
Igor Barreto: “Escribir poesía en Venezuela es el ejercicio de la resistencia”
3 agosto, 2025
En Inmundo, Igor Barreto propone la revisión de diferentes temas clásicos de la poesía contemporánea: la relación que tienen las palabras con la realidad, el fenómeno de la escritura y la alusión en el poema. Destaca este último término para Barreto, quien reflexiona sobre el duelo entre la indefinición del significado y su relación directa con lo concreto. En la siguiente entrevista, abundante en meditaciones, el autor venezolano habla de la importancia de la lectura, de sus autores centinelas y del frágil equilibrio de la palabra en el sinuoso camino de la creación.
Su primer libro de poesía se llamó ¿Y si el amor no llega? Fue publicado en 1983. 42 años después llega Inmundo bajo el sello editorial Pretextos. ¿Qué diferencias percibe en los intereses poéticos de aquel lejano libro y el que ahora publicas?
He tratado de ser coherente con el desarrollo de mi trabajo literario, con mis preocupaciones. ¿Y si el amor no llega? es un libro donde aparecen de manera espontánea los temas que luego voy a desplegar en mi obra. Por ejemplo, aparece como tópico esa dualidad entre una memoria que está remitida al llano, a la naturaleza del llano, a los desiertos del sur (como los nombro ahora), y este mundo urbano asfixiante. También, podría señalar que se hace presente otro de los temas que tomará con el tiempo cierto desarrollo. Me refiero a la idea, al concepto de la “representación”. La importancia que tiene la “representación” en la vida es crucial, porque no podemos ver al mundo tal cual es. Aquí hablamos de la caverna de Platón: vemos las sombras de las cosas, o sea, solo tristemente vemos “representaciones”.
En un conversatorio celebrado en 1981, durante el Festival Internacional de Poesía, en México, participaron Borges, Octavio Paz y Salvador Elizondo. Elizondo sumaría a la plática una definición del arte y de la poesía como una forma de expresión. Él utiliza la palabra expresión y Borges le sale al paso y lo corrige. Le dice que él no cree que el arte (o la poesía) tenga como sentido la expresión, sino, más bien, tiene la capacidad de aludir a la realidad. Esa idea de Borges me estremeció, porque nuestra relación con el mundo es tan débil. No somos capaces ni siquiera de expresar la realidad tal como es, y nuestras “representaciones” son sumamente frágiles. Borges de alguna manera, por lo menos, así lo interpreto, nos remite a la ilusión, al acto de referirse a algo de manera figurativa.
Alguien dijo alguna vez que la poesía busca decir con palabras lo que es imposible explicar.
Yo creo que todos los seres humanos vivimos, de alguna manera, presos de la “representación”. No hay un contacto concreto, real, con el mundo. Estamos mediados por las palabras, y ellas no pueden ocultar su fragilidad; sus indecisos significados, tan ambiguos. Lo que repiten de alguna manera los lectores de Saussure: todos entendemos el significado con acepciones distintas. Así que las palabras no son el mejor medio para hablar de la realidad. Esto último remarca, para mí, a Mallarmé como figura central de la modernidad. La palabra podrá ser un elemento fundamental del poema, pero no puede esconder su naturaleza sumamente a la hora de representar el mundo.
Agregaría, también, que se trata de una de las características de la poesía, ese duelo entre la indefinición del significado y la realidad concreta del significante. Podemos tomar cualquier sustantivo y comprobarlo. Si bien el sustantivo suele ser una palabra que tiene un significante muy claro, el significado nunca estará representado de manera precisa. Lo que la palabra hace es intentar “aludir” a la realidad, al mundo. Hacen falta otros elementos que complementen y que nos aclaren qué significa ese sustantivo, como el adjetivo, que lo personaliza. Así lo señala Adam Zagajewsky en su libro Defensa del fervor.
¿Qué significado pueden tener los dos sustantivos El campo / el ascensor (título con el que Pretextos publicó su obra completa) para su poesía, y también para lo que usted intenta desarrollar?
Lo primero que debería decir es que la figura de Drummond de Andrade es central no sólo para el modernismo brasileño, sino porque su poesía aporta muchas claves que definen quiénes somos culturalmente los latinoamericanos. Por ejemplo, nuestro pensamiento no está en un solo ámbito, lo urbano y lo rural se confunden. Drummond dice en un poema: “En el ascensor pienso en el campo, / en el campo pienso en el ascensor. / Quien me hizo así fue mi gente y mi tierra”. Es lo que hoy en día llaman la cultura de la “precariedad” o lo “marginal”. En el fondo se trata de una suerte de antípoda, ya que en el fondo somos la reunión de unos contrarios. Otro aspecto que me resulta interesante por su aporte a nuestra identidad antropológica, cultural, es el poema “Confidencia del itabirano”. Itabira es el pueblo donde nació el poeta. Durante su periodo de formación, Drummond se desplaza a un mundo urbano, a grandes ciudades; deja sus estudios de farmacéutica y se convierte en un periodista, un hombre de oficina. Itabira representará tristemente, ya no un lugar, una posible mitología. Será tan solo una fotografía en la pared de su oficina. En todo caso, Itabira se transforma en una representación: ya no hay fuego y quizás no habrá relato, para usar dos términos del filósofo italiano Agamben. El poema termina irreversiblemente expresando: “Pero cómo duele”. ¿Cómo duele que la vida sea una representación? Y más: cómo duele que lo que somos sea en el fondo tan solo eso.
Proseguimos con el tema de la representación.
El hecho de que el pasado sea una representación no deja de tener importancia definitoria en nuestras vidas. Yo personalmente creo que nuestra historia está llena de situaciones paracrónicas, es decir, donde el tiempo pasado se hace presente, irrumpe en el presente, casi deteniéndolo. Para nosotros, para Venezuela, en estos momentos la presencia de lo que fue Chávez significa el regreso al militarismo de la guerra de independencia. Nosotros estuvimos todo el siglo XIX hasta 1930, cuando de alguna manera comienza la modernidad. Claro que sucedieron paréntesis cuasi democráticos Así que yo creo que cada cierto tiempo viene una especie de periodo cuasi democrático, y luego el pasado irrumpió otra vez con su militarismo arruinándolo todo de forma lastimosa. Total, no hemos tenido el suficiente tiempo para construir una sociedad civil con instituciones poderosas y firmes.
¿No cree que la historia se tiende a borrar?
Nuestra historia está llena también de otro elemento destacado: una cierta fijación, un empeño en provocar actos de cancelación. Cada cierto tiempo intentamos olvidar lo ocurrido, y el análisis de sus posibles causas, optando por un rotundo gesto de cancelación, como olvido del pasado; y un empeño por recomenzar. En otras palabras, abandonamos la posibilidad de entender y superar el caos.
¿Por qué llamar Inmundo a su libro de poesía, si tradicionalmente la poesía está vinculada con la belleza, con cierto tipo de estética?
No creo que necesariamente debemos entender a la poesía como algo vinculado a la belleza. Yo diría que tal vez y hasta cierto punto, o en determinados períodos. Pero ya en la modernidad, Baudelaire propone una ruptura con la poesía y el poeta como representantes de la belleza de un mundo utópico. Existe ese poema de Las flores del mal, donde el poeta pierde su aureola al atravesar una calle. Es un poema que habita en mí realmente. Es un poema que habla de la pérdida de aquellos símbolos que definían al poeta. En el caso hispanoamericano, Darío intentó alcanzar la belleza, pero Vallejo, pocos años después, se le interpuso y nos enfrentó con un rostro más humano. Sin dudarlo, pienso que una de las dos grandes figuras que a mí me interesan poéticamente es César Vallejo, el otro sería Osip Mandelstam.
¿Para usted cuál es la importancia de Vallejo?
El concepto de la belleza se humanizó, a partir de Baudelaire y de Vallejo. Trilce es nuestro partenón, su coloquialidad disruptiva conmocionaría a cualquier cultura. Ahora bien, Trilce sigue siendo un libro que, lectura tras lectura puede darnos muchas sorpresas. Vallejo nos introdujo de golpe en la contemporaneidad. Es un poeta que leo para aprender de otra “belleza”, en algún sentido.
Inmundo contiene núcleos poéticos donde la naturaleza ocupa un lugar central. Hablo de poemas como “Elogio de algunos ríos”, “Palmeras”, “Recuerdo de Proclo”, etc. Como autor nacido fuera de la capital venezolana, en el llano, ¿Usted cree que hay una relación fuerte entre la poesía y la naturaleza?
No creo que haya una relación directa entre poesía y naturaleza, nuestra imagen es una representación. Entonces, como tal, sufre los avatares de nuestra historia. En mi país, en Venezuela, en el año 30, comienza la migración fuerte del campo a la ciudad Y la marginalidad surge con sus mezcolanzas. Hay algo que rechazaría de plano, me refiero a toda la alabanza romántica de la naturaleza. Ustedes los mexicanos tienen a esa maravilla que es Rulfo, el cual mantuvo una representación de la naturaleza mucho más cruda y humana. En otros lugares de América Latina se tendió de forma marcada al elogio, a la alabanza; hoy por hoy, esto es todavía una desgracia. Nosotros hablamos de la naturaleza de una forma extremadamente lisonjera, y olvidamos el tema de la contaminación y el daño continuo al medio ambiente. La no planificación de las carreteras hicieron de este país una suma de figuras geométricas enloquecidas, que condujo a la masacre de muchas especies animales.
¿Entonces su poesía rechaza esta situación de elogiar a la naturaleza?
Yo intento no elogiar a la naturaleza. Es difícil lograrlo. También miro con apego la cultura analfabeta profunda, eso que José Bergamín exaltó, toda su mirada acuciosa sobre el mundo popular, la poesía popular, los cantos y el romancero. Otros poetas como Lorca y Antonio Machado, lo hicieron de igual manera. Creo que la canción popular es un gran reservorio espiritual para la relación con la naturaleza; aunque es preciso recordar a Horacio: “Nuestro mal está en el alma”.
Quisiera evocar un recuerdo de mi infancia: iba en un carro a visitar a mis tías abuelas. En San Fernando, muy al sur. De pronto, los automóviles se detuvieron, había un grupo de hombres rodeando a un oso palmero, un oso grande de casi dos metros, la gente le rodeaba y le asestaba golpes con un madero. Yo creo que esto es una imagen de la modernidad, aquello que hizo con la naturaleza. El elogio de la naturaleza terminó en una masacre y en la destrucción del medio ambiente. La modernidad asume el elogio de la naturaleza como uno de sus elementos fundamentales. Maquilla la destrucción del medio ambiente, y la planificación de un mundo completamente extraño a lo que en verdad deberíamos ser.
Muchos han centrado algunos de sus poemas en intentar decir algo de los animales. Por ejemplo, Rilke y la pantera, Eduardo Lizalde y el tigre, Montale y la anguila, Watanabe y la mantis. Usted escribió un libro sobre gallos, La sombra del apostador. ¿Qué significa para su obra la figura del gallo?
El gallo es un símbolo, un ser heráldico, que tiene una antigüedad enorme. Es el animal que canta sobre el árbol de la vida. Está asociado a la separación de la luz y la sombra. Es verdaderamente el “pájaro solitario”, si pensamos en San Juan de la Cruz, que vuela entre dos luces, la noche y el día. Creo que el gallo de corral, el gallo ya domesticado, canta mirando la luz del amanecer. Al contrario, el gallo de combate es un animal que canta en el momento del amanecer, pero mirando hacia la noche y su sombra. Se despide de ella cantándole a la muerte. Intento representar al gallo de combate de esta manera. Pienso, como se ha dicho tantas veces, que la muerte es el tema central de la poesía. Y si la poesía habla de la vida, en verdad está hablando de la muerte, de un momento de ese acontecimiento irreversible (como lo llama Vladimir Jankélévich, en su ensayo “La muerte”). Los existencialistas cristianos, como Pierre Marcel, decían que la muerte es un suceso ordenador de la vida: establece cuál es el sentido y la relación entre el principio y su final. La muerte está cifrada en el final del poema: sólo desde este punto miramos la ordenación del texto. Los últimos versos son fundamentales, como el final de la vida es fundamental para entenderla.
¿Cuál podría ser el papel de la poesía ante la implicación?
Para mí el sustantivo tiene esa responsabilidad de situarnos frente al objeto, por eso lo he asociado a lo que llamo la “implicación”, más que los otros elementos que intervienen dentro de la sintaxis; es decir, el sustantivo es el elemento más definido del que disponemos para comunicarnos. También está el adjetivo, que ayuda a dar vida al sustantivo. En mi poesía utilizo pocos adjetivos. En una ocasión, cuando yo asistía a los talleres de literatura, se presentó Alejo Carpentier. Recuerdo que terminó su intervención recomendándonos que nos cuidemos de los adjetivos, porque son las arrugas del idioma.
Rubén Darío utilizó muchos adjetivos en su obra.
Es verdad. Algunos de sus poemas se leen todavía bien, pero hay otros que han envejecido. A la gente le cuesta admitir eso. De todos modos, Darío representó un gran momento de la cultura hispana. Pienso en la estructura de sus poemas, son maravillosas, extraordinarias, encarnan la libertad que existía en su escritura. Ahora bien, creo que la figura central de nuestra literatura ha sido y será siempre Vallejo. Representa un mundo mucho más concreto, lo que él hace con el idioma es irrepetible. A veces pareciera que le hace falta idioma para expresarse. En Trilce, su lengua disruptiva, los vacíos que suele dejar en su sintaxis, alteran el sentido, sus significados. Nos ponen a dudar sobre lo que está diciendo. Vallejo entiende que la duda y el error forman parte fundamental de la poesía.
Hoy por hoy, junto con nombres como Rafael Cadenas o Yolanda Pantin, usted también es referente de la poesía venezolana ¿Cuáles fueron sus influencias de primera mano? ¿Qué poetas venezolanos siempre están en su quehacer poético?
En Venezuela Rafael Cadenas es una presencia fundamental, es nuestro premio Cervantes. Con él llegamos a la vida adulta en materia poética. La suya es una poesía completamente despojada de adornos, llena de una gran conciencia sobre lo que pretende decir. Sin embargo, hay otros poetas que vale la pena mencionar: Ramos Sucre es un clásico de nuestra tradición literaria, tal vez poco difundido en América Latina. A su lado vale la pena mencionar a Juan Sánchez Peláez, de la generación de los 50; es un poeta sumamente interesante, que ha tenido una gran resonancia en los jóvenes.
¿Y entre sus contemporáneos?
Entre mis contemporáneos destaco a Yolanda Pantin, quien resalta en la tradición de poesía escrita por mujeres. Yo la valoro mucho, siempre hemos sido grandes amigos y siempre hemos emprendido tareas juntos. Luego, está un poeta de mi generación, Armando Rojas Guardia, además de poeta es un gran ensayista. Tiene libros fundamentales como El principio de la incertidumbre. Sus libros reflexionan sobre la identidad humana, sobre todo una identidad muy inclusiva, desde el punto de vista sexual y político. Hay otros poetas que admiro, y menciono con emoción: Mi maestra Rowena Hill, Luis Moreno Villamediana, Santos López, María Auxiliadora Álvarez, Luis Pérez Oramas, Blanca Strepponi. La poesía de estos poetas está llena de hallazgos.
¿De los más jóvenes a quiénes debemos leer?
Ahora mismo existe un movimiento de poetas, con figuras muy destacadas, como: Gina Saraceni, una poeta muy fina; Carmen Verde, una poeta del Caribe Negro; Gabriela Kisser, para mí ella es admirable, lo mismo que Adalber Salas y Luis Enrique Belmonte. Hay otros compañeros, poetas como Alfredo Herrera, que siempre me pareció un poeta importante, muy poco conocido: yo confío mucho en que su obra va a crecer pronto y va a alcanzar el reconocimiento que merece. Y así encuentro que tenemos muchos nombres para mencionar, como Luís Gerardo Mármol, entre muchos otros. A pesar de que hemos vivido unos procesos políticos sumamente terribles, de absoluta «cancelación»; la poesía ha resistido, los talleres se han mantenido, y ahora son verdaderos pilares de la resistencia civil.
¿Cómo es escribir poesía en Venezuela actualmente?
Escribir poesía en Venezuela es el ejercicio de la resistencia. Hoy día, no veo otra forma de escritura que no parta de la resistencia. En mi país todo parece contrariar esa pluralidad inherente al individuo, pero la poesía es la expresión de lo diverso. Por eso, cuando entramos a una librería siempre encontramos un libro valioso y distinto, un libro que celebramos, donde la poesía está sembrada ahí en el terreno de lo indefinible. Pero también, la poesía es un acto que implica ciertos riesgos para la vida: escribir es de alguna manera replegarse a un espacio marginal. Esa relación entre la marginalidad y la escritura poética tienen una enorme vigencia.
¿Ahora mismo se encuentra trabajando en nuevos proyectos de poesía o de alguna otra disciplina literaria?
En lo personal es difícil deshacerse de un libro. Yo debo deshacerme de Inmundo para emprender una nueva tarea literaria. Uno nunca termina un libro e inicia otro, en el mismo lugar. La poesía es distinta a otras formas de conocimiento, no progresa de forma lineal y un poeta no comienza un nuevo libro justo en el punto donde quedó el anterior. Comenzar un nuevo libro es tomar el camino, pero desde unos pasos atrás. Es difícil, uno tiene que saber elegir los libros que te acompañarán en una nueva travesía. No creo que puede existir la escritura literaria sin la lectura intensa, esta nos regala pistas que nos dice hacia dónde dirigirse. Yo suelo elegir a un grupo de autores, y esos autores son los que leo durante los años de escritura del libro. Durante la escritura de Inmundo leí activamente a Zagayeski, a Thomas Transtromer, a Inger Christensen. Ahora estoy leyendo mucho a Aimé Cesaire, sus poemas de Cuaderno de retorno al país natal son esenciales para estos tiempos que corren. No quisiera mencionar más pormenores, es una labor muy íntima y secreta.
Mérida, Yucatán, México, 1986.
Maestro en Creación Literaria por la Universidad de Texas en El Paso. Premio Nacional de poesía Rosario Castellanos (2009), Premio Estatal de la Juventud en Artes (2015) y Premio de Literatura Ciudad y Naturaleza José Emilio Pacheco 2020. Ha sido Becario del PECDA (2009), University Grant (2013- 2016), Fundación para las Letras Mexicanas (2016-2018), y del FONCA Jóvenes creadores en dos ocasiones. Es Autor de los poemarios Muerte de Catulo, La luz que no se cumple, Derrota de mar, Tal vez el crecimiento de un jardín sea la única forma en que los muertos pueden hablarnos, y La tradición del viaje a solas, que es una antología de su obra publicada hasta el 2020. Como antólogo fue coautor del libro Casi una isla: Nueve poetas yucatecos nacidos en la década de los ochenta. Actualmente es editor de poesía en la revista Carátula y docente en el área de creación literaria del Centro Estatal de Bellas Artes.