adrianogonzalezleon

Homenaje a Adriano Gonzalez León. In Memoriam (1931-2008)

1 febrero, 2008

Ganador del Premio Biblioteca Breve en plena época del boom de narrativa hispanoamericana, y autor de sellos como Alfaguara y Seix Barral, el nombre de Adriano González León (Valera, 1931-Caracas, 2008) era sinónimo de dignidad en las letras venezolanas. Su reciente muerte deja huérfano a un país, y ha sido motivo de infinitas especulaciones.


MEMORIA DE ADRIANO

El día en el que la muerte lo sorprendió pareció haber sido escrito por él.

Como solía hacer, al mediodía fue a uno de esos restaurantes de Las Mercedes en donde ya era costumbre tratarlo como dueño. Buscó un lugar en la barra, cogió el periódico y, mientras bebía un vaso de agua, su barbilla cayó sobre el último botón del cuello de su camisa. Allí se desenchufó del mundo, sin molestar a nadie, sin hacer un drama de su partida, como si sólo hubiera aprovechado un instante para ser vencido por el sueño. De esta forma, Adriano González León había cerrado tras de sí la puerta de su vida, una existencia llena de historia venezolana, letras, anécdotas, humo y mucho botiquín.

Esa fue su enésima muerte. El escritor y antiguo vicepresidente de Nicaragua, Sergio Ramírez, vino a Venezuela a finales del año pasado con el dolor de no haberse despedido de Adriano. En esa ocasión no había sido el infarto el que se lo había llevado, sino Gabriel García Márquez y su esposa Mercedes Barcha, quienes le juraron la enorme pérdida con la seguridad de quien estuvo en el entierro. González León, ajeno al fin de su biografía, se emocionó con la llamada, bromeó un buen rato con Ramírez y le pidió una pronta visita para conversar como en los viejos tiempos.

«Nadie me iba a decir que mi último encuentro con Adriano sería por celular», comentó el nicaragüense al enterarse de su verdadero fallecimiento. «Me acuerdo que me lo llamaron en Valencia desde el carro en donde me encontraba, y él tardó en ponerse al teléfono porque se estaba bañando. ¡Qué mala noticia para comenzar el año!»

Como Ramírez existen otros intelectuales en diferentes lugares del mundo. Y esto no es ninguna exageración. Quizás los menos avispados aún no están al tanto, pero la firma de González León jugó un papel preeminente en el desarrollo de la literatura latinoamericana de la segunda mitad del siglo veinte. Sus libros fueron de cabecera para una generación y motivo de estudio en muchas universidades extranjeras.

La línea arranca con el volumen de cuentos «Las hogueras más altas» (1959), cuya segunda edición fue prologada por el Nobel de literatura Miguel Ángel Asturias. Luego de tamaño estreno aparecieron «Asfalto-infierno» (1963), «Hombre que daba sed» (1967) y su primera novela: «País portátil» (1968). En este punto es necesario hacer un hiato.

El libro le abrió las puertas a la consagración. Recibió el Premio Biblioteca Breve de la por entonces mítica editorial Seix Barral en su novena edición, y formó parte del selecto grupo de galardonados de la época, junto a Mario Vargas Llosa, Vicente Leñero, Guillermo Cabrera Infante y Carlos Fuentes.

La novela le llevó cinco años de escritura, y constituyó un triunfo de estructura y contenido. De mediana extensión, «País portátil» relata el paso de un estudiante universitario, Andrés Barazarte, de un extremo a otro de Caracas con un misterioso maletín para los guerrilleros con los cuales tiene que encontrarse.

Para el escritor argentino César Aira la mayor contribución del libro surge al contar una travesía que «está intercalada de reflexiones y recuerdos, en los que el joven reconstruye su historia familiar; el método hace que la novela sea rural y urbana al mismo tiempo, anudando dos tradiciones de la narrativa venezolana».

Con el reconocimiento internacional viniéndosele encima como un alud, Adriano prefirió tomarse un prolongado respiro. Luego de ese tiempo escribió los volúmenes de cuentos y poemarios: «Damas» (1979), «De ramas y secretos» (1980), «El libro de las escrituras» (1982), «Solosolo» (1985), «Linaje de árboles» (1988) y «Del rayo y de la lluvia» (1991).

Algo olvidado por el mundo, y a casi treinta años de «País portátil», González León logró ponerle punto final a su segunda y última novela: «Viejo» (1995). La misma fue aplaudida por la crítica y sus colegas. Sin embargó, su impacto no tardó en disolverse con el tiempo. Parece que en ese momento Adriano decidió de una vez por todas hacer de la oralidad su manera de escribir.

Sólo algunas ocurrencias cometieron el atrevimiento de hacerse lomo y papel cuando estuvo desprevenido, como fue el caso de «Huesos de mis huesos» (1997), «Todos los cuentos más Uno» (1998), «Viento Blanco» (2001) y «Cosas sueltas y secretas» (2007). Pero lo cierto era que el autor prefirió decantar toneladas de genio en sus clases universitarias, en la creación de grupos literarios como Sardio, el Techo de la ballena o La república del Este, en programas televisivos, en labores diplomáticas y en decenas de acogedoras barras.

En ellas vio su vida y la de los demás correr como un río. Probó diferentes néctares, entendió la confidencia del camarero y presenció escenas dignas de ser escritas en capitulares. En un bar vio el renacimiento de amores, la creación de espejismos e, incluso, la muerte a balazos de un vecino de taburete. Precisamente, fue en una barra en donde se despidió en paz del último párrafo de su gran obra: su propia vida.

«Él hizo lo que quiso, eligió vivir a su manera y eso es un triunfo para cualquiera», comentó su discípula y escritora venezolana Gisela Kozak Rovero. «Todo el mundo lo aceptó como fue. Su vida no pudo terminar mejor, con mucha poesía y fiesta. Adriano murió como si se estuviera quedando dormido en la barra. Y eso no es todo. La cosa fue tan digna de él, que la gente del restaurante siguió comiendo y bebiendo».

Su colega y amiga Victoria de Stéfano no mostró dolor cuando se enteró de su partida. Al contrario, sus primeras palabras mantuvieron cierta dosis de cordura. «Los viejos tenemos una concepción de la muerte muy diferente a la de los jóvenes», dijo la autora de «Lluvia» cuando la noticia se dispersaba como pólvora. «Para nosotros, cuando eso sucede, no significa que estemos ante una pérdida, sino que la persona hizo su trabajo y lo entregó. Cumplió con su cometido. Y eso fue, precisamente, lo que hizo Adriano».

Adriano murió y media Caracas lo fue a ver. En el restaurante un corro de intelectuales venezolanos hizo una extraña peregrinación para alimentar el morbo y el desamparo; en la funeraria cada escritor mantuvo una versión diferente de su despedida; en el sepelio ya se podía hacer una novela sobre su deceso.

Escribir es morir de a poquito. Adriano tuvo varias muertes, algunas con premios y condecoraciones; otras más domésticas. Sólo necesitó dejar de existir de veras para estar más vigente que nunca, para demostrar que sin él los párrafos no tendrán un amante superior en Venezuela. Su parábola no pudo enmarcarse mejor dentro de una frase dicha en una mesa sin conocimiento de dueño: La vida no tiene lógica, pero sí tiene sentido.

Adriano murió en una barra delante de un vaso de agua. Esa misma noche, sus dos hijos elevaron sendas copas en su honor. Ten ía 76 años recién cumplidos.

Comparte en:

Escritor, editor y periodista venezolano. En la actualidad dicta clases de cine y literatura en la Universidad de Houston. Su libro más reciente es la novela La vida alegre (Alfaguara, 2020). Su Twitter: @dcenteno1