Sergio Ramirez, escritor nicaraguense. Managua 19 de abril de 2017. FOTO LA PRENSA/Lissa Villagra
Sergio Ramirez, escritor nicaraguense. Managua 19 de abril de 2017. FOTO LA PRENSA/Lissa Villagra

Copa de borde quebrado (Sesenta años de la masacre del 23 de julio de 1959)

25 julio, 2019

Tenía dieciséis años cuando salí de mi pueblo natal, Masatepe, para matricularme en la Escuela de Derecho en León en el año de 1959. Mi padre, que me acompañó en aquel viaje, había trabajado toda su vida para que mis cuatro hermanos y yo fuéramos a la universidad, y nunca dudó que yo sería abogado. Yo sí tenía esa duda.


León, copa de borde quebrado
Que me hieres si te acerco
a la boca de mi alma…
Salomón de la Selva

Tenía dieciséis años cuando salí de mi pueblo natal, Masatepe, para matricularme en la Escuela de Derecho en León en el año de 1959. Mi padre, que me acompañó en aquel viaje, había trabajado toda su vida para que mis cuatro hermanos y yo fuéramos a la universidad, y nunca dudó que yo sería abogado. Yo sí tenía esa duda. Un compañero de Niquinohomo en la secundaria, Rolando Avendaño, se fue a estudiar periodismo a Chile y yo hubiera querido seguir su camino, pero cuando se lo insinué a mi padre reaccionó airado, diciéndome que ésa no era ninguna profesión. Yo debía ser médico o abogado; como la medicina no me gustaba, sólo me quedaban las leyes. No estaba en capacidad de discutir y quizá fue el destino el que me llevó a la única puerta disponible para que yo la abriera: la Universidad de León, y así llegué a ser el primero que obtenía un título universitario entre mis 56 primos.

Acababa de triunfar la revolución cubana y en Nicaragua sólo se hablaba de la lucha armada contra Somoza. Cuando llegué a León en mayo de aquel año, había una gran agitación política y la Junta Universitaria anunció que pospondría la entrada a clases “por precaución” porque se había dado el desembarco en Olama y Mollejones de un grupo de opositores a Somoza, encabezados por Pedro Joaquín Chamorro. Se entrenaron en Costa Rica con el apoyo de José Figueres en un lugar de la costa del Pacífico llamado Punta Llorona, y prepararon dos desembarcos en puntos diferentes, en dos viajes de un viejo avión de carga.

PUNTA LLORONA, Cosa Rica (mayo 1959). en cuclillas, de izquierda a derecha: Pedro Joaquín Chamorro, Luis G. Cardenal, Amán Sandino. De pie: Padre Federico Arguello, Reynaldo Antonio Téfel, mayor Freddy Fernández y José Medina Cuadra. cortesía de Roger Mendieta alfaro.

El avión dejó a un grupo de sesenta guerrilleros en el llano de Olama y a otro grupo similar en Mollejones, ambas opciones pésimas desde el punto de vista militar. La operación fue un desastre, y los rebeldes fueron capturados.

Las clases finalmente se abrieron con quince días de retraso. A finales de junio, se dio otro intento, que contaba con el apoyo del Che Guevara. En una operación combinada de la Guardia Nacional de Somoza y del ejército hondureño, cercaron el campamento que los guerrilleros tenían en El Chaparral, en territorio de Honduras, y antes de que pudieran entrar a Nicaragua los masacraron.  Carlos Fonseca, participante de esa expedición, que había sido herido en un pulmón y llevado a un hospital de Tegucigalpa, se corrió entonces por muerto.

Héroes del Chaparral. Segundo de izq. Carlos Fonseca Amador

En la universidad se encresparon los ánimos y empezó una etapa de grandes protestas callejeras, principalmente por la supuesta muerte de Carlos Fonseca. La masacre del Chaparral habrá sido el 29 de junio, y a partir de entonces todos los días había una manifestación. De repente y sin mayor conciencia, ni hacerme reflexiones, yo también estaba en las calles. Comencé a pertenecer a otro mundo, a una nueva realidad de protesta constante, distinta al ambiente de donde yo venía, porque mi familia era toda ella leal al partido liberal, que era el partido de los Somoza.

En el primer recuerdo sorpresivo de esos días que tengo de mí mismo, estoy subido en una balaustrada de la puerta de la iglesia de La Merced, arengando a los estudiantes. Había misas en la iglesia del Calvario, el cura de esa iglesia, el padre Marcelino Areas, era simpatizante nuestro, de ahí salíamos en manifestación, y las verduleras y los marchantas del mercado municipal se nos juntaban al paso. Levantábamos a la gente y a veces llegaban a sumar trescientas o cuatrocientas personas. Hasta que llegó el 23 de julio de 1959.

Ese día estaba programado “el desfile de pelones”, una novatada que a mí ya no me tocó en la forma tradicional que tenía y que era como un carnaval; a los estudiantes primerizos, rapados por los veteranos desde el día en que llegaban a matricularse, les pegaban plumas de pollo en la cabeza, los vestían de mujer, los emborrachaban y los subían en carretones para pasearlos con música por las calles. Era denigrante pero ese era el bautizo.

Ese año la dirigencia estudiantil decretó que por la masacre del Chaparral, se haría un desfile de duelo en lugar de un carnaval. Se pidió que todo el mundo llegara con corbatas negras y las mujeres de luto. A las tres de la tarde nos concentramos en el Paraninfo, ahí donde se celebraban los actos solemnes. Quitamos de sus sitiales la bandera de Nicaragua y la bandera de la universidad, y con ellas por delante  comenzamos a desfilar.

Diálogo estudiantes y guardia en León.

El cuartel departamental de la Guardia Nacional estaba a dos cuadras de la universidad, en una de las esquinas de la plaza central de León. En la esquina de la Casa Prío, cuando nosotros avanzábamos desde la calle real desde el oeste, nos esperaba un pelotón de soldados para cerrarnos el paso. En otras ocasiones, los dirigentes estudiantiles negociaban con el mayor Anastasio Ortiz y los dejaba pasar. Pero esa vez la orden era infranqueable: teníamos que dar marcha atrás.

Al final se acordó con el mayor Ortiz que nosotros retrocederíamos un paso y ellos otro, y que cuando estuviéramos a una distancia de cien metros, regresaríamos a la universidad y ellos a su cuartel. Entonces, cuando íbamos llegando a la Iglesia de la Merced, junto al edificio de la universidad, nos llegaron a decir que habían capturado a seis o siete dirigentes estudiantiles.

Por el parque de La Merced venía un guardita que andaba franco, desarmado pero vestido de militar. Fernando Gordillo, que fundó junto conmigo la revista Ventana, lo agarró y se sumaron todos los demás para capturarlo como rehén. Era como una película muda, no teníamos conciencia de que algo muy grave empezaba a ocurrir. El guardia no sabía qué hacer y nosotros gritábamos que mientras no soltaran a los presos, no lo liberaríamos. Llegaron corriendo tres guardias armados con fusiles Garand disparando al aire. Cuando mis compañeros oyeron los balazos, lo soltaron.

Al volver a la calle que va desde la universidad a la esquina de la Casa Prío,  cerrada por el pelotón ahora de ese lado, supimos que ya habían liberado a los estudiantes y, dándole la espalda al pelotón, comenzamos a caminar con las banderas por delante, de regreso otra vez a la universidad.

Yo iba por la banda izquierda y, pocos segundos después, escuché el estallido de una bomba lacrimógena. Vi correr por el pavimento otras latas rojas humeantes que estallaban entre una humareda. Todo el mundo gritaba: “agua de limón”, porque se suponía que contrarrestaba los efectos del gas. Oí los primeros disparos de los fusiles Garand y comencé a correr. A escasos metros me topé con la puerta de servicio del restaurante El Rodeo. Empujé la puerta y cedió. Oí el tableteo de una ametralladora y seguían las descargas de los fusiles. Subí a la segunda planta, donde vivía la familia Paniagua, dueños del restaurante. Había ahí tres niñas en una cama, acompañadas de una empleada. “Estamos solas aquí”, me dijo la mujer con voz temblorosa. Las niñas estaban aterrorizadas.

Huelga de estudiantes

En una absoluta inconsciencia, me asomé por el balcón y vi que los soldados estaban colocados en tres posiciones: de pie, de rodillas y otros acostados en el suelo, todos con los fusiles humeantes. El de la ametralladora de trípode estaba en la esquina de la Librería Recalde, en la banda izquierda. El aire otra vez se había vaciado para mí de sonidos, todo estaba en sordina. En la banda derecha había un montón de cuerpos tendidos y la sangre corría en las cunetas. Alguien gritaba: “¡una ambulancia!, ¡una ambulancia!”.

Pregunté a la mujer que acompañaba a las niñas si había un teléfono, pero no tenían. Vi llegar a un cura que bendecía a un herido, era un cura norteamericano que de casualidad estaba en León, porque viajaba en un barco que había hecho estación en el puerto de Corinto, creo que se apellidaba Kaplan. En ese momento escuché la sirena de las ambulancias y, desde el balcón, vi que la guardia no las dejaba pasar. Fernando Gordillo, mi amigo, envuelto en la bandera de la universidad, comenzó entonces a marchar sólo, de frente, ofreciéndole su pecho al pelotón de soldados.

Esto, que ahora recuerdo, Fernando caminando hacia los soldados envuelto en la bandera, pareciera un sueño. Bajé corriendo, le grité que se detuviera. No me hizo caso, no me oía. El pelotón en ese momento comenzó a retroceder de espaldas hacia el cuartel, dándole paso a las ambulancias. Erick Ramírez, “pelón” como yo, mi compañero de banca, originario de Chichigalpa, estaba tendido en el suelo. Tenía un orificio en la espalda. Me arrodillé a su lado para decirle que lo llevaríamos al hospital. Cuando lo volteé vi que tenía el pecho desflorado por el balazo. La cuenta total fueron cerca de setenta heridos y cuatro muertos.

Empezamos a subir a los heridos y a los muertos en taxis y en vehículos particulares estacionados en la calle y que manipulamos para encenderlos, para llevarlos al hospital. Era la primera vez que entraba a una morgue. Ahí descubrí sobre una de las losas a otro “pelón”, también compañero de banca: Mauricio Martínez, de Chinandega. Los que se sentaban a mi lado, en la primera fila del aula, Erick y él, estaban muertos sobre las losas, esperando para ser lavados con una manguera. También José Rubí, el presidente de la Asociación de Estudiantes de Medicina, que era de El Viejo, y Erick Saldaña, de Masaya, otro estudiante de medicina.

Para los hospitalizados se requería sangre. Me fui en un taxi con otros estudiantes a la Radio Atenas en busca de hacer un llamado en los micrófonos a la gente para que fuera a donar sangre. Entró al estudio una patrulla de la guardia encabezada por el teniente Villavicencio, un compañero mío de aula, y me dijo que tenía órdenes de impedir que se siguieran transmitiendo los llamados. Todo León, una ciudad de sesenta mil habitantes, estaba enterada de lo sucedido pero Villavicencio insistía que no se podía divulgarse la noticia de la masacre, ni siquiera pedir sangre.

Regresé al hospital y en la avenida Debayle encontré una caravana de seis ambulancias del Hospital Militar de Managua que enviaba el presidente Luis Somoza. Venían desde Managua con plasma y con médicos especialistas y traumatólogos. En la primera ambulancia, venía también monseñor González y Robleto, Arzobispo de Managua. Cuando llegué al portón del patio del hospital, comenzaron a bajarse las enfermeras vestidas de blanco y los médicos de gabacha.

Los estudiantes estábamos concentrados en las puertas del hospital y ahí se armó un motín tremendo. Eran cuatrocientos o seiscientos estudiantes empujando las ambulancias para voltearlas y pegarles fuego. No olvido la cara de terror del arzobispo detrás del vidrio de la ventanilla, un anciano somocista empedernido, al punto de haber declarado al viejo Somoza “príncipe de la iglesia” a su muerte, menos de tres años atrás. Joaquín Solís Piura, el presidente de los estudiantes, un hombre muy sereno, ahora mi médico y gran amigo, fue quien nos hizo entrar en razón. Sabía que si quemábamos las ambulancias, la situación se agravaría. Al fin el personal médico volvió a subirse, y las ambulancias retrocedieron. A unos pasos de ahí, había una caseta de madera de la Guardia Nacional, de esas que controlaban el tráfico de los vehículos, y ésa sí fue quemada.

Más tarde de esa noche, Rolando Avendaño, el amigo que se había ido a Chile a estudiar periodismo pero había regresado para matricularse en derecho, me propuso que hiciéramos un periódico sobre la masacre, y fuimos a encerrarnos a una pieza de “La casa del estudioso”, donde él vivía, y amanecimos trabajando en la redacción de las notas. No recuerdo bien si fue Extra el nombre de ese periódico único que se imprimió de manera clandestina en un taller tipográfico de León, con titulares en rojo.

Funerales, julio 1959

Como estaban dando por la radio la lista de los muertos y heridos, la oyó en Managua mi tío Gustavo Mercado, que era gerente de una compañía pasteurizadora de leche de la que el socio mayoritario era Luis Somoza. Como uno de los muertos era Sergio Saldaña y otro era Erick Ramírez, él creyó escuchar “Sergio Ramírez”. Sin avisar nada a mis padres, él y su esposa Lolita emprendieron el camino a León llevando una mortaja. La guardia no lo dejó pasar.

Aquella masacre cambio para siempre mi vida, y me identifiqué con aquella generación convencida de que en el país debía haber un cambio profundo, no sólo quitar a Somoza sino derrocar por medio de la lucha armada al sistema. Ese fue el germen que se incubó en nosotros, la generación de la autonomía, la que veinte años después, en otro mes de julio, lograría el triunfo de la revolución.

(Este texto es parte de una charla en el Ayuntamiento  de Zaragoza,  España, Septiembre  de 2004).

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Escritor nicaragüense. Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes 2017. Fundó la revista Ventana en 1960, y encabezó el movimiento literario del mismo nombre. En 1968 fundó la Editorial Universitaria Centroamericana (EDUCA) y en 1981 la Editorial Nueva Nicaragua. Su bibliografía abarca más de cincuenta títulos. Con Margarita, está linda la mar (1998) ganó el Premio Internacional de Novela Alfaguara, otorgado por un jurado presidido por Carlos Fuentes y el Premio Latinoamericano de Novela José María Arguedas 2000, otorgado por Casa de las Américas. Por su trayectoria literaria ha merecido el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso, en 2011, y el Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria en Idioma Español, en 2014. Su novela más reciente es Ya nadie llora por mí, publicada por Alfaguara en 2017. Ha recibido la Beca Guggenheim, la Orden de Comendador de las Letras de Francia, la Orden al Mérito de Alemania, y la Orden Isabel la Católica de España.