Crónicas americanas: De las muertas de Juárez a los suicidios de la Patagonia

1 octubre, 2007

Las crónicas, reportajes, investigaciones periodísticas, géneros mixtos y lo que se denomina “no ficción”, a falta de mejor nombre, disfrutan de un periodo de efervescencia en Latinoamérica, probablemente porque nuestra realidad alucinante no puede agotarse en los géneros narrativos de ficción; no obstante, continúan sin la legitimidad institucional y el mercado editorial que benefician a la novela, con la notable excepción de Argentina. Este no es el momento para ensayar una explicación, pero no hay que olvidar que la “no ficción” continental tuvo su bautizo de oro con la extraordinaria investigación Operación masacre (1957) del argentino Rodolfo Walsh. Ahora que la candidatura al premio Nobel del polaco Ryszard Kapuscinski pone nuevamente de relieve las complejas relaciones entre literatura y periodismo, hay que admitir que nuestra geografía literaria no cuenta con un parangón de semejante calibre. Muy pocos grandes escritores se han arriesgado en una empresa que, entre nosotros, sigue teniendo la coletilla de género menor. Cada vez me encuentro con más periodistas que me confiesan que pretenden escribir una novela o me muestran una bajo el brazo y muy pocos o ninguno que me dice que quiere hacer periodismo más allá de sus límites espaciales y estilísticos.

Desde Walsh, y aparte de él mismo y de García Márquez (Noticia de un secuestro, en especial), las innovaciones son escasas y lo que abunda son las compilaciones “cajón de sastre”, para tomar el título de un tomo de varia invención del mexicano Vicente Leñero. En este panorama, Carlos Monsiváis vendría a ser un ensayista cultural de excepcional talento; Cabrera Infante llevó el periodismo literario al límite de sus posibilidades estéticas, con casi todo lo que publicó después de La Habana para un infante difunto (1979), y Bryce Echenique (con Permiso para vivir) y Vargas Llosa (El pez en el agua) ficcionalizaron sus antimemorias  -¿periodismo de sí mismos?-.

En la tradición de Truman Capote y la escuela de The New Yorker, habría que mencionar a la mexicana Alma Guillermoprieto como de lo más interesante de los últimos tiempos (SambaAl pie de un volcán te escribo y el reciente La Habana en el espejo, 2004), junto al mexicano Juan Villoro (Dios es redondo, 2006) y el argentino Martín Caparrós (El Interior, 2005, entre otros títulos suyos), en el campo de la crónica “de larga distancia”, para decirlo con un título de este último.

Es por todo lo anterior que me parecen especialmente significativos títulos como Huesos en el desierto del mexicano Sergio González Rodríguez y Falsa calma de la argentina María Sonia Cristoff, los cuales, de un extremo al otro del continente, de la frontera con Estados Unidos a lo más sur del sur, testimonian un mundo de novela que sin embargo es real. No pretendo equiparar ambos libros, por supuesto, aunque sí compararlos, ya que expresan la diversidad y complejidad estilística en que se revela lo real en el contexto actual de la literatura latinoamericana.

Una vez le pregunté a Monsiváis dónde había proferido su célebre epíteto de que México era una ciudad “postapocalíptica” y me contestó, después de dudarlo, que en un periódico o en una entrevista (o tal vez de pasada en una conferencia, un programa televisivo o radiofónico). Los géneros de “no ficción” –de la paraficción- interpretan la necesidad de capturar el inaprensible presente de formas a veces tan antagónicas y diferenciadas que no siempre es posible leerlos bajo el mismo prisma. Esta pluralidad refleja el hecho de que no nos topamos con un mundo latinoamericano o con una sola idea de él sino con mundos diversos y paralelos, con una posmodernidad cuya característica principal es el exceso de realidad, la sobreinformación, saturación e hiperrealismo de los medios directos, y con la virtual imposibilidad de crear metáforas unificadoras que hagan coincidir las fábulas narrativas con las realidades que se pretenden recrear y trascender.

En el mundo del reality show y de las novelas-mensajes de texto por teléfono celular –o viceversa-, en el que todo pasa por real –demasiado real-, ¿cómo hacer creíble lo imaginario?, especialidad de la literatura occidental desde La Divina Comedia El Decamerón, cuando la imaginación se pretendía más real que la realidad. O, lo que es lo mismo, en el mundo de la ficcionalización absoluta –del docudrama a la realidad virtual-, ¿qué espacio le queda a la ficción en la representación de lo real? Para decirlo en términos de la teoría del caos, ¿cómo puede comprenderse un mundo no lineal por medio de un universo ideal? –como el que crea la narrativa realista-.

La respuesta son varias y múltiples respuestas: los géneros o estrategias discursivas en los que la ficción, aunque lo sea, no parece serlo. Es decir, la inexactamente denominada “no ficción” no es la antificción sino el campo ampliado –la ampliación del campo de batalla- de la ficción, la novela por otros medios. Ya lo dijo García Márquez -que algo sabe de eso–, “La mejor fórmula literaria es siempre la verdad”. O parafraseando a Cabrera Infante: “real es todo lo que se lea como tal”.

Un descenso documentado a los infiernos

Huesos en el desierto no es un libro cualquiera. En el 2006, se publicó la tercera edición y primera impresión mexicana de una investigación periodística que es lo más exhaustivo que se ha escrito sobre las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, México, y que inspiró la novela-saga 2666 del chileno Roberto Bolaño. Desde su publicación original, en el 2002, le ha granjeado a su autor palizas, amenazas y mensajes de advertencia que no pueden tomarse a la ligera en el país en el que se asesinan más periodistas al año en Latinoamérica y tal vez en Occidente. Para entender su trascendencia, basta recordar que al salir de su cautiverio de ocho años, en agosto pasado, la austriaca Natasha Kampusch tuvo una palabra de consuelo para las mujeres de Juárez y dijo que quisiera consagrar su vida, su segunda vida, a ayudarles. Sólo leyendo el libro de Sergio González Rodríguez se entiende el por qué de este impacto planetario.

Los asesinatos de Juárez han dado pie a numerosos reportajes y artículos, entre ellos los de Alma Guillermoprieto, y algunos otros volúmenes excepcionales como Cosecha de mujeres. Safari en el desierto mexicano (2005) de Diana Washington Valdez, porque no estamos hablando de homicidios aislados o casuales sino de un genocidio en forma, en el que se une el horror del serial killer con la lógica de la aniquilación planificada –y de su correspondiente impunidad-, donde se confabulan el control social de la población, por la vía del terror simbólico y la masacre directa, la violencia indiscriminada contra la mujer, el narcotráfico –el cártel de Juárez- y la corrupción y complicidad del Estado mexicano, del PRI y del PAN. No estamos hablando del mal sino del sistema del mal en la sociedad mexicana, en un lugar en el que se borran las fronteras y se pierden las huellas del mal. La mera frase “violencia contra la mujer” es risible en una tesitura en la que las palabras se quedan cortas. Es mucho peor que eso: si no es la exterminación de “todas las mujeres” en la frontera, en esa tierra de nadie entre Estados Unidos y México que son las maquiladoras y los inmigrantes en busca de trabajo, sí es la exterminación de un cierto tipo de mujeres con una eficacia que crispa el espinazo del diablo.

En este punto podríamos detenernos y preguntarnos por qué Ciudad Juárez ha recibido y recibe tanta atención y no la situación similar que sufre Guatemala, que quizá estadísticamente sea peor. Bien, son las irregularidades en la geografía de la marginalidad latinoamericana. Las muertas de Guatemala ni siquiera tienen el consuelo de la denuncia pública, la investigación periodística, la literatura y la memoria. Es el colmo de la marginación: muertas invisibles.

Huesos en el desierto es un libro de referencia por numerosas razones. Para decirlo en corto, es tanto una reconstrucción notarial de los hechos como un concienzudo cotejo crítico de los casos, testimonios, investigaciones precedentes y documentos de las más diversas y autorizadas fuentes sobre los asesinatos en serie de Ciudad Juárez.

González Rodríguez, uno de los mejores periodistas investigadores y escritores de la última generación mexicana, explora las versiones oficiales e hipótesis explicatorias –en su mayoría peregrinas, cuando no absurdas-, que se han bosquejado por parte de las autoridades, los chivos expiatorios, las diversas líneas de investigación policíaca, tanto oficiales como extraoficiales, los esfuerzos de ocultamiento, manipulación, negligencia o descuido, la connivencia entre autoridades, grupos de poder y criminales y la reiteración –como si se tratara de un mapa genético- de los mismos nombres, círculos íntimos, familias poderosas y redes de poder que se reproducen en ámbitos como el narcotráfico, el narcosatanismo, el contrabando, el crimen organizado, la policía corrupta, el ejército, la plutocracia local y la política estatal y federal –especialmente en la administración de Vicente Fox y del PAN-.

El horror sin metáforas

Los hechos: desde 1993 han sido secuestradas entre 500 y 1000 mujeres en Ciudad Juárez y de ellas han aparecido asesinadas más de la mitad –hasta ahora, entre 400 y 500-, en su mayoría bajo un mismo patrón que hace pensar en la acción de varios psicópatas: desnudas, con rasgos de tortura, violación, mutilación, signos de una aberrante violencia sexual –que harían palidecer a Hannibal Lecter y El silencio de los corderos– y estrangulamiento. Estas características comunes se extienden al tipo de secuestros, que se producen en los mismos lugares del centro juarence, sin testigos ni evidencias, y a la aparición de los cuerpos, que se encuentran en lotes baldíos, a la orilla de carreteras desoladas y en fincas relacionadas con grupos poderosos o con el narcotráfico. Las víctimas siempre son niñas, adolescentes y mujeres jóvenes de bajos ingresos, inmigrantes y trabajadoras de la maquila, sin relaciones económicas o políticas como para que su tragedia sea advertida por nadie más allá de su familia.

Menos del 20 por ciento de los casos ha sido resuelto e incluso ese resultado se cuestiona en el país de la impunidad, como llama González Rodríguez a México. Abogados defensores -de las víctimas y de los chivos expiatorios-, investigadores independientes, expolicías que han querido apartarse de la línea oficial, activistas de derechos humanos, testigos y periodistas han sido asesinados o amenazados a raíz de su vinculación con la búsqueda de la verdad.

En el libro, este panorama se nos muestra bajo la óptica de un esfuerzo interpretativo por conocer las causas estructurales e históricas de la mortandad, si es que puede haberlas: la historia de sangre y muerte de una ciudad fronteriza, la desolación lunar del desierto –que nos remite a una dimensión desconocida en la que el páramo casi que conspira contra la vida humana-, el clima de permanente tensión que se respira en los bajos fondos de Ciudad Juárez y de Chihuahua, la liberación femenina en ruta de colisión contra la cultura del macho agresor y el autoritarismo patriarcal, la economía despiadada de la maquila, el poder transfronterizo del narcotráfico –un estado dentro del estado, un poder que se convirtió en el power-, el narcosatanismo a lo Perdita Durango, los rituales de la Santa Muerte y la combinación explosiva de estos factores en un lugar, la frontera, donde todo es posible, y la vida no vale nada, como en la canción ranchera de José Alfredo Jiménez.

“La música de heavy metal invade la calle desde las potentísimas bocinas interiores de algún vehículo, se estrella en el abdomen de los transeúntes o se entreteje con el espesor de batalla, desplante y teatro del ocio urbano en esta frontera. A un lado, corren riachuelos del drenaje descompuesto, el agua maloliente y el polvo en costras recala contra las aceras o los muros. La decadencia y la novedad se ayuntan. Un olor dulzón, añejo, se apropia de la noche entremezclado con el de la gasolina, la marihuana o el humo del escape de los cientos o miles de vehículos que allí transitan”, es uno de los párrafos antológicos del narrador González Rodríguez. Pero ese no es el tono que predomina en el volumen sino el de una disección del infierno en versión mexicana, un documentado Bajo el volcán en los tiempos de Fox y del PAN –que han superado en todo al PRI y a quienes se les podría aplicar lo que le decía un ministro a Luis XIV: “No se preocupe, majestad, los liberales en el poder no son tan liberales”-.

Nos queda la memoria, ya estamos muertos

Lo más extraordinario del volumen y del estilo de González Rodríguez es su contención, su negativa a ceder ante las tentaciones de la crónica roja y de la retórica sensacionalista, su negativa a ponerle colores al terror y metáforas al horror, para decantarse en un testimonio moral de arriesgado valor en cualquier época. No en balde la portada es en blanco y negro, las referencias bibliográficas incluyen a Leonardo Sciascia –que dedicó su vida y su literatura a entender a Sicilia y la mafia- y el título parece ser el último resto de la memoria o de la desmemoria: Huesos en el desierto. En el país de la impunidad perfecta, en el continente más desigual del mundo, nadie nos asegura que ese no será el destino final de las muertas de Juárez.

González Rodríguez realiza una investigación impecable, no la escribe como una autopsia, pero sí a veces como un testamento. En el epílogo del libro nos dice: “Por lo mismo, recuerda, me dije. Ya eres parte de los muertos y de las muertas. Te inclinas ante ellos y ellas. Recuerda, sí. Por ahora, sólo recuerda, aunque en estos tiempos parezca excesivo y hasta impropio recordar. Que otros sepan lo que recuerdas. Y puedan leer lo anotado con tinta roja para entender lo escrito en color negro. Tengo una certeza: contra la nada, perdurará el destino. O la memoria. Al fin y al cabo, la vida de cada quien es un desafío misterioso en aquello que nos sobrevivirá”.

A pesar de su talento como narrador, que podría haberlo llevado por otros caminos, o a escribir una crónica incendiaria o una novela barroca con estos mismos materiales, González Rodríguez no se aparta un ápice de su responsabilidad de rendir cuentas –y no cuentos- ante su destino. En vez de cubrirse con la gloria literaria, se cubre con las voces de los acontecimientos y de las mujeres muertas de Juárez para conducirnos a una inapelable sentencia: los responsables están libres, han sido protegidos por las autoridades locales, regionales y federales, los cadáveres ahora aparecen menos porque se deshacen de muchos de ellos por métodos espeluznantes y la trama involucra a psicópatas, sicarios,  narcotraficantes, policías y expolicías, grandes personajes, familias y grupos empresariales a ambos lados de la frontera, en una maquila de muerte de proporciones gigantescas y todavía difícilmente asimilables.

maria sonia cristoff
foto rafael yohai

Del otro lado del espejo

María Sonia Cristoff nació en Trelew –pueblo de Luis, en galés, por su fundador, Lewis Jones-, provincia de Chubut, hija y nieta de inmigrantes búlgaros, y ha dedicado su talento de cronista a desentrañar el misterio de la Patagonia en artículos propios y recopilaciones de viajeros y exploradores de la Argentina. Falsa calma. Un recorrido por pueblos fantasma de la Patagonia es hasta el momento su libro más importante; es, por un lado, un regreso a una Patagonia que le fue familiar, hasta que la abandonó por Buenos Aires, y por el otro una mirada extrañada ante una realidad desconocida. El contraste entre estas dos visiones, entre la proximidad y la lejanía, es lo que hace conmovedor el libro, de una intimidad pocas veces lograda en una crónica: por experiencia o por intuición, Cristoff sabe dónde indagar, qué preguntar, hasta dónde llevar la indagación personal detrás del secreto de cada personaje, de cada situación retratada, sea un piloto aficionado, la hija de un alemán y una india tehuelche, una niña que se hace cargo de sus hermanos, una vidente, hasta que nos olvidamos de que, según se nos ha dicho, estamos en un episodio real y lo leemos como una colección de historias.

Lo primero que sorprende es que Falsa calma no parte de una búsqueda documental sino interior. Y eso lo hace profundamente contemporáneo. De la Patagonia no llegamos a saber casi nada de tipo factual o estadístico, tipo Almanaque mundial, y al principio eso puede desorientar al lector inadvertido, que poco a poco se aclimata a unas vidas íntimas que podrían acontecer en una estación espacial dada su característica primordial: el aislamiento, la soledad, la melancolía que guardan todos los confines. ¿Solaris 2001: odisea del espacio en la orilla de la Tierra del Fuego?

En  Huesos en el desierto la desolación proviene tanto de las tierras baldías como de la miserable promiscuidad entre inmigrantes, maquiladoras, centros urbanos en decadencia  y una criminalidad a flor de piel; en Falsa calma, como su nombre lo indica, “la procesión viene por dentro” y la permanente tensión entre paisaje, hombres y mujeres carcome los nervios, horada la estabilidad psíquica y emocional y nos embriaga con ese sopor entre catártico y enloquecedor que producen las alturas.

La autora olvida los “datos básicos” –de los que peca el periodismo fáctico- no sólo porque sea el camino fácil sino porque su propósito es, precisamente, desmentir los mitos paradisíacos de la Patagonia. Cristoff parece decirnos: Patagonia es otra cosa, es extraña, pero lo es bajo la superficie de los glaciares, donde habitan los dramas humanos, más allá de los lagos espejeantes, las minas desoladas, los “pintorescos” pueblos fantasma y el cielo de vértigo, y no en los cuadros de referencias estadísticas de la Patagonia exótica. Si es el mejor lugar sobre la tierra, según las guías de viaje, entonces, ¿por qué se suicidan los jóvenes?, tal y como lo hacen en una proporción aterradora en pueblos como Las Heras.

La violencia en las antípodas

Su método de exploración es meterse dentro de sus seres, en la piel que está debajo de la piel, y contarnos historias por momentos tan sinceras y asfixiantes que el ritmo de lectura se convierte en el ritmo vital de la Patagonia –al menos de ésa, la de Falsa calma– y sentimos, como lectores, lo mismo que ella está sintiendo como autora. Si se quiere, es el método contrario al que utiliza González Rodríguez, pero no menos efectivo. En todo caso, Cristoff puede hacer de su estilo moroso, acompasado y a ratos desesperante, la respiración de esa vida cotidiana en la que nos metemos; González no puede jugar así con un tema urgente que le quema las manos– y la vida-.

Cuando dejamos de leer, es porque María Sonia se da una pausa, un paseo por esa atónita desolación que habita entre la tierra pelada y el cielo espléndido y, sin decírnoslo expresamente, nos describe “la especie de hipnosis que provoca esta meseta. Creo que proviene de una mezcla compuesta por la aparente monotonía del paisaje, el viento constante y la brutal presencia del cielo”. Una hipnosis, por supuesto, de la que queremos escapar y no podemos, y algunos terminan evadiéndose con una soga alrededor del cuello, saltando de un vacío a otro.

La mitad del libro narra esa monotonía desde el punto de vista de los personajes y de ese otro personaje que nos abre la puerta de los pueblos y de las casas, que es el autor, y que nos cuenta la manera en que se subsiste en las antípodas, al final del mundo conocido. Monotonía en un lugar donde la línea del horizonte y la naturaleza parecen controlarlo todo, sin fin, sin escapatoria, y a la vez acumula los mismos problemas que cualquier comarca del Tercer Mundo: violencia intrafamiliar, abandono, depresión, disolución de los vínculos, desempleo, falta de oportunidades, precariedad social, dependencia de las compañías transnacionales, destrucción de la sociedad tradicional, incomunicación, choque generacional y desesperanza ante el futuro –o pérdida del sentido social del futuro-.

Entre la civilización y la barbarie

El mundo que nos retrata es el de un lugar fuera de la civilización, aislado, perdido, y a la vez víctima de las mismas contradicciones de una modernidad inconclusa, que nunca suplantó del todo la barbarie; que la pospuso, a veces a costa de su cultura o de su naturaleza o de la posibilidad de construir una sociedad justa –el exterminio de los indígenas, la explotación minera y petrolera, la terrible experiencia de los inmigrantes de fundar una nación en el límite de la tierra-, y que ahora resurge con fuerza, desde adentro, y se queda dentro, en el interior de la melancolía permanente que protege la Patagonia. Por encima de todo subsiste esa inclemente monotonía que vigila desde el cielo como un ojo insomne: “Día y noche. Día y noche. Día y noche”, como se nos dice en la última frase del libro.

Si en Huesos en el desierto la violencia es exterior, en Falsa calma la violencia es silenciosa, no se oye, habita dentro de las cosas y de las personas. Cristoff la desnuda de una manera magistral en la segunda parte del libro y de forma obsesiva en los tres últimos capítulos -80 páginas de un total de 221-, que son los mejores, y donde se precipitan unas historias de vida –reales o no- de aplastante, definitiva honestidad, contadas en un tono de  amiga íntima en una noche de confesiones inapelables.

Al mismo tiempo, la autora se confronta consigo misma, con la propia monotonía que probablemente la expulsó a ella también de la Patagonia: “La atención fijada en el detalle parece también formar parte de la receta para sobrevivir cuando no hay nada que mirar ni lugar adonde huir ni pensamiento que no derive en tormento”. Y es donde el relato se entremezcla con un diario personal sobre el proceso de la escritura –que nos salva de la monotonía y nos ayuda a sobrevivir- y sobre los grandes solitarios como Thoreau, T.E. Lawrence, Saint-Exupéry y Chatwin, viajeros ellos mismos, quienes emprendieron por su cuenta y riesgo el trayecto hacia su propia Patagonia, hacia la gran soledad, y lo dejaron por escrito como un legado imperecedero a los solitarios del futuro.

La ficción de América

El estilo intimista de Cristoff, que nunca llega a una descripción desligada de una percepción general del entorno, que nos sumerge en una atmósfera a veces de pesadilla, entre adolescentes que se suicidan, viejas que deliran y que acusan a sus enemigos de meterse dentro de sus sueños, mujeres indígenas que se enfrentan con el mundo o que reivindican la condición humana en cada acto cotidiano, en medio de unas circunstancias extremas, de una dureza alucinante, de una irrealidad naturalista, nos lleva a preguntarnos: pero, ¿en verdad esto es una crónica? ¿Es posible llegar tan hondo en la indagación de otro ser humano sin caer en la ficción?

Falsa calma, al desmentir esa imagen de tarjeta postal de la Patagonia, o quizá convertirla en una realidad de cuatro dimensiones,  nos remite al malentendido original de América y a la metáfora que le dio origen. Patagonia nació de un mito, y América también. Y es un mito que sigue existiendo en el turismo de masas y el imaginario colectivo universal: un continente que es un paraíso encantado fuera del tiempo. Pero sobrevivir a un lugar intemporal es imposible, sobre todo si el ciclo mítico se trocó en el reloj descompuesto de la modernidad y su sarta de preguntas sin respuesta: pobreza, discriminación, desigualdad y todo lo que convierte las antiguas poblaciones patagonias, nacidas con el furor poblacional, minero, textil o petrolero, en pueblos fantasma.

El libro nos recuerda una Latinoamérica presa entre los cabos sueltos del pasado y las ataduras del presente. De Huesos en el desierto, el genocidio mafioso del siglo XXI, a Falsa calma, el paraíso visto desde el sótano asfixiante de la intimidad, se abren no sólo nuevas dimensiones de una realidad ya de por sí compleja y múltiple, sino prometedoras alternativas estilísticas, estéticas y morales para contarla y llevarla hasta la realidad de los lectores. “…recuerda… Ya eres parte de los muertos y de las muertas. Te inclinas ante ellos y ellas. Recuerda, sí. Por ahora, sólo recuerda…” Recuerda.


Huesos en el desierto de Sergio González Rodríguez. Barcelona, Anagrama, 2006. Colección Crónicas. Tercera edición actualizada.

Falsa calma. Un recorrido por los pueblos fantasma de la Patagonia de María Sonia Cristoff. Buenos Aires, Seix Barral, 2005. Colección Crónicas.         

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San José, 1962.
Es periodista, escritor y ensayista. Ha publicado ocho libros de poesía en Costa Rica, Guatemala, México y España y en el 2004 recibió el Premio Mesoamericano “Luis Cardoza y Aragón” por Autorretratos y cruci/ficciones (CONACULTA, México, 2006).

En 1999 publicó en México su novela Cruz de olvido, que obtuvo el premio nacional de novela en Costa Rica y se reeditó en España en el 2008. Es autor de las novelas Tanda de cuatro con Laura (2002), del ensayo-ficción La gran novela perdida. Historia personal de la narrativa costarrisible (2007) y del libro de cuentos La última aventura de Batman (2010), premio nacional de cuento.

En el 2010 fue incluido por la editorial francesa Gallimard en la antología de cuentos Les bonnes nouvelles de l’Amérique Latine.