmó en genio y estatura. Sus versos
fueron gustados por Virgilio y obtuvo la amistad de Varo.
Así llegó a Mecenas.
Tuvo a su disposición muchísimo dinero y una finca
donde solía encerrarse a trabajar. El joven tímido
tocó los pechos de la hermosa Livia y se inflamó de amor por la divina Cloe,
pero cantó como nadie las hazañas de Augusto
y eternizó para siempre la memoria de Mecenas.

No lo olvides,
ese hombre bajo y gordo a quien todos miran con respeto y reverencia, ese hombre
cuya boca se apresta a degustar nuestros manjares
es Horacio, dulce Filis, el mejor de los poetas de Roma”.

(De El libro de los encuentros, 1988)

LEYENDAS RUSAS

Para Juan Gustavo Cobo Borda

Trotsky se rasca la cabeza en Alma Ata

Me llaman León.
Como al viejo rey de las fábulas
nadie se atreve a molestarme a causa
de  mi orgullo.
De niño pintaron en mi frente una estrella de David
que he lavado con sangre para entrar en la historia
donde todos juegan sin saber su desenlace.
Sólo yo sé el final de la película.
Burton es su nombre
y una pica en Flandes su desdichada cabeza.
Qué calor hace en estas tierras, Dios mío.
Hasta pulgas hay en este encierro.

En un barrio judío de Lituania

“Mala combinación de colores. El azul
no va con rojo encendido y las abuelas
no hierven verduras sobre el tejado verde.
Las vacas, tonto, posan sus pezuñas en el pasto
y ese circo (¿los judíos van al circo?)
con obesas caballistas, pero todo tan tierno:
el jaez de los caballos, el fuego esplendente de tu pelo
–antorchas en raudo movimiento–
y quite ese rosa que distrae al amarillo.
La pintura no es su fuerte, Chagall.
Dedíquese a otra cosa”.

(De Canciones del herrero del arca, 1989)

LA LLUVIA

Vengo de una ciudad donde jamás llueve,
donde el cielo es (como dicen) color-panza-de-burro
y el mar una invisible telaraña que enreda y confunde el horizonte.
Esta tarde llueve en New Brunswick
y me he asomado a la ventana para contemplar otras lluvias.   
Aquélla en Madrid, por ejemplo, donde el agua nos llegó hasta las rodillas
y seguimos caminando plaf plaf como si nada,
o aquella que nos sorprendió en Tumbes
con sus  balsas y caimanes navegando un bosque de palmeras.
¿Qué decir del chaparrón que echó a perder la sepultura de Dante?
Pero ésa es una lluvia literaria.
Como decir que duró cuarenta días
o que llora suavemente en mi corazón, que no es verdad.

Es otra la lluvia que recuerdo.
Fue hace muchos años,
el agua salpicaba la tierra y formaba un barro azul y misterioso.
Era el silencio que me enseñaba sus metáforas,
su laborioso lenguaje deshaciéndose una vez más entre las piedras.

(De El equilibrista de Bayard Street, 1998)

DE LA PERDICIÓN POR LA POESÍA

Tantas veces me he llenado la mano de ti, y tú
fuiste como sueños poblándose, fantasmas
danzando frenéticos y ebrios en la página
hasta hacerme reír,
hasta hacerme reír,
porque nunca pude llorar en tu figura.
Porque además de un sueño
fuiste también una figura: tus ojos
para siempre borrándome, tu lengua
fugaz como ramalazo de lo eterno, tu voz
tan débil tan débil golpeando esta página
hasta rasgarla.
Hasta salir de mí.

Ah, si tan sólo escuchara tu voz.

Pero nunca me dirigiste la palabra
y lo que hubiera sido un gran amor
fue sólo un beso furtivo, un abrazo en penumbra,
un silencioso dolor del cual nunca fui culpable.

No te he perdido porque nunca te tuve.
Detrás de cada palabra te oigo sollozar.

(De Abecedario del agua, 2000)

CHILDREN’S CORNER

Ven conmigo
                         pequeña
escucha esto                    
                      y dime
      ¿qué ves?
Veo
         las trenzas
largas
          de mi muñeca
veo
      sus ojos
grandotes
                 la nieve
danzando
                 sus pelusas
tan blancas
                   tan tristes
cayendo
               sobre el prado
sobre el mar
                    sobre mi almohada
Veo también
                     al doctor Gradus
No seas malo
                      dile
que se vaya
que no vuelva más
                             Anda tontita
cierra los ojos y dime
                                  ¿qué ves?
Veo
       nueve señoras
con un pastel en la mano
                                         veo
una barraca de esclavos negros
que bailan africano
                                y cantan en inglés
Parece una fiesta
                            un vernissage
y edificios muy altos
y la estatua de la libertad

Bajo el claro de luna
la nana rusa se besa
con el joven vendedor de aceitunas
El pastorcito
                      se siente tan solo
qué triste
                la lluvia
cae
       sobre su cabaña
sobre su vaca
                        pinta
sobre el pompón
                            de su cola
sobre sus largas
                          pestañas
sobre los grandes 
                             bigotes
de tu amigo Esteban

Dime papá
¿eso que tocas
                        es una  serenata 
para mi muñeca?

(De Breve historia de la música, 2001)

BISONTES

Antaño los bisontes manchaban la llanura
de un claro y suave marrón.
                                                    
Sus pezuñas hollaban sin miedo esta hierba.
Era su casa. Su vasto
dominio que nadie se atrevía a profanar.

Los veranos
migraban hacia el norte donde el sol se apaga.
Los inviernos hacia el sur
donde languidecen las estrellas.

Camino a Montana he visto bisontes.
Lejanos y míticos bisontes aguardando una
            estampida,
un estrépito de pájaros, un canto de guerra.

Si hubo algún Dios en estas tierras
debió tener cara de bisonte.

(De Escrito en  Missoula, 2003)

PARA QUE NADIE LO LEA

Hay agujeros que arden.
     Humo
que danza en el aire su alfabeto
y lo borra. Para que nadie lo lea.

Hay heridas que duelen. Aunque
no les hagas caso están allí,
con sus manos terribles y sus ojos
mirándote y mirándote. Hay amores

bajo el polvo del olvido. Polvo
que danza en el aire su alfabeto
y lo borra. Porque hay heridas

que duelen. Aunque no
les hagas caso hay heridas.

Y humo y viento y polvo.

(De No tengo ruiseñores en el dedo, 2006)

2

Una vieja melodía hiere los oídos.
No queremos escucharla, pero
insiste. Llama a nuestra puerta,

dice en voz baja soy un cuerpo
¿por qué no me tocas? y en sueños
la tocamos.
                   Al despertar
se ha ido para siempre. La hermosa      
melodía que creímos olvidada.

(De Catorce formas de melancolía, 2010)

SIN NINGUNA PIEDAD

Para Gioconda Belli y Blanca Castellón

Aquí estoy, viejo Darío, sentado en la cama
en la que te moriste, sorbiéndome las lágrimas
que ninguna alergia puede disimular. Por
años esperé este momento, ensayé tantas veces
mi discurso y ahora, frente a ti, renuncio a las
palabras: lo siento. No tengo nada que decirte.
Afuera los niños (alguno se llamará Rubén)
corren detrás de una pelota, las niñas (alguna
se llamará Eulalia) contemplan sin rubor el
juego de los niños. Y el sol calienta las calles,
sin ninguna piedad. En León a nadie le importa
la piedad. O simplemente están acostumbrados:
¿a quién le interesa tu máscara mortuoria,
tu uniforme de gala, el cuaderno ológrafo
de Margarita, está linda la mar? Ya es hora
de irse. Por última vez admiro tu retrato, saco
apresuradamente algunas fotos, me despido
de tus miedos y fantasmas. Afuera los niños
corren detrás de una pelota, las niñas cruzan
con descaro sus piernas. Y el sol calienta las
calles, sin ninguna piedad.

(De Mientras el lobo está, 2010)

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Lima, 1960.
Comenzó a publicar desde muy joven. Antes de viajar a España con una beca del Instituto de Cooperación Iberoamericana (1986) había publicado en Lima Cuadernos de Horacio Morell (1981), Crónicas de un ocioso (1983) y Archivo de huellas digitales (1985).

En España publicó la plaquette Sermón sobre la muerte (1986) y Rituales del conocimiento y del sueño (1987).

A su vuelta a Lima en 1988 se desempeñó como periodista cultural y profesor de literatura en la Universidad Católica. Por esos años publicó los poemarios El libro de los encuentros (1988), Canciones del herrero del arca (1989) y Recuerda, Cuerpo… (1991).

En 2003 viajó a los Estados Unidos para completar sus estudios en la Universidad de Rutgers donde se doctoró con una tesis sobre el silencio en la poesía hispanoamericana, que se publicó con el título La morada del silencio (1998). En esta etapa ha publicado El Equilibrista de Bayard Street (1998), Abecedario del Agua (2000), Breve historia de la música (Premio Casa de América de Poesía, 2001), Escrito en Missoula (2003), No tengo ruiseñores en el dedo (2006), Humo de incendios lejanos (2009), y el reciente Mientras el lobo está, con el que obtuvo el XII Premio Internacional de Poesía Generación del 27.

Ha publicado también trabajos críticos, antologías, traducciones, novelas para niños y libros misceláneos donde conviven la prosa crítica con la crónica y el verso.

Actualmente reside en Missoula, donde se desempeña como profesor de literatura hispanoamericana y española en la Universidad de Montana.