Función simbólica de los alimentos en Manuela de Eugenio Díaz
3 agosto, 2025
Larissa Hernández escribe sobre la función simbólica de los alimentos en Manuela de Eugenio Díaz analiza cómo los alimentos reflejan las desigualdades sociales y culturales en la Nueva Granada del siglo XIX. A través de la alimentación, se evidencia la distinción entre los «calzados» (terratenientes) y los «descalzos» (campesinos), revelando la discriminación social y económica. Los alimentos no solo funcionan como sustento, sino también como un instrumento de poder y control. Hernández destaca cómo, en la novela, la dieta de los personajes refleja sus posiciones sociales, creando un contraste entre lo refinado y lo rudimentario.
El historiador Carlos José Reyes en su artículo El Costumbrismo en Colombia relata detalladamente el encuentro del escritor José María Vergara y Vergara (1831-1872), fundador del movimiento literario El Mosaico, y Eugenio Díaz (1803-1865), el campesino que vestido con ruana y sombrero jipijapa tocó a su puerta en 1858 con el manuscrito de su novela Manuela debajo del brazo.
Al leer Manuela descubrió en Eugenio Díaz a un gran escritor intuitivo, agudo observador de las costumbres, paisajes y personajes de su terruño (los alrededores de Soacha y el camino hacia el Salto y la tierra caliente, escenario de sus escritos). La lectura de esta novela reafirmó la idea que tenía Vergara y Vergara sobre la necesidad de describir el propio escenario para la constitución de una literatura auténticamente nacional1.
El texto despertó interés más por su carácter documental que por su valor literario: “la tierra caliente quedó trasladada al papel como si se hubiera empleado para ello el daguerrotipo”2. Esta correspondencia establecida por Vergara y Vergara entre la novela y la fotografía nos remite a la reflexión que el semiólogo francés Roland Barthes (1915-1980) llevó hasta sus extremos en su ensayo La Cámara Lúcida (1980), en el cual estableció como el noema de la fotografía el “esto ha sido”, decretando que ésta es una constatación irrefutable de existencia diferida en el tiempo, un “certificado de presencia”3. Manuela es justamente la constatación de existencia de un mundo desconocido para Vergara y Vergara, el cual lamentablemente estaba destinado a desaparecer.
Díaz describe fotográficamente el paisaje del campo, pero también sus personajes, incluyendo sus costumbres, sus hábitos sociales y detalles de sus trajes, sus casas, los objetos que los rodean y sus gustos alimenticios. Pero estas fotografías son hechas por un personaje citadino que viene por primera vez al campo y que se aproxima a todo con un “ojo inquieto y curioso”4.
Don Demóstenes, un cachaco santafereño, de ideas liberales, que pertenece a la facción de los gólgotas, es la viva imagen de cualquiera de los literatos que hicieron parte de El Mosaico, y su inclusión como uno de los ejes de la narración le permite jugar con el acercamiento y a la vez con la extrañeza, de modo que no resulte inmerso del todo y por lo tanto enceguecido con la pintura de lo ya conocido y cotidiano, sino que deja una puerta abierta a la sorpresa, a la mirada del que descubre y halla cosas nuevas en lo que para otros es natural y permanente5.
Este personaje, llega, observa, describe, socializa, pero también siente, piensa, opina y asume una posición ante lo que ve. Desde los primeros pasajes, uno de los aspectos que Don Demóstenes documenta es el de la alimentación; además, todas las interacciones sociales que se dan entre éste y el resto de los personajes incluyen la mesa como escenario.
La inclusión de estos elementos culinarios dentro de la narración pretendía inscribir señales de diferenciación y de afirmación de una identidad local y nacional. Pero más allá de eso, el aspecto culinario, lo que se come, en qué contexto, cómo y de qué manera se come, forma parte de la desigualdad social existente en la Nueva Granada del siglo XIX que Eugenio Díaz devela en su novela.
En Manuela, la frase de Hipócrates “somos lo que comemos”, se transforma en “comemos lo que somos”. Eugenio Díaz muestra que los descalzos (campesinos trabajadores, arrendatarios y peones de brega) llevan una dieta distinta a la de sus amos, los calzados (terratenientes y gamonales). Da cuenta además, de que lo que comen los primeros está impuesto por los segundos, no sólo por lo que les reparten durante la jornada laboral, sino por lo que les es permitido sembrar o por lo que pueden comprar en las tiendas de las haciendas.
El tasajo es el primero de los varios alimentos y preparaciones que Don Demóstenes descubrirá en su viaje, en la cocina de la posada Malabrigo. La hospitalidad que allí encontró es la misma que describe Manuel Ancízar (1812-1882) en su Peregrinación de Alpha (1853).
Casa, fogón y agua de la fuente, era todo lo que la mujer podía proporcionarnos, ofrecido con la mejor voluntad del mundo, y repetidos perdones que nos pedía por no tener más que dar. Su buen corazón no se acordaba de la propia estrechez de recursos sino cuando le impedía obsequiarnos, no con la mira de recibir paga, pues la rechazaba, sino por el placer de la hospitalidad, virtud tan arraigada en los estancieros pobres, como vacilante o anulada en los gamonales y aristócratas de monterilla6.
Con singular cariño, Rosa se esmera en atender a Demóstenes y en la cocina afronta el reto de complacerlo preparando los alimentos que para ella son cotidianos.
Iba el lector en un pasaje interesante cuando fue interrumpido por Rosa, la que poniendo un pie en el extremo de la barbacoa, levantó el otro con destreza y agilidad, para alcanzar a cortar un pedazo de carne de la pieza que colgaba de una vara suspendida con cuerdas del techo, y con la necesaria interposición de totumas y tarros que garantizan de ratones7.
El tasajo es carne de res, porcina o de cacería, que se conserva salándola y colgándola a la intemperie para que el sol y el viento, junto con la sal, produzcan su deshidratación y permitan que se conserve sin corromperse. También se ahúma, colocándola en barbacoas de madera encima del fogón. Para comerla suele ser necesario lavarla y rehidratarla mediante un hervor. Esta técnica simultánea de conservación y preparación fue utilizada durante siglos en la mayoría de cocinas del mundo y perduró en Colombia hasta las dos primeras décadas del siglo XX.
El fraile español Juan de Santa Gertrudis, quien recorrió la Nueva Granada a mediados del siglo XVIII, escribió sobre esta técnica de preservación la carne en su obra titulada Maravillas de la Naturaleza:
Lleguéme a la casa, que era de un mestizo, y le dije si me vendería dos arrobas de carne. El dijo que sí. Pesóme dos arrobas de tasajo, la cosa más bella que jamás haya visto, porque tenían aquellas lonjas unas vetas blancas de gordura entreveradas que parecía tocino. Su olor abría la gana… Aquel tasajo no tenía más beneficio que estar salado… pero estaba al parecer tan bien curtido, que sin repugnancia alguna, como un trozo de jamón crudo se podía comer8.
Pocas referencias encontramos en la novela de Díaz a la carne fresca, pues era más cara que la curada y representaba un lujo que no todos podían darse. “Aquí está la carne, que me costó a diez y ocho, pero es sabanera legítima y de aújas que es la que más le gusta a don Demóstenes”9, dice Manuela al regresar del mercado, refriéndose en realidad a las agujas que son las costillas que corresponden al cuarto delantero de la res.
Durante su estancia en Santa Marta en 1861, el naturalista francés Charles Saffray (1833-1890) tomó notas sobre su elaboración y las publicó en su obra Viaje a Nueva Granada.
La preparación culinaria es de las más primitivas: se tritura el tasajo entre dos piedras hasta reducirle a un grueso polvo, que se fríe en seguida, constituyendo un manjar muy poco delicado, con frecuencia de un olor excesivamente fuerte, pero que llena las dos principales condiciones para el país, cuales son la baratura y la rapidez con que se prepara. 10
En Manuela se hace referencia a este olor penetrante que disgusta a Demóstenes y despierta su interés por saber qué animal está comiendo:
–Esta carne también está buena, dijo Rosa.
–¡Pues ahí verás que no me gusta tanto! Tiene un olorcillo… ¿De qué es?
–¿Para qué quiere saberlo?
–¡Ya se ve! Lo que importa es matar a quien nos mata… 11
Más adelante sabemos que esta carne es de cafuche, un cerdo de monte cuyo nombre científico es Tayassu pecari. Don Demóstenes, rechaza el tasajo de Rosa, procurando seguir la norma que al respecto dicta Manuel Antonio Carreño (1812-1874) en su Manual de urbanidad y buenas (1854).
Si nos desagrada la comida o bebida que ya hemos gustado, o si encontramos en nuestro plato un objeto que nos excite escrúpulos o que sea realmente asqueroso, guardémonos de proferir la más ligera expresión sobre el particular, y conduzcámonos de manera que no llegue a percibirse nuestro desagrado12.
Don Demóstenes presta siempre especial cuidado a los alimentos y a la manera de servirlos, pues como apunta Carreño “la mesa es uno de los lugares donde más clara y prontamente se revela el grado de educación y cultura de una persona”13.
Si bien el verdadero propósito de los manuales y las buenas maneras que proliferaron en el siglo XIX entre la clases alta y media de la sociedad hispanoamericana no era educar y civilizar sino inspeccionar, juzgar, valorar y excluir, Don Demóstenes no descartará a Rosa después de esta primera comida. Para él, “que había viajado y visto toda la grandeza de los hoteles y de las casas más ricas de los Estados Unidos”14, la posada Malabrigo estaba al otro extremo de la humildad y la pobreza, pero su hostelera fue tan atenta, delicada y sobria en el servicio de la mesa, que, en lugar de discriminarla, le tuvo desde entonces un cariño especial.
Volviendo a la carne, en el trapiche “la comida no era sino el pedazo de tasajo, el agua, el plátano y nada más”15. Según el historiador Gregorio Andrés Saldarriaga Escobar, la carne ha sido desde siempre parte de la dieta que le suministran los patrones a los trabajadores: “… los indios de la región central y oriental del Nuevo Reino de Granada de fines del siglo XVI y comienzos del XVII, recibían en las sementeras o en las minas de sus encomenderos reses enteras, partes de ellas, junto con sal, o directamente tasajos, que formaban parte sustancial de su dieta, junto con el maíz”16.
En Manuela el tasajo lo vamos a encontrar en las mesas de los calzados y también en la de los descalzos. Pero la diferencia estará en sus acompañantes. Los calzados tienen en sus casas huertos y pueden servir esta carne con distintas verduras y legumbres, e incluso el mismo plátano con el que la sirven los descalzos, pero preparados siguiendo “un modelo cosmopolita y refinado”17.
Este refinamiento en la cocina bajo la influencia de Europa, lo vemos reflejado en la novela cuando Clotilde, ante la inesperada visita de Demóstenes, le indica a la cocinera los platos que se servirán:
Pues entonces le hacemos batatas y plátanos asados al horno y plátanos en almíbar, una torta de auyama, otra de batata y otra de plátano hartón; se le dice que es a la italiana, a la francesa y a la inglesa que es del modo que se usa en la casa de monseñor, y ya está la cosa18.
Los descalzos, en cambio, sólo pueden sembrar unas pocas matas de maíz y plátano, tener contadas vacas. Y de eso se abastecen. Don Demóstenes, sobrecogido por tanta miseria, se entera de la situación de semiesclavitud en la que se encontraban los campesinos sin tierra en el siglo XIX por boca de la señora Melchora.
–Dígame usted, señora, ¿todos los arrendatarios están tan miserables como usted?
–Hay algunos que tienen un palito de platanal, y hasta el completo de seis bestiecitas; pero esos viven en guerra abierta con los patrones, porque no habiendo documento de arriendo, el dueño de la tierra aprieta por su lado, y el arrendatario trata de escapar al abrigo de los montes, del secreto y de la astucia. La primera obligación es ir al trabajo el arrendatario, o mandar al hijo o a la hija; y los que se van hallando con platica se tratan de escapar mandando un jornalero, que no sirve de nada, y de esto resultan los pleitos, que son eternos. Mi comadre Estefanía y mi madrina Patricia son tan pobres como yo y padecen como si fueran esclavas19.
El investigador Adolfo Alban Alcinte explica que este control sobre lo que el otro come era un instrumento que facilitaba la sumisión de indios y negros.
Esta colonialidad, que se disemina por diversos aspectos de la vida cotidiana de los sujetos subalternados, puede rastrearse en los ejercicios de poder que los hacendados utilizaron con la alimentación para someter a los y las esclavizadas negros y negras. La negación de los alimentos fue uno de los tantos castigos que emplearon para escarmentar ante los intentos de fuga, la desobediencia o los levantamientos. De esta forma, el sujeto colonizado (indígena y afro) fue sometido a regímenes alimentarios que se constituyeron en formas de control de su subjetividad.20.
La novela testifica como a mediados del siglo XIX se sigue tratando de mantener ese control de la subjetividad en tanto los hacendados continúan sometiendo a sus trabajadores a esta misma dieta colonial basada en sal, maíz, carne y plátano.
Una alimentación variada y abundante sólo podrán disfrutarla los descalzos si emigran a otras regiones en busca oportunidades económicas, como lo constató Manuela durante su viaje a Ambalema, el principal centro productor de tabaco en la segunda mitad del siglo XIX.
Matea había convidado a cenar a su amiga al pasar por frente de una cantina, en la cual mandó servir cordero, jamón, pescado y ensalada de coliflor, y las ramosas empanadas de maíz tan recomendadas en tierra caliente; mandó que les pusiesen vino y buen dulce de duraznos. Dicen los físicos que entre todas las reacciones la más fuerte es la del estómago. Matea había sufrido muchas hambres en el trapiche, y ahora que se hallaba con plata, comía un buen ajiaco o un cocido de carne gorda, y buen cuchuco y arroz por contrata; tomaba sus tragos de anisete y de vino en las tiendas, y en los días e parranda o de paseo era despilfarrada para cuidarse y obsequiar a sus amigas.21
Al menos anualmente, durante las fiestas patronales, los descalzos pueden probar alimentos que no son parte de su dieta diaria, pero siempre bajo la vigilancia de los calzados.
La mesa era un planito circundado de matas de plátano, cuyas hojas undulaban sobre una choza de paredes y techo de palma, y de puerta de guadua picada. Las hojas del mismo platanal servían de mantel y sobre ellas figuraban varios plátanos con papas cocidas, y otro con un cocido de yucas, plátanos y auyama. Una lechona ocupaba el primer lugar, luego seguían las gallinas y capones, algunas ensaladas de palmito, de cañabrava, y de palmichas, y una bandeja de arroz seco. Los licores eran guarapo y chicha. La alegría de la comida o merienda, estaba neutralizada por el respeto y la moderación. Al doctor Jiménez lo respetaban todos sus vecinos, porque no era de aquellos que mandan hacer una cosa en sus sermones, haciendo ellos lo contrario. Todos los convidados que formaban el primer círculo en rededor de la mesa y todos los que formaban el segundo eran gentes de la clase descalza… 22
Las fiestas de San Juan, el 24 de junio, junto a los de San Pedro y San Pablo, el 29 de junio, parten el año en dos con una semana de festejos, dentro de los cuales la abundancia de comida y bebida es uno de los principales atractivos. Calzados y descalzos celebran juntos, justos y piadosos, inspirados por el amor a Dios y a los santos, ya que, como lo explica la historiadora Aída Martínez Carreño, durante estos días la diferencia y la desigualdad social quedaban suspendidas.
Un abigarrado calendario de devociones y de festividades religiosas rigió la vida social de los colombianos en el siglo XIX. El complicado ritual, mezcla de tradición y de liturgia, comprometía la vida oficial y privada imponiendo papeles y funciones a toda la población. Esas fiestas colectivas implicaban treguas dentro del intrincado laberinto de ideologías políticas y religiosas, razas, clases y castas, e invariablemente fomentaban los negocios de fermentación y de destilería23.
Después de la decepción del tasajo, Demóstenes prueba la mazamorra en la modesta cocina de Rosa y la encuentra muy aceptable: ¡Exquisita!, exclamó el viajero así que la probó, y no volvió a atravesar palabra hasta agotar la taza24.
La mazamorra es una de las formas en que los indios consumían el maíz en grandes cantidades y su forma de prepararla aparece reseñada en Relación de La Trinidad y La Palma por Gutiérrez de Ovalle su conquistador (Ca. 1572).
Del mayz molido y cozido con ellas en agua hazen unas maçamorras que es guisado al modo de las poleadas o gachas que llaman en España, estas comen proveydas de sal o de agua della teniendolo por manjar de todas oras y por más principal sabroso y socorrido que ninguno de todos los demás qe alcançan en salud o enfermedad25.
Los indios no estiman mucho este guiso de maíz y lo consideran más apto “para calmar el hambre y pasar los momentos en que no había mejores alimentos”26. Los españoles también harían esta analogía y, desconociendo sus nombres indígenas, le dieron el mismo que recibían “los pedazos de bizcocho quebrados que quedaban en el fondo de los costales”27.
Pronto se crearon muchas variantes de la mazamorra. Gonzalo Fernández de Oviedo (1478-1557) escribió en su Sumario de la natural historia de las Indias (1526) sobre la mezcla de coco con maíz: “y por causa de esta leche de los cocos son las dichas mazamorras excelente manjar, y sin dar empacho en el estómago, dejan tanto contentamiento en el gusto y tan satisfecha la hambre, como si muchos manjares y muy buenos hubiesen comido”28.
Los españoles le agregaron también otros ingredientes como leche, azúcar, anís, yemas de huevo y canela, “con lo cual iban integrándola más a su escala de valores gustativos”29. Mas en sus diferentes recetas, la mazamorra fue consumida indistintamente por españoles, indios y negros y considerada por todos un alimento con notables propiedades curativas.
La mazamorra se mantuvo en el tiempo como una de las comidas más habituales, que más había en cantidad y que con mayor facilidad se podía ofrecer y así, en el siglo XIX, el francés Charles Saffray en sus apuntes de su viaje también habló de ésta.
Otra preparación muy importante del maíz es lo que llaman la mazamorra, sin la cual no creería ningún trabajador haber comido bien. A mí me parece que es digna de figurar en las mesas de más lujo. Para obtenerla se humedece el maíz durante doce o quince horas en agua tibia, y después se pone a cocer, añadiendo al agua un poco de ceniza para que sea ligeramente alcalina, y comunicarle la propiedad de ablandar la cubierta córnea de los granos. Cuando están bien cocidos y dilatados, se descortezan frotándolos sobre las piedras de moler. Entre tanto se ha reposado el agua del cocimiento; échase en ella azúcar, juntamente con los granos, que muy blandos entonces adquieren así el gusto más agradable. Sustituyendo con leche el agua alcalina obtiénese un manjar que recomiendo a las personas de paladar más delicado30.
La diferencia entre la mazamorra que come Don Demóstenes en la posada el Malabrigo y la de la hacienda la Esmeralda está en la receta empleada para prepararla. Seguramente la de Rosa sólo tiene agua y sal, mientras que la de doña Natalia, si corresponde a la receta dada por el historiador Lácydes Moreno, consistente en un caldo al que “le ponían repollo, arvejas, papas picadas, especialmente las criollas y el piste que era maíz quebrado y ligeramente fermentado”31. Pero ambas mazamorras lo complacen y sacian su hambre.
El maíz también era preparado por los indios en forma de chicha* y constituía el sustento principal de todas sus comidas. Luego llegó a convertirse en la base de la dieta de blancos, mestizos, mulatos y negros. Al igual que en el caso de la mazamorra, no existió una receta única y además su preparación variaba dependiendo del tipo de maíz empleado.
La iglesia intentó desde la época de la colonia reprimir el consumo de esta bebida hecha de maíz fermentado, debido a que se asociaba a las “borracheras”32 de los indios. Esta asociación negativa se cuela en la novela a través de Manuela:
–Los huevos a tres al cuartillo y las cucharas de palo para la tienda también a cuatro. ¿Qué les quedará a los indios de Guasca y Guatavita que las hacen y que las traen y después de haber vendido sus tierras por chicha, o por plata para beber chicha?33
Así la bebida sorteó muchas restricciones hasta 1948 cuando la Ley 34, presentada al Congreso de Colombia por el entonces ministro de Higiene del gobierno de Mariano Ospina Pérez, el profesor Jorge Bejarano, prohibió estrictamente la fabricación y expendio de bebidas fermentadas y desaparecieron las chicherías34. Una vez más el poder de unos pocos se impuso sobre las costumbres de otros muchos.
En general, en el siglo XIX, la dieta básica de los distintos estamentos sociales de la Nueva Granada dependía del maíz y la carne. La diferencia está en el resto de los productos que complementaban esa dieta y en la manera de prepararlos. Todas estas recetas mezclaban alimentos y técnicas europeas, indígenas y africanas, considerándose las primeras las más sofisticadas y gustosas por los grupos dominantes. Pero en muchos casos los ingredientes eran los mismos y las recetas resultantes muy similares.
Estas presencias transversales de los alimentos unieron y diferenciaron a los calzados de los descalzos. Conectó las estructuras del gusto, pero también en el consumo determinaba la posición del yo frente al otro. Si yo como más abundante, más variado y más sofisticado, tengo más poder sobre ese otro. De esta manera, los alimentos son una forma de controlar el orden social.
Si bien las líneas que separan estas clases sociales en ciertos momentos de la novela se desdibujan gracias a lo que se come y a los sentimientos de amistad, agradecimiento, atracción física y amor que surgen entre los personajes, el regreso del galanteador Demóstenes a la ciudad para contraer matrimonio con su blanca, adinerada y educada prometida y la muerte de Manuela en manos de un gamonal, deja expuesta la concepción de que sólo a través de la violencia y no de la educación es posible pacificar al campesino y que la mezcla de razas no es conveniente para el progreso del país ni en la realidad ni en la ficción.
Fuentes
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1 Reyes, Carlos José. “El Costumbrismo en Colombia”, en: Manual de literatura. Bogotá: Editorial Planeta, 1998. P. 192.
2 Vergara y Vergara, José María. “El señor Eugenio Díaz”, en: Museo de cuadros y costumbres. Bogotá: Biblioteca del Banco Popular, no. 48 T. III. P. 201.
3 Barthes, Roland. La Cámara Lúcida. Buenos Aires: Editorial Paidós, 2008. P. 158.
4 Reyes, Carlos José. Op. cit. P. 200.
5 Ibid.
6 Ancízar, Manuel. Peregrinación de Alpha. Bogotá, Fondo de Promoción de la Lectura del Banco Popular, 1984. Tomo II, Pp. 144-145.
7 Díaz Castro, Eugenio. Manuela. Bogotá, Círculo de Lectores, 1985. P. 12.
8 Santa Gertrudis, Fray Juan. Maravillas de la naturaleza. Capítulo 4. Publicación digital en la página web de la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República. Disponible en: http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/faunayflora/maravol1/mara26b.htm
9 Díaz. Op. cit. P. 120.
10 Saffray, Charles (1948) Viaje a Nueva Granada. Biblioteca Popular de Cultura Colombiana . Ministerio de Educación Nacional. P. 11.
11 Díaz. Op. cit. P. 13.
12 Carreño. Manuel Antonio. Manual de urbanidad y buenas maneras. Caracas, Editorial Panapo, 1986. P. 76.
13 Carreño. Op. cit. P. 72
14 Díaz. Op. cit. P. 106.
15 Díaz. Op. cit. P. 186.
16 Saldarriaga Escobar, Gregorio Andrés. Alimentación e identidades en el Nuevo Reino de Granada, siglos XVI y XVII. Bogotá, Centro Editorial Universidad Del Rosario, 2011. P. 258.
17 Martínez Carreño, Aída. Mesa y cocina en el siglo XIX. Bogotá, Fondo Editorial Cafetero, 1985. P. 36.
18 Díaz. Op. cit. P. 113.
19 Díaz. Op. cit. P. 77.
20 Albán Alcinte, Adolfo. Comida y colonialidad tensiones entre el proyecto hegemónico moderno y las memorias del paladar. Revista Calle 14. Volumen 4, No. 5, 2010. P. 21.
21 Díaz. Op. cit. P. 244.
22 Díaz. Op. cit. P. 316.
23 Martínez Carreño, Aída. “Gastronomía y devoción: Fiestas y platos favoritos de los colombianos en el siglo XIX”. En Revista Credencial Historia. Bogotá. Edición 12, Diciembre de 1990. P. 8.
24 Díaz. Op. cit. P. 13.
25 Gutiérrez de Ovalle, Diego. “Relación de La Trinidad y La Palma por Gutiérrez de Ovalle su conquistador” (Ca. 1572). Citado en: Tovar, Hermes. Relaciones y visitas a los Andes S. XVI. Tomo III. Disponible en:
http://books.google.com.co/books/about/Relaciones_y_visitas_a_los_Andes_S_XVI.html
26 Saldarriaga. Op. Cit. P. 190.
27 Saldarriaga. Ibid.
28 Fernández de Oviedo, Gonzalo. Sumario de la natural historia de las Indias. Capítulo LXV. Disponible en: http://www.revistaliteratura.uchile.cl/index.php/RCL/article/viewFile/17830/18600
29 Saldarriaga. Ibid.
30 Díaz. Op. cit. P. 216.
31 Moreno Blanco, Lácydes. Sabores de otros tiempos. Disponible en: http://m.eltiempo.com/lecturas-dominicales/sabores-de-otros-tiempos/10936511
32 Saldarriaga. Op. cit. Pp. 195-197.
33 Díaz. Op. cit. P. 121.
34 Martínez Carreño, Aída. Op. cit. P. 90.
*Cita conquistador
Comunicadora social con estudios de postgrado en Sistemas devInformación y en Literatura Latinoamericana. Desde 1993, trabaja en archivo y memoria, coordinando proyectos de digitalización de documentos relacionados con arte, arquitectura, literatura, música y prensa. Fue coordinadora y productora general de actividades educativas y eventos culturales de la Fundación Iberoamericana para el Nuevo Periodismo Gabriel García Márquez. Ha publicado artículos en la Revista Javeriana Cuadernos de Literatura y en Latin American Literature Today.