Nueva novela: Norte

1 junio, 2011

Norte ha sido descrita como «una novela acerca de la pulsión artística, la frontera que atraviesa a los personajesy la violencia física y artística que desencadena el desarraigo». Según su autor, Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, 1967), «la novela cuenta el sentimiento de estar perdido, deambulando, sin tu ancla, en un continente extraño, en un país que no es el tuyo. Quería mostrar ese extravío en los personajes. Muchas veces la relación del inmigrante hispano con Estados Unidos es de hostilidad porque te sientes literalmente en una cultura ajena y ahí aparecen diversas patologías que muchas veces tienen que ver con la violencia.» Carátula comparte con sus lectores los primeros dos capítulos de esta novela.


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¿Y tú, por qué has de estar de este lado?

Yuri Herrera, Trabajos del reino

As to the majority of murderers, they are
very incorrect characters.

Thomas De Quincey,
On Murder Considered as One of the Fine Arts

No existe la maldad; has cruzado el umbral;
todo es bueno. Otro mundo, y no tienes que
hablar.

Franz Kafka, Diarios, 19 de enero de 1922

UNO

1

Villa Ahumada,
norte de México, 1984

Dejó de ir a la escuela y comenzó a pasar más tiempo con sus primos. Al principio era sólo un testigo privilegiado: en lugares concurridos como el mercado o la estación de trenes, los veía robar billeteras y carteras. Trataban de evitar el enfrentamiento, pero tampoco se rajaban si era necesario repartir madrazos. En calles oscuras solían atacar armados de cuchillos; generalmente eso bastaba para que las víctimas  entregaran todo. Eran conocidos por la policía, dispuesta a dejarlos tranquilos mientras sus asaltos fueran de poca monta y no hubiera sangre.

A la medianoche se metían en el California, el único téibol en que el cadenero, previo pago de unas monedas, dejaba entrar a Jesús, que había cumplido quince años y aparentaba menos: era pequeño y delgado y tenía un rostro infantil. Bajo las luces de neón, pedían chelas y veían un strip-tease. No todas las mujeres se les acercaban, porque tenían fama de pendencieros y de malos pagadores. La Quica, una de las putas viejas del California, donde se podía tomar un trago barato e indócil que se llamaba la «Pantera Rosa» –sotol mezclado con leche y Nesquik de fresa–, era de las pocas que los recibía con los brazos abiertos, porque no le gustaba dormir sola en la habitación que alquilaba en una pensión cerca del río. Iba de mesa en mesa, rebajando su precio y tratando en vano de quitarle clientes a Suzy, la guatemalteca con el pelo corto teñido de rubio y las tetas neumáticas, y Patricia, la tapatía que quería irse apenas ahorrara el dinero para que un coyote la hiciera cruzar al otro lado. Qué podía hacer, les doblaba en edad. No debía entristecerse. Hubiera podido quererlas como a sus hijas si no fuera que ella jamás habría tenido hijas tan putas.

A las tres de la mañana la Quica se acercaba a los primos y les decía que se fueran, y Medardo: esperemos que termine esta canción, ¿a poco no te gusta la Chavela? Justino le pellizcaba el culo, qué nalgas, con razón te dicen la Quica. A veces se acostaba con Medardo y otras con Justino y creía que Jesús era un mirón, porque cuando cogía con los primos él l s observaba desde el sofá sin pronunciar palabra y resistía a sus invitaciones  mientras se hacía una chaqueta.

Un jueves su madre le rogó que se quedara en casa con su hermana el fin de semana, le había salido una chamba en Juárez y volvería el lunes. Cedió a cambio de unas monedas.

La noche del viernes Jesús se tiró en su colchón de resortes vencidos y manchas de orín, a los pies de la cama de su madre y María Luisa. El cuarto hedía a kerosén, los olores de la cocina se metían por todas partes.

María Luisa dormía. Trató de distraerse observando las fotos de Mil Máscaras en una pared. En uno de los afiches volaba sobre Canek ante la mirada amenazadora de El Halcón. En otro promocionaba la película Misterio en las Bermudas junto a El Santo y Blue Demon. Le gustaba su estilo rudo, con llaves espectaculares como la plancha y el tope suicida. Tenía cuatro máscaras suyas y un muñeco del luchador con un valor especial pues era el último regalo de su padre antes de cruzar la línea y no volver.

En esas estaba cuando se durmió.

Un ruido lo despertó. Entreabrió los ojos, se llevó las manos a la cara e intentó sacarse la máscara que tenía puesta en el sueño. Se desesperó al no encontrarla. En la ventana se apoyaban las gotas escurridizas de la lluvia.

Se sentó sobre el colchón, titubeante, como si tuviera miedo de transformarse en un monstruo, como había ocurrido tantas veces en sus sueños. En el cuarto se filtraban las primeras luces de la madrugada. Sus ojos precisaron contornos hasta fijarse en la cama de su madre y su hermana. María Luisa estaba sola.

Se acercó a la cama, vio su rostro enmarcado por la cabellera negra, los ojos cerrados, la respiración acompasada. Lo atenazaba una mezcla difusa de pavor y excitación. María Luisa tenía once años y en los últimos meses sus pechos habían comenzado a hacerse notar en los vestidos que llevaba, alborotando a los chicos de la colonia. Que era linda todos lo habían sabido desde cuando era muy niña y dejaba que la boca
de labios finos dibujara un gesto de sorpresa frente al mundo, y se agrandaban los ojos almendrados, el color verde de las pupilas resaltando con fuerza ante el contraste de la tez canela. Ahora comenzaba a estirarse, a rellenarse, a perturbar.

Transcurrieron varios minutos silenciosos.

Jesús se metió en la cama. María Luisa abrió los ojos.

¿Qué haces aquí?

Sólo… sólo quería visitarte.

Amá se va a enojar, Jesús.

No se tiene que enterar. ¿Quieres que me quede o no?

Amá se va a enojar.

Lo enfurecía que se le hubiera vuelto tan opaca desde hacía unos años. Hubo un tiempo en el que parecía de cristal, de tan transparente que era para Jesús. Papá había partido, mamá no se daba abasto con el trabajo, y Jesús y María Luisa se aferraron el uno a la otra. Por las noches dormían juntos en la cama, con la luz encendida porque María Luisa tenía miedo a la oscuridad, hasta que llegaba mamá del trabajo en una cantina y se echaba entre los dos. Por las tardes jugaban en el árbol hueco en el descampado cerca de la casa. Él le contaba historias inspiradas por las radionovelas que escuchaba, de profanadores de tumbas, hombres sin sepultura y momias asesinas. Todo había continuado así durante dos años, hasta que su madre le dijo que volviera al colchón que había compartido con María Luisa antes de que se fuera su padre. De ahora en adelante dormiría solo. María Luisa comenzó a pasar más tiempo con sus amigas de la escuela. Se le escurría de las manos, y él no podía hacer nada por evitarlo. Un día él, desesperado, le pidió que durmieran juntos, como solían hacerlo, y ella, con brusquedad, no podemos, y él es cuestión de esperar hasta que amá esté dormida, y ella, firme, mejor no.

Jesús se abalanzó sobre ella y quiso besarla y ella lo golpeó en la cara y se levantó de la cama. Sin perder la calma, le dijo estás loco, eso no se hace.

Él se recuperó del golpe. No le costaría nada arrinconarla y hacer lo que le diera la gana con ella. Pero esa no era la idea. Te arrepentirás, dijo él.

Ella le dio la espalda y salió del cuarto y se dirigió a la cocina.

Jesús se levantó y volvió a su colchón. Hundió el rostro en la almohada.

A la madrugada seguía despierto.

Encontró a sus primos en la cancha de futbol cerca del río, sentados detrás de un arco de hierro oxidado. Veían un partido en silencio. Medardo tenía un bigote que parecía postizo. Justino no perdía de vista la pelota. En sus botas negras había decorados metálicos que relumbraban en el sol.

Medardo y Justino eran mayores que él. Medardo había estado tres meses en la cárcel por internar en el país carros robados al otro lado; Justino desapareció un par de años, hasta que se acallaran los rumores que lo acusaban de haber violado a una de sus vecinas («está retebuena pero no fui yo, nomás le metí los dedos»).

Los primos se levantaron; Jesús los siguió. Bajaron por una pendiente hasta llegar a la orilla del río. Continuaron por un sendero flanqueado por montañas de desperdicios –Jesús creyó que alguien lo miraba desde la basura: eran los ojos azules de una muñeca–, hasta detenerse bajo un puente. De allí salían al atardecer murciélagos que ahora dormían apoyados en el techo y en las paredes.

El puente crujía ante el paso de los camiones. ¿Sería posible que el peso hundiera la estructura y los aplastara?

Medardo sacó una bolsa de plástico que tenía metida en uno de sus calcetines y aspiró. Se la pasó a Justino, que hizo lo mismo. Justino se la dio a Jesús, que se metió la bolsa a la nariz. Olía a carpintería, a madera fresca.

Apareció una botella de sotol. Jesús tomó un trago largo que le ardió en la garganta. Le vino un ataque de risa y tuvo que hacer esfuerzos por contenerse.

Hubo más pegamento y sotol. Al rato Jesús se tiró al suelo. Se recordó caminando por las calles de Villa Ahumada con su padre y María Luisa; iban al circo que llegaba cada tanto de Juárez o Chihuahua. Papá los malcriaba comprándoles caramelos y juguetitos. Había estudiado contaduría y era bueno para los números, pero la falta de trabajo hacía que se dedicara a oficios de todo tipo, desde administrador de un club de boxeo hasta encargado de una tienda de empeños. En esa tienda, La Infalible, había aprovechado para hacer su negocio. Se quedaba con parte del dinero que recibía de los clientes, y luego lo prestaba con intereses bajos. Los últimos meses de su padre en casa fueron de relativa bonanza: un televisor en blanco y negro, carne y fruta, algo de ropa. No duró mucho. Una noche reunió a todos en la cocina y, mientras se tocaba la frente con nerviosismo, dijo que tenía que irse a buscar trabajo al otro lado. Prometió volver. María Luisa lloró, y él quiso ser optimista: papá nunca le había fallado. Cuando se despertó al día siguiente, él ya no estaba: se había marchado en la madrugada. Luego se enteraría que no le sería fácil regresar. El dueño de La Infalible sabía del desfalco y lo había amenazado de muerte si no pagaba lo que debía.

Jesús reía con una carcajada nerviosa. Luego lloraba. Volvió a reír. Después se durmió.

El lunes por la mañana se dio una vuelta por la escuela Padre Pro, donde estudiaba María Luisa. A la hora en que a ella le tocaba educación física se dirigió al enrejado y miró las evoluciones de las colegialas en el patio. Aunque María Luisa parecía no darse cuenta de que él estaba ahí, Jesús estaba seguro de que sabía que él la observaba. Una monja lo reprendió e hizo llamar al portero, un barrigón que prometió quebrarle los huesos si lo volvía a ver.

Jesús encontró a sus primos en el mercado. Compartían un plato de carne asada con frijoles y tomaban horchata. Un ácido olor a orín provenía de los baños.

Medardo estaba molesto porque Suzy lo había rechazado la noche anterior. Le toqué la cintura y me dio una bofetada. Lo vi, dijo Jesús, pero pensé que no le habías dado importancia.

Estaba tratando de no darle. Pero me jode. Pinche cabrona. Me dijo se ve pero no se toca, y yo le grité, zorra, por qué te vistes así entonces. Pagando nos podemos entender, dijo, y yo no acostumbro pagar, a todas les gusta mi soplete. Y ella, crece primero para hablar conmigo. ¡Si es de mi edad!

Jesús trató de calmarlo pero Justino lo soliviantó aún más: qué se cree, tan orgullosa que ni nos mira.

Conozco dónde vive, dijo Justino. Podríamos esperarla a la salida esta noche.

¿Una madriza?, preguntó Jesús.

Lo primero es lo primero, dijo Medardo. Tiene que saber lo que es bueno.

A Jesús le gustó la idea. Suzy lo saludaba con cariño en el California, pero a la vez había una mirada de arriba abajo, un toque maternal cuando hablaba con él: como si esa melena negra que le llegaba hasta la cintura, ese ombligo con un gancho, los shorts de lycra, las piernas largas enfundadas en botas negras, fueran sólo para camioneros y polleros. Además, Jesús ya no sólo miraba cuando sus primos robaban; le había ido bien asaltando a una pareja a la salida de la estación. Le jaló el collar de perlas a la mujer, y cuando el hombre corrió detrás de él lo mantuvo a raya con un cuchillo; las perlas resultaron falsas, pero lo que contaba era la intención.

Tengo varias máscaras, dijo. Nos las podemos poner. Por si acaso, para protegernos.

Estás aprendiendo rápido, primo, dijo Medardo.

Después del mercado fueron bajo el puente. Hubo sotol y pegamento hasta la noche.

A las cuatro de la mañana Suzy descendió de un taxi y se dirigió hacia el edificio de cuatro pisos en el que vivía; los tacones de sus botas resonaron en la noche.

Abrió la puerta girando la llave hacia la derecha y apretándola como si fuera un punzón. Estaba mareada. No había día en que no se imaginara lejos del piso encharcado del California, del humo que le ardía en los ojos, de las rancheras y la música atronadora de Van Halen y Prince, de los borrachos que le metían mano.

Suzy cerraba la puerta cuando escuchó una voz familiar.

Cuál es el apuro.

¿Quién eres?

Cómo nos olvidamos tan rápido.

Ah, eres tú… Me asustaste.

No hagas ningún movimiento, dijo él mostrándole un cuchillo.

Ella retrocedió hasta que su espalda chocó con la pared de azulejos. Sus manos se aferraron a su cartera. En una esquina se acumulaban las bolsas de desperdicios sobre un tacho de basura.

Medardo, Justino y Jesús ingresaron al edificio y cerraron la puerta tras sus espaldas.

¿Qué quieren, chamacos? Ya es tarde, estoy cansada. Nomás déjenme tranquila, por favor. No quiero llamar al Patotas.

Medardo se abalanzó sobre ella y la tiró contra los escalones. Suzy sintió un golpe en la espalda: quiso gritar, pero una mano le cubrió la boca. Intentó soltarse de los brazos de Medardo; él forcejeó con ella hasta darle la vuelta e impedirle que se moviera. ¿Dónde estaba su cartera?

Por favor, no.

Medardo le bajó los jeans y desgarró sus pantaletas. Suzy trató de seguir luchando. No le quedaban fuerzas. Sintió que la penetraban y quiso gritar. ¿Escucharía los ruidos la pareja de la habitación al lado de la suya, en el segundo piso?

Justino le rompió la blusa roja, le quitó el sostén, le embadurnó los pechos de saliva. Para entonces ella los dejaba hacer sin defenderse, amilanada por los cuchillos y la navaja. Se acordó de Yandira, la hija que había dejado con su madre en Tlaquepaque; la veía corriendo por el patio de la casa con una falda azul y el ensortijado pelo negro, lo único positivo que había heredado del imbécil de su padre. Saldría con vida de esto, los denunciaría al Patotas.

Después vino el otro, el que casi no hablaba.

Jesús se echó sobre ella, que se había replegado sobre sí misma y no paraba de llorar. Tenía la ropa estrozada y se cubría el rostro con las manos.

Debía mostrarles a sus primos cómo se hacían las cosas.

La agarró de las muñecas, le abrió los brazos, se bajó los pantalones y le dijo que se la chupara. Le dio una bofetada en la mejilla que la hizo sangrar. Por el rabillo del ojo observaba a Medardo y Justino. Estaban sorprendidos. No esperaban eso de él. Pinches cabrones.

Ella se metió la verga de Jesús a la boca. Tenía hipo y temblaba. Cuidado que te la muerde, rió Medardo.

Jesús vio cómo el rostro de ella se transformaba en el de María Luisa.

Cerró los ojos y los volvió a abrir.

María Luisa seguía ahí.

¿Así que ella no quería?

Le metió el mango de su cuchillo por el culo. Suzy chillaba como una rata asustada y Justino le tapó la boca y maldijo a su madre y le dijo que no merecía vivir y mejor se callaba o lo que había sentido hasta ahora no sería nada.

Jesús la penetró con todo su puño y Suzy gritó y él se envalentonó con su desesperación y movió su puño con furia dentro de ella, estiró los dedos todo lo que podía y los hundió en una pared viscosa. La golpeó en el rostro con ese mismo puño.

¿Así que ella no quería?

El dolor en los nudillos lo hizo detenerse.

Suzy tenía los pómulos amoratados y la nariz quebrada. Tirada sobre los escalones, estaba casi inconsciente. Tuvo suerte: apenas sintió la puñalada en el corazón.

¿Por qué lo hiciste?, le preguntó Medardo a Jesús.

Iba a rajar.

No era necesario, primo.

Más vale prevenir que lamentar.

No te imaginaba capaz, dijo Justino.

Yo tampoco.

2

Landslide, Texas, 2008

Anoche fui a Wünderbar con Sam y la Jodida. Estábamos en la calle Sexta, nos emborrachábamos mientras discutíamos qué grupo era más importante en nuestra historia personal, si Joy Division o Nirvana. Ellos decían Nirvana, yo Joy Division. Hay un antes y un después de la muerte de Cobain, dijo la Jodida mientras coqueteaba con una pelirroja en la mesa de al lado. No importa lo que ocurrió en un instante, decía yo, lo que cuenta es la capacidad de mantenerse, de inf luir. Ian Curtis ha ido ganando espacio con el tiempo. Sam me miró con esa cara de sátiro que le sale tan bien, esa sugerencia en los ojos de acompañarme a mi estudio y luego, quién sabe, quedarse a dormir.

Salimos del bar y fuimos a Underground. Me saqué los lentes empañados por la humedad del local; retumbaba una canción de Fergie con arreglos tecno. Fui al baño por un pasillo oscuro en el que las parejas aprovechaban para acariciarse y compré ecstasy de un chico que acababa de vomitar. Me encerré en uno de los cubículos y fui visitada por la visión resplandeciente de Fabián en los mejores tiempos. Cerré los ojos hasta que pasó el dolor. Sam me esperaba a la salida. En los parlantes se escuchaba una canción de Oasis. Me abrazó y me conmoví.

Pará, Michelle.

Tomás un poco y te sale a la perfección tu acento gaucho, dije.

¿Qué querés? No sale gratis una temporada en el paraíso.

Había pasado un semestre en Buenos Aires investigando para su tesis. Le sorprendió descubrir que era la ciudad más antinorteamericana del continente, pero, por lo demás, quedó encantado con los cafés, las porteñas y el caos universitario. Volvió con el autógrafo de Alan Pauls, el e-mail de la Sarlo y una cantidad enorme de libros en cajas que todavía no había abierto.

Me besó. Quería sentirme acompañada y me dije, bueno, está bien engañarse por unas horas más.

Me gustaban los besos suaves de Sam, la mirada juguetona, la conversación inteligente y las carcajadas cuando se venía. Había cumplido veintinueve, me llevaba cuatro pero en muchos aspectos era más inmaduro que yo. Éramos muy amigos como para que pudiéramos funcionar como pareja; eso yo lo tenía asumido, y él no, aunque lo intentaba. Hacía esfuerzos por no tomarme en serio, y la Jodida me decía si sabes que no quieres nada, don’t fuck him. Y yo asentía y no le hacía caso.

Fuimos a buscar a la Jodida. Pusieron una canción de The Killers y ella me llevó de la mano a la pista. Sacó de su mochila una petaquera de ron caña y tomó un trago. Tenía los ojos vidriosos, la noche anterior se había peleado con su chica, Megan, y se fue a recorrer antros. No quería volver al apartamento que compartía con Megan y se quedó jalando coca con una camarera fea pero amigable que había conocido esa noche; a las seis de la mañana perdió la conciencia en el Nissan de la camarera. Durmió ahí hasta que ella la despertó porque tenía que ir a clases. La Jodida recorrió las calles de Landslide haciendo hora, calculando el momento en que Megan no estaría en su apartamento y podría volver. Logró evitarla, pero no pudo dormir, así que fue en busca de sus amigas más pesadas y en el cuarto de una de ellas, Tennessee, la que había intentado suicidarse con raticida el invierno pasado, la continuó, alternando shots de tequila y rayas. Me arrepentía de haberla llamado para salir. Tampoco quería hacerme cargo de ella.

Me abrazó en plena pista y me dijo I love you, you’re my sista.

I love you too, hermanita.

Sé que ya no quieres salir de janguin conmigo. Es mi culpa, lo reconozco. Prometo que en año nuevo dejaré este tipo de vida. Haré una big party para despedirme y no volveré a tocar ni un joint.

Sabés bien que no es eso. Nadie puede seguir tu ritmo. ¿No te llamé para salir hoy?

No me dejes, plisss.

Nadie te está dejando. ¿Qué te pasa, niña?

Me abrazó. Quise consolarla, pero no sabía qué decirle. Le di unas palmadas en la espalda, como se hace con los niños.

¿Te acuerdas que estábamos en esto together? ¿Que tú me metiste en esto?

Yo no te metí a nada. No te obligué a nada.

Tú eres más analítica. Fuiste capaz de pararla a tiempo.

Es que luego llega un punto en que no se puede controlar y…

Yo sí puedo, replicó de inmediato. Lo que pasa es que no quiero.

No dije nada. No valía la pena. No la iba a sacar de su autoengaño.

Se dio la vuelta y fue corriendo a la mesa que compartíamos con Sam. Me quedé inmóvil en la pista. Había conocido a la Jodida el primer semestre en Landslide, en una fiesta en el edificio de la universidad en que vivíamos. Era puertorriqueña y estudiaba biología; nos caímos bien, nos emborrachamos juntas y luego fuimos a mi habitación en los dorms y le hice probar un joint por primera vez.

Cuando llegué a la mesa ella ya no estaba.

Me pidió que te dijera que se despedía de vos, dijo Sam. Se sentía indispuesta.

Mejor. No debió haber salido en ese estado.

Olvidó su cartera. A mí no me queda. ¿Te la llevás?

Asentí. Más de una vez había escuchado a la Jodida afirmar que controlaba la situación cuando era claro que la situación la controlaba, y me decía que no tenía que sentirme responsable de nada. Igual, no podía no hacerlo.

El asunto con la Jodida me sumió en la negrura. Sam se dio cuenta y se puso a contar chistes malos y sonreí y me sentí mejor.

Esa mañana de sábado, una vez que Sam me dejó sola, hablé con mamá, que me contó que papá quería regresar a Bolivia. Estaba cansado de su trabajo reparando televisores para Best Buy. Le dije que no le hiciera caso, había sido así desde que llegamos a Texas. Papá era un nostálgico incurable, pero también era práctico y sabía lo que le convenía. Le hacía bien mencionar con insistencia la posibilidad de volver a Santa Cruz, sobre todo cuando había problemas; aliviaba su culpa y le permitía seguir aquí. Aun así no es fácil, dijo mamá. Está en la casa y no está. Tiene la cabeza en otra parte. So, what’s new?, dije. No te burlés. Tranquila, mamá, el día que quiera irse no va a decir una palabra, va a comprar los pasajes y ya.

Quería dibujar un relato que llevaba semanas dándome vueltas. Debía aprovechar que era mi día libre en Taco Hut, que no habría niños de manos pringadas pidiéndome crayones ni gordas quejándose de que las fajitas de pollo estaban frías ni fratboys bulliciosos que tirarían cerveza en la mesa y me pedirían el número del celular apenas se descuidaran sus novias. El título no era original: Los muertos vivos. Una historia de zombis: adultos que se convierten en muertos vivientes cuando pierden su capacidad de rebeldía, se adaptan al sistema, se casan, tienen hijos, un trabajo de ocho a cinco. Un mundo de muertos vivientes: eran pocos los que se salvaban. Mi heroína, Samanta, se enfrentaba a los zombis. Se infiltraba en sus guaridas y los mataba con una daga de plata. El problema era que los zombis siempre resucitaban; por algo eran zombis.

Debía encontrar una salida narrativa. Ver la forma de que Samanta los matara de una vez por todas y para siempre.

Para inspirarme leí un capítulo de una novela de Laurell Hamilton. Sus libros sobre Anita Blake, junto a True Blood, me habían servido como modelo. Historias de vampiros y zombis y paranormales que no transcurrían en ciudades góticas como Nueva Orleans sino más bien en el mundo cotidiano y bomb de Middle America, con Wal-Mart y Denny’s de por medio. Guilty Pleasures, la novela de la Hamilton, era puro kitsch –incluía una visita a un club de vampiros que hacían strip-tease–, pero tenía cosas rescatables, sobre todo la forma en que los vampiros eran parte de la vida rutinaria de la ciudad.

El novio de Samanta había sido devorado por un zombi. Ella emprendía su cruzada en busca de venganza. En eso diferíamos: yo no tenía cruzada alguna y tampoco de quién vengarme. Había rabia, sí, y una sensación de impotencia.

Llegué a las ocho páginas al mediodía. Había dibujado a mis zombis con colmillos, como si un vampiro hubiera modelado para mí. Ahora debía colorearlos. Samanta llevaría un vestido rojo sangre y botas. Mi hermano Toño hubiera sugerido que dibujara a Samanta con rasgos hispanos –descubrió su identidad latina en el último año de high school, desde entonces no paraba de criticar mis dibujos tan poco afines a contar «la lucha de una minoría oprimida por la mayoría anglo »–, y yo no le habría hecho caso.

Samanta era una superheroína que pasaba desapercibida gracias a su trabajo de bibliotecaria en la universidad estatal. ¿Cuáles serían sus poderes? ¿Y cómo se llamaría?

Los superhéroes tienen un mito de origen. Tony Colt se convirtió en El Espíritu después de haber sido enterrado vivo. Otro muerto en vida. Todos los caminos llevaban a Will Eisner.

Un mito de origen. De eso debía tratar el primer capítulo.

Por la tarde hice una siesta hasta que una llamada de Sam me arrancó del sueño. Con los ojos cerrados, agarré el celular del velador y escuché que me decía:

Respecto a lo de anoche…

Hubo un silencio.

Ya sabés lo que pienso de nosotros, dije. No nos compliquemos la vida.

Que sos difícil. Mirá que podríamos…

Podríamos qué.

Me extrañarás cuando no esté aquí.

Nadie dice que no.

Está bien. Cambiemos de tema.

Es lo que siempre digo.

La voz de Sam había conjurado una imagen de la primera semana, cuando me tocó sentarme juntó a él en la clase de la profesora Camacho-Stokes sobre Transculturación. Me había llamado la atención. Pero él no hizo nada esas semanas, y luego, cuando se armó de valor, yo ya estaba perdida en el mundo de Fabián. Así me había ido. Cuántos problemas ahorrados si esa vez Sam hubiera hecho caso a sus instintos, o si yo me hubiera animado a dar el primer paso.

Sam se puso a hablar de su tesis. Agradecí haber dejado la carrera a tiempo, antes de que la dictadura del pensamiento crítico tomara mi cerebro. Prefería disfrutar de esos nombres que mis ex compañeros leían para analizar, y también defendía un espacio para las lecturas frívolas. Lo que no entendés es que yo también disfruto con esto, dijo Sam, justificándose, cuando lo acusé de haber dejado que el estudio de la literatura le impidiera el goce de la literatura. Es simplemente otra forma de disfrutarlo. Nada de superioridad moral, por favor. Recuerda lo de Heidegger en ese artículo de Blanchot.

Ajá.

Además, nadie dice que no se pueden combinar las cosas.

Sam estaba orgulloso de Tabloid, el programa que conducía en la radio de la universidad, los lunes a la medianoche, dedicado a los crímenes más sensacionalistas, «puro pulp». Asesinos en serie, noticias de la lucha violenta entre los cárteles mexicanos, historias legendarias onda Bonnie & Clyde. Tenía una audiencia respetable y sentía que era su válvula de escape a las presiones académicas.

Le dije que lo mío se justificaba porque había sido capaz de dejar la comodidad de la beca para hacer caso a mi «voz interior».

No jodás con eso de «voz interior», no me vengás con vocabulario new age. Vos te fuiste porque no querías encontrarte con Fabián en los pasillos. O tener que tomar exámenes o clases con él.

Me quedé en silencio. Sam se dio cuenta de que había cometido una torpeza y trató de volver sobre sus pasos, disculparse. Me arrancó un encuentro en un café cerca de mi estudio. Quería dibujar, estaba en mi onda autista, pero acepté.

Nos vimos en Chip & Dip, al lado de Comics for Dummies (Chuck, el dueño, me obligó a comprar Fun Home, sobre una chica lesbiana que descubre que su papá es gay, «very Proustian»). En las ventanas del café se apoyaba la microhistoria del fin de semana: un grupo de Nortec en Palladium, un concurso de imitadoras de Julieta Venegas en el bar Bring Me The Head of Joseph Wales, una charla de un profesor de Nuevo Laredo sobre la violencia en la frontera.

Sam volvió a su tesis sobre las figuraciones del intelectual y el escritor en la literatura latinoamericana contemporánea. Habló de Respiración artificial (el intelectual como exiliado), La virgen de los sicarios (el intelectual como desarraigado), Los detectives salvajes (el poeta como un ser vitalista y antisistema, capaz incluso de no hacer obra para no ser cooptado por la institución), La fiesta vigilada (el intelectual como el último sobreviviente en un mundo postapocalíptico). La conclusión inicial era que la reconfiguración del sistema cultural había dejado atrás a los intelectuales tradicionales.

Lo escuché con desgano. Te olvidás de El Eternauta, dije por provocarlo. ¿La vas a incluir o no? El intelectual como un hombre de acción a pesar de sí mismo. Como crítico de la posibilidad de un genuino encuentro con el pueblo.

Lo mencionaré. Pero la tesis se me alargaría mucho si le dedico todo un capítulo.

Debe ser porque es un comic.

Sabés que no es así, Michelle. No jodás.

Se puso pesado y tuve que obligarlo a cambiar de tema. Era como yo, como todos nosotros en el mundillo: muy interesados en hablar de los temas que nos preocupaban, fascinados por nosotros mismos.

Después de pagar la cuenta le dije que quería dibujar, esa noche la pensaba pasar sola. Hizo una expresión en la que convivían la molestia y el desconsuelo. Había dado por hecho que volvería a acostarse conmigo, a manera de premio ante lo bien que le había ido con su disertación. Era una desagradecida. El polvo de anoche no había sido de los mejores pero había logrado que me durmiera profundamente.

Camino al estudio, Fabián se me cruzó por la cabeza y me atraganté y debí detenerme hasta que pasara el peligro.

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Cochabamba, Bolivia, 1967.
Escritor, es profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell.

Es autor de nueve novelas, entre ellas Río Fugitivo (1998), La materia del deseo (2001), Palacio Quemado (2006) y Los vivos y los muertos (2009); y de los libros de cuentos Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994) y Amores imperfectos (1998).

Ha coeditado los libros Se habla español (2000) y Bolaño salvaje (2008). Su libro más reciente es Norte (Mondadori, 2011).

Sus obras han sido traducidas a ocho idiomas, y ha recibido numerosos premios, entre los que destaca el Juan Rulfo de cuento (1997) y el Nacional de Novela en Bolivia (2002). Ha recibido una beca de la fundación Guggenheim (2006).

Colabora en diversos medios, entre ellos los periódicos El País y La Tercera, y las revistas Etiqueta Negra, Qué Pasa (Chile) y Vanity Fair (España).