Historia de la lluvia (fragmento)
5 octubre, 2025
Presentamos un extracto de la novela Historia de la lluvia, del autor chileno José Francisco Robles, publicada por Editorial Equidistancias.
Terremotos
De niño imaginaba que cada vez que mis abuelos y yo dejábamos nuestro barrio, lo que ocurría un par de domingos al mes, éramos tres escarabajos que salían de su nido seco y oscuro. Tres escarabajos vestidos más o menos formalmente, tal como la gente pobre solía vestirse por esos años cuando necesitaba hacer algún trámite. Como te ven te tratan, decían los viejos. Y los tres escarabajos salíamos así: José María, mi abuelo, de camisa, chaqueta y pantalón; mi abuela, de vestido y cartera, mientras que yo salía vistiendo un pantalón y una camisa a cuadros, peinado, con zapatos lustrados y relucientes. Dejábamos el departamento para dirigirnos al país que corría al otro lado del río. Allí la vida zumbaba con una música distinta y familiar a la vez: la ciudad plena, olores, gente que hablaba sobre asuntos que yo no entendía, ruidos de buses y automóviles que se expandían por el aire y subían al cielo. No había espacio para la nostalgia. Entonces nos encontrábamos con la ciudad en su esplendor y sus miserias, que, juntas, no eran otra cosa que el borde opaco de una belleza extraña. Podíamos oler ese nuevo aire al batir nuestras alas transparentes. Conservo fragmentos de aquellas excursiones, imágenes incompletas, palabras sueltas.
Entre los lugares que visitábamos estaba la esquina de San Diego y Santa Isabel, el parque Almagro y sus rocas gigantes, la misteriosa Basílica de los Sacramentinos y la diversión sin fin de los Juegos Diana. Desde Nataniel Cox caminábamos para cruzar la mitad poniente del parque y llegar al lugar donde Lorenzo Berg había erigido siete enormes rocas blancas. Con este monumento de land art, Berg quería homenajear los siete hitos fundamentales del corto gobierno de Pedro Aguirre Cerda y el Frente Popular. Las rocas me producían un cierto temor: las imaginaba fantasmas de gigantes que descansaban envueltos en sábanas de piedra blanca. Mi abuelo, sin saber lo que esas rocas significaban ahí, solía recordar con afecto el gobierno radical de Aguirre Cerda, a quien conoció en persona cuando don Tinto, como le decían, fue a supervisar las labores de ayuda en el fundo donde trabajaba. Mi abuelo era tan solo un muchacho que, debido a un terrible temporal, había perdido todo lo que tenía: un rancho hecho con viejas tablas, un catre, un colchón de lana de dos hojas y utensilios de cocina. El mejor presidente, el mejor con los pobres, decía siempre.
Cruzando San Diego, nos encontrábamos con la cúpula mayor de la Basílica de los Sacramentinos, templo que comienza en San Diego con Santa Isabel, mientras que su frontis se ubica en la calle Arturo Prat. Mi abuela conocía ese templo desde niña. Nació cuando la obra llevaba solo dos años de inaugurada. A un costado, se hallaba el convento cuyo patio se comunicaba con los Juegos Diana, el principal objetivo de nuestro viaje. Recuerdo el contraste entre la relativa oscuridad conventual y la luz de neón del centro de diversiones: el ruido ensordecedor de carruseles que giraban sin parar y de niños que reían o lloraban, de videojuegos de guerra, deportes y aventuras, de los resortes de trampolines y camas elásticas, y de la música de los autos eléctricos pintados de múltiples colores.
Allí estaba yo la tarde del domingo 3 de marzo de 1985. Montado en uno de esos autos iba saludando a mis abuelos en cada vuelta que pasaba frente a ellos. Con la velocidad, los colores de las luces y los neones, mi auto parecía dejar una estela que mezclaba todo: la gente con las máquinas, las risas con los llantos y la loca música con ruidos de voces saliendo de todas partes. El viaje sobre esas máquinas que tanto disfrutaba era, así, una suerte de preámbulo para la vida, una mezcla indescriptible entre lo real y lo imaginario, hasta que, de pronto, todo se apagó. Un ruido mucho más ensordecedor que el del centro de entretenimiento calló ese mundo por algunos segundos; un ruido que percibí antes de que viniera la abrupta sacudida de la tierra, algo enorme que sentí como si las enormes rocas de Berg, ahora hechas de puro silencio, hubieran caído en medio del recinto. Todo lo que sonaba había dejado de sonar. Y lo que estaba callado comenzó a crujir, a romperse y caer por casi dos minutos. Luego vinieron los gritos, más sacudidas, carreras en busca de la luz que esperaba en la que ahora parecía una lejana puerta de salida. Era mi terremoto. La gente huía como hormigas por todas partes buscando la salida, pero nosotros, los tres escarabajos que venían de lejos, permanecimos casi inmóviles en medio del caos reinante.
–– ¡Esto se va a caer! –– gritó sorpresivamente mi abuelo, mirando las estructuras superiores del recinto. No les sacaba la vista de encima ––. ¡Corramos ahora, que esto se va a caer!
Cuando se alistaba a emprender una loca carrera en solitario, mi abuela le agarró del brazo firmemente y no se lo soltó.
–– Usted no va a ninguna parte. Aquí está más seguro que allá afuera.
La cara de mi abuelo era de horror e incredulidad a la vez. Sin dejar de mirar con atención las vigas del edificio, vio caer y quebrarse los espejos deformantes frente a los cuales, solo minutos antes, yo había visto mi cuerpo estirarse, achicarse y derretirse. Caídas y estallidos, un Big Bang de cristales quebrados que daba origen al terror de mi abuelo y de tantos otros que huían. Todo comenzaba a derrumbarse alrededor, pero nosotros estábamos ubicados en un lugar que parecía seguro, libre del desplome de los objetos que colgaban del cielo del edificio. Ninguno de mis abuelos hablaba. Yo los miraba también en silencio, mientras veía caer todo, como en las películas de horror o como en las de tragedias naturales. Lo que presenciaba era, en realidad, una mezcla de ambos géneros. Pero no hubo miedo en mí. Solo una intensa emoción ante lo nuevo.
El movimiento de tierra siguió y parecía que no iba a detenerse nunca más. Los cristales continuaban cayendo y rompiéndose en miles de pedazos.
–– Tu sangre, Señor –– interrumpió la voz de mi abuela, mientras me apretaba la mano con fuerza. –– Tu sangre, Señor –– repetía una y otra vez, como si fuese esta frase la poderosa letanía que nos iba salvar del desastre.
El espectáculo dentro del recinto era caótico y triste. No quedaba prácticamente nadie en su interior, solo nosotros. Espejos y vidrios rotos, máquinas de videojuegos tiradas en el suelo, carruseles vacíos y oscuridad era todo lo que había ahí. El paraíso que había imaginado en aquel lugar estaba ahora destruido. Sin embargo, no sentí tristeza ante aquella pérdida: para los niños, las escenas de destrucción pueden ser algo nuevo y divertido que contar a los amigos. Pero las expresiones en la cara de mi abuelo iban cambiando con el correr de los minutos. Del horror a la expresión de incredulidad, pasó a la de pesar y abatimiento.
–– ¿Cómo estará la niña? –– se preguntaba por mi madre, buscando una respuesta en mi abuela.
–– Debe estar bien. Muy asustada, pero bien –– respondía ella. –– Debe estar con sus amigas a esta hora.
Mi abuelo bajó la cabeza como buscando consuelo en los mosaicos de piezas azules y grises que tenía el piso de los Juegos Diana. Se transformó, de pronto, en alguien irreconocible, en alguien profundamente perturbado, a pesar de que siempre había sido la única fuente de tranquilidad en casa. Así, con total calma, murió catorce años más tarde. Cuando sintió que la muerte le agarraba el pecho, una mañana de octubre de 1999, volvió a su cama y se acostó. Desde ahí llamó a mi abuela y le anunció, con asombrosa tranquilidad, que se iba a morir. Y se murió a los pocos minutos. Por el contrario, Adriana, que vivía con un estrés constante que la destruía y destrozaba emocionalmente a los que formaban parte de su vida, parecía hallarse en total calma ante el terremoto. En el fondo, no quería demostrar que estaba profundamente preocupada. Trataba de ocultar su preocupación por mi madre y mi tía, por los vecinos, por las pocas cosas que teníamos, por el perro y los canarios blancos cuya jaula ––más que seguro–– debía a esa hora estar aplastada bajo los muebles. Imaginaba que el block donde estaba nuestro departamento ya no se hallaba en pie. Lo imaginó totalmente destruido, lleno de muertos entre los escombros. Así imaginé ese mismo edificio durante la madrugada del 27 de febrero del año 2010, mientras vivía en la Ciudad de México. También pasaron por mi cabeza imágenes de escombros, muertos, y un espeso jarabe de sangre y polvo en el que flotaban tanto mi abuela como mi madre.
Si adentro del recinto de entretenimientos el panorama era triste, afuera, en la calle, era desolador. A poco de cruzar el umbral se descubrían escombros y árboles tirados por todas partes. Rostros compungidos, gente intentando entablar una conversación; otros mudos, otros con ataques de llanto. Había muchos niños. La mayoría de ellos había estado jugando en el mismo lugar que yo, disfrutando de los últimos días de las vacaciones de verano.
–– Tu sangre, Señor –– repetía Adriana de vez en cuando.
Mi abuelo miraba a su alrededor desconcertado. No decía nada.
En algún momento salimos a caminar entre los escombros, buscando algún lugar donde pasara algo que pudiese llevarnos de regreso a casa. La calle San Diego, donde solíamos tomar el bus de vuelta, parecía haber recibido el impacto de un bombardeo. Pero todavía era verano en la ciudad, el fin del verano. Y a pesar de que el terremoto ocurrió antes de las ocho, tengo el recuerdo de que todo comenzó a oscurecerse muy poco después. La luz se iba apagando detrás de los cerros del poniente y el polvo suspendido de las construcciones caídas le daban al paisaje un aspecto sombrío, crepuscular. Fue tal vez la rápida llegada del crepúsculo la que hizo que mi abuela comenzara a perder la calma. No quería que la noche nos encontrara vagando con hambre entre las calles oscuras, destruidas y llenas de edificios tambaleantes. Su mano comenzaba a apretar la mía con más fuerza que antes.
–– Esto se va a poner como boca de lobo –– murmuraba mi abuelo ––. Ojalá no nos pille el toque de queda en la calle.
–– Sea más optimista, no sea ave de mal agüero –– replicaba mi abuela ––. Estoy segura de que vamos a encontrar algo.
Adriana tuvo razón. No sé en qué calle ocurrió el milagro, pero pasó uno de los buses cuyo recorrido era el que nos llevaba a casa. Casi no había espacio para nosotros, pero los pasajeros nos ayudaron a subir y nos hicieron un hueco para que mi abuela tuviese un asiento conmigo sentado en su falda. Aquel viaje de vuelta a casa iba a parecernos casi infinito. La gente que estaba en esa milagrosa máquina se podía dividir en dos grupos. En uno estaban aquellos que lloraban y parecían abandonados al pánico; en otro, aquellos que ejercitaban su memoria tratando de adivinar de qué clase de negocios eran los escombros que comenzábamos a descubrir a medida que nos acercábamos al centro de la ciudad.
Aquel viaje de vuelta fue una suerte de metáfora: en el trayecto se revelaba la destrucción y la desesperanza que convivía, paradójicamente, con el optimismo de que saldríamos de los escombros, como en otras tantas ocasiones. Vivíamos en lo precario, en lo que estaba y no estaba, en un presente fantasmal que era el único hogar que teníamos. Y, entonces, mis abuelos y yo éramos tres escarabajos que querían volver al agujero, a las ruinas habituales que dejaba una vida que experimentaba terremotos todos los días, al escombro que era lo cotidiano. Las calles del barrio siempre estaban llenas de restos de cosas inservibles, de desperdicios. Esto era lo que llamábamos hogar y era también el jardín donde jugábamos: los escombros, la basura en las calles y las cañerías rotas de casas y edificios eran nuestro parque de diversiones. Los ríos de agua sucia que la generosa vida nos regalaba gracias a las tragedias domésticas nos brindaban tardes de felicidad extrema haciendo carreras de barquitos de papel. Pero era 1985, el año del escombro. Desde entonces, la imagen de los escombros comenzó a quedarse en mi vida. Los restos del terremoto se impregnaron en mí y, a través de ellos, podía sentir con mayor intensidad la destrucción y la pobreza del barrio. Mis noches de tristeza se llenaron de escombros. Aún hoy creo verlos en el fondo de una sensación pesimista que de vez en cuando me inunda. Cuando siento que algo me ha herido, ahí están. Cuando el desconsuelo se apodera de mí, siento que los escombros crecen hasta convertirse en montañas. Y cuando escribo esto, los escombros toman la forma de un gato que se me acerca con sigilo y salta súbitamente a mi regazo mientras pasa por mi pecho su lengua áspera.
Todavía es 3 de marzo de 1985. Afuera seguían las señales de la tragedia: árboles, postes de electricidad, tiendas, piedras y ladrillos quebrados de lo que parecían ser casas; más árboles y más postes tirados por todas partes. Hay gente que miraba con asombro o curiosidad nuestro bus que pasaba zigzagueante, tratando de esquivar los montones de escombros que se habían ido acumulando. Más movimientos, otros sismos, de esos que llaman réplicas y que vienen siempre detrás del terremoto mayor. Y adentro de la máquina, gente con miedo, gente que se lamentaba, voces que no conocía, niños riendo, llorando o dormidos y mis abuelos sin hablar una palabra, solo refiriéndose de vez en cuando, y vagamente, a lo que veían por la ventana.
–– Mire los muros de esas casas, por Dios. Se van a caer en cualquier minuto. ¡Salgan de ahí! –– gritó mi abuela, de pronto, como si la gente que vivía en ellas la pudiese escuchar.
–– ¡Esto no va a terminar nunca! –– decía una señora con un bebé en brazos.
–– Tu sangre, Señor –– mi abuela repetía su letanía como en susurros cuando una nueva réplica se intensificaba y hacía tambalear el bus.
–– ¡Está temblando otra vez! –– alguien gritaba cada cinco o diez minutos, como si hubiese necesidad de anunciar lo que era evidente para todos.
Cuando eso ocurría, el chofer detenía el bus y esperaba hasta que pasaba el movimiento para proseguir. Y cuando encontraba árboles o postes en su camino, acudía a la amabilidad de los pasajeros para que removiesen los obstáculos. No sé cuánto duró este trayecto de vuelta a casa, pero debe haber sido el más largo y terrible para todos los que estábamos ahí. Por fin llegamos a destino, ya de noche. Nos bajamos y caminamos hacia el block. El azar quiso que en nuestro camino encontrásemos a mi madre que volvía a casa del brazo con dos amigas. Prácticamente la traían en andas. Nos miró casi sin reconocernos.
–– Mamá –– suspiró sollozando, sin mirarme, y se desmayó en brazos de mi abuela.
*
Desde esa noche, y por semanas, hubo gente durmiendo y comiendo en la calle escuchando radio casi todo el día, leyendo periódicos, juntando palos, armando fogatas. Niños y perros felices jugando libres entre improvisadas carpas hechas con frazadas o cobijas, cuando hacía un poco de frío, o con sábanas, cuando hacía calor. Niños cayendo en colchones hechos con ropa limpia o sucia envueltas en sábanas y puestos sobre bolsas de basura que trataban de impedir el paso de la humedad en caso de que lloviera. Un improvisado campamento se extendió en las canchas de fútbol ubicadas justo en frente de los blocks que componían el complejo habitacional y fue como un recuerdo de lo que hacía más de diez años había ocurrido allí cuando, a principios de los setenta, pobladores sin casa armaron su campamento y presionaron para que los blocks que se estaban terminando frente a la toma, aparentemente destinados a la policía, fueran suyos. No queremos las cosas gratis, decían los pobladores al gobierno: queremos que nos vendan estos departamentos. Dos años después, estaban firmando sus títulos de propiedad en casa de Heriberto y Norma, dirigentes vecinales, alumbrándose apenas con el cabo de una vela, mientras afuera bullía la noche del Golpe y no había más ruido que el de las botas y tanquetas del estado de sitio.
La comparsa del miedo por esos años venía casi siempre con botas y tanquetas. Llegaban las unidades militares que, con frecuencia, y ante el menor evento extraordinario, acordonaban los blocks, apostando a dos o más de sus hombres por cada uno de los edificios. Después del terremoto, sin esperar siquiera un día, llegaron a controlar la entrada y salida de los moradores, impidiendo entrar libremente a los departamentos, salvo para ir a buscar lo necesario para vivir en la calle. Aquel control, decían, se debía a razones de seguridad, a un inminente riesgo de derrumbe. Los soldados dieron a los pobladores acceso a los respectivos departamentos por un máximo de cinco minutos cada día. Pero a mi abuela, quien siempre tuvo el don de la palabra y una amabilidad que sorprendía a cualquiera, le daban hasta media hora para que arreglara las cosas que necesitara y saliera. Y así les daba alpiste a los canarios blancos, les cambiaba el agua y hasta se daba el tiempo de hablarles y hacerle mimos. Ellos no dejaron el departamento. Siguieron en sus jaulas cantando solitarios, pidiendo su ración de alpiste como una limosna que les llegaba una vez por día. Mi abuela sacaba ropa y, por supuesto, cosas para cocinar; y, a veces, si se le ocurría hacer algo rápido, se daba el tiempo de freír pescado o algo de carne antes de bajar. Mientras esto sucedía, yo solía estar jugando fútbol con mis amigos en un rincón de la cancha, donde la gente había dejado un espacio para que los niños nos entretuviésemos.
Muchos de nosotros éramos felices gracias al terremoto: no teníamos que pedir permiso para salir, ya estábamos en la calle. A esto se sumaba que el inicio de las clases, habitualmente programado para las primeras semanas de marzo, se había postergado. Algunas escuelas servían como albergues para quienes habían perdido todo. Otras réplicas del terremoto, de naturaleza distinta, comenzaron a manifestarse semanas después: estallan bombas a lo largo del país, son asesinados dos hermanos, desaparecen tres hombres que luego aparecerán degollados a la orilla de un camino, siguen las bombas, siguen las protestas y los muertos. Pero en el barrio, la tragedia de los niños fue tener que volver al encierro, dejar atrás la libertad infinita que tuvimos por varios días en la calle. Ya se puede volver a vivir bajo techo, dijeron las autoridades. Y los militares nos acompañaron hasta la entrada. Una vez adentro, nos seguían controlando y, ahora, al contrario de lo que era antes, casi no nos dejaban salir, incluso cuando se sentían fuertes réplicas. Es por seguridad, decían los soldados: estar afuera es más peligroso que estar adentro. Y así veo ahora a algunos de mis amigos llorando amargamente por tener que volver a sus departamentos de dos cuartos junto con sus padres, hermanos, tíos y primos con quienes viven hacinados. Veo a otros sin refugio, obligados a vivir con sus padres bajo el mismo techo, a soportar las palizas y a ser testigos de las ajenas, a someterse a la infelicidad de volver a ser hijos luego de haber sido, por algunos días o semanas, dulces perros salvajes.
Una década más tarde, algunos se volcaron a la calle como el único espacio propio. Allí aprendieron a vivir sin techo y sin padres, a heredar la derrota, a ser hijos del vertedero, a ser violencia crecida en el desamor, a ser un puñado de escombros hasta que un día, en las esquinas del barrio, plantaron sus banderas, fundaron sus patrias y cavaron sus tumbas.
*
No se pueden contar las noches en que las luces de los hogares se apagaban temprano y no había más remedio que meterse en la cama. Pero mientras se intentaba dormir, había luces nuevas que caían lentamente desde el cielo. Las luces hacían la noche día, cayendo sin prisa para descubrir las rutas de aquellos que perseguían con insistencia. Esa extraña luminosidad también se podía oír, y su sonido era un chillido ensordecedor, como si fuera el de un cuchillo que venía cortando el aire oscuro con una profunda y desgarradora puñalada, para luego caer en un lento y terrible desplome. Toque de queda. Todavía vive en algún lugar de nuestras sombras el vértigo de ese sonido. Muchos mirábamos a escondidas por la ventana la caída pausada de esas bengalas.
–– ¿Quién la vio anoche? ¿Escucharon cómo sonaba? –– preguntaba algún compañero de escuela a la mañana siguiente.
–– Yo. Era luminosa. Era ruidosa. Casi me deja sordo.
–– Yo también la vi y la escuché. Era como una estrella que chillaba.
Sentíamos como si alguien estuviese iluminando con una linterna enorme el interior de una oscura ratonera o de un hormiguero en el que nosotros éramos las ratas o las hormigas. Así era cómo las bengalas de la represión buscaban a sus presas nocturnas. Yo trataba de contenerme y no mirar esas luces. Mis abuelos me lo tenían estrictamente prohibido. Y aunque cerraba los ojos con todas mis fuerzas, el brillo potente de las bengalas traspasaba la piel de mis párpados. Trataba de no escuchar, pero tampoco podía evitar oír la caída de la ensordecedora puñalada y luego el estruendo, el paso de un tren, de muchos trenes, furiosos y veloces, que se escapaban por los túneles de la noche. En ese entonces no sabía hacia dónde iban. Solo sabía, por los rumores de la mañana siguiente, que se habían llevado a gente conocida y a algunos desconocidos. En sus rostros, en sus cuerpos, estaban los túneles por donde aquellos trenes cruzaban.
Cuando llegaba la mañana, era el momento de las escuelas. Cada lunes, el director de la mía, un exmilitar entusiasta de la dictadura, nos saludaba haciendo sonar sus talones, exigiendo aquel mismo gesto de nuestra parte. ¡Firmes!, ordenaba por el micrófono. Para los niños aquella orden era divertida. Y nos poníamos firmes y veíamos ondular la bandera con la cordillera de fondo, siempre blanca, siempre fría y blanca, como un enorme glaciar, un inmenso hueso perdido del universo. Luego entonábamos el himno, su quinta estrofa, el coro, y aquella otra estrofa que hoy está prohibida.
Hay una fotografía. La atesoro en mi memoria como quien guarda un cuaderno viejo con apuntes ilegibles. Al costado de una gran masa de niños ordenados en filas, todos estudiantes de primaria, puedo ver que estoy yo, de pie y formado también, mirando ondear la bandera. No es fácil descubrir quién soy: todos parecemos iguales, unos más altos, otros más pálidos, pero todos iguales. Y ahí estoy yo, mirando ondear esa bandera. Cuando el viento sopla, la estrella esconde sus puntas detrás de un mástil mal pintado para volver a mostrar su imperfecta silueta blanca. Es un día de sol en mi fotografía, tal vez de septiembre.
La jornada escolar acababa y llegaba la tarde y, luego, la noche. La gente volvía a sus nichos de vida, a alimentarse, a encender los televisores, a escuchar la radio. Así se ocultaban del mundo. Y las luces se apagaban para observar otros resplandores. Afuera, un poco antes, la tenue lluvia limpiaba todo. Los árboles se acariciaban y restregaban sus sucios brotes con el agua fresca. Tres bengalas auxiliaron, más tarde, las labores de la lluvia. Cayeron también del cielo, alumbrando los techos, abriendo de par en par las tinieblas con sus pupilas brillantes, buscando aquello que necesitaban. Comenzaban, entonces, la marcha de los trenes, los silencios gritados debajo de las almohadas, el pánico que se apoderaba de mi madre que corría a encerrarse en el baño. Toque de queda, emboscadas. Y allá arriba, más alta que los helicópteros y las nubes, la vía láctea, como una espesa leche de bengalas.
A veces yo salía de mi cama y me deslizaba, sin querer ser oído, hasta el borde de la ventana, cuyo vidrio fisurado ––todavía en su lugar–– mostraba ser un sobreviviente del terremoto. Una noche, dos cuerpos se vieron a través de la fisura. Se movían apenas, se quejaban y temblaban tirados al borde de mi calle. Dijeron algo, gritaron algo que no pude oír o que no logré entender, justo antes de que se los llevaran a rastras con su poco de vida. Botas que llegaban, botas que se alejaban. Quejidos. Silencio. La lluvia, que se había detenido, volvía a dejarse caer como si nada hubiese pasado.
De pronto, sentí que una mano que conocía muy bien me agarraba de la oreja y me levantaba hasta dejarme parado en la punta de los pies. Ante el dolor, me fui con ella, quejándome, hasta mi cama.
–– Usted no vio nada, ¿me oyó? –– dijo la voz de mi abuela.
No hubo más dolor, sino la frialdad del silencio cuando no hay respuesta. Me acosté enseguida y cerré los ojos con mucha fuerza, con tanta que no volví a recordar por años la imagen de esos cuerpos que la noche se tragó.
*
Una tarde de principios de septiembre de 1986, la televisión estaba encendida en el living y yo me encontraba dibujando cerca de ella, mirándola de vez en cuando. Tenía casi siete años y una de las cosas que más amaba hacer era dibujar y pintar seres con cuerpos humanos y cabezas de perro. Afuera el día se acababa y la oscuridad se abría paso velozmente. Alguien encendió la primera luz de la noche, mientras en la televisión el noticiero entregaba información de algo que parecía muy confuso. En esos reportes había palabras que sonaban como si estuviesen describiendo un suceso que revestía peligro o una amenaza latente para todos, palabras que no podían ocultar la simpatía que los lectores del noticiero tenían, o aparentaban tener, por la dictadura. El ruido de helicópteros en vuelo rasante se escuchaba cada cierto tiempo, cada vez más seguido.
Seguía dibujando, pero notaba que algo fuera de lo común estaba pasando. No recuerdo lo que se decía en mi casa sobre aquello, si eran expresiones de lamento, de alivio o de confusión, aunque a lo lejos pude oír, como se podía oír a menudo en septiembre, consignas políticas contra la dictadura desde los departamentos vecinos. Con el tiempo pude entender que aquello que el televisor ofrecía eran las confusas noticias del fallido atentado contra Pinochet en las afueras de Santiago. Todo pudo ser algo muy lejano, algo ocurrido a muchos kilómetros de distancia, pero no lo fue. Pocas horas después, durante esa misma noche, el estruendo trajo a casa una imagen más de la fragilidad: piedras y cristales rotos esparcidos por el piso.
Mi abuela temía que después del atentado vendría un estado de sitio y con ello los problemas de abastecimiento. Esto la llevó a querer visitar a su madre, Teresa, que ya pasaba los ochenta años y se encontraba sola en su departamento ubicado a unos tres blocks de distancia. Debido a su edad, a lo cual se añadía su nulo interés por salir a la calle, Teresa no iba a tener acceso a ciertos insumos que, seguramente, necesitaría para aquella noche que prometía ser larga. Un paquete de velas, pan, y tal vez un par de latas de pescado en caso de que se extendiera aquella circunstancia, iban en la bolsa que mi abuela llevó a casa de su madre.
Efectivamente, fue una noche larga. Yo me quedé sentado en el suelo con mi abuelo y mi madre mientras seguía dibujando y mirando de vez en cuando lo que ocurría en la televisión. Mi abuela, no obstante, demoró en volver. Cuando se despidió de Teresa, después de haberle cocinado una sopa y preparado alguna merienda para el día siguiente, le recomendó que apagara la luz pronto, pues, con seguridad, se venía un estado de sitio. Salió del departamento y se encaminó hacia el nuestro. La oscuridad de la noche era plena.
Poco antes de llegar al block notó que un cordón policial se acercaba al frontis del edificio desde la carretera y que ya venían atravesando la cancha de fútbol. Creyó que la habían visto y, raudamente, se metió al edificio y subió las escaleras lo más rápido que pudo. En el departamento la luz estaba todavía encendida; yo seguía concentrado dibujando, mientras mi abuelo y mi madre no se despegaban del televisor. Al entrar, no le fue difícil ver a través de la ventana que había un piquete de policías mirando hacia nuestro departamento que estaba en el segundo piso. Entre ellos y nosotros habría unos quince o veinte metros. No gritaron nada, no amenazaron con nada, pero comenzaron a lanzarnos piedras para ahorrarse municiones con gente que ––tal vez pensaban–– no valía la pena. Piedras grandes, macizas, provenientes del borde de la cancha de fútbol, chocaban bajo nuestra ventana o en el marco de fierro, mientras otras rompían las ventanas del cuarto de mis abuelos. Otro piquete de carabineros lanzó bombas lacrimógenas al departamento de unos vecinos que, como nosotros, tenían las luces encendidas. Aquellos vecinos estuvieron a punto de ahogarse en medio de los gases. Fueron socorridos oportunamente por otra familia del mismo piso.
Muchos, dentro y fuera del barrio, sufrirían las consecuencias de aquel fallido atentado. Amedrentamientos, secuestros, detenciones ilegales, entre otras formas de hostigamiento y crimen, eran parte del silencio que quedaba detrás de cada palabra que los noticieros emitían escandalizados. Y, en mi casa, cristales rotos por todas partes. Una piedra lanzada por la policía, del tamaño de un puño, rompió el vidrio de la ventana del living en cientos de pedazos, entró y pasó rozando mi oreja derecha, a punto de romperme la cabeza. Yo era un niño de casi siete años y la muerte había pasado silbando junto a mí. Aquella piedra detuvo su carrera en una de las paredes; su marca fue visible por años. Recuerdo haberla tenido entre mis manos a la mañana siguiente: quería sentir su peso y dureza infinitamente mayor a la de mi cabeza. Mi abuelo la botaría en algún sitio desconocido esa misma mañana.
Cristales rotos por toda la casa: mi madre, envuelta totalmente por el pánico, se encerró en el baño y gritaba desde ahí algo inentendible. A veces soltaba una frase que repetía luego de cada letanía: nos van a matar a todos. Su cara blanca como papel y sus lágrimas mojando su blusa rosada: así la vi cuando dejó su escondite. Lluvia de piedras de todos los tamaños. Mis abuelos me sacaron del living rápidamente y me pusieron en el pasillo que daba a los cuartos y que hacía las veces de trinchera. Era como si, de pronto, se hubiese puesto a llover torrencialmente y aquel pasillo era el techo de alguna parada de autobús.
–– No se mueva de aquí –– me ordenó mi abuelo, visiblemente nervioso. –– Todo va a estar bien, tranquilo, ya va a ver.
Lo vi irse de rodillas hasta el televisor para desconectarlo. Luego de hacer esto, también de rodillas, se fue al interruptor de la luz del living. Tratando de estar atento a que ninguna piedra diera en él, se levantó y apagó la luz. Ya a oscuras, un proyectil no muy grande cruzó la ventana rota y le dio en un brazo. El moretón que delataba el impacto duró varios días.
La sangrienta venganza por el atentado no demoró en llegar a todas partes. Durante esa larga noche, las bengalas caían del cielo como lluvia para iluminarlo todo y llevarse a cualquiera que pudiese calmar el revanchismo del régimen. Se supo que una de sus víctimas fue José Carrasco, periodista que había denunciado las atrocidades de la dictadura. La misma noche del atentado, cuando las piedras arrojadas por la policía invadieron nuestro departamento, Carrasco fue secuestrado desde su casa y ejecutado a las pocas horas. El gobierno quería enviar un mensaje: todos éramos vulnerables.
Hace miles de noches que ya no soy un niño ni estoy dibujando seres humanos con cabezas y colas de perro; tampoco estoy en aquel departamento de vidrios quebrados, ni en septiembre, ni en el país. Mi abuelo ya no está de rodillas buscando el interruptor de la luz. Mi abuelo ya no está. La piedra que lo hirió, como aquella que casi me mata, seguramente todavía existe en algún rincón del mundo. En esta noche estoy cerca y lejos de aquella noche de terror que volvió a mi vida a casi una década de haber ocurrido: ahí está Luciano, el hijo del periodista Carrasco, a quien conocí a mis quince o dieciséis años. No sabía exactamente, a esa edad, quién había sido su padre, aunque sí reconocía que su nombre aparecía de vez en cuando en algún periódico, libro o revista. El encuentro ocurrió a inicios del verano de 1996, en casa de un familiar. Había comida, vino, cigarrillos. Recuerdo que Luciano era un veinteañero flaco y triste, que bebía sus tragos y conversaba de cosas que me parecían serias, aunque de ellas no recuerdo absolutamente nada. Conservo de aquella noche su voz, sus gestos, la ropa que vestía, pero no tengo registro alguno de los temas que se hablaron en la mesa. A pesar de ello, nunca he olvidado la impresión general que tuve de él: su intensidad al momento de hablar, como si estuviese en un profundo diálogo consigo mismo o en un debate interior que surgía con cada cosa que decía y opinaba.
El recuerdo de la impresión que tuve de él volvió a aparecer quince años más tarde, mientras vivía en la Ciudad de México, cuando un chispazo en mi memoria recuperó la existencia de esa reunión a mediados de los noventa. Ocurrió en mi departamento de Coyoacán, en una fiesta con amigos. Dos de ellos tenían curiosidad por saber cómo había sido vivir la infancia en dictadura. Entre los pasajes que narré estaba el del atentado de 1986, lo de las piedras y cristales rotos en el departamento de mi familia, y la venganza que el régimen emprendió esa misma noche contra los opositores. Salió el nombre del periodista Carrasco y, entonces, me acordé vagamente de aquella reunión en la que conocí a su hijo. Por ello, cuando la fiesta terminó y todos los invitados, que no eran muchos, se habían ido, no me fui a dormir. Encendí mi computador y busqué el nombre de Luciano. No encontré nada. Días después, pregunté de pasada por él a quienes, pensé, todavía seguían en contacto con él. Mis preguntas no rindieron frutos: nadie sabía nada. Hacía años que le habían perdido el rastro. Pasaron semanas o meses sin poder sacarme su nombre de la cabeza, hasta que, finalmente, di con una sorpresiva información: después de una larga depresión, Luciano se había suicidado una madrugada de noviembre de 2002. Tenía poco más de treinta y un años y se había lanzado a las líneas de un tren. No sé por qué un cálculo absurdo vino a mi cabeza al enterarme de esta noticia: cuando lo conocí, mi edad era prácticamente la misma que él tenía cuando su padre fue asesinado. Y ahora que me había enterado de su muerte yo tenía la misma edad que él cuando decidió dejar de existir.
Esa noche de septiembre de 1986, de cristales rotos y vidas rotas para siempre, no hubo tiempo de limpiar los restos de vidrios esparcidos por todos los rincones del departamento. Por meses los seguimos encontrando bajo los muebles. Era el regreso de los escombros, de los escombros que se quedaban ahí, esperando o prometiendo convertirse en memoria. Esa noche, mis abuelos se acostaron en el cuarto que mi madre y yo compartíamos, pues era el único lugar que se había salvado de la barbarie policial. No sé si ellos pudieron dormir, pero tengo el vago recuerdo de haber escuchado la letanía que repetía mi abuela durante el terremoto del año anterior.
–– Tu sangre, Señor. Tu sangre, Señor.
A mi abuelo le escuché murmurar alguna oración, alguna rogativa que nos protegiera a todos, mientras mi madre ya dormía. Extenuado por la fragancia del sueño que confirmaba que todavía estaba vivo, debo haber cerrado los párpados con el mismo silencio con que una mariposa cierra sus alas.
Santiago de Chile, 1979. Entre sus publicaciones destacan los libros Polemics, Literature, and Knowledge in Eighteenth-Century Mexico: A New World for the Republic of Letters (Oxford, 2021), ganador del Louis Gottschalk Prize 2022, los libros de poesía Especies (Granada, 2022) y La isla blanca (Santiago, 2024). Ha estado a cargo de la edición y co-traducción de una selección poética de Vicente Huidobro, Poetry is a Celestial Attack / La poesía es un atentado celeste (Santiago-Barcelona, 2022) y de la edición de Se escribe en español: una antología poética del Puget Sound (Seattle, 2025).