Portada La vida interrumpida
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Fragmento de La vida interrumpida. Crónicas de un regreso a Caracas (Catarata, 2025)

1 febrero, 2026

Unos meses atrás, en preparación para el viaje, saco los billetes de mi último regreso entre abril y mayo de 2018. Antes viajaba una o dos veces al año a mi ciudad. El tiempo se ha vuelto elástico. No vivimos ahora a 1.880 kilómetros de distancia sino a 7.494. Me doy cuenta de que mi vida se ha partido en tres, como la cabeza del radio del brazo izquierdo que me fracturé en tres pedazos en el accidente de mayo de 2016 en Caracas, en uno de los regresos, y que ameritó una operación de emergencia. Me instalaron en el codo varios tornillos y una plaquita que, por fortuna, no activan el sonido de los detectores de metales.

Tengo tres carteras con documentos de identidad, tarjetas y billetes de cada lugar. Son carteras sencillas y algo gastadas. Cada vez que viajo a un destino guardo los documentos de identificación y billetes del lugar de donde vengo y los reemplazo por los del destino al que me dirijo. Es demasiado confuso trasegar documentos de una cartera a la otra; mejor mantener la separación de los mundos. Estamos a punto de aterrizar en la tierra con la inflación más alta del planeta. Dos días antes del viaje, el 8 de marzo de 2020, se autorizaron en España marchas multitudinarias en celebración del Día de la Mujer. A pesar de que nos daba algo de temor viajar, al mismo tiempo estábamos convencidos de que, tomando las precauciones debidas, sería un periplo seguro. En Barcelona la vida seguía su curso aunque se empezaban a cancelar algunos eventos. Olga Tokarczuk había suspendido de manera intempestiva “por razones personales” su presentación en el CCCB el 7 de marzo, tres días antes de nuestro vuelo, así que me quedé con las ganas de ver y oír a la polaca Premio Nobel de Literatura 2018, autora de ese libro que me había fascinado, Los errantes.

En esos días notamos mucha gente con resfriados en la calle, pero parecía una situación normal de fines de invierno en la ciudad. Yo mismo había tenido bronquitis en enero. En el clima de Barcelona se combina la tramontana con los vientos del mediterráneo, o los que llaman del garbín, como una lucha inestable de titanes erráticos. Esto, junto a la alta humedad es garantía de enfermedad estacional. Teníamos algo de inquietud con lo que ocurría, pero no estábamos alarmados ni considerábamos que debería ser motivo de cancelación del viaje, que tanto nos había costado planificar durante meses.

El vuelo de Barcelona salió a tiempo. Los funcionarios del aeropuerto no portaban ni mascarillas ni guantes, lo que me parecía extraño, porque ya ese día se habían reportado en España 999 contagios y 16 fallecidos. Llegamos a Barajas sin inconvenientes. Allí tampoco había personas con mascarillas: ni los oficiales ni los funcionarios de la línea aérea, al igual que las autoridades de migración. Ubicamos la puerta y el segundo vuelo, el 6673, despegó a la hora esperada. Atrás quedaba la vastedad de Madrid y la exuberancia de Barcelona a la que llegamos un 8 de octubre de 2018. Siempre me da sentimiento dejar la ciudad en la que vivo y esta vez no fue la excepción, con todo y el carrusel de ilusiones e intensidades que nos deparaba este viaje.

Durante el vuelo, cada vez que iba al baño, me rociaba gel antibacteriano y me lavaba las manos. Me dormí varias veces y leí varios artículos. Vi por segunda vez Mientras dure la guerra, sobre el ascenso del franquismo y la pugna con Miguel de Unamuno, que refleja, o deja el mensaje, de que las divisiones entre los españoles de ayer son muy parecidas a las de hoy.

Mirar las montañas que preceden a la pista de aterrizaje fue muy emocionante, aunque desde el cielo todo se veía un poco ruinoso y seco. La planta termoeléctrica de Tacoa parecía un cementerio surrealista. Pienso en que visitaré la tumba de mi hermano Carlos, asesinado en julio de 2015, en circunstancias que tal vez referiré más adelante. La tumba de mi hermano está junto a la de mis padres en el Cementerio del Este.

Al momento de empezar el descenso, una aeromoza informa que, según las regulaciones del país, hay que fumigar el avión, y proceden, como en otros regresos, a rociar un líquido que nos caía encima de la cara y del torso. Me sentía como en un consultorio veterinario aéreo. Al aterrizar me acordé de lo corta que es la pista del aeropuerto de Maiquetía, que muerde el mar Caribe, porque, luego de un buen aterrizaje, el piloto tuvo que frenar de golpe para girar la aeronave. Hubo aplausos y bendiciones. Al momento del giro pude ver que la pista estaba aún más desolada que en el viaje de 2018, unos meses antes de partir a Barcelona. No se veía ningún avión en movimiento ni conectado a alguna de las puertas de desembarco.

Apenas salimos de la rampa, un grupo de mujeres vestidas como enfermeras estaba esperando a los pasajeros (welcome to the hospital Venezuela, pensé en la vieja canción de The Eagles). Tenían medidores sónicos de temperatura que parecían armas de película del espacio o para implantar ondas de pensamiento ideológico. Todas llevaban mascarillas y guantes. Pasamos la prueba de la fiebre, seguimos de largo y llegamos al pasillo. Una pasajera pregunta a una de las enfermeras: “¿Y yo cómo estoy?”, a lo que responde: “Chévere, mi niña”. Camino por el pasillo, “oh, ¡de nuevo aquí!”, me digo, como si me despertara de un sueño. Al salir había varios hombres vestidos de traje con tapabocas esperando a pasajeros. Qué diferencia había con los controles en España, ¿por qué esta precaución si aquí no hay un solo caso reportado?

Las maletas, para no perder la tradición ancestral, se tardaron. Finalmente, salimos, y Alfredo, el conductor enviado por Roberto, nos estaba esperando. Habíamos pautado la tarifa de treinta dólares; era impensable tener que pagar en moneda extranjera antes de 2018, lo que significaba un cambio radical producto de las circunstancias; realismo de sobrevivencia. Como de costumbre, tomamos un café a la salida y conversamos amenamente. La tarjeta de débito del banco, que todavía tenía, no funcionó por haber marcado una clave errada o vencida. Sin embargo, pude pagar los tres cafés con una tarjeta de crédito del mismo banco, y con esa compra copaba la mitad del crédito disponible.

Alfredo tiene una sonrisa amable, está de buen humor. Mientras nos dirigimos hacia el auto nos persigue un hombre mayor miliciano, con un uniforme color kaki, como los que se usan para ir de cacería. “¿Saben cómo les dicen a los milicianos?”, nos pregunta Alfredo: “Los mil ancianos”, contesta. Nos reímos, y al echar el auto hacia atrás era evidente que el “milanciano” estaba esperando una propina. Le hago un gesto de saludo con la mano y me responde con un saludo militar. Dos mujeres milicianas pasadas de los sesenta años estaban a la salida. También se cuadran como el hombre.

En el ascenso me llamó mucho la atención que el tono del país había cambiado. Todo parecía quemado, seco, desteñido. El país se había vuelto sepia; ¿era ese el color de la desesperanza? Al llegar a la altura de El Paraíso y ver el río Guaire, Alfredo nos cuenta que mucha gente se baña en el río contaminado y luego toma el metro. Usar el metro es un riesgo para la salud, afirma. Me dice que cuando ocurre una interrupción eléctrica hay que salir de los vagones y caminar a oscuras por los túneles. El metro ya no lo cobran, al igual que la gasolina; es tan barata que pareciera regalada. Transporte libre, gasolina gratis.

Nos enteramos de que una marcha anunciada fue un conato más, como es usual, un intento de marcha. Apenas pasaron de Chacaíto, frontera entre los municipios Chacao y Libertador, la nutrida concurrencia se vio ahogada por los gases lacrimógenos lanzados impunemente. La televisora alemana DW reportó: “El muro volvió a ser infranqueable”. Que lo digan los alemanes que saben tanto de muros. El presidente paralelo finalmente habló en la plaza Alfredo Sadel, de Las Mercedes. Hay una canción de Sadel que se llama Desesperanza. ¿Por qué se convocan estas marchas si se sabe que no van a lograr pasar hacia donde se lo proponen? Siempre se crea una gran expectativa los días previos. Y eso que esta vez se percibía una renacida autoridad.

Cuando llegamos a los predios de la desteñida plaza Venezuela, vi a un hombre que vendía libros en la entrada de la Universidad Central, a donde antes estaba Víctor, el famoso librero de cabello blanco que había fallecido en marzo de 2018. Un convoy interminable de motos con guardias nacionales, cada uno con un conductor y un acompañante con escudo en cada moto, se nos atraviesan. Parecen un enjambre de avispas. Nos detenemos y podemos ver mejor cómo se ha desdibujado el paisaje.

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Venezolano de nacimiento, costarricense y español por adopción. Vive en Barcelona, España. Ganador del XVI Premio Anual Transgenérico para la Cultura Urbana con su obra Lo que me dijo Joan Didion: crónicas de Nueva York, publicada en 2017. Finalista del 69 Concurso de Novela Ciudad de Valladolid (2022). Autor de La vida interrumpida. Crónicas de un regreso a Caracas (Catarata, 2025); de las novelas Broadway-Lafayette: el último andén (Kalathos ediciones, 2019), El hombre azul (bid & co., 2016) y El lugar de las nubes (Uruk Editores, 2016); así como del libro de cuentos Decepción de altura (Equinoccio, 2013). Su relato El puesto 690 de la sala de lectura forma parte de “Escribir en Nueva York, Antología de narradores hispanoamericanos” (Editorial Caja Negra, 2014). Graduado en Estudios Internacionales en The American University en Washington D.C. Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra, Barcelona. Maestría de Escritura Creativa de la Universidad de Nueva York. Asistente académico del escritor Antonio Muñoz Molina en las cátedras de no ficción y novela corta de la Universidad de Nueva York. Becario del taller “Narrar Barcelona” de la Fundación Gabo (2025), Biblioteca Gabriel García Márquez. Ha colaborado con las antologías Portátil: Veintiocho miradas, diez patrias (Barcelona, 2019); Siete Sellos (Madrid, 2020); y Cometa de cuentos: cincuenta escritores, once países (Medellín, 2023). Ha publicado crónicas y artículos literarios en Zenda Libros, Hedónica, Quimera, buensalvaje, Ficción Breve, Papel Literario y Prodavinci, Asymptote Journal y Latin American Literature Today.