Donde duermen los coyotes
1 junio, 2026
“Aquel día se abrirá tu boca para hablar al fugitivo;
hablarás y ya no seguirás mudo…”Ezequiel
A la fiesta llegué con el abuelo. Parecía el inicio de una película, las chicharras cantaban a lo lejos, las luciérnagas brillaban un ratito sí y otro no, la calle de asfalto llegaba a su fin para darle paso a un caminito de tierra, un caminito polvoriento que atravesaba un potrero inmenso que se perdía en la noche ateniense, en la cual resplandecía a lo lejos la mansión victoriana de amplios corredores de madera. El abuelo me llevó de la mano todo el tiempo, así recorrimos las cinco cuadras que separaban la casa familiar de la Hacienda González, donde don Juvenal celebraba por todo lo alto sus primeros sesenta años de vida. Así me lo contó abuelito. El abuelo era político, todo el mundo lo conocía, lo saludaba y entonces él se ponía a hablar.
Mientras abuelito conversaba con todos aquellos señores tan alegres, con todas aquellas señoras tan elegantes y simpáticas, me fui perdiendo entre el bosque de piernas adultas. Atrás quedó el eco de las conversaciones, el sonido de los vasos al recibir vino tinto, a veces cerveza, otras veces whisky. Al ratito me encontré solo en el gran salón, caminé sigiloso hasta uno de esos corredores abiertos a la noche, llegué cerca del rincón donde estaba sentado un niño, pensé que podía tener mi edad, unos doce años. Él jugaba con unos soldaditos de metal, bien armados, en posición de combate, sujetos al vaivén de las manos que los mecían y los hacían enfrentarse entre sí, dispararse, intentar matarse.
No me atreví a hablarle hasta que se me ocurrió pedirle un soldado, el niño me lo dio. Ahora sí, peleemos entre nosotros, no tengás miedo, yo te lo voy a devolver. El niño se subió en una de las barandas que marcaba la frontera con el potrero y desde ahí me disparaba, yo me protegí tras un sillón y sin pensarlo mucho dejé al soldado en el suelo y le lancé una canica que llevaba en el bolsillo del pantalón. Lo pegué en la cabeza, el niño se molestó mucho y se vino hacia mí con tanta fuerza que fue fácil quitarme para dejarlo irse de bruces contra el suelo. Al verlo caído aproveché, me subí a su espalda como si lo cabalgara y con mi brazo derecho le presioné la garganta con una llave propia de un bandolero. El niño se comenzaba a poner rojo cuando un aullido partió el silencio del potrero. ¿Escuchaste? Le pregunté después de soltarlo. El niño respiraba a grandes bocanadas, recuperando el oxígeno que le había sido suspendido, cuando otra vez se escuchó el aullido. Una, dos, tres veces más.
Son muchos. Viven en la montaña, caminan de noche, también al amanecer. En esa oscuridad hay muchos cerros, de día se ven con claridad. El niño seguía hablando mientras yo me fui alejando hacia la noche, salí de la casa, bajé los escalones de madera vieja y caminé unos cuantos metros por el caminito de tierra. A mi espalda quedaba la mansión iluminada, el niño de los soldados y los amigos de mi abuelo. Nunca había escuchado a los coyotes, sabía que se parecían a los perros, a los lobos, que les gustaba el ganado, pero nunca los había escuchado. No dejaban de aullar, la noche se fue embrujando con aquel gemido animal que me atraía y me inquietaba.
Mi tío se suicidó cuando yo tenía nueve años, desde entonces mi mamá amenazaba con hacer lo mismo. Un día le quité de las manos una botella de vino con la que decía, entre gritos de dolor y llanto, que lo iba a hacer. No lo hizo y yo me fui a jugar bola al parque, los partiditos de siempre, hasta que se hiciera de noche. Sin embargo, el miedo quedó para siempre, aprendí a vivir con él. Cuando yo regresaba de la escuela temía encontrarla sangrante en el piso, fría, pálida: muerta. Y no moría, y el miedo seguía haciendo nidos en mi cuerpo. También estaba mi papá, pero además de mis amigos, lo que más me hacía sentir seguro en la vida era conversar con el abuelo, visitarlo los sábados, escucharlo al contarme sus victorias de futbolista, sentado en su sofá, en una oficina sobrepoblada de libros. A veces íbamos a la casa de Atenas, en Alajuela. Íbamos con la abuela y con la tía María. Con ellos el miedo desaparecía.
En uno de esos viajes fue que descubrí a los coyotes. Me inquietaba mucho ver a mi mamá en la cama, durmiendo de día o llorando, desconsolada, hablando de su padre ido, de gallinas ensangrentadas en Cuba en un ritual de negros, o delirando con santas y con las llagas de Cristo.
¡Vení! ¡Vení! No vaya a ser que te roben los coyotes y yo me tenga que devolver solo. ¿Qué le digo a la abuela? ¡Son increíbles, abuelito! Juvenal te puede hablar mucho de esos coyotillos, los conoce bien, hace años que tiene esta finca. Ha tenido que aprender a proteger a sus animales, sobre todo a las gallinas. Una vez, hace muchos años, éramos muchachos, salimos a cazarlos, yo quería llegar hasta uno de sus nidos, allá en las rocas del Cerro Pelón, desde donde se ve todo Atenas ¡Vamos, hombre! Hace frío y nos están esperando.
El abuelo me dio otra vez su mano y me guio hasta la casa, nos quedamos un rato más en la fiesta de Juvenal. El niño al que casi asfixio era su nieto y a los dos nos sirvieron la cena, la cual devoramos mientras mi abuelo y Juvenal nos hablaban de la Hacienda González, de los viejos hombres que conocieron, de la Atenas de hace años, rural, levantada a las orillas del camino de carretas a Puntarenas, tendida entre cerros, rodeada de potreros, algunos de los cuales terminaban en el Río Grande que llegaba hasta el mar.
Le di la mano a mi compañero de combates, a Juvenal y a otros que llegaron a despedirse del abuelo. Caminamos juntos hacia la casa, me sentía seguro, fuerte como el abuelo. Conversamos un poquito con la abuela, con la tía María y rápido me fui a la cama, tenía sueño y ganas de imaginarme ese lugar donde duermen los coyotes.
Todavía tenía por delante tres días de paseo con los abuelos en Atenas. Después del desayuno la tía María contestó todas las preguntas que le hice sobre el Cerro Pelón: después de la Hacienda González seguís por el caminito de tierra en medio de los pastizales, ahí encontrarás los corrales para el ganado, vacas, caballos, viejos lechos de río, secos en verano. Vas a caminar y caminar y al superar un bosquecillo de higuerones vas a ver la montaña. Yo iba mucho cuando estaba en el colegio, desde ahí se ve la iglesia y también esta casa donde estamos. Cuando esté más grande voy, le dije a mi tía antes de caminar por el mosaico del pasillo central con rumbo a la bodega del patio, donde me senté a pensar mi estrategia en un banquito, bajo la sombra de los mangos, entre árboles de caimito y de mamón.
No recuerdo cuando fue la última vez que abracé a mi mamá, me ponía rígido cuando ella se me acercaba, me daba miedo, rechazaba el daño que podía hacer, me protegía de quererla, temía perderla después. Cuando ella estaba en su habitación, al mediodía, con la bata de dormir todavía puesta, pasaba de largo por el frente de su puerta, caminaba hacia mi cuarto, dejaba sobre el piso mi bulto de la escuela, me cambiaba el uniforme y esperaba que me llamara para almorzar, a pesar de todo ella siempre lo hacía, me servía y regresaba a su habitación, a su claustro, a su cueva. Antes, yo observaba sus gestos, me detenía en sus ojeras, buscaba restos de lágrimas, asomos de tristeza. Me preocupaba, comía y salía a la calle a buscar a mis amigos.
Salí a la calle de Atenas, llevaba una gorra en la cabeza como la de Huck en el Mississippi, usaba un pantalón largo, medias gruesas, zapatos cómodos, una camisa fresca y un bolso con una botella de agua, dos naranjas, tres piedras y una cuchilla que le cogí al abuelo. Caminé y caminé desde la casa de madera de los abuelos hasta la Hacienda González, al pasar frente a la casa victoriana saludé a los peones y seguí mi camino. El sol todavía no era pesado y por los potreros amarillos de Atenas corría un viento fresco que mi cara agradecía.
Muchas veces la necesité, para contarle cualquier cosa, un éxito, un dolor, una pérdida, un fracaso. No estaba. O estaba sin estar, que era su manera de ser mamá. Perdida en un universo ajeno al nuestro, impenetrable, incomprensible, con tantas campanas sonando dentro de su cabeza, con voces de monjas, con la poesía de Santa Teresa, con Los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola, con los dogmas medievales y los estigmas de los místicos cristianos ordenados en muros inexpugnables que me alejaban cada día más de ella.
Caminaba por mi cuenta sobre los viejos lechos de los ríos, secos en verano, a lo lejos divisaba los corrales, vacas mansas, un toro. Descansé en el bosquecillo de higuerones, pelé una naranja, era de las que le gustaban al abuelo, malagueña, de las dulcitas. Tomé agua y recosté mi cabeza al tronco del árbol que escogí para sentarme. Estaba muy emocionado, contento dentro de esta aventura improvisada. Lancé la estopa de la naranja al potrero y guardé mis cosas en el bolso, saqué la cuchilla suiza del abuelo y tomé de nuevo el camino hacia el cerro.
Escucharla quejarse y quejarse era tan cansado como subir un monte, me agobiaba, me avergonzaba, nada la detenía y yo tenía que estudiar o quería dormir y no podía. Me cambiaba la ropa para meterme a la cama, debajo de las cobijas, con la sien sobre la almohada. Me calmaba y, a pesar de todo, la quería. Así me dormía en las noches frías de San José.
Al llegar a la cima me detuve victorioso, me di vuelta y ahí estaba la Iglesia de Atenas, la casa donde los abuelos se estarían preguntando por mí. Tomé un largo trago de agua y por la ladera oriental vi cómo crecía el matorral seco, a unos veinte metros bajando descubrí las rocas que mencionó el abuelo, me decidí, apreté fuerte el mango de la cuchilla y caminé. Las rocas señalaban la puerta, en aquella inmensidad solo se escuchaba el viento sobre el pastizal, mis latidos, el ruido que hacían mis zapatos sobre la tierra, entonces di unos cuantos pasos más y me asomé a la cueva.
Mi mamá dormía, ya casi era el mediodía, se le sentía la respiración. Nada le había pasado a pesar de haber llorado toda la madrugada. Cargando mi bulto de los cuadernos me acerqué a ella, le puse la mano sobre el hombro y le besé la cabeza, le acaricié el cachete con mi mano abierta, como hacía cuando me dormía en sus brazos y me cantaba o me contaba cuentos. Esa fue la última vez que la besé por mi propia cuenta. Después salí corriendo de aquella cueva.
Un aullido partió el silencio en el Cerro Pelón, una hembra caminaba con dos coyotillos pardos, un poco más adelante el macho guiaba a la manada. Un nido de paja aún caliente yacía sobre el suelo, donde ramitas de los montes de Atenas los protegían del frío en las noches, antes del amanecer, antes de que salieran a andar por aquellas inmensas soledades.
Esa noche me fui a dormir a la Hacienda González, en una habitación que me preparó Juvenal. Mi abuelo se lo pidió, le dijo que había caminado todo el día buscando a esos cuatro coyotes de los que hablaron la otra noche.
Mi ventana tenía sus puertas abiertas al cielo estrellado, la cama estaba muy cómoda, cubierta por sábanas blancas y una frazada de cuadros, dos almohadas la coronaban. La luz apagada dejaba el ambiente preparado para la magia. Pasaron algunos minutos y otra vez escuché a lo lejos el aullido ancestral en el monte, donde caminaban unos animales que me arrullaron, que me hicieron olvidar aquellos otros gemidos, el llanto en San José. Al poco rato cerré mis ojos, muy cerca del lugar donde duermen los coyotes.
16-05-26
San José, Costa Rica, 1975. Estudió Psicología, Literatura y Derecho. Es autor de la novela Greytown (2016) y de otros tres libros que se mueven entre la crónica y el ensayo: Telire (2017), Con el lápiz en la mano (2018) y La Boca, el Monte y las novelas (2018).