Con oraciones cualquier milagro es posible

1 febrero, 2026

El salvadoreño Allan Barrera fue en 2019 merecedor del VII Premio Centroamericano de Cuento Carátula, con «2 de noviembre». Esta vez comparte en exclusiva con Carátula una historia ambientada en el San Salvador de comienzos de los noventa, donde la inocencia debe aprender a subsistir en medio de las olas expansivas de la violencia.


La guerra había terminado. En el cielo ya no se escuchaban helicópteros. Éramos los adolescentes que disfrutarían la paz, sin las balas del ejército ni de la guerrilla. Y lo empezábamos a hacer jugando al fútbol en una cancha polvosa de la colonia Santa Marta o subiendo el cerro San Jacinto, que era como ir al campo sin salir de la ciudad. Entre esa manada recuerdo al Chino, con su pelo rojo y sus pecas inundándole el rostro. Era una mierda, siempre burlándose de todos en la cancha, y en el parque, y en la calle frente a su casa. Le encantaba como a nadie mandar a nuestras madres a la calle de La Praviana. Decirte: tu madre es una puta, se la cogen por menos de cinco colones en la calle de La Praviana; a tu madre le gusta abrirse, regalar el culo en el Centro, a tu madre se la ha cogido todo El Salvador. Y para no quedarnos atrás, le decíamos que la suya era cinco veces más puta, que también se vendía por menos que nada en La Praviana. 

El Chino tenía dos hermanos mayores; eran gemelos. Recuerdo a uno de ellos, con su cara de venado, regañándolos a él y a Miguel una vez que casi se fueron a los puños: 

—Ustedes insultando a sus pobres madrecitas y ellas trabajando muy duro para tenerles un plato de comida en la mesa. ¡No sean tan mierda, hijos de la gran puta! Las madrecitas son sagradas.  

Y era cierto. Ellas sufrían mucho. Las habíamos visto llorar muchas veces. Las habíamos visto ir a la tienda a pedir fiado con las caras torcidas por derrames faciales.

A los hermanos Guillermo y Miguel, al Chino, al Chupacabras y a mí solo nos había tocado tener madres. El padre de Guillermo y Miguel estaba en la cárcel por robo, igual que sus tres tíos. Todos en la colonia decían que ellos traían sangre de ladrón en las venas; cuestión de tiempo nada más para que eso se revelara cierto. El padre del Chino había muerto cuando él tenía cinco, se supone que de tuberculosis, aunque las malas lenguas decían que le había dado sida. El padre del Chupacabras no se sabía quién era. Uno le preguntaba y él solo levantaba los hombros. Su madre, la india María, tampoco daba pista. Ella solo decía que se había perdido, que no sabía nada de él. El mío no estaba en la cárcel, ni se lo había tragado ninguna enfermedad. Todo el mundo sabía exactamente dónde estaba: en Guatemala con otra mujer y otros hijos.

Los que tenían a sus papás no habían ganado nada. El padre de Carlos, el carpintero, sacaba su pistola siempre que andaba borracho —que era muy a menudo— y frente a él y a su hermano menor le decía a su mujer que si lo abandonaba, se mataría. Lo decía con la pistola en el cielo de la boca. El padre de Héctor era policía, ex Guardia Nacional. Creía que su madre lo había consentido demasiado y que por eso el Héctor se había hecho homosexual. Quería meterlo a la escuela militar para que ahí lo enderezaran, pero no le alcanzaba el dinero. Chino acentuaba eso, lo tildaba de culero, de marica. Y era cierto, pero en ese entonces no era cosa abierta.


En esos días, mamá cocía los frijoles con leña en el patio trasero. Aunque se había venido a vivir a la ciudad desde los años 60, preservaba sus costumbres campesinas; con los frijoles nunca usaba gas, y no le importaba ahumar las paredes de la casa, que el techo y las vigas se pusieran grises del tile. Una tarde, mientras le acomodaba más leña a una olla, le pregunté si ella conocía dónde estaba La Praviana. Dejó caer un tizón. Casi me soltó un manotazo en la boca, como hacía cuando profería palabras soeces y a veces hasta me sacaba sangre. Preguntó encabronada con la cara roja que cómo yo sabía de ese lugar. 

—El Chino —le dije—.  El Chino siempre lo menciona.

Con el mismo tono serio e incómodo que adoptó cuando yo tenía ocho años y le pregunté qué era el sida, me explicó que en los setenta y ochenta había sido la zona roja. Una calle de prostitutas y travestis en el Centro de San Salvador. Ahora estaban la Lotería Nacional, las peleterías y ferreterías y ventas de libros usados y podridos.

—¿¡Ves!? —me dijo, molesta—.  Por eso no me gusta que te juntés con ese cipote.

Pero era difícil evitarlo. El Chino era un poco mayor que nosotros. Aunque intentáramos ignorarlo, siempre se nos acercaba sin respetar límites. Era difícil porque además vivía en la calle adoquinada donde terminaba la colonia y empezaba el cerro San Jacinto. El parque y la cancha de fútbol quedaban frente a su casa. Si la cancha estaba cerrada, improvisábamos porterías con los adoquines de su calle y él siempre salía. Ahí el Chino evitaba proferir cosas sobre nuestras madres por temor a que la suya y las demás vecinas lo escucharan. Al jugar, en vez de darle a la pelota, te daba en las patas y te echaba todo su camión encima. En pleno juego, la niña Mirna, su madre, salía con sus brazos gordos y pecosos y el ceño fruncido, e interrumpía para decirle que era la hora de la Biblia. Ella intuía que su hijo no era una buena pieza y pensaba que llevándolo a la iglesia adventista los sábados y dándole dosis bíblicas diarias se curaría. O por lo menos dejaría de ser menos malvado. Con la cola entre las patas y sudoroso, el Chino entraba a su casa. Siempre salía quince minutos después, desesperado, más lejos de Dios que nunca. Una tarde, tras una de sus píldoras adventistas, al salir le pegó una patada a un viejo gato blanco de una vecina. Como balón de fútbol americano, lo hizo volar varios metros al pobre animalito. Sobresaltados, le preguntamos por qué había hecho eso. Nos dijo que porque le caía mal, que no le gustaban los gatos. Siguió dándole a la pelota duro contra la pared de una casa, como le había dado al pobre felino, y pidiéndonos que no detuviéramos el partido. El animal, patojeando y a como pudo, se metió en la maleza que conducía a las faldas del Cerro. Chino se molestó porque no quisimos retomar el juego. Lo dejamos solo con el balón. Nos gritó que nos fuéramos a la mierda, que nos hartáramos una carretonada de mierda con frijoles. Su madre lo escuchó y salió corriendo a darle una bofetada en el hocico y lo metió a la casa jalándolo de la oreja. Nosotros nos reímos.


Los viernes solíamos ir al Teleférico, acababan de abrirlo después de estar cerrado desde los 80. Un parque de diversiones en la punta de nuestro cerro San Jacinto. Era la sensación del momento en el país. Nosotros también queríamos ser parte. Los turistas, muchos de ellos hermanos lejanos que venían de Los Ángeles, pagaban cincuenta colones de entrada y subían por unas góndolas; las abordaban en la colonia Credisa con sus hijos, a quienes observábamos con mucha envidia. Nosotros no teníamos dinero para ir tan seguido, así que entrábamos por un punto ciego sin pagar, un hueco que le habíamos abierto a la malla ciclón, pero teníamos que subir por las veredas y los montarrascales durante una hora. Habiendo entrado al parque, obteníamos nuestra recompensa, nos montábamos en larock and roll” y el “pulpo”, nuestras ruedas favoritas, las que más miedo daban, aunque también aprovechábamos para subirnos al “gusanito” y a las “tazas voladoras”, las ruedas de niñas porque no daban nada de miedo. Al regreso, descendíamos por las góndolas con los hermanos lejanos y los demás turistas. Nosotros llenos de polvo y mozotes en la ropa por haber subido por el Cerro, mientras sus hijos todos limpios. Uno de esos viernes, cuando nos lanzábamos a esa aventura, se nos pegó el Chino. Pasamos frente a su casa, él nos vio a través de la ventana y corrió hacia nosotros. Subimos por una quebrada por la que, en el invierno, bajaba toda la lluvia del Cerro; la usábamos de atajo y casi siempre nos encontrábamos con alguna culebra que nos asustaba, o con alguna iguana. El Chino iba adelante, era más grande y escalaba más rápido. Un helicóptero cruzó el cielo. Para quien iba ahí, pensé, debíamos parecer una columna guerrillera, como las que se habían tomado la colonia y el Cerro para la ofensiva de 1989, cuando yo tenía cinco años. Me daba por recordar eso al sentir el olor a tierra y a zacate del Cerro: el ejército había entrado con aviones en el cielo y con muchos soldados por la tierra para sacar a la guerrilla de nuestra colonia, habían obligado a nuestros padres a huir con nosotros, portando banderitas que hicimos con camisas blancas para que no nos confundieran con los subversivos. Luego bombardearon y mataron a casi todos los guerrilleros. Por eso también al terminar la guerra, en lugar de jugar a los policías y ladrones jugábamos a los soldados y guerrilleros. Aunque a casi nadie le gustaba ser soldado: había que perseguir y era más chivo ser perseguido. Pensaba en todos esos recuerdos cuando, de la nada, el Chino nos gritó desde arriba, avisándonos a quienes veníamos en aquella columna guerrillera que dejaría rodar una enorme roca, que parecía la estatua de un sapo gigante. Nos asustamos viendo aquella piedrota bajando hacia nosotros. Él se carcajeaba viéndonos saltar a la orilla de la quebrada, esquivándola. La piedra casi destripó al Chupacabras, que venía de último. Se salvó por un pelito. Yo me quedé pensando que sin helicóptero no hubiéramos podido regresar con nuestro amigo muerto o mal herido. A la india María le hubiera tocado limosnear casa por casa con un cumbo de leche para los gastos del hospital o del entierro. El Chino hubiera ido a parar a la cárcel de menores. Quizá eso hubiera sido mejor que las dosis bíblicas que le daba su madre.

Recuerdo que esa misma tarde, salvada esa tragedia, al salir de la quebrada nos metimos a unas veredas de amate y naranjales y continuamos camino arriba hasta donde la vegetación cambiaba: pinos, cafetales y árboles de nueces que no se veían en la parte de abajo. Podía escucharse el rumor de las fábricas de Soyapango a un costado, y a lo lejos en el Centro apenas se percibía el domo blanco de catedral, y más allá los cuadros planos de lo que alguna vez fue el centro comercial más grande de Centroamérica: Metrocentro. Para entrar al Teleférico, teníamos que cruzar una propiedad privada. El terreno estaba custodiado por un vigilante gordo con una escopeta y órdenes claras de sus finqueros de no dejar pasar a nadie. El Chino al haber cruzado con Miguel recogió una buena piedra y la lanzó a la caseta para aumentar la adrenalina. La piedra rompió la ventana y le cayó en las piernas al vigilante. Héctor y yo nos asustamos con el impacto, saltamos e hicimos ruido en la maleza, y eso fue suficiente para que el vigilante nos detectara y descargara su escopeta hacia nuestra dirección. Nos arrojamos a un pequeño barranco. Pensé que pudimos quebrarnos los talones. Pudimos recibir algún balero de la escopeta. La piel se nos hirió con el zacate y nos metimos un montón de espinas en las manos. La carcajada del Chino podía escucharse con eco rebotando en los árboles.  


Fue también en esos días que, en la cancha de basquetbol, Carlos y yo encontramos una culebra. Era pequeña, de color verde brillante. Sabíamos que las rojas con negro, las de coralito, eran venenosas; las verdes, no. Se miraba desorientada en el cemento, la pobre. Carlos me dijo que era una culebrita bebé, quizá se había quedado sin madre. La metimos en un bote de vidrio para liberarla en el cerro. Había bajado de ese monte y la devolveríamos a él. Pero adentro del bote, al levantarla, notamos que cambió de color, como los camaleones; se puso del color de nuestra piel, y decidimos entonces presumirla antes.

En el parque hicimos cola para tocarla. Carlos le tenía la cabeza para que no nos mordiera, aunque no parecía querer hacerlo. Sacaba su lengua bífida para saludarnos. Tenía musculitos en la piel que podían sentírsele, moviéndose y cambiando de color, ahora al rojizo de los columpios. Guillermo, que también llevaba sangre de ladrón por ser el hermano menor de Miguel, dijo que alguien debía adoptarla. Él gustoso podría hacerlo. Su hermano le dijo que no, que estaba bien pendejo.

—¿Qué le vas a dar de comer? ¿Y si un día se te escapa del bote y se mete debajo de la cama? 

—Es cierto —dijimos.

El Chino en la fila dijo que nunca había tocado una. Pidió con impaciencia a Carlos que se la prestara, la quería cargar.

La levantó como si quisiera que cambiara al color del cielo, o al de su pelo cobre. Nos observó y luego metió la cabeza de la pobre culebra en su boca. En un abrir y cerrar de ojos, le arrancó la cabeza y la escupió al suelo. Quería mostrarnos, nos dijo con los dientes rojos y ensangrentados, cómo el cuerpo de la serpiente, igual que la cola de las lagartijas, seguía vivo, moviéndose después de arrancarle la cabeza.

Quedamos pasmados observando cómo sus hermosos colores se apagaron, se puso gris y luego negra como la muerte.

Después de un silencio en el que las tripas se nos revolvieron, Carlos recogió y arrojó al monte la parte del cuerpo. La cabeza quedó ahí en el cemento.

Chino dijo que no aguantábamos nada. La sangre en su boca hacía juego con su pelo.


Por eso, en esos días pensaba que lo único bueno del Chino era su hermana, Natalia.

Una tarde toqué la puerta de la casa del Chino para pedirle el balón de fútbol que tenía guardado. Sonriente, su hermana abrió la puerta, peinándose el cabello todavía húmedo del baño. Bajo los shorts deshilachados de jeans, sus muslos bronceados le brillaban con la luz que se metía por las ventanas. Me puse nervioso. Solía topármela en la colonia, pero nunca nos hablábamos. Ella tampoco parecía percatarse de mi existencia. Yo no sabía cómo actuar frente a las muchachas. Su hermano estaba en el teléfono, me dijo. Si quería, podía esperarlo. Pronto saldría con la pelota. Apenas podía verla a los ojos de la pena. Le pregunté si podía entregármela, pero Natalia me explicó que el Chino la tenía aprisionada debajo de sus pies. No quería que iniciáramos el partido sin él. Me preguntó si quería agua o fresco que tenía en el refri para bajarle al calor que afuera calentaba los adoquines y el cemento de las aceras, como si fuera una plancha para echar pupusas. Le acepté agua helada. Arregló la cortina para que no se metiera tanto el sol. Sentí la brisa de su cuerpo con el movimiento, un olor dulce como de jabón. Me preguntaba, viéndola de reojo, cómo el Chino, siendo tan mierda, tenía una hermana tan hermosa. Dolía verla. A mis trece años la ansiedad de perder la virginidad era terrible. El único que entonces lo había logrado era Carlos, porque su padre carpintero lo había llevado a los prostíbulos del Barrio Modelo. Me tomé el agua y me regresé corriendo donde estaban mis otros amigos porque no pude sostener una conversación con ella. Después de un rato, el Chino salió, se acercó rebotando la pelota y enfrente de todos anunció que su hermana le había dicho algo sobre mí que me inflaría el culo.

Silencio. Los demás se intrigaron.

Ella le había dicho que yo me había puesto muy guapo, que le gustaban mis ojos claros, que tenía unos labios bastante besables y que era una lástima que yo fuera tan pequeño.

Mi ego se infló hasta el cielo y las mejillas se me chamuscaron.

—¿Y vos qué le dijiste? —le pregunté. 

—Que a vos no te gustaban las mujeres, pendejo, que sos igual que Héctor, que te gusta que te den por el culo, ja, ja, ja, ja, ja. 

Los demás también se carcajearon. Excepto Héctor. 

Pero a mí ya no me importaron sus comentarios. Me masturbé semanas por Natalia. Y cada vez que lo hacía, sentía una especie de venganza contra él. Como si al penetrar a su hermana en mis fantasías más deliciosas también penetrara su crueldad.


Dios había colocado frente a la casa del Chino a un repartidor del Pollo Campero. Huesudo y moreno, parecía confundirse con el chasís de su motocicleta. Don Calavera, le apodábamos, aunque al Chino no le gustara. El señor le entregaba regalos de navidad envueltos en papel y chonga, lo dejaba entrar a su casa los domingos para que pasara la tarde jugando con el Nintendo que sus dos hijas grandes habían relegado al olvido. Recuerdo que el señor lo quería como a un tercer hijo. Le traía combos de pollo con papas fritas y ensalada de mayonesa que nuestro amigo de mierda paseaba por nuestras narices para que lo oliéramos y luego guardaba para su cena. Me preguntaba por qué el señor huesudo se había encariñado de él, por qué no mejor del Chupacabras, que vivía en una champa y era tres o cuatro veces más buena onda que el maldito Chino. La india María nunca le compraba pollo Campero, ni había probado la pizza Hut. El señor hasta le prestaba la moto y el Chino se paseaba como Lorenzo Lamasticas en la serie El Renegado

Un sábado, después de la clase de flauta que nos daban los curas italianos como parte de los programas de prevención de violencia de la iglesia, nos quedamos practicando afuera de la casa comunal. Ensayábamos las notas de “Noche de paz” para tocarla en una pastorela navideña. Los italianos nos habían regalado flautas y lápices, y folders con partituras. El Chino no mostraba ningún interés en aprender. En esas estábamos cuando vimos por la calle de arriba a Don Calavera pegado al chasis de su moto. El Chino lo detuvo, le preguntó dónde iba.

—A la ferretería —le dijo, mostrando sus pómulos de mapache, el rostro enrojecido y sudoroso debajo del casco—, a comprar unos tornillos para unas repisas.

—Voy con usted. —Metió su flauta entre el abdomen y el short, y tiró el folder a la tierra del arriate donde estábamos sentados.

Le gustaba acompañar al vecino cadavérico porque le prestaba la moto. Al regreso la manejaría él.

El señor arrancó. El Chino se despidió de nosotros sacándonos el dedo. Los vimos irse por la calle Lara, hasta que se hicieron bien chiquitos y desaparecieron en el horizonte.

Después supimos, porque fue una gran noticia en la colonia, que Don Calavera había estado tomando sus tragos de vodka sin cálculo esa mañana. La calle, debajo de aquellas dos llantas, empezó a movérsele como la culebra que encontramos en el parque, y le fue difícil maniobrar. El semáforo que dirigía el paso entre la calle Gabriela Mistral y la avenida Cuba estaba en rojo. El señor no se detuvo. Un río de vehículos que venía de la avenida, liderado por un camión de la Coca Cola, los arrolló. Don Calavera quedó debajo de las llantas, murió de inmediato. El Chino salió volando con el impacto hasta rebotar en la acera, eso lo salvó de morir de súbito. El accidente apareció en los noticieros y en los periódicos. El Chino era una mierda, pero no se merecía que a sus catorce años Dios le enviara un camión de la Coca Cola para que lo arrollara así de feo. La noticia hizo que esa tarde me dolieran los huesos. Por la noche, cuando intenté dormir, imaginaba detrás de mis párpados el camión de la Coca Cola pasándome por encima, y sentía que se me destemplaban los dientes, como si se me quisieran despegar de las encías.


Chino estuvo dos meses ingresado en el hospital. Las visitas eran restringidas solo a los familiares, por eso nunca lo fuimos a ver. Cuando le dieron el alta, niña Mirna nos imploró que fuéramos a visitarlo a su casa, eso ayudaría a su recuperación. Miguel, con quien más peleaba y se insultaba, fue el más entusiasta. Yo había escuchado de gente atropellada, pero nunca había visto una. Eso me intrigaba. Nos pusimos de acuerdo para ir a verlo un viernes por la tarde.

El tratamiento que necesitaba su hijo había dejado a niña Mirna y a sus cuatro hijos en la ruina, se habían mudado a la colonia Miraflores, muy cerca del río Acelhuate, adonde iban a parar las aguas negras y la mierda de toda la ciudad en su tránsito hacia el mar. Ella salió a encontrarnos a la entrada de la colonia, no quería que los pandilleros de la Harrison Locos Salvatruchos, jóvenes un poco mayores que nosotros que controlaban la zona, nos fueran a hostigar. Ella nos condujo por unos pasajes estrechos de hileras de departamentos pegados los unos a los otros, ropa tendida en los balcones, algunos niños descamisados jugando mica y madres despiojando con las manos a sus niños. Mientras caminábamos y veía su espalda, pensaba en las veces que enviábamos a nuestras madres a prostituirse a La Praviana, incluida ella, niña Mirna. También pensaba que aquella colonia se parecía a las imágenes que mostraban los noticieros de cárcel de mujeres en el municipio de Ilopango. Sentí pena por ella.

Llegamos hasta donde moría el pasaje y se acababan las casas y comenzaba el barranco y abajo el río pestilente. 

—Pasen —nos dijo abriendo la puerta del apartamento de planta baja con su llave, el rostro un poco demacrado.

Los hermanos gemelos del Chino no estaban. Para esos años, ya trabajaban de cobradores de la ruta 48 para ayudarle a la madre con los gastos. 

Un olor a farmacia, mezclado con olor a cigarro y aceite de cocina, se me metió en las fosas nasales. La casa era una sala diminuta, con una división de madera para separarla de la cocina, y dos cuartos igual de diminutos. 

—¿Quieren agua?

—Estamos bien. Gracias, niña Mirna.

En una radio pequeña colocada en una repisa con la antena quebrada sonaba la canción “A donde vayas”, de los Bukis. Acomodándonos ahí de pie en la sala, notamos que detrás de una división de madera, sentada en la mesa del comedor, estaba la hermana del Chino; se tomaba un café con el rostro desvelado y un cigarro encendido. Había subido un poco de peso desde la última vez que la había visto. Nos hizo una sonrisa de saludo y volvió su rostro a su café y a su cenicero.  Yo quería ver cómo se veía de pie ahora, pero ya no pude.

—El Chino puede escucharlos y entender todo lo que ustedes le digan. —Niña Mirna hizo hacia un lado la cortina que el cuarto tenía como puerta—. Nada más que no se puede mover.   

El Chupacabras se echó para atrás al entrever el fondo del cuarto. Nos observó como asustado. Decidió quedarse en la sala. Después nos dijo que porque prefería recordarlo como en los días de la cancha. Los demás entramos. En la pared, encima de su cama, colgaba un calendario con la imagen de Jesús orando con el pelo largo y rubio, peinado de nalga y un versículo bíblico. La cama era alta, más de lo normal, parecía camilla de sanatorio.

La mamá abrió la ventana para que circulara el aire. Nos dijo que nos dejaría solos con su hijo para que estuviéramos más cómodos, ella aprovecharía a ir a la tienda.

Quedamos amontonados alrededor de él como si fuéramos doctores y fuéramos a operarlo. Nos congelamos al verlo bien. Tenía un pañal puesto y parecía hundirse en una camisa de la selección de Brasil. Los ojos y la boca abiertos. La mirada de túnel hacia el techo. Su tibia era el puro hueso debajo de la piel, había perdido los músculos de las pantorrillas y toda su demás masa muscular. Hasta el pelo se le había oscurecido, ya no era tan cobrizo. Parecía una momia, pensé. Después de un silencio helado, Miguel, el menos tímido, le puso su mano con la sangre de ladrón en el hombro. El Chino con un esfuerzo pudo mover apenas un poco la cabeza y clavar sus ojos en nosotros. 

—¡Hey!, hijueputa, pronto te vas a recuperar —le dijo, muy cerca del oído, Miguel, a modo de que no escuchara su hermana desde la cocina—. Y estarás en la cancha de nuevo, mierda.  —Le sacudió la frente.

—Sí, cerote —agregó Carlos intentando parecer alegre—. Pronto vas a andar jodiendo otra vez. 

—Ahuevo —dijo Héctor con la voz entrecortada.

Guillermo y yo nos quedamos callados.   

Otra vez el silencio helado inundó el cuarto.

Héctor le masajeó los pies. La madre le había puesto calcetines para protegérselos del frío.  

Optamos solo por mirarlo ante su imposibilidad para hablar: sus ojos se movían torpes, observaban despacio como observan los ojos de los bebés a los adultos. Solo Dios sabría cuáles eran sus pensamientos aprisionados en ese atrofiado cuerpo. La muerte le había comido la voz. Y como un millón de hormigas invisibles, se lo estaba comiendo lentamente por dentro. Pujó como un animal herido, nos quería decir algo, hizo un raro sonido y luego de los ojos mudos vimos brotarle las lágrimas. 

Miguel, que sería el siguiente en morirse, cinco años después, no por su sangre de ladrón sino por marero en una trifulca en el penal de Mariona, se quebró. Héctor también. Luego Guillermo. La garganta se me hizo arenosa, un nudo, las lágrimas se me atascaron ahí.

Con la voz temblorosa, todos le prometimos que cuando se recuperara iríamos con él al Teleférico. Le tocamos el pie, le levantamos una de sus manos como un trapo como símbolo de despedida y salimos del cuarto. El Chupacabras estaba sentado en la sala junto a niña Mirna en silencio. Nos vio los ojos rojos. Los suyos también lo estaban. Los de niña Mirna también.

Esta vez sí le aceptamos agua, y luego salimos.

La señora nos encaminó hasta la calle principal. Los doctores le habían dicho que era muy improbable que su hijo volviera a caminar, nos contó. Pero ella tenía fe.  

—Con oraciones cualquier milagro es posible —nos dijo.

Y pidió que por favor lo tuviéramos presente en nuestras oraciones, que no fuera la última vez que lo visitábamos.

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Nació en El Salvador en 1985. Poeta, narrador e investigador académico radicado en la Ciudad de México. Doctor en Estudios Latinoamericanos por la UNAM y miembro del Comité de Solidaridad con El Salvador en México. Ganador del VII Premio Centroamericano Carátula de Cuento Breve (2019) y de los Juegos Florales de El Salvador en poesía (2014 y 2015).