La fiebre del oro

5 octubre, 2025
Portada La huella del filibustero
Comparte en:

La huella del filibustero, novela del escritor nicaragüense Mario Urtecho, presenta con crudeza, humor e ironía los de abajo. Urtecho recreó sucesos derivados de la ocupación filibustera, ocurridos entre 1855 y 1857, que afectaron a los países de la región centroamericana, en particular a Nicaragua y Costa Rica. Carátula presenta un fragmento de la novela.

En 1848 llegué a San Francisco. Una multitud alucinada por la fiebre del oro y procedente de los confines más disímiles del mundo, lo había convertido en hervidero de trescientas mil almas que, con estruendos y escándalos de naufragio, levantaron campamentos alrededor de la pequeña aldea. En un santiamén, los pobladores originarios vieron en sus calles el desfile de todos los genotipos, colores, estaturas y rasgos imaginables de la Humanidad; gentes de aspectos inverosímiles, acicalados con exóticos ropajes y atavíos jamás vistos, intentando entenderse con lenguas confusas, turbulentas jerigonzas, gesticulaciones y onomatopeyas tan surrealistas que bien podría pensarse que, convocados por el oro, habían llegado los arquitectos y constructores de la colapsada Torre de Babel, con la intención de edificar en Norteamérica un becerro mil veces más grande que el hallado por Moisés al bajar del Sinaí con el Decálogo grabado en tablillas de piedra por el fuego divino. 

A cualquier hora del día y la noche, a pie, en bestias y diligencias, las hordas subían y bajaban las sinuosas callejuelas, agitando el gigantesco carnaval en que habían convertido al irreconocible San Francisco, atestado de magos, acróbatas y pitonisas; mujerespájaras de hermosas alas y cuerpos emplumados; seductoras sirenas de pechos desnudos y lustrosas colas de plata; lanzallamas, tragaespadas y chamanes; poetas, pintores, escultores y escritores; gente extravagante con flores en el cabello; payasos, prostitutas, periodistas y músicos; bailes, olor espeso del humo de opio y marihuana; gritos, carcajadas, esperanzas, whisky, balazos y apuestas; carteles invitando a ver en The Stockton House la cabeza del renombrado bandido Joaquín, la mano de Jack Tres Dedos y extraordinarios alicientes para viajar de Nueva York a San Francisco y viceversa ―vía Nicaragua― al módico precio de noventa dólares, y mil cosas más en la interminable algarabía brotada del inmenso cuerno de la abundancia, ratificando de sobrada manera que las martirizadas Sodoma y Gomorra habían resucitado en la América babilónica. 

La colosal fuerza magnética creada por el maremágnum me atrapó, pero establecerme en San Francisco no fue fácil. Josiah Grant era el empresario de mayor capacidad monetaria, dueño de un emporio in crescendo, abastecido con todo tipo de mercaderías y ubicado en el centro de la ciudad. Me entrevisté con él, le mostré mis referencias bancarias y le propuse asociarnos y juntos monopolizar el mercado. Ni siquiera lo pensó. Fue categórico al afirmar que tenía suficiente oro y dinero para hacerlo solo y me sugirió largarme de su ciudad, pues era demasiado peligrosa, en particular, para forasteros como yo. Además, jurando ante Dios me dijo que odiaba a los enanos.   

En mis veinticuatro años había escuchado inmundicias contra mi naturaleza y no era momento de discutir con quien creía ser dueño de la ciudad. Dos semanas después, un incendio de grandes proporciones calcinó su almacén y él murió rostizado en el intento de salvar una importante cantidad de dinero. Nunca se conocieron las causas o autores del siniestro, pues la insuficiencia de recursos financieros y de personal, anulaba la capacidad policial para emprender pesquisas y esclarecer tantos delitos ocurridos a diario en la enloquecida colmena. Después del siniestro inicié excelente amistad con el jefe de la Policía, cultivada con especial esmero hasta la fecha.  

Abrasada la competencia, con apoyo de mis tíos Connor y Ryan —especializados en comercio y finanzas— instalé en tiempo récord un inmenso almacén con inventarios suficientes para suplir la demanda de los buscadores de oro: armas y municiones, lonas y trastos de cocina, granos y otros alimentos, herramientas, medicinas y contravenenos para picaduras de ofidios, abrigos, ropa y calzado de trabajo, lámparas, tabaco, whisky, y lo necesario para que la estoica multitud trabajara a lo bestia y sobreviviera a la alucinante fiebre que los mantenía sometidos.

A diario, centenares de obreros construían caminos, pueblos, líneas férreas, fábricas, bancos, barcos de vapor, edificios, escuelas, iglesias, almacenes comerciales, mientras entusiastas agricultores creaban inmensas plantaciones agrícolas, materia prima que abastecía a empresarios de la incipiente industria alimenticia. Todo ello contribuyó a acelerar la instauración de un sistema legal y de gobierno, decisivo para que, en 1850, California fuese admitido Estado de la Unión. El progreso tiene costos y su agresividad acosó, expulsó y exterminó a miles de aborígenes de las tribus originarias y devastó, de manera irreversible, gran parte de la flora, fauna, ríos y grandes extensiones de bosques.

La fiebre del oro incrementó la demanda y frecuencia de viajes al este de Estados Unidos. Eso no pasó desapercibido para Cornelius Vanderbilt quien, a su voracidad empresarial, agregó saberes, pericia y experiencia de ingenieros navales, cartógrafos y capitanes de barcos, cuyos análisis y cálculos indicaron que, en vez de enviar por Panamá sus barcos de vapor con pasajeros a California, era más rentable la vía marítima por Nicaragua, pues se reducían 960 kilómetros de recorrido y se abarataban a la mitad los costos del viaje. El único escollo a superar era el paso por San Juan del Norte o Greytown, en el Caribe nicaragüense, bajo dominio de los ingleses. 

En seis años incrementé mis ganancias. Con el trueque de mercaderías por oro, y pagando mejor precio que los bancos locales, acumulé suficiente metal y consolidé mi riqueza. En marzo de 1854, los principales capitalistas de la región me invitaron a ser socio fundador del Wells Fargo Bank y sentí el síndrome del rey Midas. El oro transmutado en dólares circulaba a velocidad de vértigo.

A finales de ese año, en foto de primera plana de un diario de San Francisco, reconocí a Billy, mi mejor amigo de escuela, ahora con el nombre con que ingresaría a la Historia: William Walker. Yo tenía gratos recuerdos del hijo del banquero escocés James Walker y Mary Norvell, residentes en Kentucky, en la casa 21, South Cherry Street, Nashville. Ahí lo visité varias veces, cuando era un muchacho especial: pequeño, serio, debilucho, pecoso, ojos grises, cabellos rubios, voz de viejo y admirador de Bonaparte, que lloraba si no respondía de manera correcta las preguntas del profesor. Al parecer, el ambiente religioso y en extremo puritano en que lo educaron sus padres, le trancó los caminos de los vicios y emasculó la pasión por los pecaminosos y gozosos placeres de la carne.

Yo había leído que un tal William Walker había liderado la fracasada anexión de Sonora y Baja California a Estados Unidos, pero jamás lo asocié con él. Ahora, de treinta años como yo, el periódico informaba que organizaba una invasión a Nicaragua, cuya paradisíaca y exuberante escenografía me encantó cuando pasé por allí en mi viaje a San Francisco.

Me interesé en su vida y contraté un investigador privado. Tres semanas después leí un amplio informe de su quehacer. Supe entre otras cosas, que ingresó a la Universidad de Nashville de trece años, donde estudió álgebra, trigonometría, cálculo diferencial e integral, astronomía, agrimensura, navegación, geología, mecánica, química, filosofía, retórica, antigüedades griegas y romanas, historia, clásicos griegos y latinos, moral, lógica, filosofía, economía política, oratoria, teología, sagradas escrituras y otras materias de un pensum exigente. De dieciséis se graduó en Literatura Clásica y estudios de la Biblia.

Contrario a las ideas y deseos de sus padres de verlo convertido en ministro religioso, en 1843, se graduó de médico por la universidad de Pensilvania. Continuó su formación en París, ciudad que, por sus extravagancias y libertinajes calificó de pervertida. De Francia viajó a otros países de Europa y durante su periplo se convenció que ser médico lo sometería a cautiverio en clínicas y hospitales, y eso no era lo suyo. En 1845 volvió a Estados Unidos, ejerció de médico en Filadelfia y se graduó en Derecho. En New Orleans trabajó de abogado, y fue periodista del Daily Crescent, de línea editorial liberal y antiesclavista, contraria al ambiente que predominaba en el sur de Estados Unidos. Estaba en su apogeo la doctrina del Destino Manifiesto, que sostenía la superioridad estadounidense sobre las razas originarias y promovía la esclavitud en Estados Unidos, Canadá, México, Centroamérica, Cuba, y donde fuese necesario.

En su vecindario de New Orleans conoció a Ellen, primogénita de John Galt y Clarinda Martin, reconocida familia de Charleston, bella sordomuda de veinte años, inteligente, asidua a bailes y exposiciones de arte. Se comprometió con ella, pero no hubo boda, pues la fiebre amarilla, que en 1849 devastó la localidad, segó su vida. Su deceso y el de su madre, impactaron su personalidad, agregando tendencias paranoicas a su conducta introvertida y melancólica, que más de una vez lo impulsó a tomar osadas decisiones, además, le generó propensión a hablar solo, lo que a veces derivaba hacia peroratas consigo mismo o con interlocutores imaginarios.

En 1850 adquirió notoriedad al enfrentar, desde el San Francisco Daily Herald, a jueces corruptos. Luego, en un brusco viraje a su quehacer, dirigió la conquista de Sonora, rica en yacimientos de plata. Su intención era anexarla a Estados Unidos, pero los mexicanos lo echaron a balazos. A finales de 1853, con cincuenta vagabundos de los muelles de San Francisco, embarcó otra vez a México y declaró libre, soberana e independiente a Baja California, y en enero de 1854 se proclamó presidente de Sonora. Ignoraba que un mes antes, el presidente López de Santa Anna —quien enterró una de sus piernas con honores de jefe de Estado— había firmado un tratado con Estados Unidos, cediéndole una franja de la frontera entre ambos países. Por su intento expansionista fue enjuiciado en San Francisco, se autodefendió y logró ser declarado not guilty.

La investigación de su extensa y extraña biografía concluía refiriéndose a los rasgos de su personalidad, distantes de la aparente fragilidad que su imagen mostraba en el diario. Las contradicciones eran características en su conducta. En situaciones especiales, esa persona taciturna, apocada, tímida y poco comunicativa, se desbordaba en acciones que exigían expresividad, osadía, agresividad y liderazgo. En el día a día vivía solo, no se le conocía fiancé ni amantes y, en muchos aspectos, su vida parecía ser soberanamente vacía.

Lo admiré y al mismo tiempo sentí pena por él. Mi amigo de infancia se había convertido en cautivante personaje. Sabiendo la dirección de su domicilio, le envié nota con Calhoun McGrath, mi asistente personal, y le expresé mi deseo de reunirme con él. Su inmediata respuesta me indicó que la amistad seguía intacta: —Querido Gerald, será agradable volver a verte. Ven a cenar el viernes 23 de febrero a las siete de la noche. W. W.

Su residencia estaba ubicada en un exclusivo suburbio de la ciudad. La tarde del viernes, después de placentera siesta,vestí uno de mis mejores trajes, cortado a mis medidas. Al salir vi mi imagen en la imponente luna del espejo, acomodé con la mano un mechón de mis rojos cabellos y me rasqué los genitales. En la calle esperaba mi coche forrado con madera de nogal, de cuatro ruedas, tirado por dos imponentes caballos blancos, dos portezuelas laterales, ventanillas con cristales y cuatro asientos tapizados con cuero. 

El auriga, de pulcro uniforme, a quien McGrath anticipó la dirección, recorrió a trote suave una de las calles principales y quince minutos después se detuvo frente a grandes puertas de hierro labrado, que un criado negro, vestido de negro y con cortesía de protocolo, abrió. Seguimos por una calle bordeada de césped cortado con esmero, flanqueada con exquisitas plantas ornamentales e iluminada por faroles pendientes de postes de hierro. El coche se detuvo frente al pórtico de una elegante mansión, construida acorde al diseño instituido por la arquitectura victoriana: dos plantas, ventanales, mínima decoración externa, pintada con total sobriedad en blanco y gris, coronada por techos inclinados y forrados con tejas de madera. A esa hora la luna la teñía de plata. Bajo la luz del porche esperaba Mr. William Walker, de buen vestir, 1.57 m de estatura y 130 libras de peso.

El cochero abrió la portezuela y puso una escalera de tres peldaños para bajar, al tiempo que el anfitrión se acercaba. Me saludó con firme apretón de manos, intercambiamos frases amistosas y con evidente cordialidad me invitó a entrar. En el lobby un criado tomó mi abrigo y lo colocó en un perchero de fina madera, ubicado en un ángulo entre paredes. En el interior vi exóticas piezas de cerámica y pinturas de artistas renombrados. La sala iluminada por bombillos que, desde una araña de bronce, proveían calidez a la habitación amoblada y decorada con sobria elegancia. En la pared central el retrato al óleo de una joven de serena belleza pintado por Seymour Guy.

—Es Ellen —dijo—, invitándome a ponerme cómodo en un sillón del sobrio mobiliario.

—Lo imaginé —respondí— y de inmediato reproché mi imprudencia, pues no tenía por qué imaginar a una persona que no conocía.  

Él captó mi desliz, sonrió, se acercó al bar y me sirvió un whisky doble con hielo, como acostumbro tomarlo. Él hizo igual y brindamos por la amistad y el reencuentro después de tantos años. Hablamos de nuestras vidas, viajes, estudios, profesiones, negocios, hasta llegar a sus conocidas incursiones a México, que lo habían hecho famoso en aquella parte de Estados Unidos. De manera deliberada, y para hacer más cordial el momento, me preguntó si aún tenía mi harén, detalle que me indicó que él también me había investigado y sonreímos satisfechos por nuestras mutuas difidencias.

—Ellen era un ser de luz, dulce, noble, adorable, inteligente, especial. Su muerte me devastó. Con ella habría absuelto de sospechas y rumores mi masculinidad, y su condición de sordomuda la hubiese mantenido alejada del mundanal ruido.

—¿Sabía que en tu vida íntima no caben las mujeres?

—Nunca hablamos de eso. Y si lo supo tuvo la delicadeza de no comentármelo. Sabés que admiro la belleza femenina, pero no me atrae ni puedo tener sexo con ellas. ¿Puedo seguir contando con tu mesura?

—Despreocúpate, estimado amigo. Mi discreción continúa inalterable.

Durante la exquisita cena conversamos con amplitud, sin menoscabar ninguno de los temas que derivados de los precedentes se sumaban a la plática. Luego, en una terraza frente al jardín, degustamos un fino digestivo francés y fumamos excelente tabaco de Cuba. A pesar de tantos años sin vernos, nuestro diálogo iba y venía, espontáneo, cálido, interesante, como si nos hubiésemos visto la semana anterior, lo que le dio la confianza necesaria para conducirla hacia su tema de interés.

—Algo que admiro de ti, Gerald, es que pese a las adversidades con que lidiaste en tu infancia nunca te amedrentaste ni las eludiste, como es usual en la conducta de los pusilánimes. Ese signo de superioridad es inherente a los espíritus elegidos, como tú y yo, pero también lo es de nuestra raza blanca. Tu sólida posición económica es expresión de la firmeza que te ha caracterizado para asumir retos y alcanzar metas. 

—¿Crees en la Doctrina del Destino Manifiesto?   

—Por supuesto. La Providencia eligió a Estados Unidos para que se ensanchara desde las costas del Atlántico a las del Pacífico o viceversa, tomara el poder en los países que están ahí y regenerara a tanta gente incivilizada, ociosa, atrasada y lujuriosa. Y he aceptado ser parte de esa misión. Por ello intenté lo de Sonora y Baja California, y lo hubiera logrado, pero arremetieron contra mí tantos mediocres e hipócritas que pululan desde siempre en las altas esferas del gobierno. Ahora mi nuevo empeño tiene nombre: —Nicaragua. Y ten la seguridad que la conquistaré.

—Investigué sobre tu vida porque has trascendido a lo que hace la gente común, cuyas empresas están emparentadas con la vanidad y el enriquecimiento fácil. Mas lo tuyo es diferente. Sólo así se explica que alguien culto y refinado como tú haya renunciado al confort y la seguridad y, sin ser militar, dirigieras acciones entre privaciones y peligros, incluida la perenne acechanza de la muerte.

—Tenía que hacerlo. Es la única manera de demostrar que creemos y sostenemos nuestros ideales.

—Sé que fueron intereses políticos los que impidieron que triunfaras en México y que la falta de dinero te está frenando para emprender la nueva expedición.

—Tienes razón, sin embargo, mi situación de iliquidez es superable y estoy trabajando para solventarla. 

—La convicción con que describes tus propósitos me ha entusiasmado al grado de querer integrar la expedición. Pasé por Nicaragua cuando viajé de Nueva York a San Francisco en la Accesory Transit Route, del Comodoro Vanderbilt. Aún es primitivo, pero lleno de riquezas en espera de alguien que llegue, las tome y transforme.   

—Las riquezas de Nicaragua justifican organizar su conquista, incluso morir en el intento. Pero seré sincero contigo. Lo mío trasciende lo monetario. Me apoderaré del país y su territorio será mi plataforma de operaciones para someter al resto de Centroamérica.

—Hablamos de dimensiones colosales. Imagino los millones de dólares que podemos obtener sólo por impuestos de mercaderías que salgan del norte hacia el sur y viceversa. Dueños de Centroamérica tendríamos maniatado a México y, como las vilezas son parte de la política de sus gobernantes, con facilidad compraríamos presidentes de Colombia hacia el sur.   

—Tu lógica empresarial es correcta. Pero, aparte del dinero, elemento muy importante, nuestro dominio geopolítico avalará la defensa continental de los Estados Unidos y será tal su extensión y poderío que el mundo lo llamará América. Eso no pudieron avizorar los incapaces que medran en el poder Ejecutivo.

—Sin ninguna duda, Billy.

—La próxima semana tendré noticias frescas de Nicaragua. Eso me permitirá precisar los requerimientos financieros iniciales. Valoro tu interés de integrar esta legendaria iniciativa con la que nuestros nombres quedarán inscritos para siempre en la historia moderna de América. Y, por favor, dejemos a Billy en nuestra infancia. En adelante llámame William o Walker. Me agrada de manera especial que restablezcamos nuestra amistad, querido Gerald. ¿Podemos hablar la próxima semana para precisar acciones?

Saqué de mi bolsillo mi libreta de notas, anoté la dirección de mi oficina y se la di. ¿Te va bien el próximo miércoles en la mañana?

—Ahí estaré.

Walker despidió en el pórtico a Gerald Lewis. Sonriendo para sí, pensó que su odisea era tan atractiva que hasta los liliputienses querían embarcarse en ella. Y se dirigió a su dormitorio, donde lo esperaba su cama, fría y vacía.

Diriamba, Nicaragua, 1954. Autor de Voces en la Distancia, ¡Los de Diriamba!, Clarividencias, Los nicaraguas en la conquista del Perú, Mala Casta, La mujer del padre Prado y 200 años en veremos. Ha editado la Revista Literaria El Hilo Azul y a prestigiados novelistas, cuentistas, poetas, historiadores y ensayistas, incluida la antología Pájaros encendidos de Claribel Alegría, Poesía Completa de Ernesto Cardenal y la poesía de Leonel Rugama. Ensayos y cuentos suyos han sido publicados en la Revista y Antología de la Academia Nicaragüense de la Lengua, Antología del Cuento Nicaragüense, Revista Cultural Centroamericana Carátula, Editorial Alfaguara, Revista Cultural El Golem (México), L´Ordinaire Latino-américain (Toulouse, Francia), Revista Surcos de Tinta (PEN Argentina), entre otras.