5 poemas de Luis Verdejo

5 octubre, 2025

Los presentes poemas de Luis Verdejo, hallados en su volumen de poesía titulado Latinoamérica (Manofalsa, 2024), despliegan una poética propositiva: con imágenes saturadas de movimiento —paredes, plazas, fuentes, talleres, multitudes— se funden entre lo cotidiano y lo visionario. La escritura recurre a la enumeración, la repetición y el flujo asociativo para evocar la ciudad, en un estilo híbrido donde narración, y lirismo le dan forma al poema en prosa.

Pared de palabras sin grafiti, con grafiti, cumbia, pinos y más pinos, líneas amarillas y montes llegando a Puebla, un hombre en una calle atestada con una mano gigante, la otra normal, las dos levantadas como en Goya, gritando Tengo hambre, tengo hambre, tierra y libertad, progreso y justicia y de nuevo Tengo hambre, allá hace 25 años ante tus primeras pinturas. Lo difícil es no atascarse al comienzo: atascar, había un hombre que decía Pájaros sin azucaramiento ululan, y tú NO azucares el habla, amplio oficio, servidumbre y una galerista pintarrajeada vino a tu taller y a quemarropa preguntó, con quién vives, tienes pareja, cuántos pintores no se acuestan con sus marchants por una exposición inocua, el comercio carnal priva, el hambre carnal priva, que nadie se asuste, eso se sabe, mejor emborracharse de nuevo, afuera hace mucho frío en verano total, el cambio climático nos está partiendo la, etcétera, o ya nos cargó ahora sí definitivo el payaso.

La filosofía citadina recuerda que nadie aprende a orinar, que nadie baila antes de gatear o gatear ya es danza.

Qué es eso que suena afuera: un tulipán floreciendo amarillo es un tulipán amarillo floreciendo, se diría en Tijuana, qué chingados hacemos con el follaje verde del reñir o el esponjoso aroma del reír de la muchacha entresueño o sueñas marrullero con algo amarillo que no es el sol, condensado en una red de puntos dibujados en tu mente para atravesar este tiempo turbio y unir el filo del vértice y lo terroso como si se viviera en una fábrica expectorante, una larga llanura.

Así se arriba y conduce la investigación para llegar a las playas de la investigación y la tos que no se hace agua por ningún lado, no poeta sino textero, se diría, regresas a la roca y tu hermano ahora ceniza al pasar por una iglesia se persignaba movido por un resorte mientras pensaba en qué.

Repítelo una vez más, aquel cuarto tapizado de aserrín espera aún lo ausente, repítelo en otra pared de palabras, como si se entrara a saco o golpe de pistola invisible, porque de eso se trata la canción y se maltrata, una mujer es girl, y es woman en la unión húmeda de carne con carne, con sin descendencia, se subraya rústico, se tacha imaginario, y no le tienes ya horror a la pared. ¿Cuál es la pregunta frente al mundo real? O mejor, ¿es posible leerla?

Yo soy el ciudadano.

Tener casa es cálido. El olor a vida, el sabor, la tinta offset embriaga.

Bajas del Metro Zócalo, pasas Santo Domingo, llegas a la Plaza Leona Vicario llena de jacarandas: los indigentes lavan ropa en el agua estancada de la fuente. Manos manotean, dientes dentean, trituran magra cosa oscura, se escurren, beben, rebeben, trasuntan vida, camorrean, huelen, rehuelen y la humedad de piedras volcánicas descolocadas embriaga.

Estos inmensos astilleros de la ciudad son frugales y horrendos, la belleza colonial empañada y ácida por el olvido de los políticos. No han visto a los sintecho mojándose, acurrucados en sus feudos añejos. Su pan es de piedra. Y la tormenta remueve el agua estancada de la fuente.

Ese fue un viaje del 96 ¿Cuántos cuerpos desde allá se habrán desintegrado hasta aquí, no misteriosos sino de silencio ardiente?

Quien recuerda está podrido, recalcó Rosamel. Pero Rosamel recuerda, tú recuerdas.

Quién sabe lo que sucede dentro de esa flora estupenda, insaciable, artificialmente orgánica de mujeres y hombres viviendo en la intemperie finita de la fuente donde se bañan a sus anchas, sus costras tristes.

Que Dios te bendiga, ahí escuchas y suena rara la mezcla de desgano, desengaño y orgullo: la prosaica sabiduría de la máscara es la clave: la piedra seca huele a piedra y mojada a humedad.

Los pensamientos puros no son tan puros y los impuros no lo son tanto. Quien piensa está repodrido y quien repiensa más. El pájaro aquí se sumerge.

Así se da el fuerte espasmo del salvaje masticar de vida indigente en el Centro rugiendo.

El eterno engranaje floral-humano pedigüeño maquínico rechina incansable: no hay posibilidad de reposo en la búsqueda de monedas: todo saturado es múltiple y es la ley.

Registrar cómo será frío el ojo frío del invierno y cómo entra la noche de vidrio cortado en la plaza.

Los sentidos se atrofian y exasperan de mirar.

Y hoy, en qué siglo de rostros explotados, explotándose a sí mismos, se vive, se desvive y revienta por dinámica propia, por casualidad. Otros siglos fueron de manos, de pies, otros carnívoros, metalúrgicos.

Tener casa es elemental. Hubo minutos, habrá minutos, archipiélagos en la intemperie finita y frío, refrío.

Que a todos los asesinos los vayan alcanzando sus acciones, leíste distraído. Y desfilan imágenes de cuántos, cuándo, aquí, allá, acullá.

Si se reventara el Universo ahorita, la plaza quedaría intacta aguaitando la destrucción.

Quieren sacarte de esta buhardilla por la puerta chica, volverte toro mansurrón, pero ya te sacaron el tapón y las mandíbulas saltan: atrapas la sospecha, desarrollas el tino de la palabra legal, piedra bruta, la lanzas a los ovarios, a los testículos, a los testículos y ovarios: esas magníficas palabras reviven como la palabra Rústico.

Construyes y construyes y construyes y construyes cosas no reificadas, en distintas latitudes, tiras un anzuelo y tallas, pules, ahuecas el cubo, y le entra aire.

En este taller la vida huele, copula, sabe, suda, defeca y se duerme pardo y poco.

Hay una bandada de pájaros amarillos en el amanecer amarillo plomo que embriaga la superficie de las cosas moviéndose.

Hoy sales del Metro Zócalo: la bandera ondeando extraña está vacía: el tiempo late, se cosifica, endurecido y viscoso, piedra hueca de palacio gris, ninguna palabra cabe en este ahora feo, triste de fealdad.

Los pinchazos son invisibles, pero aciertan.

Se vive en cuerda floja, pero las venas son martillo y golpean.

Dios mediante, la poesía del día no serán los hombres colgando de las puertas de los camiones acatando costumbres, dictámenes, acatando duelos, servicios, con intuición no tragicómica, mayoritaria. Hay mucho sudor, hay coyuntura, hay estudiantes dirigentes y lances y omóplatos y espaldas. Estos desafíos exorbitantes son frecuentes. Un grito es frecuente, un graznido, mucha caída, bache y mucha herida y poso. En tal estado del arte de la sangre y el seso, es hora de tomar posición ante incapaz capataz, como si no fuera suficiente lo eléctrico del acto del decir agrio, acorde a los oficios nuestros, en el espíritu de la disputa, atónito, enhiesto, en abundancia.

Rota esa promesa, ver pájaros en vuelo y figurarse que se va por ahí, a contramano y todo es selva.

 Algo de la tierra voluptuoso está por florecer, digamos, dada la gravitación momentánea sin hoguera, sin ceniza máxima.

¿En qué latitudes del juego está el juego orgánico o latigazo como chorro vital que conserva las distancias en y desde manos artesanas, lo brillante, lo módico por la  locuacidad del paisaje desnudo al abrir el oído?

¿No te parece el polvo del valle lleno de nubes y rocas grandes cual casas de súbito accidente, como si se compararan cosas que están cerca con cosas lejanas, sin deformaciones en sus bases de mano cálida, sin fronteras lineales entre hombres, hormigas, grama, semillas y lodo, en esa sensación de actitud y luz?

Pero un poema doméstico, matutinísimo se te impone en lengua de madera y plástico rasgado, gracias, gracias, mas no domesticado, que sería caso feo casi jurisprudencia, casi gimnasia. Alguien dijo, yo te conozco terror, o, en todos los cuerpos muertos que flotan en el río, o, fosas abiertas clandestinas o vivimos en tinas de ácido, civiles y tristes. Otro dijo, la noche es un cuarto oscurecido por los amantes abrazados de nocturnidad o algo así, pero mal traducido. Orígenes Medina (alias Luis Verdejo) dice hoy, el frío vegetal no florece, hay chucherías a montón y cuchillos amarillos desdentados y monedas y lápices caseros sueltos en mesa desordenada, y un tórculo y placas y papeles y un polvo terco doméstico aferrado a todas las pelusas donde depilaremos nuestras ideas o las ajenas, o, enajenadas o algo así, bonito y feo a la vez y aquí está todo, marchando como una máquina. Hábrase visto tanto cuerpo sudoroso, alto y despierto.

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México, 1967. Ha publicado Poemas de la mano izquierda (México, Editorial Textofilia, 2008), Poemas de la musa (México,Editorial Textofilia, 2017), El rumor de lo real: Conversaciones con el poeta argentino Hugo Gola (México, Editorial Matadero, 2018), Remaches (México, Editorial Mantra, 2020). Una recopilación de entrevistas a Hugo Gola: La práctica del riesgo total. (México, Universidad Iberoamericana, 2012). Luis es escultor y pintor, además de escribir poemas. Ha participado en exposiciones colectivas e individuales y en bienales de pintura y escultura desde 1996.