La despedida de Ludovico
1 febrero, 2026
Ludovico era del interior y lo odiaba. No le gustaban el interior del país ni el interior de su alma. Decía que allí solo había maldad, que nada bueno podía germinar en un sitio siniestro y repleto de fantasmas, y a veces uno no sabía si hablaba del lugar o de su propia persona.
Ludovico era así: sombrío e insondable. Una vez tratamos de empatarlo con una compañera de trabajo y se negó, aduciendo que la muchacha se parecía demasiado a la primavera: «Es como un conjunto de flores frescas, el alegre canto de los pájaros, un amanecer lleno de luz; es un desastre, un completo desastre». Y se refería a ella con tanta repulsión que, después de un rato, ya no sabíamos si hablaba de la estación o de esa pobre mujer. Lo cierto es que a partir de ese día sucedieron dos cosas: nunca más tratamos de juntarlo con nadie y nuestra compañera terminó siendo apodada La Primavera.
Ludo —como solíamos llamarlo en la oficina— viajaba al interior cada fin de semana. Huérfano de madre, había internado a su padre en un asilo tras numerosos e inútiles intentos por vivir juntos. Ambos se detestaban, y sus diferencias habían terminado siendo más fuertes que el lazo que los unía. Pero, a pesar del evidente desprecio que le profesaba, Ludovico siempre iba a visitarlo. Creía que, por encima de sus sentimientos y resentimientos, debía cumplir con lo que consideraba la obligación de un hijo responsable.
—Cáncer de pulmón le detectaron al viejo —nos dijo un día—. El cigarrillo se llevó temprano a mi madre, que era una santa, y ahora vino a reclamarlo a él. Mi pobre mamá, que no fumó nunca, se murió por su culpa. Porque todo el humo que salía de su boca se lo tragaba ella, mientras que a él no le daba ni resfriado. ¡Con decirles que hace poco lo encontré fumando pegado al tanque de oxígeno!
Así nos hablaba: con grosería y desfachatez. Siempre nos contaba lo horrible que eran sus viajes y lo mal que estaba su papá. Ya nos habíamos acostumbrado a su queja constante y, en cierta manera, su amargura nos entretenía. A pesar de lo terrible que sonaba, era gracioso escucharlo protestar y lamentarse por cada acontecimiento bueno o malo que ocurría en su vida. Nos divertía sin proponérselo, y aquello nos agradaba aún más.
El lunes pasado, Ludovico llegó al trabajo pálido y demacrado, nos miró con seriedad y nos dijo que se iba a morir. Aquello nos dejó atónitos, porque él nunca bromeaba y menos con un tema como ese. Nos quedamos en silencio. Al ver nuestra reacción, se recostó en su escritorio, dejó su maletín al lado de la silla y trató de ponerse lo más cómodo posible.
—El viernes, al salir de la oficina, me fui a mi casa y, con la mayor calma del mundo, arreglé mi maleta —relató—. No me gusta salir de la ciudad muy temprano porque hay mucho tráfico, así que vi un poco de televisión y me monté en el auto a eso de las diez de la noche. Un accidente en la autopista provocó un congestionamiento de mil demonios que me dejó estancado en la carretera por horas. Llegué al interior casi a las cinco de la mañana. Si me acostaba a dormir, no me iba a parar nunca, así que fui a desayunar a una fonda y esperé a que dieran las seis para ver a mi padre. Como supondrán, llegué muerto de sueño. Estaba que me quedaba dormido en cualquier parte. Les pregunté a los enfermeros si me prestaban una de las camas del asilo y me dijeron que no, que esas eran solo para los viejos que vivían allí. Había como veinte mil camas vacías, y los miserables no dejaron que me acostara en ninguna.
En fin, yo tenía demasiado sueño y, cuando llegué al cuarto de mi papá, me encontré con que se lo habían llevado al hospital para hacerle un examen y, al parecer, iba a demorar como dos horas. Me senté a esperar en la silla de metal oxidada que les ponen a las visitas. Me sentía muy incómodo en ese asiento duro y frío, estando enfrente la cama del viejo, suave y calientita, con las mantas de lana que heredó de mi mamá. Y, pues, ya se imaginarán qué hice, ¿no? Abrí el armario, me puse uno de sus pijamas y me acosté en su cama. Como los dos somos calvos, sabía que, si me volteaba hacia la pared, podían confundirme con él. Puse la alarma de mi reloj para que sonara en una hora, cerré los ojos y me quedé dormido. ¡Ay, amigos, qué delicia! Dormí mejor ahí que en mi propia cama. Ya iba como por el tercer sueño cuando sentí una mano helada sobre mi hombro. Me desperté con un sobresalto, seguro de que era alguno de los enfermeros con intenciones de largarme, y entonces la vi. La muerte estaba encima de mí, con sus dedos esqueléticos y su rostro sin fondo. Me oprimía el pecho con su peso y me congelaba los huesos con su frialdad. Traté de gritar, pero no pude. Mi voz se quedaba atorada en el umbral de mi garganta. Comprendí que solo sería capaz de mirar su rostro negro y ausente hasta que llegara mi fin. Porque ustedes vieran eso: la muerte no tiene cara. Es una cosa sombría que uno no ve, pero sabes que te está viendo a ti. Es terrible, amigos. No puedo ni explicarlo. El asunto es que, de repente, se levantó y dejé de sentir esa opresión sobre mi pecho.
—Tú no eres Palomino —dijo, sorprendida, con voz grave y abismal.
—¡No, soy Ludovico, el hijo! —respondí, a duras penas y cagado de miedo.
¡Imagínense ustedes! Por querer dormir en el lugar de mi padre, ahora me tocaba dormir el sueño eterno. Como pude, le expliqué lo sucedido y eso sí la puso de mal humor. Me puteó. Me dijo que no tenía derecho a andar durmiendo sin permiso en cama ajena y, encima, con la ropa de otra persona. Me regañó como si, mínimo, la muerte también trabajara en el asilo.
Ludovico nos contaba esta historia de lo más serio y nosotros nos reíamos a carcajadas. Era imposible escucharlo hablar así sin soltar una risotada. Ese era el efecto que nos producía, y a él no le importaba. Ni se inmutaba en indignarse. Para él, lo que tenía que decirnos estaba por encima de cómo reaccionáramos.
—Compañeros —prosiguió, con los ojos hundidos y las manos entrelazadas—, ustedes se ríen porque no les ha tocado, pero a mí sí me tocó. ¡Y me tocó de verdad! Ese frío te cala los huesos, te pone duro, te deja sin alma. Aquí donde ustedes me ven, quedé a medio palo. Todavía falta. Hoy a la medianoche me voy del todo. La muerte, amigos, la muerte es cosa seria.
—Pero ¿cómo estás tan seguro de que te vas a morir a esa hora? ¿Acaso «la muerte» te lo dijo? —preguntó Jerónimo, el de Sistemas.
—Así fue, amigo. No sé por qué lo hizo. Quizá le di lástima, le caí muy bien o muy mal, no sé, pero me dijo que me iba a dar hasta hoy a las doce para arreglar mis cosas. Así que, bueno, aquí estoy, esperando a que me llegue el porrazo.
—Ludovico, tú eres consciente de lo que estás diciendo, ¿no? Según tú «la muerte», con todo lo que ha vivido por siglos (guerras, genocidios, desastres naturales, enfermedades, destrucción), va a venir de pendeja a confundirse con el hijo de un hombre solo porque se acostó en su cama en un asilo. ¿Es en serio? —añadió con ironía Verónica, la de Cobros.
—Bueno, esto solo demuestra que por más experto que seas, siempre te puede pasar una trastada. Y todas las trastadas del universo siempre me pasan a mí. Al igual que tú, yo no le encuentro mucho sentido, ¡¿pero qué puedo hacer?! Eso fue lo que viví —respondió Ludovico con resequedad.
—Tú si eres raro, Ludo —aseguró Gerardo, el de Contabilidad—. A mí la muerte me dice que me voy a morir hoy y lo último que haría sería venirme a la oficina. Viniéndome, ¡en un putero estaría yo ahorita!
—¡Ay, amigo! Eso lo dices ahora, pero, cuando te llegue el momento, no querrás estar en un antro rodeado de prostitutas. Tú solo vas a desear estar cerca de la gente que quieres. Yo ya me despedí de mi padre y, como no tengo familia adicional, ni esposa ni hijos ni nada, me vine para acá.
Porque ustedes son lo más cercano a eso para mí —reveló Ludovico con tristeza.
Sus palabras me llegaron al alma. Corrí hacia él y lo abracé. Me impresionó la dureza y frialdad de su cuerpo. Nunca había tocado a alguien tan helado en mi vida. Mis compañeros también se acercaron y le dieron palmadas en la espalda.
Él, como siempre, se mostró indiferente a nuestras muestras de cariño. Dijo que se le estaba haciendo tarde y aún le quedaba mucho para dejar su puesto en orden. Se sentó, nos dio la espalda y se dispuso a trabajar. Nosotros nos fuimos con disimulo a la sala de conferencias y discutimos sobre lo que acababa de ocurrir.
Elaboramos varias teorías. La mayoría creía que nos estaba tomando el pelo, unos cuantos pensaban que se había vuelto loco y, otros, que estaba enfermo. Después de deliberar por un largo rato, llegamos a la conclusión de que lo más probable era que Ludo se quisiera suicidar y nos decía esto para despedirse.
Decidimos que, sin importar cuál fuera el motivo detrás de su descabellado testimonio, debíamos mantenerlo vigilado durante el día. Acordamos seguirle el juego y propusimos hacerle una fiesta de despedida después de las horas de trabajo. De esa manera tampoco estaría solo durante la noche y no encontraría la oportunidad de cometer ninguna estupidez.
En principio, Ludovico se opuso a nuestra oferta, pero luego la aceptó agradecido. Nos dijo que hubiera sido muy triste para él pasar sus últimas horas en la soledad de su cuarto y que era un gesto muy noble lo que hacíamos.
A mí me tocó redactar y enviar el correo al resto de los compañeros. Me tomó una eternidad encontrar la manera de escribirlo sin que sonara a una broma de mal gusto. «Asunto: “Invitación al agasajo en honor a la partida de este mundo de Ludovico Olivera Campos”». Hicimos una vaca. Repartimos el dinero para comprar comida, licor, un pastel y la decoración de la sala de eventos.
Sergio, el de Mercadeo, se ofreció como dj para amenizar la celebración. En tiempo récord, lo teníamos todo organizado para la fiesta de la noche.
Fue una mañana extraña en la oficina. Casi no pude trabajar pensando en Ludo. Lo veía en su silla, escribiendo en la computadora, haciendo llamadas, limpiando su escritorio. Se veía sereno y despreocupado, como si ni él mismo pensara que se fuera a morir más tarde. Eso me daba tranquilidad y, a la vez, me perturbaba. Con él, uno nunca sabía qué esperar.
Pasé por su puesto de trabajo rumbo a la copiadora y lo vi tiritando de frío. Las uñas de sus manos se le habían puesto moradas y tenía la piel de gallina.
—¿Quieres que ajuste la temperatura del aire acondicionado? —le pregunté.
—Eres muy amable, pero eso no servirá de nada. El frío me viene desde adentro —me contestó. Me quité el chal de lana que siempre cargo sobre los hombros y se lo puse alrededor del cuello.
—Esto te debe ayudar —le dije.
Se miró a sí mismo con mi pañoleta rosa de flores violetas y la examinó con sus dedos. Luego me miró y me dijo que le parecía maravilloso pasar sus últimas horas luciendo como una loca.
—Mi padre siempre pensó que yo era marica, ¿sabes? Solo porque nunca me casé. Yo tuve mis novias, e incluso me comprometí con una. Sofía, se llamaba. Vivíamos juntos y nos llevábamos bien. Estaba seguro de que ella era la indicada hasta que un día me aparecí en la casa sin avisar y la encontré desnuda, mamándosela al negro musculoso que teníamos de vecino. No te imaginas lo horrible que fue observar cómo se sacaba aquel falo gigantesco de la boca y tragaba para pedirme perdón. Fue la cosa más grande, impactante y repulsiva que me ha tocado ver en la vida —agregó con desagrado, y siguió describiendo aquello con tanto detalle que, después de un rato, ya no sabía si se refería a la escena que presenció o al tamaño del miembro viril de su vecino.
—Si es verdad que te vas hoy, te voy a extrañar mucho —le dije con nostalgia cuando terminó de desahogarse.
Él me miró sin agregar nada. Volvió a su puesto de trabajo y siguió haciendo lo suyo. Yo fui por mis copias. Cuando pasé de vuelta, aún conservaba mi chal alrededor de su garganta y me parecía que tiritaba un poco menos.
Después del almuerzo, tuve que reunirme con varios clientes fuera de la oficina. Las citas se extendieron más de lo previsto y, cuando estuve de vuelta, ya había comenzado la celebración.
Andrea, la de Diseño Gráfico, se encargó de decorar el salón. Colocó globos negros y banderines grises a lo largo de la pared. El pastel era una cruz negra con flores amarillas y letras blancas que rezaban: «Descansa en paz, Ludovico». Los platos, los vasos, las servilletas, los cubiertos, el mantel y cada mínimo adorno colocado contenían impresiones de cruces en distintas degradaciones de tonos negros y grises. El lugar se veía tan tétrico que a mí también me dieron ganas de matarme.
—Andrea, se te fue la mano con lo lúgubre —le dije apenas la vi—, se supone que es una fiesta de despedida, no un funeral.
—Pues yo entendí que el hombre se moría hoy y me pareció de mal gusto utilizar colores alegres
—respondió con sarcasmo.
Andrea nunca me cayó bien. Se hace la buena, pero su alma es más oscura que los colores que utilizó para la decoración.
Por fortuna, a pesar de lo sombrío que lucía el salón, Sergio y su música mantenían el ambiente prendido. Cada vez que ameniza una fiesta, pone a bailar a medio mundo. Y, en efecto, todos estaban moviendo el esqueleto, a excepción de Ludovico que, con un trago en la mano, miraba la algarabía desde una esquina.
Rogelio, el de Ventas, me trajo una bebida apenas me vio y me metió en el bailoteo.
—¡Salud por nuestro amigo Ludo, quien muy pronto dejará de sufrir los tormentos de estar vivo!
—animaba Sergio en el micrófono.
Nosotros levantábamos nuestros vasos y al unísono gritábamos: «¡Salud!».
—¡Un trencito por Ludo, que en cuestión de horas no volverá a tomar ningún otro tren ni tendrá que luchar contra el detestable tráfico de esta ciudad! —volvía a gritar el dj.
Como en un ritual, agarrábamos al agasajado por la cintura, lo colocábamos de primero y, al son de la música, le dábamos una vuelta al salón. Luego, entre varios compañeros, se lo echaban al hombro, lo paseaban como un rey, le daban a beber tequila y le revolvían la cabeza. Él se dejaba hacer lo que quisiéramos, estaba que ya no le importaba nada.
La fiesta seguía en su apogeo cuando, de repente, se fue la electricidad. Una oscuridad absoluta nos envolvió, dejándonos a merced de algunos gritos aislados, la decepción y la incertidumbre. Estuvimos a oscuras solo unos segundos. La luz regresó, iluminando la sala y develándonos una figura famélica, con una larga capucha negra y una guadaña en una mano, parada con solemnidad en medio del salón. El silencio se adueñó del lugar, mientras el espectro miraba uno por uno a los presentes con actitud desafiante. Apenas divisó a Ludovico, se fue directo hacia él y se sentó a su lado. En ese momento, Sergio recuperó el control del equipo de sonido y la música volvió a sonar.
—Es increíble cómo Andrea pensó en cada detalle, hasta un personaje contrató para la fiesta — comentó Roberto, el de Recursos Humanos.
—¿Eso también lo coordinó ella? —le pregunté.
—Pues, ¿quién más lo iba a hacer? Además, ¿qué crees?, ¿que la muerte se iba a aparecer disfrazada de la muerte? —me respondió con sarcasmo—. ¡Mírala! ¡Ahí está bailando en medio de la pista!
Y en efecto, Simón y Esteban sostenían la guadaña en forma horizontal mientras la muerte pasaba inclinada por debajo. Todos reían, bailaban y aplaudían, menos Ludovico, que había vuelto a su esquina y miraba el espectáculo desde lejos.
Fui hacia él. En lo que atravesaba el medio del salón, tropecé con la muerte que venía bailando en dirección opuesta junto a un grupo de compañeros. Tambaleé. La muerte y su combo siguieron de largo, y yo me quedé ahí, tratando de mantener el equilibrio. Aunque el golpe no había sido fuerte ni tampoco estaba muy borracha, me sentí mareada y caí. Aún trataba de asimilar lo que ocurría, cuando unos brazos me sujetaron con fuerza y me levantaron. Era Ludovico.
—¿Estás bien? —me preguntó.
—Sí, no te preocupes, gracias — le contesté.
Ludovico me miraba intranquilo. Yo le sonreí para tranquilizarlo.
—No quiero que te pase nada —me dijo cerca del oído. Luego bajó por mi mejilla y me besó. Me ericé al contacto de su boca. Qué placer me hizo sentir su lengua gélida mezclándose con la tibieza de la mía. Ludovico me besaba y me apretaba con intensidad. Más que intensidad, diría yo que con urgencia. Como si, en su abrazo y en su beso, me estuviera transmitiendo la poca vida que le quedaba.
Cuando nuestros labios se soltaron, vi que sonreía. Nunca lo había visto tan radiante y satisfecho. Hasta parecía feliz. Aquello me hizo sentir mucho mejor. Nos quedamos así, mirándonos y riéndonos. Aún estábamos tomados de las manos cuando aquella figura espectral se paró a su lado y le tocó el hombro izquierdo. Ludovico se alejó de mí con esa sonrisa. Los que estábamos allí fuimos testigos de cómo salieron juntos y tomaron el elevador. El ascensor se cerró frente a nosotros en el momento justo en que el reloj marcó las doce. Nadie dijo nada. Yo aproveché ese silencio para darme la vuelta y caminar hasta el puesto de Ludo. No sé cuánto tiempo me quedé ahí. Solo sé que lo pensaba y lo pensé tanto que, después de un rato, ya no sabía si recordaba más los instantes que habíamos compartido en nuestra vida o nuestro último tropiezo con la muerte.
Panameña. Es escritora, guionista y defensora internacional de ardillas. Co-creadora y guionista de las series animadas «El show de Siniestro Mu y las Vacas Lobotómicas», «Los Colorados» y «Cuéntamelo Chabelito». Ha ganado el Concurso de Literatura Infantil y Juvenil Carlos Francisco Changmarín del Ministerio de Cultura de Panamá en los años 2017 y 2023 con las obras: «Vivir con alegría» y «La zorra y el conejo» respectivamente. Ganadora del Concurso Nacional de Cuento José María Sánchez con: «El hilo que nos une» en 2018 y del Premio Sagitario Ediciones de Narrativa «Ariel Barría Alvarado» con el libro de cuentos «Esto no es vida» en el 2021.