El poeta de los barrios. Crónica de mi lectura de Cara de crimen, de William González Guevara (premio Espasa de poesía)
1 junio, 2026
Juan Marieli conversa con el poeta nicaragüense William González sobre su último poemario, Cara de crimen, publicado en 2025. Quienes leemos esta crónica nos vamos enterando del viaje personal del poeta a Centroamérica en el que entrevista a pandilleros y carcelarios, testimonios de los que nace su poemario. Juan Marieli nos cuenta que en los poemas de William hay un canto a lo cotidiano, a una Nicaragua vacilante, pero, sobre todo, a una realidad centroamericana que, de realista, solo cabe en la poesía para ser cantada.
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En lo marginal, en el territorio de los “nadies”, incluso en los países que no existen en los medios, ejerce su escritura este poeta tan joven y premiado. Confiesa que suele ser de madrugada, mediando un silencio absoluto, cuando vienen las imágenes y las palabras. En este último poemario, Cara de crimen, divide en tres etapas sus cantos: una dedicada a Centroamérica; otra a victimarios y víctimas de la violencia de las pandillas, y la última a los y las migrantes de la región centroamericana.
Ojo, no es una reivindicación de la identidad, aunque sí hay un deseo: “País mío, quisiera que existieras”. Ese verso puede leerse en su literalidad (Nicaragua olvidada de los medios y de la atención internacional) o desde la profundidad poética (el país poético de William realmente no existe). ¿Qué países o países son esos?
Pregunta equivocada. Este nicaragüense y español de habla castiza madrileña no responde por fronteras de países, sino por las de sus barrios: el de San Luís, en Managua; el de Carabanchel, en Madrid, ambos periféricos y marginales en un tiempo. “Soy de los barrios”, declara.
Su mamá, a la que le debe y ofrece su poesía, lo llevó a España y lo hizo poeta mientras ella limpiaba escaleras. Eso ya lo ha contado en sus obras previas. Y lo cuenta siempre que puede en un eterno agradecimiento. Porque eso salvó a su corazón de que le ganara la violencia, acostumbrado de chico a ver muertos tan jóvenes.
Con el tiempo, ya estudiado, ya leído, ya poeta, algo se le revolvió por dentro. Tenía que volver a Centroamérica, al lugar de la violencia. Hizo algo reseñable.
Se gastó todos sus ahorros en diferentes viajes a la región, sin ningún tipo de beca ni de garantías de éxito. Solo con sus contactos, se adentró en el mundo de las pandillas y sus víctimas. Entrevistó con su grabadora de periodista a hombres y mujeres pandilleros, vidas carcelarias. Y desde el principio, su objetivo fue encontrar el lado humano, convertir aquel dolor en poesía. No iba a publicar un reportaje, sino un poemario. Quizá por eso, los protagonistas se abrieron a contarle. Lo demás fueron pérdidas. Por perder, perdió hasta su novia de siempre. “éramos”, dice, “la pareja ideal del barrio de Carabanchel, juntos desde la secundaria”. Tanta viajadera acabó por distanciarlos.
El premio Espasa vino este año. ¿Compensa? No se sabe. William se siente cansado del mundillo literario. No explica bien por qué, sólo dice que está cansado. ¿Se ha vaciado en su búsqueda atávica y poética al corazón de la violencia? “Llevo ocho meses sin escribir un solo verso. Pero tengo un proyecto…”
Crónica de mi lectura:
Empiezo a leer el libro por la tarde, la primera parte de los poemas dedicados a la “cintura de América”. Es un homenaje a la región con todas sus zonas oscuras. Me resuenan Roque Dalton o Gioconda Belli, apunto en los márgenes mientras doblo las páginas.
Continúo la lectura durante una hora por la mañana antes del mediodía. La segunda y la tercera parte cuenta con testimonios directos hechos versos (¿pero por qué no incluyo más de esto?). Algunos muy hondos e interesantes como el de la mujer que se hizo pandillera y siente no haber vengado la muerte de su padre. Leo y sigo preguntándome que esta parte es la central, la mejor de la obra, y que es una lástima que no hay sido un libro entero de ello: poemas sacados de testimonios directos. ¿Quizá la primera parte y la última vinieron a completar la falta de más versos? Sea como fuere, estoy seguro de que se le quedaron en el tintero más versos, más testimonios.
Formalmente, es una poesía consciente y reivindicativa que se amarra a los clásicos del Siglo de Oro, a Rubén y a la Generación del 27, faros seguros para no perder el rumbo. Le están tentando para que escriba una novela, pero él se niega al mandato del mundo editorial: “Soy poeta, dice, y lo seré hasta que me muera”.
Su visión de Nicaragua y Centroamérica no da tregua, no es un recuerdo luminoso. Es realista, sucio, abyecto. Y los versos, con una tendencia cantarina al endecasílabo (hablando de clásicos) alumbran esa sordidez dotándola de tema principal, como hicieron algunos poetas al recordar las trincheras de la Primera Guerra Mundial. La necesidad también (y por qué no) de cantar el barro, el óxido, las nubes tóxicas.
Y hay poemas que se clavan de tan reales. Hay versos que despiertan la conciencia y me hacen preguntarme cómo es posible que esto no se haya cantado antes. Uno de ellos es el poema Lastre, a una amiga de su madre, violada por la mara.
Lastre
Ana, mejor amiga de mi madre,
fue violada por maras hondureñas.
Una partícula de fuego ondeó
por su vientre hasta dulcificarlo.
Un jirón de aspereza, un sabor ácido,
agridulce, compacto, débil flujo
de aquello que no está premeditado.
Limó su tristeza, le dio forma de risa
enterrando el busto oscuro de la lágrima.
Supo interpretar la doliente astilla
que se clavó en su pecho.
«Sacádmela, sacádmela», gritaba.
Cuando Ernesto Cardenal impartía en Managua talleres de poesía junto a la gran Claribel a niños con cáncer en Managua, les aconsejaba que los versos acompañaran muy cerquita a la realidad: que dijeran cosas del suelo, del color de un pájaro que canta en una rama, de la verdad. Solo así, defendía, pueden volar después.
Es filólogo, editor y escritor. Es periodista y, además, consultor en comunicación y en salud internacional. Ha publicado, editado y coeditado diversas obras de ficción para adultos y niños, así como de crítica literaria y de temas relacionados con la salud global en América Latina. También coordina proyectos creativos sobre cultura, ciencia y cooperación internacional. Vive entre España y América Latina y comparte las nacionalidades española y nicaragüense. En los textos bajo el seudónimo de Juan Marieli se refugian tres personas, por lo que a veces escribe Juan, otras Mar, u otras Eli. Estas circunstancias se explicarán cuando las condiciones y el tiempo lo permitan.