5 poemas de José Luis Aguirre

5 octubre, 2025

Los poemas de José Luis Aguirre entrelazan imágenes de la vida urbana con momentos íntimos. La ciudad es un organismo vivo que dicta ritmos, consume a las personas, convirtiendo sus días en prosaicos. Se muestran instantes fugaces de revelación —el perro iluminado por el sol, el pájaro sobre la línea telefónica— y escenas intensas de tragedia y deseo, como el suicidio en el puente o el encuentro carnal en el motel. 

I.

El sol le dio de lleno al lomo negro de un pero por la tarde.
Te estalló en los ojos
esa imagen
mientras cruzabas la calle.
Así el mundo habló del mundo
para crearse en ese instante y presentarse.
Porque el mundo
es un ser invisible con algo entre las manos
que siempre nos está ofreciendo.

II.

Un circuito de voluntades al ritmo de lo frenético.
                              Somos encuentros en coordenadas.
          Bajo el cielo del verano
                    somos piezas en movimiento.
Llegamos tarde al punto exacto
          donde nos aguarda más trama.
Los sucesos nos envuelven en la vorágine.
          El tiempo nos engulle
                  y nos expulsa en diferentes direcciones.
La ubicación no es importante;
          siempre hay un pasaje de narrativa
          esperando a ser actuado.
La ciudad es novela;
          nuestros días:
                               escritura.
Somos trazos en forma de persona.
                 Deambulamos por la página de asfalto.
Esperamos indicaciones y cumplimos objetivos;
          nos los dicta la ciudad
                    —nuestra vida que ahí ocurre;
                              amanece susurrándonos movimiento
                                       edificios de lenguaje que sorteamos.
                 Bajo el sol del verano sucedemos.
La ciudad es novela;
                    nuestros días:       
                                        escritura.

XVIII.

Se tiró desde el puente de Ruiz Cortines.
Los policías intentaron disuadirlo.
Le dijeron que lo esperaban en casa.
Le dijeron que tenía solución.
Le dijeron que estaban ahí para escucharlo
pero mientras trataban de convencerlo
miraba la extensión de casas y edificios
avenidas y centros comerciales.
Se elevó durante unos segundos sobre aquel paisaje
antes de caer al asfalto caliente
donde una boca húmeda se lo tragó.
No sabemos qué pensó en aquel instante
pero la ciudad fue lo último que vio.

XXI.

Mientras me volcaba sobre su cuerpo
En el cuarto piso de aquel motel sórdido
Sentí el aliento de la ciudad traspasar por la ventana
Y exhalar en mi boca su espíritu de humo.

Éramos reunión de cuerpos y brama enardecida
peatones y transeúntes
automovilistas y conductores de camiones.

Éramos el polvo maligno suspendido en el cielo
La rapacidad de los políticos y sus discursos vacíos.
Éramos una cuadrilla de trabajadores del municipio
limpiando las calles del centro por la noche
multitudes de estudiantes en escuelas y universidades.

Y cuando el mapa de avenidas e intersecciones
la imagen de los edificios y de las nubes
se reflejó en su espalda
éramos dos cuerpos
representando a millones.

XXII

Un pájaro se posa sobre la línea
Del teléfono en los postes.
Sus patas registran la vibración de las frases
en las comunicaciones:
no quiero verte nunca más,
no te acerques a mis hijos,
papa se va a morir,
parece que si tengo el tumor.
El pájaro alza el vuelo.
Deja vibrando el cable de la línea del teléfono.
Se pierde en el cielo
la ausencia de pablaras para nombrar un dolor,
la libertad.

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1983, Monterrey, México.
Lic. en Bibliotecología y Ciencias de la Información por la Universidad Autónoma de Nuevo León, (Nuevo León, México) y en la USP, (Universidad de São Paulo, Ribeirão Preto, São Paulo, Brasil). Premio de poesía Rosario Castellanos de los Juegos Literarios Nacionales Universitarios, organizado por la Universidad Autónoma de Yucatán (México). Es autor del poemario “Una ciudad dentro del pecho”, publicado por la editorial Universitaria de la U.A.N.L.