Confesiones de un chico que amaba la luna
3 octubre, 2026
Desde pequeño mostré una gran capacidad para hacer estupideces. Uno de los primeros dislates de mi infancia fue arrastrarme hacia atrás, en vez de gatear hacia adelante. En la medida que fui creciendo me enseñaron lo que era un círculo, un triángulo y un cuadrado. Sin embargo, cuando me preguntaban sobre la forma de la luna yo respondía que era cuadrada. Mi madre se preocupaba por mis respuestas y mi tío Miguel, su hermano, me pegaba con una regla en la mano cuando yo decía que la luna era cuadrada.
También me enseñaron la gama de colores y su significado. A los tres años ya sabía diferenciar el amarillo, el rojo y el azul, pero por alguna extraña razón yo siempre daba las respuestas equivocadas. Cuando mi tío Miguel me preguntaba de qué color era la luna yo decía que no tenía color. Mi tío Miguel me pegaba y volvía a preguntar lo mismo. Yo repetía que la luna no tenía color. Mi tío decía: ¡la luna es blanca, repítelo! Yo cambiaba de opinión y decía que era amarilla. Él decía ¡la luna es blanca, repítelo!, yo no sabía qué más decir. Mi tío me preguntaba por qué la luna no tenía color. Yo le decía que estaba enferma. Él me preguntaba por qué estaba enferma; yo no sabía que responder. Luego mi tío rompía su regla en mis manos. Fue de esa manera que aprendí a responder que la luna era blanca y redonda.
Seguí creciendo y mis estupideces crecieron conmigo. A veces me quedaba en mi cuarto, al borde de la ventana, mirando la luna como un tarado sin propósito en la vida. Una vez mi madre me preguntó por qué me gustaba tanto mirar la luna. Yo le decía que me gustaba porque parecía una cebolla, una hostia, un trozo de azúcar, un lirio, una canoa, un banano, una hamaca, el pico de un tucán y tantas cosas más. Mi madre no entendía mis comparaciones y las consideraba estúpidas.
Pasaron los años y alcancé mi adolescencia, la etapa más dura de mi vida. Tuve, desde la más temprana infancia, como venía diciendo, una tendencia a caerme, resbalarme o tropezarme con los objetos que me rodeaban. Mi sentido de la orientación siempre fue malo. Yo era tan idiota que ni siquiera hablaba con mis hermanos. Para mí 2 y 2 eran 5, siempre. Mi madre sospechaba de un posible autismo, pero cuando me sentó con verdaderos autistas me di cuenta que todos sabían tocar el piano, resolver problemas trigonométricos complejos o dibujar de lo más lindo; yo no.
Cuando me colocaron frente al piano me quité los zapatos y traté de tocarlo con los pies. Los profesores me dijeron que debía tocar el piano con las manos, pero como yo siempre fui un gran estúpido, nunca les hice caso. Luego me pusieron frente a un lienzo y lo primero que hice fue llenarme la cabeza de pintura y estrellarla contra la tela. Los profesores me consideraban cada vez más estúpido. No entendían mi comportamiento ni lo toleraban. Yo les decía que el pelo de mi cabeza era un gran pincel natural, pero ellos siempre me decían que no se pinta con la cabeza, sino con las manos. Y las manos sirven para sostener los pinceles, no para ponerme óleo en el pelo. En fin, mi madre se puso a llorar y mi tío Miguel no sabía qué hacer. Yo no encajaba ni siquiera entre los niños diferentes. No sabía resolver matemáticas, tocar el piano ni pintar. No sabía comunicarme.
Pero mi adolescencia fue la gota que rebalsó el vaso.
Me enamoré perdidamente de una muchacha que se parecía mucho a la luna. Era pálida, alta y delicada, su cabello era castaño como una pecana, su sonrisa era luminosa y yo no podía dejar de verla, era como un imán para mí. Empecé a tener problemas para concentrarme en las clases, estaba obsesionado con la niña que había llenado de sonrisas mi castigado corazón. La chica se llamaba Emma y era dueña de una singular inteligencia: daba siempre respuestas brillantes cuando el maestro la cuestionaba en el aula de clases. Me costaba creer que fuera real.
Mi madre visitaba la oficina del rector con alarmante frecuencia para preguntar cómo era mi comportamiento en el colegio. El rector mostraba preocupación por mi silencio, mi perfil cabizbajo y mi tendencia a mirar por la ventana los pinos norteños y los pajarillos de pecho rojo mientras los profesores impartían la clase. Sin embargo, como todo tiene sus límites en esta vida, mi madre dejó de visitar al rector, se acostumbró a mis disparates y me empezó a tratar como un hijo que se había convertido en un mal necesario para la familia. Yo, mientras tanto, seguía en mi mundo lleno de fantásticas estupideces: pensaba en Emma, pero no sabía cómo acercarme a ella, en realidad tenía miedo y sentía vergüenza de mí mismo. La amaba con el simple hecho de mirarla y no quería romper ese delicado cristal acercándome demasiado.
Pese a todo, Emma se convirtió en mi gran inspiración y logré armar un libro de versos para ella, lo titulé “PoEmmas”.
Cuando se lo mostré a mi profesor de gramática me dijo que no entendía una sola línea y me mandó a leer ejercicios de sintaxis. Yo esperaba consejos de su parte, pero al parecer mi libro le provocó urticarias porque me despachó con un gesto de repulsión muy elocuente. Yo seguí escribiendo versos para la muchacha de mis sueños. Emma se acostaba en la grama durante los recreos del colegio para ver las nubes mientras sus amigas jugaban con grandes argollas, se maquillaban, se decían secretos y desarrollaban habilidades sociales. Emma, sin embargo, encontraba en la forma de las nubes la respuesta a todas sus preguntas y eso me llamaba la atención de una manera sobrehumana.
Un día decidí que no podía seguir escondiendo mis versos. Busqué a Emma en todo el colegio hasta que la encontré tirada en la grama, bostezando. Su pelo castaño se derramaba en la hierba como la cola de una ardilla. Su mirada, clavada en las alturas, se fundía en el manso horizonte envuelto en remolinos de colores. De pronto sintió mi presencia y tembló del susto cuando me vio allí, de pie, frágil, al borde de un desmayo: luego clavó sus ojos negros en mis ojos pardos y le extendí mi libro de PoEmmas.
La chica frotó las letras y acarició las páginas del libro como quien sostiene a una paloma herida. Mientras Emma leía mis versos yo me sentía ridículo, cursi, de nuevo estúpido. Mi profesor de gramática había desdeñado mis poemas y entregárselos a Emma sin ninguna introducción fue como tirarse desde la cima de una jirafa sin paracaídas. Sin embargo, para mi sorpresa, Emma alzó la cabeza y me pidió que me acostara a su lado. El único roce entre nosotros era visual. Mi librito había creado un puente entre los dos y lo cruzamos por medio de la poesía. Cuando Emma terminó de leerlo dejó caer una sonrisa de agradecimiento sobre mi rostro desencajado. Le dije que su expresión me parecía pura luz, como la luna. Emma dijo que la luna era cuadrada y casi siempre estaba amarilla, enferma de amor…
Por primera vez en mi vida no me sentí estúpido.
Tomado del libro El silencio canta en mí (anamá, 2023)
William Grigsby Vergara. 1985. (Managua, 1985) es doctor en Comunicación por la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México, maestro en Estudios de Arte por la misma institución y licenciado en Diseño Gráfico por la Universidad del Valle de Managua, Nicaragua. Su trabajo se desarrolla en la intersección entre la literatura, el arte contemporáneo y la comunicación. Ha publicado los libros Poemas que amanecen (2025), El silencio canta en mí (2023) y El genio espiritual (2020), además de recibir la Mención de Honor en el Concurso Internacional de Poesía Joven Ernesto Cardenal (2005) y el Premio Nacional del Centro Nicaragüense de Escritores (2010). Actualmente es profesor de asignatura del Departamento de Letras de la Universidad Iberoamericana y colabora con IYOLOSIWA, donde desarrolla proyectos de formación comunitaria, comunicación y creación artística.