Palabras que buscan una casa
6 abril, 2026
¿Qué significa escribir sobre un país que ya no existe como en tus recuerdos? ¿Puede la literatura convertirse en la única casa que no se pierde en el tránsito? ¿En qué lengua, en qué ciudad, desde qué orilla se construye una identidad que cruzó fronteras? Estas fueron algunas de las preguntas que sobrevolaron Casa de América en Madrid el 23 de septiembre de 2025 durante el diálogo que Javier Zamora (El Salvador/Estados Unidos), Karla Suárez (Cuba) y Rodrigo Blanco (Venezuela) sostuvieron con Raúl Tola en el marco del festival Centroamérica Cuenta. Presentamos una transcripción editada de la conversación.
Hay preguntas que solo se pueden formular desde el desarraigo. ¿Qué significa escribir sobre un país que ya no existe como en tus recuerdos? ¿Puede la literatura convertirse en la única casa que no se pierde en el tránsito? ¿En qué lengua, en qué ciudad, desde qué orilla se construye una identidad que cruzó fronteras —en algunos casos, literalmente a pie por el desierto— antes de llegar a la página? Estas fueron algunas de las preguntas que sobrevolaron el Salón Simón Bolívar de la Casa de América en Madrid el 23 de septiembre de 2025, durante el diálogo «Palabras que buscan una casa», celebrado en el marco del festival Centroamérica Cuenta.
El encuentro reunió a tres escritores cuya literatura ha mutado inevitablemente debido a su experiencia migratoria: Javier Zamora (El Salvador), poeta y memorialista cuyo libro Solito (2022) se convirtió en un fenómeno editorial internacional al narrar su travesía como niño de nueve años por el desierto de Sonora para llegar a Estados Unidos; Karla Suárez (Cuba), novelista radicada en Lisboa cuya Sinfonía Habanera —cuatro novelas escritas en Europa sobre la Cuba que dejó atrás— la ha convertido en una de las voces más singulares de la diáspora cubana; y Rodrigo Blanco Calderón (Venezuela), narrador afincado en Málaga, ganador del Premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa por The Night y finalista del International Booker Prize 2024 por Simpatía, cuyo reciente libro de cuentos Venecos (Páginas de Espuma, 2025) traza un mapa literario de la diáspora venezolana. La conversación fue conducida por el periodista y escritor peruano Raúl Tola, director de la Cátedra Mario Vargas Llosa y residente en Madrid, quien se presentó a sí mismo como un emigrante por elección, privilegiado frente a sus interlocutores.
Lo que siguió fue una conversación de notable densidad humana y literaria: sin ponencias ni declaraciones de principios, sino a través de anécdotas, confesiones y reflexiones compartidas, los cuatro escritores tejieron un mapa íntimo de lo que significa habitar el entre-lugar del exilio. Aquí, la transcripción editada de una parte de esa tarde.
Raúl Tola: Esta mesa reúne a cuatro personas expatriadas, cuatro personas que nacieron en un lugar distinto al lugar en el que viven. En mi caso, yo soy peruano, vivo aquí en Madrid. Yo soy un privilegiado que vine a vivir a España porque quise venir a vivir a España. Mis circunstancias personales no me arrojaron fuera de mi país, no me obligaron a irme de mi país. No hubo ningún drama, ninguna complejidad especial. Simplemente un día tomé la decisión y lo hice. Entiendo, Javier, que tu caso fue completamente distinto. ¿Por qué no nos lo cuentas?
Javier Zamora: Mi papá era izquierdista y se fue por la guerra civil que tuvo mi país, El Salvador, y luego mi papá se fue en 1991 y la guerra termina en el 92. Yo nazco en 1990. Mi mamá se va a finales del 94 porque es muy difícil ser una mujer en El Salvador. Y después me quedo con mis abuelos del 94 al 99 y ellos siempre me prometían que iban a regresar y nunca lo hicieron porque «la situación», entre comillas, esa palabra siempre es muy común, «la situación» estaba empeorando. Y comenzaron a matar a personas en La Herradura, de donde yo soy, y luego la conversación cambió de vamos a regresar a te vamos a traer a los Estados Unidos. Así que a los nueve años le pagan a un coyote, el mismo coyote que trajo a mi mamá, que la ayudó a emigrar. Ella lo hizo en dos semanas y él le dijo la misma cosa, que yo iba a llegar en dos semanas. Pero en dos semanas todavía estábamos en Tecún Umán, Guatemala. Y luego el coyote nos abandona, no era sólo yo, éramos yo y un grupo de otros seis. Y luego por las próximas siete semanas nos tuvimos que rebuscar hasta finalmente llegar y cruzar el desierto de Sonora… Así es como yo llego a los Estados Unidos.
Raúl Tola: ¿Tú crees que tu visión de la literatura se definió no sólo por ese viaje, sino por el lugar donde te tocó vivir con relación al lugar del que provenías?
Javier Zamora: Yo creo que fue la pobreza. Yo crecí en una casa que no tenía una televisión a color, la televisión todavía era de blanco y negro y éramos pobres, así que la naturaleza tenía más cosas bonitas para un niño de 4, 5, 6, 7 años. Teníamos culebras corales, tucanes, urracas y muchas cosas detrás. Así que creo que es por eso que mi ojo se entrenó por las cositas que yo encontraba en el jardín de mi abuelo. Eso fue el número uno. Y el número dos, que en El Salvador en ese entonces en cada asamblea, tan siquiera en mi escuela, antes del himno nacional alguien, usualmente el que había ganado el primer lugar, recitaba un poema. Y no para bragging o para decir que yo era el ganador del primer lugar, pero usualmente era yo. Y así que yo tenía que memorizarme los poemas. Y creo que entre esas dos cosas la literatura entró adentro de mí y creo que es un caso muy común entre salvadoreños, quizás hay algo en la horchata o en los volcanes, no sé, pero muchos de nosotros somos escritores. Es un país muy pequeño, pero la literatura está en alto.
Raúl Tola: ¿Cómo fue tu caso, Karla? ¿Cómo fue tu tránsito de La Habana hasta Lisboa?
Karla Suárez: Yo me fui de Cuba en el 98. Los años 90 fueron bastante difíciles en Cuba y yo pensaba en ese momento que iba a ser lo peor que se podía vivir, pero siempre, desgraciadamente, se puede estar peor, como ahora, por ejemplo. Yo recién me había graduado, me había graduado en el año 92, era jovencita, recién graduada, y era un país que no se veía un fondo, no se veían muchas esperanzas, cosas para hacer. Y yo siempre tuve la pasión por el viaje, desde chiquitica, siempre. Desde que vivía en La Habana viajé por todo Cuba, primero con mis padres, luego con mis amigos. Me iba siempre y siempre quise conocer otros lugares y tener otras experiencias. Y entonces, sumando las dos cosas, yo me fui en el 98 a Italia, viví unos años en Roma. Pero luego, no sé, se me quedó como esta… no sé si es la inconformidad de estar en el mismo sitio, ¿no?, porque después de Roma me fui a París y llevo ahora unos años en Lisboa. Es como me hubieran inyectado el no quedarme quieta en un sitio, ¿no? Y, bueno, así fue mi trayecto.
Raúl Tola: ¿Cambió mucho tu literatura cuando te fuiste de Cuba? ¿Qué sientes al respecto?
Karla Suárez: Yo creo que sí. Yo pienso que, por ejemplo, muchas de las cosas que escribí no sé si las hubiera escrito estando allí. Yo en los años 90 escribía cuentos en principio, y fueron años muy difíciles. Mis cuentos no tenían nada que ver con lo que estábamos viviendo. Tengo cuentos que tienen que ver con la situación, pero los tengo bien escondidos, porque lo leía y eso era como descarga emocional. O sea, no era literatura, la literatura es otra cosa. Y entonces mi manera de salir de esa situación era escribiendo cuentos que tuvieran que ver con otras cosas. Cuando me fui —a veces, claro, la distancia física y emocional de las cosas es importante para escribir ciertas cosas—, entonces, cuando yo me fui, empecé a reencontrarme con mi país, o sea, a través de la literatura yo empecé a descubrir, a vivir, a reconstruir un poco el país donde yo había crecido. Y entonces tengo la serie de primeras novelas mías, que son cuatro novelas que les llamo mi Sinfonía Habanera, que son novelas que transcurren en los años que yo viví en Cuba, o sea es una infancia en los años 70, 80, adolescencia a finales de los 80, cuando se cayó el Muro de Berlín, tumbaron el Muro de Berlín, se acabó la Unión Soviética y el mundo donde nosotros habíamos crecido. Y entonces todo eso y todos los años 90, todo eso yo lo recogí estando fuera. Y pienso que solo así pudiera haberlo escrito. Por ejemplo, tengo una novela que dediqué a la guerra de Angola, que fue un episodio de nuestra historia muy doloroso, que todavía tiene muchas heridas abiertas, y yo necesité esa distancia para hablar sobre eso, porque cuando estás viviendo algo, estás muy metido en ese algo y hay cosas que te duelen, demasiado cercanas, ¿no? Entonces yo necesité mucha distancia a veces para escribir ciertos temas. Ahora ya, como ya llevo la mitad de mi vida, justo este año, fuera de Cuba, claro, llevo la mitad de mi vida viviendo otras experiencias, entonces ahora digamos que yo cerré mi Sinfonía Habanera y ahora empecé a mirar otros territorios. Pero sí me sirvió, yo creo, para eso, en la literatura me cambió muchísimo el hecho de haber emigrado.
Raúl Tola: Cuéntanos tu experiencia, Rodrigo.
Rodrigo Blanco: Bueno, yo ahorita en noviembre voy a cumplir diez años de haber emigrado, de haberme ido de Venezuela. Es una emigración particular, en el sentido de que yo necesitaba ya irme del país porque sentía que había perdido toda la motivación para seguir dando clases en la universidad frente a mis alumnos. Mis alumnos estaban también muy desmotivados. Ese fue un año particularmente difícil, 2015, porque en ese año fue que se agudizó la hambruna en Venezuela, de 2015 a 2016. El venezolano perdió un promedio de 8,9 kilos, y yo pude verlo al año siguiente cuando volví y encontré a familiares y amigos de verdad bastante flacos por la situación. Y esa era como la expresión máxima, además del conflicto político, de una situación que ya se había vuelto insostenible para mí; pero nadie me empujó, es decir, yo nunca tuve una especie de persecución política por lo que yo escribía, pero yo lo digo todo el tiempo: el chavismo es una dictadura iletrada. Si yo fuese reguetonero o tiktokero y dijera cosas contra el gobierno, probablemente me hubiesen tenido más en la mira. Pero era una situación de verdad insostenible y, lo que ha demostrado en los últimos años, es una situación que se ha ido agravando. Yo tuve la suerte, siempre lo digo: yo he sido un emigrante privilegiado porque pude conseguir una oferta de trabajo en una universidad en París para por lo menos salir con algo en la mano. Y a partir de allí, después de tres años en París, me mudé a Málaga, donde vivo todavía. Y bueno, son esas circunstancias un poco ambiguas del poder, aunque es cierto que hoy no me atrevo a regresar. Y entonces, si no me empujaron a la salida, no soy muy bienvenido para regresar.
Raúl Tola: La misma pregunta quería plantearte, que les he planteado tanto a Javier como a Carla, si tú crees que esta marcha, irte de tu país, cambió tu literatura.
Rodrigo Blanco: Es algo en lo que he estado pensando mucho. Porque mis procesos creativos son muy lentos y yo todavía estoy escribiendo cosas que empecé a escribir hace más de diez años. Pero obviamente que el trabajo literario se va modificando de acuerdo a las circunstancias vitales que uno atraviesa. Por ejemplo, cuando yo estaba en Caracas, yo escribí tres libros de cuentos, escribí The Night, fue escrita totalmente en Caracas, y fueron libros profundamente conectados con mis vivencias en el país, pero yo estaba seguro del lugar que yo tenía en el mundo: yo vivía en mi ciudad. Al emigrar, esa relación con mi país, con mi ciudad, que se refleja en la literatura, ha cambiado, porque es un país, es una ciudad que ya no existe, que ya no existe como yo la conocí. Creo que es Albert Camus quien decía que las ciudades en la literatura ya han desaparecido. Y esa que antes para mí era una frase maravillosa, como todas las frases de Camus, ahora es una frase que se ha cargado de un sentido total porque, en efecto, mi país y mi ciudad existen en la medida en que yo puedo escribir sobre ellos, sabiendo que es una ilusión, porque no existen, y no tiene que ver solo con el que se fue, porque tengo algunos amigos lectores que viven en Venezuela y se dan cuenta de que el país que yo narro allí desapareció.
Raúl Tola: Que es un país construido con melancolía, entre otras materias, ¿no? Y yo quería robar un término que ha empleado Karla, que me parece muy oportuno, que es el término «distancia», porque tú escribes The Night en Venezuela, lo corriges fuera, imagino, pero sí que escribes un libro de relatos llamado Venecos fuera de Venezuela. Y eso me hace pensar, por supuesto, en este tópico, este lugar común del Boom latinoamericano, contando Latinoamérica, pero escribiéndose fuera, sobre todo, de América Latina, ¿no? Es decir, la distancia fue muy importante para los escritores del Boom, lo ha sido para Karla. ¿Lo fue para ti también?
Rodrigo Blanco: Sí, yo creo que la experiencia de la migración para los venezolanos en general ha sido la más importante del siglo XXI, por el desgarro que ha supuesto para el país y por el replanteamiento de la identidad. Es decir, yo siento que en Venecos, en esos cuentos escritos a lo largo de los últimos doce años, hay una sensación de extrañamiento en mis personajes con respecto al hecho de ser venezolanos que sería impensable unos años atrás. A mí me da risa recordar que hace 15, 20 años en Venezuela había una especie de fantasía: a nosotros nos gustaba decir que el venezolano tenía un acento neutro, una cosa absurda, pero nosotros no teníamos esa experiencia de vernos a nosotros mismos desde afuera. Entonces, han cambiado muchísimas cosas, y por eso creo que ese libro en particular quizás es el más autobiográfico, aunque no hable de experiencias tan personales, porque toca la experiencia que para mí ha sido más importante en mi vida, que ha sido precisamente esto.
Raúl Tola: En tu caso, Javier, vinculo el término de distancia con el libro Solito, en el que desarrollas, entiendo, la historia que nos has resumido ahora en tu primera presentación, ¿no? ¿Cómo manejas el tema de la distancia, de la melancolía, de ese filtro que da estar lejos del lugar al que te estás refiriendo?
Javier Zamora: Antes de Solito yo escribí un libro de poemas en los Estados Unidos, donde yo no tenía papeles, así que yo no podía viajar a El Salvador y El Salvador que yo escribo en Unaccompanied es, como acaba de decir Rodrigo, un Salvador que era de 1999, de 1993, que son mis memorias de tres años, esos seis años. Y al no tener papeles, yo no reconocía que el país, obviamente, siguió cambiando. Y al poder regresar a mis 28 años, después de 19 años, cuando finalmente me salen los papeles, una green card, todavía no soy ciudadano americano; a mis 28 años regreso en el 2018, cuando El Salvador todavía estaba alto en las cifras de que mataban a todo salvadoreño, yo voy y El Salvador ha desaparecido, y yo me doy cuenta de que yo no anhelaba a un país, pero lo que yo realmente anhelaba era mi familia, a mi familia, que yo no había tocado, no había abrazado ni había compartido ni una pupusa con ellos. Así que, como la distancia me ha cambiado, es que creo que yo no entendía la distancia hasta regresar al punto cero de donde todo comenzó. Y desde entonces, sin tener papeles o sin tener el privilegio de regresar a mi país, yo no creo que hubiera escrito mi segundo libro, que es Solito, porque yo necesitaba regresar y sentir la distancia que ahora yo… otra pregunta que me hacen: «Has pasado tantos años en los Estados Unidos, ¿te crees americano?». O: «Solo nueve años has vivido en El Salvador, ¿todavía sos salvadoreño?». Yo digo que ninguno. Yo soy de la distancia. Porque mis pensamientos han cambiado. Tengo familiares que nunca han salido de El Salvador. Y mis pensamientos son diferentes, sobre la sexualidad, el género, en particular, y también yo nunca me he sentido ningún día de mi vida que he pasado en los Estados Unidos, yo me he sentido americano, así que vivo en la distancia.
Raúl Tola: Y tú, Karla, ¿te sientes cubana, portuguesa, francesa…?
Karla Suárez: Es muy curioso. Claro, cuando vivía en Cuba, nunca te preguntas: ¿yo soy cubana?, no te preguntas nada, tú estás ahí y ya está y todo el mundo habla más o menos como tú. Después, cuando llegué a Roma, acababa de salir al mercado el disco de Buenavista Social Club; pero no era la música que yo escuchaba, yo escuchaba rock y tocaba rock y cantaba con mis amigos rock. Y entonces yo llegué con mi mundo de rock y llegaba a todos los lugares y entonces la gente decía «llegó la cubana», pum, y ponían: «De Alto Cedro, voy para Marcané…», y entonces además decían «¡que baile la cubana!»… Y entonces de pronto son los otros los que te ponen en la función de que tú eres la cubana. Y yo decía: no, pero yo no represento a nadie, ni ningún país, ni nada.
Los primeros tiempos para mí, y yo creo que para todo el mundo, son los más difíciles porque todavía estás en esa media agua, que además todavía piensas que tú debes responder cosas. Después llega un momento que dices: no tengo que responder nada, yo soy lo que soy y punto. Soy nacida en Cuba, crecida en Cuba, pasada por Roma, por Francia, por Portugal, y todo eso mezclado en la batidora, y así salen las historias, o sea, así sale lo que uno escribe. Después, incluso, si hablo de Cuba, ya lo miro con otra mirada. Pero, por ejemplo, yo hablo como se hablaba en la Cuba de los años 90, como habla la gente de mi generación. Y hay, por ejemplo, gente jovencita que usa palabras que se usan en España. Y digo, pero ¿por qué tú hablas así? Después me dicen se ve que tú hace rato te fuiste, porque tú hablas así. Y digo: pero yo hablo como normal, como hablábamos todos, ¿no? Pero es que el emigrante es el que se queda, es como el custodio del país como estaba, o una ciudad, no digamos un país, porque ya un país es demasiado extenso, pero el custodio de un momento. Y eso es lo que me parece muy interesante para mí, que puedo usar en la literatura, o sea, reflejar ese momento. Por eso cerré esta Sinfonía mía Habanera, que es ese tiempo. A la Cuba de ahora yo he vuelto, pero no es la Cuba que yo vivo. Y pienso que podría falsear. O sea, ya mi mirada sería muy diferente, porque yo llego de afuera y con otras experiencias, que a lo mejor también sería interesante, pero bueno.
Raúl Tola: Tú, Rodrigo, ¿venezolano, malagueño, cómo te sientes? ¿Ninguno de los dos? Y cuando vuelves a Venezuela, ¿te reencuentras con tu país o encuentras un país distinto?
Rodrigo Blanco: Yo me siento básicamente venezolano. Creo que emigré bastante tarde y todavía no tengo la suficiente edad para decir que he pasado la mitad de mi vida fuera de Venezuela. Tengo 44 años y he pasado los últimos diez años fuera de Venezuela, así que totalmente venezolano. Yo fui a París primero muy emocionado, siguiendo el mito parisino y… no, no vayan. Pero luego llego a Málaga y yo siento: bueno, esto es el paraíso, o sea me encanta Málaga, me encanta Málaga, y mi conexión con Málaga ha sido tremenda. Y un día mi padre me manda una foto y me dice: mira, esta es tu tatarabuela, nacida de Málaga. O sea, mi tatarabuela paterna era malagueña. Y no tenía la más mínima idea. Y mi abuelo materno era de El Salvador. Y entonces, por supuesto, yo me invento que yo estaba destinado a ir a Málaga… Pero me habías preguntado otra cosa.
Raúl Tola: Te había preguntado dos cosas, si te sentías venezolano o no te sentías venezolano, de dónde te sentías, y cómo te sientes cuando vuelves a Venezuela.
Rodrigo Blanco: He vuelto solamente en dos ocasiones, con un miedo tremendo, una angustia tremenda. Y un poco lo que ha dicho Karla de no hablar de un país, sino de tu ciudad, y no hablar de una ciudad, sino de tu familia. Yo me he dado cuenta de que ya mi país se ha reducido a mi familia. Eso es en realidad la dimensión del país para mí.
Raúl Tola: Karla, ¿tú sientes que la literatura en tu caso ha funcionado como un espacio de refugio? Lo digo porque los procesos migratorios pueden ser de mucha soledad también, ¿no?
Karla Suárez: Bueno, yo empecé a escribir muy jovencita, de niña, y siempre fue mi mundo, mi ventana que se abría. Mencionaba antes muchos cuentos que yo escribí en Cuba en los años 90 y, sobre todo cuando llegué a Italia, los primeros cuentos que escribí son cosas que tengo guardadas en carpetas bien cerraditas y bien escondidas de mí misma, porque no es literatura, era justamente el refugio. Yo creo que era como ir soltando la piel, dejando atrás cosas y entendiendo. Luego hay cambios y cambios. Por ejemplo, cuando yo me fui de Roma para París, el cambio no fue tan brusco; pero de Cuba para Europa era un cambio abismal. Cuba es que no se parece a nada. Yo tenía que preguntar hasta cómo se echa una carta a un buzón. Ahora no hay que preguntarlo porque ya no se usan cartas, pero bueno, tenía que preguntarlo todo, y era una cosa muy extraña, porque era mi misma referencia cultural, porque era el mismo mundo, cosas que yo conocía, pero yo no estaba ahí, era una cosa muy extraña. Y entonces, claro, para mí la literatura ahí sí sirvió para… la literatura no, la escritura. La escritura sirvió para volverme a poner en el mundo, que yo me había quedado en el limbo ese. Emigré porque quería emigrar, no quería quedarme en el centro. Hay muchos emigrantes que desgraciadamente no se acaban de ir y no acaban de llegar, y yo no quería estar en ese lugar. Y yo quería estar ahí, digo: bueno, si vamos a estar aquí, vamos a hacerlo a la romana, ¿no? Y por eso me sirvió muchísimo la escritura, que después hay muchas cosas, esos sentimientos que uno dejó ahí, después los reutilizas, a lo mejor capturo algún texto que escribí en aquel momento, pero como texto solo es ahora como materia prima, vamos, para otras cosas.
Raúl Tola: En tu caso, Javier, ¿la literatura fue un refugio? ¿Cómo te sirvió tu poesía? ¿Te sirvió como un refugio?
Javier Zamora: A mí no me gustaba leer, no me gustaba escribir. Yo quería ser ingeniero de primero y después la matemática, el cálculo me hizo mierda. Y luego quería ser un historiador. Así que yo fui a la universidad de Berkeley para querer ser un profesor de historia. Porque en ese entonces, o así decían en los Estados Unidos, que nadie estaba enseñando, no se podía estudiar historia en El Salvador. Y que eso cambió en el 2010. Y ahora quizás ya no se puede estudiar historia otra vez. Así que yo quería entender por qué yo estaba en los Estados Unidos y no en El Salvador. En eso me di cuenta de un poeta, Roque Dalton, que da la casualidad mi abuelo era un militar y conoció a Roque Dalton la primera vez que él se escapó. Y porque mi abuelo no era el guardia cuando él se escapó, no lo mataron, porque eso fue lo que les pasó a los guardias que mi abuelo conocía cuando Roque se escapó. Y es muy absurda la historia, porque ahora mi abuelo, un derechista, tiene a un nieto izquierdista que tiene tatuados los poemas de Roque Dalton en mi cuerpo, y son grandes. Quizás sería necesario tomarme fotos para que no digan que soy marero si es que un día me atrapan en El Salvador. Pero la literatura para mí fue como la terapia más barata. Comencé a escribir a mis 18 años, ni soñaba ser un escritor, pero me gustaba, y me sacaba todo eso que yo no le podía decir a otras personas. La primera cosa era que yo había emigrado y cómo yo había emigrado. Y a mis 18 años, al volver, yo voy a ser americano o voy a ser salvadoreño porque a mis 18 años había pasado 9 años en El Salvador y 9 años en los Estados Unidos. Así que de dónde soy. Así que la poesía, por ahí entré, de la poesía me di cuenta de que yo no sané completamente del trauma del que yo estaba tratando de escribir. Yo pensaba que sólo al escribir me podía sacar todo y sanar, pero no, también se necesita terapia. Así que con la poesía o la escritura y la terapia es que yo llego a de verdad sacarme ese trauma de ser un niño inmigrante y contarle la historia a todo el público, una historia que no les contaba a mis mejores amigos, ni a mis padres, ni a mis parejas. Así que fue como complicada mi carrera en las letras.
Raúl Tola: Tú has hablado de esta relación entre ser americano y ser salvadoreño, que tiene que ver directamente con el idioma también. ¿Cómo fue tu proceso de convivencia entre el español y el inglés?
Javier Zamora: Bueno, ahora voy a complicar las cosas un poquito más. Creo que la conversación de los latinoamericanos en los Estados Unidos todavía no ha llegado a vernos en el espejo. Yo tengo una mamá que es más chiquita que yo, que antes de hacerse la prueba del ADN decía que era 70 % española. Y ¿de dónde? Nosotros somos indígenas, náhuat-pipiles. Ahora puedo comprobar que el 70 % soy indígena. Y esa palabra: «indígena» o decir «negro» también es algo que nosotros los latinoamericanos, y no sé cómo está la conversación en Europa, pero puedo platicar de la conversación en los Estados Unidos, y todavía no ha llegado ahí. Porque la latinidad no es una raza, es una etnicidad y la etnicidad está hecha de muchas razas. Yo ahora me estoy considerando un náhuat-pipil no de El Salvador, sino de Kuskatan, que así se llamaba el país que España colonizó hace menos de 500 años. Así que ahí es adonde yo quiero en este milenio llevar la conversación, porque es muy necesario darnos cuenta de dónde nosotros somos realmente, porque hay que echar raíces, y al no echar raíces, no se puede crecer.
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Sobre el evento
El diálogo «Palabras que buscan una casa» tuvo lugar el martes 23 de septiembre de 2025 en el Salón Simón Bolívar de la Casa de América (Madrid), en el marco de la edición española del festival Centroamérica Cuenta 2025, celebrado del 22 al 26 de septiembre.
Centroamérica Cuenta es el festival literario más importante de América Central. Fue fundado en Managua en 2013 por el escritor nicaragüense Sergio Ramírez, Premio Cervantes 2017, con el propósito de contribuir a la difusión de la literatura iberoamericana. El festival se celebra dos veces al año: durante el primer semestre en un país centroamericano o del Caribe, y durante el segundo semestre en Madrid. A partir de 2019, las ediciones madrileñas han encontrado en Casa de América —institución dedicada a fomentar las relaciones entre España y América Latina, ubicada en el Palacio de Linares— una de sus sedes principales.
La conversación completa, que incluye otros pasajes no recogidos en esta transcripción editada, puede verse a continuación:
Participantes
Javier Zamora (San Luis La Herradura, El Salvador, 1990) es poeta y memorialista. Emigró a los Estados Unidos a los nueve años, cruzando solo —sin compañía de ningún familiar— Guatemala, México y el desierto de Sonora. Su poemario Unaccompanied (Copper Canyon Press, 2017) explora la experiencia migratoria y la herencia de la guerra civil salvadoreña. Su debut narrativo, Solito (2022, publicado en español por Random House en 2024), se convirtió en superventas del New York Times y ganó el Premio Christopher Isherwood del Los Angeles Times. Ha recibido becas de Harvard, Stanford, el National Endowment for the Arts y la Poetry Foundation, entre otras instituciones. Fue cofundador de la campaña Undocupoets, que eliminó los requisitos de ciudadanía para varios de los concursos de primer libro de poesía más importantes en Estados Unidos.
Karla Suárez (La Habana, 1969) es narradora y profesora de escritura creativa. Estudió guitarra clásica e ingeniería electrónica en Cuba, y en 1998 se radicó en Europa, donde ha vivido en Roma, París y Lisboa, su actual ciudad de residencia. Su primera novela, Silencios (1999), obtuvo el Premio Lengua de Trapo en España. Las cuatro novelas que conforman su Sinfonía Habanera —Silencios, La viajera, Habana año cero y El hijo del héroe— reconstruyen la Cuba de las décadas que vivió en la isla, escritas siempre desde la distancia del exilio. Su quinta novela, Objetos perdidos (Tusquets, 2024), inaugura una nueva serie dedicada a las artes. Fue seleccionada en 2007 como parte del Bogotá39. Coordina el club de lectura del Instituto Cervantes en Lisboa e imparte talleres en la Escuela de Escritores de Madrid.
Rodrigo Blanco Calderón (Caracas, 1981) es narrador. Emigró de Venezuela en 2015, vivió tres años en París y reside actualmente en Málaga. Su primera novela, The Night (Alfaguara, 2016; Seven Stories Press, 2022), ganó el Premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa, el Premio Rive Gauche à Paris du Livre Étranger y el Premio de la Crítica de Venezuela. Su segunda novela, Simpatía (Alfaguara, 2021), estuvo en la longlist del International Booker Prize 2024. Su relato The Mad People of Paris obtuvo el Premio O. Henry 2023. Su libro más reciente, Venecos (Páginas de Espuma, 2025), reúne trece relatos sobre la diáspora venezolana.
Raúl Tola (Lima, 1975) es periodista y escritor. Reside en Madrid desde 2013. Ha publicado seis novelas, entre ellas La favorita del inca (2019). Fue conductor de noticieros y programas de entrevistas en los principales canales de televisión peruanos. Desde 2020 dirige la Cátedra Mario Vargas Llosa.
Revista bimensual y digital que promueve las ideas, la creación y la crítica literaria. Fundada en 2004 por el escritor Sergio Ramírez