5 poemas de  Abraham Truxillo 

3 agosto, 2025

En estos  poemas extraídos de Bestiario marino (Medusa, 2025), Abraham Truxillo despliega una imaginación desbordante y una precisión verbal que nos sumergen en un universo anfibio donde lo zoológico y lo humano se entrelazan. A través de un bestiario poético, el autor transforma criaturas marinas —gusanos, cangrejos, sardinas, mantarrayas— en emblemas de nuestras contradicciones, deseos, derrotas y ciclos vitales. Cada poema funciona como una fábula contemporánea, cargada de lirismo, humor, crítica y extrañeza. Con lenguaje preciso, imágenes poderosas y un tono entre lo mítico y lo cotidiano, Truxillo convierte el mar en espejo de nuestra fragilidad y persistencia.

Instrucciones para nadar

Sin dilación, sumérjase con la confianza de que usted es de agua y está de regreso. Elija de preferencia un lugar cuya profundidad le permita un ensayo cómodo, sin encallar y herir con pena su barriga de mamífero terrestre, pero tampoco enfrentando un abismo al que deba abandonarse si intenta, por un momento de duda, volver a poner los pies en suelo. Ante todo, tenga en cuenta que cada viaje termina y que, de cualquier forma, ese fondo sin memoria lo espera desde siempre. 

Para sus primeros desplazamientos, siga la dirección de la corriente en que se halle. Si inicia en aguas calmas —el Mar Muerto, digamos— notará que incluso ahí hay pequeñas fuerzas que encausan el destino. No se resista: así mejorará su avance y ejercitará cada uno de los recientes poros de su cuerpo. El agua lo llevará con el cuidado de una madre que empuja a su hijo en bicicleta. Todo consiste en deslizarse en posición horizontal sobre la superficie del nuevo elemento: decúbito dorsal o decúbito prono, de acuerdo con sus gustos, necesidades de respiración y posición final. 

Utilice ambos brazos como remos de la barca de su propio cuerpo. No necesita a Caronte. Las manos deben pasar sobre su cabeza y entrar al agua para propulsarlo como dos aspas modificadas. Después las piernas: dé patadas abruptas como pasos cortos y rectos, imagine que golpea con sus extremidades ya bien rígidas un balón de futbol que regresa eternamente contra usted. Si ha logrado un nado regular, siga ya sin detenerse mientras comienza un viaje definitivo por su vida hacia el pasado. No tema, a estas alturas es tarde para volver. Recorra los momentos de su existencia como puertos muy hermosos, ensenadas o islas paradisiacas. De acuerdo con su edad, tome el tiempo necesario para desnadar su propia cuenta de años regresivos. Verá que la vida es un gran caudal que llega a usted para que lo beba de un solo trago, digamos.

Continúe con movimientos de renacuajo y evite pensar en sus progenitores mientras triunfa en esa carrera contra sus hermanos que ya ha ganado antes. En cuanto haya dejado a todos atrás, intérnese en el túnel de fecundidad donde su otra mitad lo espera. Y a partir de allí considere que, a cada segundo, podrá estar pateando a su madre desde adentro. 

El nuevo día de su nacimiento recuerde llorar a dos pulmones y mostrar el desconcierto que de seguro sentirá. Emerja a este mundo sin dilación, con la confianza de que usted es polvo y está de regreso. 

Monólogo de la sardina 

Formo parte de un grupo nutrimental de frenéticos individuos, condenados a la huida perpetua. En cardumen somos el héroe que sostiene el hambre del mar. Nuestra vida es una convulsa coreografía frente al acoso de los depredadores locales y visitantes, el espacio donde hasta los enemigos tradicionales chocan aletas: el león marino y el gran blanco se regodean, la orca ríe, el pez martillo cede el paso a los demás, el hombre pone salidas secretas a sus redes para el delfín. 

Mis hermanos no maldicen nuestra existencia y se alimentan como yo del dios plancton que sobreabunda; pero tire usted una pedrada a la pescadería y sin duda cenará a uno de mis parientes. 

Es cierto que gozamos del bien supremo de ser parte de la onda, segunda naturaleza del agua, vuelo que se antoja propulsión inexplicable. Somos la piel más sensible del mar, corriente en la corriente. Aun así, yo no quiero el destino que se me ha asignado. ¡Desde mi pequeñez, maldigo a los faraones de la pirámide alimenticia! 

Mis hermanos afirman, para consolarme, que la foca y la ballena nos veneran antes del banquete, que somos dioses de los otros. Pero esto yo no lo creo. 

Cangrejo violinista 

En el interior de su catacumba, el cangrejo violinista ensaya la suite de los enamorados. Es el más afanoso de los exquisitos. A saber, se trata de una legión de románticos dedicados al perfeccionamiento del arte. 

Los violinistas disponen la existencia para la armonía. Nacen prendidos al instrumento del que no han de separarse salvo por violencia extrema. Hijos de Neptuno Stradivari, han poblado las playas: ahora las embelesan con sus acordes en las noches predichas. 

La mayor parte del año el violinista —que nunca da la espalda— depura en soledad la técnica del arco, ejercita sus compases. De vez en cuando es visto, silencioso, en la ribera. Por las noches sale a alimentarse de restos tumefactos, despojos del mundo carnicero del que se aparta. Su pobreza es una voluntad de estilo, nutre su música con cada nota de lo real. 

Al llegar la primavera, es posible disfrutar la plenitud de su talento: surge de su cueva para interpretar. Toca de memoria, sus ojos de anatomía periscópica le dan un aire de ministro con prismáticos. Si una dama se acerca a su puerta y entra, el violinista calla tras ella. El resto de la noche ejecutan en la alcoba una pieza única. 

Aunque sus ritos de amor son un misterio, se sabe que algunos violinistas no lograrán emparejarse; se quedan solos por falta de pericia o mala estrella. Es entonces que suceden altercados. Dos resentidos tañen el vals de las tenazas, ensucian sus levitas, se toman, se persiguen hasta que hay uno vencido. A veces ocurre algo pavoroso, alguien pierde el instrumento, le es arrancado brutalmente. En este caso el perdedor vuelve a su guarida y espera, mientras la extremidad restante crece, se fortalece y toma la apariencia del violín perdido. Mas nunca llega a igualarlo, ni fascina con su temple a nadie. Al contrario, deshonra al músico como un instrumento desafinado hasta el final. 

Gusano de mar 

Casi inmortal, nunca deja de crecer. El fin de sus días llega por la agresión o la catástrofe. Gusano cinta lo llaman en algunos lugares de Medio Oriente. Es una paradoja viva: prolonga su faz hacia el futuro en actitud de finalista de fotografía; hacia atrás carga su pasado a cuestas. Se trata de la proyección de un yo y también de una retaguardia que se impulsa: todos los que ha sido están juntos para impelerlo a la vez. Sin embargo, el gusano se experimenta a sí mismo como una potencia final: no es consciente de la cauda total de su historia. En ningún espejo puede formarse una idea veraz de su horario y volumen. 

¿Qué nos enseña esta soga animal? Pues cómo prolongarnos en capas de tiempo, de la conciencia atrofiada que despierta cuando la muerte cierra la vida en un único circulo posible. Los yos alineados del gusano coinciden mientras mira hacia atrás y contempla atónito su historia. 

Mientras que algunos dan por hecho que recuerda lo ocurrido y especula sobre el porvenir, otros creen que el sentido temporal acontecería de manera inversa en su consciencia: recordaría el futuro y olvidaría el presente a cada momento. 

El gusano se adelantaría así a una experiencia que lo existente vivirá. Tan pronto como el universo deje de expandirse, empezará a encogerse. Los vectores totales del cosmos se invertirán. El tiempo se repetirá en sentido contrario: antes que nosotros nuestros hijos llegarán al mundo; como Benjamin Button moriremos inmaculados y sin recuerdos; el humo se precipitará sobre el cigarro; el polluelo se emparedará en el huevo y el gusano de mar volverá a su nacimiento como todo lo que muere. 

Mantarraya 

Directo de los hangares de Dios, ha llegado a la Tierra —al mar— el último proyecto de su ingeniería divina. La mantarraya desprecia todas las pautas del género. Contemple las aplicaciones de la aeronáutica en entornos acuáticos. Contra el aleteo delirante del pez común, este ángel con pasamontañas opone un elegante sobrevuelo; su línea nos recuerda los drones indetectables que bombardean ciudades en la superficie. 

Al fisiculturismo dentado de su primo más cercano, el tiburón, la mantarraya responde con la certeza de un lanzador de jabalina. Este fantasma de las profundidades amedrenta y disuade provocadores con un látigo que es también daga ponzoñosa. 

Para esta especie, es costumbre luchar por la hembra y el amor punza. Se entenderá que la primavera no sea fácil para la mantarraya. Como todos vienen armados, ojos nadan por el agua, dientes se sumergen en el desmemoriado fondo, el mar se enturbia con duelos de honor. Aun así, él intenta morderla de la aleta siempre con ternura y prenderse a ella como dos hojas bajo el agua. 

La imaginación de los indios caribes concibió un apocalipsis de montañas tragadas por el mar, donde las mantarrayas vuelan junto a olvidados templos sumergidos. De acuerdo con una versión apócrifa y desacreditada recientemente por el mismo Homero, Odiseo vuelve a Ítaca —una tercera vez— sólo para hallar la muerte a manos de Telégono, su hijo, quien lo abrocheta con una lanza de cola de mantarraya. 

En una épica más dudosa, es fama que cierto narcotraficante mexicano calza exclusivas botas de piel de mantarraya diablo. 

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México,1983. Poeta, ensayista y narrador. Licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Nacional Autónoma de México. Autor de los libros Bestiario marino (Medusa, 2025), Huracán. Antipoema (Dogma, 2025) y Postales del ventrílocuo (Ediciones Sin Nombre, 2011), y Colaborador de revistas y suplementos culturales mexicanos. Poemas y cuentos suyos han sido incluidos en diversas antologías y volúmenes colectivos en México, El Salvador, Argentina, Francia y Perú.