Caín huyendo del cadáver de Abel - William Blake
Caín huyendo del cadáver de Abel - William Blake

El Archivo testimonial en la memoria fragmentada. Insensatez de Horacio Castellanos Moya

11 octubre, 2021

“Yo no estoy completo de la mente…”

(Palabras de un indígena kaqchikel que vio el asesinato de su familia,
mujer e hijos, a machetazos, en manos de los militares)

Castellanos Moya, Insensatez.


Uno de los abordajes narrativos que puede ser considerado, al mismo tiempo, testimonial y fragmentario, es la obra del escritor Horacio Castellanos Moya.  La novela Insensatez (2004), donde el protagonista describe desde la distancia geográfica, su interpretación de los documentos o archivos que ilustran el horror del genocidio que sufrieron los pueblos indígenas en Centroamérica puede ser estudiada como un texto vinculado al género de la memoria. En este caso, no hablaríamos de la memoria colectiva presente en obras literarias anteriores, donde se hicieron referencias a acontecimientos sociales y políticos que afectaron a una comunidad como, por ejemplo, las obras vinculadas con las Madres de la Plaza de Mayo, las cronologías del llamado “Hombre latinoamericano” o un relato autobiográfico de Rigoberta Menchú Tum1. Se trata, esta vez, de hacer énfasis en experiencias más individuales, como las que aparecen también en obras centroamericanas como Managua salsa city (2000) de Franz Galich o El país bajo mi piel (2010) de Gioconda Belli. De esta forma, la escritura hace algo que va más allá de una conexión entre las experiencias y relatos con lo social, acercándose a una memoria individual, fragmentada y diluida, que en el caso de Castellanos Moya se inserta en un intercambio entre el pasado, los recuerdos y las omisiones relacionadas con la novela Insensatez.

Un triángulo de la memoria: El lector lee al narrador, el narrador lee los archivos, los archivos envían mensajes fragmentados que sólo el lector interpreta.

En esta  novela de Castellanos Moya podemos acceder a una narrativa que se orienta a partir de ciertos sucesos históricos vinculables con la historia reciente de Guatemala (aunque el nombre del país no se menciona dentro de la obra). Se trata de un lugar desterritorializado e híbrido que se inserta entre las páginas para destacar la “mudanza” geográfica del narrador, desde un continente a otro. Este personaje, quien cuenta su historia en la novela, debe consolidar la versión final de un informe, mediante el cual se establece un puente fragmentario entre dos espacios occidentales (Centroamérica y Europa) y entre dos tiempos: el presente y el pasado. A través de los informes, que se incluyen diluidos en la historia, simbólicamente como líneas muy breves en letra cursiva, puede movilizarse el lector, utilizando estas dos líneas de espacio temporales.

Por tanto, podemos decir que narrativamente no existe en la obra ningún límite espacial y temporal divisorio, incluso otro elemento gramatical utilizado para destruir las limitaciones de un lector consistiría en la carencia casi absoluta del llamado “punto y aparte”. Es decir, en la obra y desde la primera línea, se inicia una transición lectora que transgrede todos estos los límites.

El narrador es, igualmente, otro lector. Se trata, entonces, de una suerte de lector recursivo, donde alguien lee a quien también lee otro texto.  El protagonista se mueve en diferentes espacios, desde los más íntimos y personales, como su relación con Fátima, hasta los más abiertos y extemporales, como los recuerdos que lo adhieren como lector a una experiencia inserta en el papel, en los documentos testimoniales que se encuentran en el escritorio del Arzobispado y que luego entran y salen en su memoria de acuerdo a la situación, cada vez más limitante y amenazadora:

Especulando sobre el posible contenido de una negociación estaba yo, tratando de adivinar lo que los labios decían, cuando sentí la presencia en mi espalda, tan cerca que no me atreví a hacer el menor movimiento, tan endemoniadamente cerca que percibí su respiración en mi nuca, como si el rapado se hubiera puesto sigilosamente de cuclillas detrás de mí, para ver también por la ventana por la que yo veía, disfrutando al mismo tiempo del conciliábulo tras el cristal y tras el terror que me paralizaba, un terror ante el cual solo se me vino un golpe a la mente el testimonio de un sobreviviente que había corregido esa tarde y que decía hay momentos en que tengo ese miedo y hasta me pongo a gritar, que era exactamente lo único que yo quería hacer en ese instante y lo último que podía hacer, del miedo a ponerme a gritar. (Castellanos Moya 129)

Como en las mil y una noches, “las mil cien cuartillas” (Castellanos Moya, 21-36-79-81) que esperaban en el escritorio se asemejan a ese texto del oriente medieval para reconstruir otro texto contemporáneo y occidental, donde el sacrificio y el maltrato de aquellos que sufren (en este caso no son exclusivamente las mujeres, como Sherezade, sino los indígenas, más allá de los géneros) se condensa en un archivo. Si Sherezade usó estas historias para sobrevivir, probablemente el protagonista de la novela se adhiere a ellas para salir adelante dentro de la realidad cotidiana, donde la distancia entre los peligros reales e imaginarios no existe, y donde las metáforas de las palabras lo agreden cotidianamente.

Es así como, durante toda la novela, el protagonista trata de subsistir más allá de las consecuencias de las masacres vinculadas con la población indígena, insertas en el pasado de la guerra civil vivida en cierto país durante décadas, pero ahora trasladadas de nuevo al presente, a través de los archivos. Como hemos mencionado, se trata de una desterritorialización de estos actos violentos que vuelven, esta vez, a partir de una narrativa contemporánea que trata de salirse de sí misma para establecer los juegos del tiempo. Para lograr esto, Castellanos Moya se vale de la figura del protagonista, como aquel periodista extranjero que se dedica a la revisión de un extenso informe con la finalidad de cumplir con el encargo solicitado por la Iglesia Católica, quien también establece ciertas relaciones de jerarquía y poder que se han interconectado con los fragmentos temporales, epocales y espaciales de la cultura occidental. La investigación el genocidio contra los indígenas, adquiere, inmediatamente un contexto político. Las experiencias traumáticas que aquí se incluyen no son narradas con los detalles suficientes para que el lector las padezca, pero aquel “lector” que se encuentra dentro de la obra (el “lector-narrador”) quien es igualmente el protagonista de la novela, se transforma totalmente afectado por la memoria del sufrimiento. En este caso, valdría entonces volver al vínculo entre la memoria y el relato para comprender mejor estos actos de Insensatez:

Han llegado los tiempos de una miniaturización, de un telemando y de un microproceso del tiempo, de los cuerpos, de los placeres. Ya no existe un principio ideal de estas cosas a escala humana. Solo persisten efectos miniaturizados, concentrados, inmediatamente disponibles (…) El campo, el inmenso campo geográfico, parece un cuerpo desértico cuya extensión resulta innecesaria (Baudrillard 15)

Esta memoria fragmentada, pertenece entonces a un cuerpo desértico, donde el narrador de la historia nos vincula con el desastre ya ocurrido y el cual, a partir de una miniaturización del tiempo histórico, el relato del sufrimiento transgrede por instantes los límites del tiempo. Vale decir, se trata de algo que va mucho más allá del relato testimonial,  una forma compleja de la novela con sustancia política. En ella se puede imaginar la experiencia abyecta de la sociedad en Guatemala, cuyo nombre no se menciona, aunque también se puede establecer un vínculo con ciertas realidades de otros países, no solamente en Centroamérica, pues muchos de ellos después de una guerra civil o de un genocidio culminan siendo los herederos de aquella memoria fragmentada que proviene de las experiencias traumáticas.

Una memoria genocida y ficcional

El significado de la palabra genocidio, dentro de un contexto y una distancia que puede ser intercontinental (como sucede en la novela), se vincula con las transgresiones que el asesinato de los seres humanos transfiere a la memoria. En Lo que queda de Auschwitz  (2000) Giorgio Agamben detalla cómo la naturaleza humana puede utilizar el olvido como una herramienta que garantice su supervivencia ante el dolor.  Recordar los momentos traumáticos acontecidos durante una terrible etapa de la vida no ayuda a preservar la existencia y, por tanto, lo que hicieron los judíos que sobrevivieron al maltrato intenso en los campos de concentración como Auschwitz fue, sencillamente, olvidar. Sólo después, mucho después, el recuerdo puede ser un acto de manifiesto. Como señala Agamben, cuando hace referencia al archivo y al testimonio (En el capítulo de su obra basado en La vida de los hombres infames, de Michel Foucault), existe una paradoja en el testimonio de unos pocos sobrevivientes que contaron sus historias. Después de muchos años de haber sido descritos por Agamben como “los musulmanes” (porque para evadir la muerte se movían muertos de fríos con los movimientos de la religión musulmana para orar) los sobrevivientes de una tragedia pueden transmitir sus relatos, pero a partir de lo que se denomina como la vergüenza del sujeto.

Se trata de una narrativa distante, triste, un tanto enmudecida por los años y extrañamente fortalecida por la distancia. Siguiendo esta línea teórica podemos observar cómo el periodista en la novela Insensatez no está escuchando las voces de aquellos que sufrieron, como testimonios de sobrevivientes, pues no son ellos quienes después de muchos años pueden llevar el dolor interno de su cuerpo más allá de sus voces, no obstante, al contrario, como si se tratase de un juego de lenguaje, es quien los lee quien finalmente los narra. La voz narrativa en Insensatez es aquella que puede ser si aplicamos la teoría de Agamben, un “musulmán” que asuma la posibilidad de incluir en sus pensamientos las historias más atroces, después de muchos años. De esta manera, el sujeto asesinado, las víctimas centroamericanas, retornan y su renacimiento, a través de la memoria fragmentada, se vincula inmediatamente con el narrador, por medio de los archivos.

Este vínculo, al comienzo de la novela, es más distante. Finalizando la historia podrían pertenecer ambos pensamientos a una misma existencia. Entonces, en Insensatez:

a) Al inicio, existe un testimonio en El Archivo y una memoria distante.

b) Al final, existe una memoria interna que se combina con las palabras del archivo intrínseco. Podemos citar dos ejemplos del inicio (a) y el final (b):

a)… la primera frase en la que se posaron mis ojos decía A puro palo y cuchillo mataron a esos doce hombres de los que se habla allí, después de la cual seguía un breve testimonio que me resultó fatal –decía: Agarraron a Diego Nap López y agarraron un cuchillo que cada patrullero tenía que tomar dándole un filazo o cortándole un poquito, porque de súbito encendió mi rabia hasta el paroxismo, aunque nadie hubiera imaginado tal cosa al verme sentado con los codos apoyados en el escritorio y la mirada perdida en la alta pared desnuda… (Castellanos Moya 38)

Aquí el narrador lee el testimonio, se inserta en El Archivo e inmediatamente sale de él para mirar la pared y luego vincularse con un problema personal que le permite omitir en su memoria lo que sucede,  justamente  para pensar en aquel adelanto de dinero que aún no ha cobrado. A medida que avanza la novela, este periodista comienza a vincularse directamente con la memoria escrita, y su memoria, finalmente, evade la censura de sus recuerdos para combinarlo todo en experiencias paradójicamente cada vez más fragmentarias y unidas ante el genocidio:

b) Peter se acercó a preguntarme qué era lo que yo leía, en el instante preciso en que yo mascullaba el comentario que decía mientras más matara se iba más para arriba, que en verdad era un lamento ante la recompensa otorgada a la criminalidad del vecino y que pronuncié con mi mayor gestualidad ante el asombro de Peter, que nada entendía y a quien tuve que explicar que la frase sintetizaba el hecho de que en la sociedad de la que yo procedía el crimen constituía el más eficaz método del ascenso social, por eso mientras más matara se iba más para arriba, repetí, carente de audiencia, pues el gigantón suizo se había desplazado hacia otro cliente. (Castellanos Moya 152)

Aquí lo que lee toma forma como parte del mundo en el que existe, de su inconsciente, se su experiencia, de su interior. A través del uso de su pequeña libreta de apuntes, la escritura de la realidad en otro espacio, como se hizo en los archivos, transgrede nuevamente los lugares y el tiempo. El protagonista, entonces, convierte a la memoria fragmentada de los archivos en parte de su memoria retrógrada sobre una realidad personal de alguien que ahora habita en el exilio.

La transgresión de los lugares en la memoria

Podemos ahora vincular a la obra con la teoría del antropólogo Marc Augé, ya que Insensatez hace referencia a algunos espacios de la realidad terrible y cotidiana en Centroamérica, en donde los indígenas pierden su identidad y se transforman en sujetos que transitan en lugares sin ser especiales o únicos, vale decir, en espacios donde simulan ser una suerte de objetos transitorios, víctimas de las torturas y asesinatos más crueles que se inscriben en los archivos. Esta experiencia también la interpretamos al leer a través de unas minúsculas citas de los expedientes que ya hemos mencionado anteriormente.

Las víctimas que se encuentran en un informe, o aquellos que comparten un culto, como los indígenas, pueden establecer una carencia identitaria al momento en que ya no son reconocidos por sus diferencias, por sus nombres o por cualquier otra estructura que los defina como a alguien de destacada personalidad. Ellos convergen en un espacio del anonimato basado en la antropología de la modernidad.

Estos espacios del anonimato se asocian en la novela con los cambios en la identidad de los nuevos protagonistas de las historias, en la realidad contemporánea que se describen, específicamente, en el contexto de una cultura violenta. En un mundo donde la realidad se ha vuelto palpitante y sangrienta, la narrativa que se escribe en Insensatez va desde los testimonios hasta la fragmentación (incluso fractalización) de sus espacios. Citando a Michael Taussig (1987) podríamos interpretarla como una novela en la que se esgrime una estética de la violencia vinculada con ese llamado humor negro, que le confiere ironía al igual que detalles al relato. Tendríamos allí al llamado “hombre salvaje”, descrito por Taussig (170), que puede estar ahora vinculado con la literatura centroamericana si establecemos la conexión antropológica entre lo que sucede en los espacios aterrorizados y enfermos, y la Insensatez.

Ahora bien, ¿quiénes serían los hombres salvajes que aparecen en los informes? Volviendo nuevamente a asociarnos con el genocidio reseñado en los archivos, y a través de la experiencia del lector-narrador, podemos inferir nuevos giros entre la civilización y la barbarie. Según Ricardo Pacheco Colín, en la ilustración de la novela, vinculada con su primera edición, aparece en la portada lo siguiente, citando al final las palabras de Castellanos Moya:

El también autor de La diabla en el espejo (2000) levanta el libro y reflexiona sobre la ilustración de la cubierta, una obra de William Blake, titulada El cuerpo de Abel descubierto por Adán y Eva (1826): “Es una gran desgracia que Caín haya matado a Abel. Lo que le va sucediendo a mi personaje es una pérdida del sentido común, porque se va paranoizando, pero esto no es porque sea una persona enferma, sino porque el contacto con una insensatez tan brutal lo va volviendo loco”. Por eso sale corriendo hasta donde pueda llegar, y curiosamente llega a Alemania. Ante la pregunta, Horacio Castellanos se echa hacia atrás en el asiento, respira y luego dice con voz pausada: “quise destacar que la impunidad es una constante en Latinoamérica. Claro que hay países que han luchado más contra ella y que han combatido más esta cultura. Para no andar en abstracciones, podríamos hablar de la impunidad de las instituciones castrenses”. (Crónica, México)

Esta figura de Caín, adolorido por haber sido encontrado por sus padres, mientras atrás se halla el cadáver de Abel, podría conectarse con la paranoia de lo sucedido y por la inmunidad del asesino, quien continúa formando parte del mundo. Si establecemos una conexión con aquello combatido en la cultura latinoamericana podríamos visualizar ahora un cuadro donde aparece el indígena muerto, desnudo y el asesino vivo, con sus manos en la cabeza, intentando huir mientras su mirada no lleva la misma dirección que sus pasos, pues está dirigida hacia lo opuesto, hacia su terrible visión de lo indecible que ahora está del otro lado, donde ocurre la masacre. Su debilidad y la carencia de sus ropas podrían concretarlo con el lado salvaje de los indígenas, pero al leer la novela realmente el salvajismo se transfiere a quienes tienen el poder, a aquellos que son capaces de maltratar y violar a un ser humano como si fuese simplemente un objeto más de la existencia. “La moda es el ritual de muerte de la mercancía” declaraba Walter Benjamin en 1930 (Taussig, 180), cuando hacía referencia al avance hacia el tercer mundo, pero, en este contexto irracional ¿no sería irónicamente la muerte de los indígenas como mercancías parte de los modismos centroamericanos durante el mismo siglo?

Augé hace una comparación entre los dos mundos en los que habitamos, al relatar los cambios en la identidad de los nuevos protagonistas de las historias en la realidad contemporánea y, específicamente, en el contexto de una cultura violenta. Cuando los indígenas son tratados como mercancías, como en la novela Insensatez, el texto se adhiere a ese mundo de hoy que se ha vuelto transmutante y sangriento, y que se describe desde los testimonios hasta la fragmentación (incluso fractalización) de la historia. Si un escritor como Castellanos Moya utiliza su novela como un elemento narrativo de ficción (que podría combinarse con una experiencia testimonial y luego con un relato más profundo, interno, en la mente de una víctima de la cultura violenta) se está acudiendo a la llamada “polifonía posmoderna” (Augé, 5), donde se toman notas de algunos hechos reales y se asumen los finales y las derrotas como parte del culminante de la modernidad, donde la carencia de ciertos valores se diluye y las líneas históricas de los acontecimientos se escinden. Quizás la narrativa de Castellanos Moya nos esté indicando algo que se traslada en un sentido diferente o, vinculándolo con Augé, un cambio narrativo hacia otra dirección de la “insensatez” en este mundo:

Tal vez sea al revés, y hoy en día suframos de un exceso de modernidad; más exactamente, y al hacer abstracción de todo juicio de valor, quizá podamos ser inducidos a pensar que la paradoja del mundo contemporáneo es signo no de un fin o de una difuminación, pero sí de una multiplicación y de una aceleración de los factores constitutivos de la modernidad, de una sobredeterminación en el sentido de Freud, y después de él de Althusser, término que utilizaron para designar los efectos imprevisibles y difíciles de analizar de una superabundancia de causas. (Augé 6)

La sobremodernidad es, entonces, parte de lo que acelera la violencia en este mundo contemporáneo. “Un cierto número de acontecimientos tiene así una existencia eclíptica, olvidados, familiares y sorprendentes a la vez, tal como la guerra del Golfo, la crisis irlandesa, los atentados en el país vasco o las matanzas en Argelia. No sabemos muy bien por donde vamos, pero vamos y cada vez más rápido” (Augé, 7), y ese es el tiempo de la novela. Insensatez  abarca, sin duda, la “existencia eclíptica” de una novela breve, a través de un relato en primera persona, donde existen planos triangulares de la memoria y sus referencias. Cuando el protagonista revisa los centenares de palabras en esas mil cien cuartillas impresas, vinculadas con los informes y depositadas en su escritorio (a través de las cuales se denuncian las atrocidades cometidas por el ejército contra la población indígena) cada vez acelera más su incapacidad de distanciarse de lo que lee, de no apropiarse de las frases que anota en una libreta. Acudimos entonces a la interpretación de la narrativa más fragmentada y acelerada en la novela, donde aquellos que padecieron como los relatores de una masacre y ahora forman parte de la memoria del protagonista,  cuya actitud parece inicialmente como la de un inocente que se siente atraído por las voces de los supervivientes y culmina con la incorporación de su sufrimiento a los relatos más profundos y tristes de El Archivo.

Desde Sófocles hasta la resaca de lo sufrido

Acudiendo a la causalidad circular en este análisis, vale decir, finalizando con el inicio,  me gustaría destacar que la novela comienza citando a Antígona, en unas líneas breves que señalan lo siguiente: “Ismene.- Nunca, señor, perdura la sensatez en los que son desgraciados, ni siquiera la que nace con ellos, sino que se retira”. Con respecto a este breve vínculo con el pensamiento más antiguo, Castellanos Moya explica que “cuando un desgraciado pierde el sentido se convierte en insensato, y mientras más desgraciado es uno como que la propia sensatez se pierde” (Crónica, México). La insensatez histórica que trastorna al personaje principal es parte, entonces, de la naturaleza humana desde hace mucho tiempo atrás. Esta insensatez de la mente, se vincula con el cuerpo y establece con él una relación conflictiva. El cuerpo sigue siendo objeto de sus deseos, pero la mente se desborda más allá de los límites de lo sensato.

Parte de la naturaleza humana del protagonista coincide con las relaciones corporales, no precisamente amorosas, a las que desea acudir como parte de sus conexiones con el mundo, coexistentes con su sufrimiento. Incluso esta pesadumbre se puede asociar aquí con la vulnerabilidad del placer y su naturaleza frágil, con la angustia “que le mordisquea la boca del estómago, presa del desasosiego” (Castellanos Moya 93-94) y con su irónica ingenuidad. Mientras Fátima duerme, su mente se dirige mucho más allá del placer de la carne como coartada, su cuerpo se fragmenta y su mente regresa al terror que se ha escrito en las mil cien cuartillas:

Ni duda cabe que fui presa del peor de los terrores, como si la muerte estuviese respirando a mi lado, como si los ronquidos de la bella durmiente fueran el sonar de la trompeta que anuncia la llegada de los heraldos negros, vaya ocurrencia, que el miedo me lo distorsiona y yo estaba con taquicardia, transpirando, seguramente con la presión arterial por las nubes, con la certeza de que ahora sí corría peligro. (Castellanos Moya 102-103)  

Un hombre que ahora se encuentra al lado de la bella durmiente, una princesa similar a la de la historia de Giambattista Basile (1936) quien es, al mismo tiempo y como en el relato antiguo, un cadáver dormido, el residuo de quien llegó a ser una amante, la verdadera novia oficial de un militar abyecto y descarnado.  Como si formara parte de un poema de César Vallejo, el narrador comienza a recibir los “golpes de la vida”: “Hay golpes en la vida, tan fuertes…Yo no sé / Golpes como el odio de Dios; como si ante ellos / la resaca de todo lo sufrido/ se empozara en el alma” (Vallejo, 9), y es allí donde todo vuelve y el peligro supera cualquier distancia y tiempo. Ella revela sus secretos, él no es capaz de afrontarlos. Se trata, entonces, de un capítulo donde la seducción se atrofia por la realidad intrínseca de los protagonistas. Como señala Baudrillard:

La seducción es la dinámica elemental del mundo. Dios y los hombres no están separados por el abismo moral de la religión: juegan continuamente a seducirse, y sobre esas relaciones de seducción, de juego, se ausenta el equilibrio simbólico del mundo. (…)¿Queda el bien o el mal, de lo falso y lo verdadero, de todas las grandes distinciones útiles para descifrar el mundo y mantenerle bajo el sentido? Todos estos términos, descuartizados a costa de una energía loca, están siempre dispuestos a abolirse el uno al otro y a hundirse en nuestra mayor alegría. La seducción precipita al uno contra al otro, les reúne, más allá del sentido, en un máximo de intensidad y encanto” (Baudrillard 50-51)

Es aquí donde el narrador, nuevamente, se adhiere a El Archivo. No hay ninguna intensidad, ningún encanto en la seducción. No existe la posibilidad de acudir a la sensatez para disfrutar de ella, así sea como un término descuartizado y móvil. Las mil cien cuartillas reiteradamente le impiden llegar al punto de la mayor alegría. La “insensatez” retorna al cuerpo masculino del narrador, sobre el cual el cuerpo femenino intenta ensartarse, mientras la “insoportable hediondez que entonces ya impregnaba la pequeña sala de mi apartamento” (Castellanos Moya, 97) es lo que se condensa el protagonista en su verdadero interior. Es totalmente lo opuesto a La insoportable levedad del ser  donde “la gente, en su mayoría, huye de sus penas hacia el futuro. Se imaginan, en el correr del tiempo, una línea más allá de la cual sus penas actuales dejarán de existir” (Kundera, 25).  En Insensatez el tiempo corre pero las penas nunca desaparecen.

Finalizando la lectura de la novela, y siguiendo las líneas teóricas vinculadas con aquel que narra y al mismo tiempo lee una historia dentro de otra historia, podemos observar cómo el periodista en la novela Insensatez culmina escuchando las voces de aquellos que sufrieron como testimonios de sobrevivientes que salen de El Archivo y se insertan en su memoria.  En la novela, quienes sobreviven no son precisamente aquellos que, después de muchos años, pueden llevar el dolor interno de su cuerpo más allá de sus voces,  al contrario, como si se tratase de un juego de lenguaje es el personaje protagónico quien los lee  y quien finalmente los narra,  través de una escritura fragmentada.

Las experiencias traumáticas que aquí se incluyen no son narradas con los detalles suficientes para que el lector las padezca,  pero aquel otro lector que se encuentra dentro de la obra, el lector-narrador, quien es igualmente el protagonista de la novela, es quien se transforma totalmente afectado por la memoria del sufrimiento. En esta novela podemos establecer conexiones reales e imaginarias con la experiencia abyecta de la sociedad centroamericana, aunque no se menciona a ningún país específicamente. Si vamos más allá de lo descrito, podemos concluir que se podrían establecer relaciones entre los testimonios de El Archivo y ciertas realidades de otros países, pues muchos de ellos después de una guerra civil o de un genocidio culminan siendo los herederos de aquella memoria fragmentada que proviene de las experiencias traumáticas. El narrador que lee el testimonio, se inserta en El Archivo y estos papeles terminan siendo parte de él. Sus problemas personales y cotidianos se diluyen ante la reminiscencia de aquello que vivió y que su mente no logra superar. A partir de las experiencias de Otros, su conexión con el pasado inunda su tiempo presente y cohíbe su esperanza en el futuro. Son siempre los sueños que están allí todavía, invadiéndole desde el inconsciente con la terrible y violenta realidad insensata.

Bibliografía:

  • Agamben, Giorgio. Lo que queda de Auschwitz. El archivo y el testigo. Homo Sacer III. Pre-Textos. 2000.
  • Augé, Marc. Los no lugares: espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad. Editorial Gedisa. Barcelona, 1993.
  • Augé. Marc. Sobremodernidad. Del mundo de hoy al mundo de mañana. Conferencia en la Universidad Autónoma de Baja California. 14 de Enero de 2006. pp 5-6.
  • Baudrillard, Jean. El Otro por sí mismo. Editorial Anagrama, Barcelona, 1988, pp 50-51.
  • Foucault, Michel. La vida de los hombres infames. Ensayos sobre desviación y dominación. Edición Altamira. La Plata. 1999. 
  • Kundera, Milan. La insoportable levedad del ser. Tusquet Editores. México. 2005. pp 25
  • Pacheco Colín, Ricardo. En ficción, la impunidad del ejército de Guatemala. www.cronica.com.mx/notas/2004/154889.html México, 25 de diciembre de 2004.
  • Szurmuk, Mónica y McKee Irving, Robert. Diccionario de Estudios Culturales Latinoamericanos. Madrid: Ediciones Siglo XXI. 2009.
  • Taussig, Michael. Shamanism, Colonialism and The Wild man: A Study in terror and healing. Chicago, London. The University Chicago Press, 1987.
  • Taussig, Michael. Belleza y violencia: Una relación aun por entender. Editorial Universidad del Cauca. Popayán, 2014. Pp 170.
  • Vallejo, César (1918). Los heraldos negros. Losada, Serie Biblioteca clásica y contemporánea. Buenos Aires. 1961.

Notas

  • 1 La literatura latinoamericana ha publicado textos vinculados con la memoria colectiva y las reivindicaciones sociales, vistos como episodios épicos o ensayos escritos por los familiares de desaparecidos asesinados en las dictaduras militares. Estos testimonios colectivos forman parte del acervo de archivos y museos.
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Licenciada en Comunicación Social, Mención Periodismo Humanístico y Magister Scientiae en Literatura Latinoamericana y del Caribe. Por más de 20 años, ha dictado cursos sobre la escritura en Venezuela, en el Departamento de Comunicación Social de la Universidad de Los Andes (ULA) y en el Departamento de Lengua y Literatura de la Universidad Simón Bolívar (USB). Con el apoyo de Erasmus Mundus (PRECIoSA) fue Profesora Invitada del Departamento de Filología en la Universidad de Salamanca Ha sido directora de la revista académica Estudios. Revista de Investigación Literaria y Cultural (USB) y como Encargada de Medios formó parte del Equipo Editorial fundador de la revista Latin American Literature Today, del Departamento de Lenguas Modernas, Literaturas y Lingüísticas de la Universidad de Oklahoma (OU). Actualmente, es profesora en el Departamento de Lengua y Literatura de Oklahoma State University (OSU). Ha publicado libros sobre crítica literaria, diversos ensayos teóricos sobre la literatura contemporánea, y entrevistas a escritores de la literatura actual.