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La lengua mojada

1 abril, 2011

Como parte del ciclo de charlas sobre hispanismo global que organiza el Humanities Research Center de la prestigiosa Universidad de Rice, en Houston, Texas, nuestro director, el escritor nicaragüense Sergio Ramírez, participó el pasado mes de marzo con la charla titulada “La lengua mojada”, donde aborda el español como lengua emigrante hacia Estados Unidos, dado que en esta ocasión las charlas se enmarcan en el ciclo “Poetics of Displacement: Latin American Emigre Writers and the Creative Imagination” (Poéticas del desplazamiento: escritores latinoamericanos exiliados y la imaginación creativa), enfocándose en la relación entre el proceso creativo y la experiencia de la migración, desplazamiento y translocación en los escritores latinoamericanos.

Entre enero y abril de 2011, “Poéticas del desplazamiento” contará con la participación de seis autores, todos ellos con excepción de Ramírez, residentes en Estados Unidos. Sergio, por su parte, vivió en Costa Rica y Alemania antes de integrarse a la lucha para derrocar a la dictadura somocista en Nicaragua.


Siempre me ha intrigado saber lo que es sentirse escritor de una lengua con el país por cárcel, oprimida dentro de las rejas de la comunicación y la expresión local, una lengua que no se habla más allá de las propias fronteras. Claro que el tamaño de una lengua no se mide por sus límites geográficos, ni creo que haya lenguas pequeñas. Todas tienen sus propios registros mágicos e inmensas posibilidades literarias, pero éstas de las que hablo son lenguas hacia adentro.

No sé lo que es vivir en uno de esos espacios verbales cerrados. Hay escritores que desde allí, desde esos compartimentos, se han  trasplantado a alguna de las grandes lenguas europeas, como es el caso de Milán Kundera, que ahora escribe en francés, y no en checo. Eso es muy legítimo, y Kundera es un gran escritor. Pero para mí, una renuncia semejante significaría alejarme de la casa de la infancia para siempre clausurada, desde donde me llegan las voces que un día aprendí para siempre.

Son escritores que dejan de escribir en la lengua en que nacieron, y con la que nacieron, bajo un sentimiento de asfixia. El sentimiento de que su voz se escucha de cerca, pero no de lejos, de por medio o no la traición de las traducciones. Y no puedo verlo sino como una dolorosa mutilación, como la que se practicaba a los castrati en el siglo diecisiete, que ganaban así una nueva voz, pero perdían para siempre la propia. Mutilarse para sobrevivir. Pero peor que la castración es la deslenguación, la lengua cortada, suprimida, extirpada, desde su arranque y raíz.

Quitarse la lengua uno mismo, o que se la quiten por la fuerza. Otro de los grandes escritores centroeuropeos, Sandor Marais, sintió que había muerto cuando sus libros, que entonces sólo podían leerse en húngaro, fueron prohibidos por el gobierno comunista. Ya tenían sus novelas el país por cárcel, y ahora las enviaban al cementerio. Le habían extirpado la voz como castigo. No sólo nadie podría leerlo al otro lado de la guardarraya, ni siquiera en Polonia, en Austria, o en Checoslovaquia, donde no estaba traducido, sino que tampoco podría ser leído en su propio país. Como que no existiera. Y así  el mundo se perdió por muchos años la espléndida belleza de sus palabras, mientras él decidía su suicidio en el exilio, ya sin lengua. Hasta ahora, que está traducido en todas los idiomas.

Nicaragua es un país más pequeño que la Hungría de Sandor Maris, o de lo que fue la antigua Checoslovaquia de Milán Kundera, y por eso me intriga, y me aterra, esa posibilidad de que nadie pudiera oírme más allá de mis fronteras, o la de quedarme alguna vez sin lengua. El limbo de las palabras, o su infierno.

Si en cada una de las pequeñas y desvalidas parcelas centroamericanas se hablara una lengua distinta, ya no digamos en cada uno de los países de Hispanoamérica, viviría yo también, a fuerza, ese síndrome de babel que obliga a despreciar la propia lengua para entregarse sin consuelo a otra de mayores posibilidades, en busca del eterno universal. Y al perder la lengua así, cortada desde donde empieza, en lo hondo de la faringe, perdemos también la garganta, la boca, el oído, el olfato, la visión.

Al perder la palabra, perdemos la memoria, si no es que, por rara excepción, hallamos una nueva patria verbal, como en el caso de Vladimir Nabokov, o en el de Joseph Conrad, que emigraron los dos hacia el inglés, desde el ruso, que no es una lengua de escaso territorio, y el polaco, y vinieron a ser grandes estilistas de su nueva lengua, a la que hicieron más rica. Cuando su editor quería provocar a Conrad, con el que no se llevaba, le decía que no sabía hablar inglés, porque en verdad, su acento era pesado y engorroso, y mientras más se sentía provocado, y más se llenaba de cólera, menos inteligible se volvía. El inglés aprendido a los veinte años, en el que escribió Heart of DarknessUnder western eyes, o Nostromo, novelas sin cuya lectura nadie puede existir como escritor.

Para ser trasplantado hay que ser arrancado de las propias raíces, porque la lengua no es solamente una forma de expresión que uno pueda cambiar en la boca a mejor conveniencia, como pueden hacerlo los traductores simultáneos, sino que es la vida misma, la historia, el pasado, y aún más que eso, el existir en función de los demás, porque la lengua sola de un individuo hablando en el desierto no tendría sentido, menos para un escritor, que si existe es porque lo leen, y porque alguien más comparte sus palabras, y las vuelve suyas. Existimos, porque podemos hablar entre todos los que profesamos esa misma lengua, y con esa misma lengua, sin confundirnos como en el Pentecostés, cambiándola cada día, y agregándole capas de pintura creativa, en lo que hablamos en la calle, y en lo que escribimos en la literatura.

Digo todo esto, como quien se consuela con la realidad al despertar de un mal sueño, porque con el español me ocurre todo lo contrario a los padecimientos de los escritores de lenguas encerradas. Soy escritor en una lengua vasta, cambiante y múltiple, sin fronteras ni compartimientos, que en lugar de recogerse sobre sí misma se expande cada día, haciéndose más rica en la medida en que camina territorios, emigra, muta, se viste y de desviste, se mezcla, gana lo que puede otros idiomas, se aposenta, se queda, reemprende viaje y sigue andando, lengua caminante, revoltosa y entrometida, sorpresiva, maleable, que gana todo el tiempo hablantes. Puedo volar toda una noche, de Managua a Buenos Aires, o de la ciudad de México a Los Ángeles,  y siempre me estarán oyendo, estaré oyendo el español porteño, o el español chicano desde mi español centroamericano, dueño de un incesante caleidoscopio verbal.

Español de islas y tierra firme, deltas, pampas, cordilleras, selvas, costas ardientes, páramos desolados, subiendo hacia los volcanes y bajando hacia la mar salada, ningún otro idioma es dueño de un territorio tan vasto. Me oirán en la Patagonia, y en Ciudad Juárez, un continente de por medio, y en el Caribe de las Antillas Mayores, y en el arco del Golfo de México, y del otro lado del dilatado Atlántico también me oirán, y oiré, en tierras de Castilla, y en las de Extremadura, y en las de León, en las de Aragón. Y en Guinea Ecuatorial, y en el desierto sahaurí. Nos oiremos, hablaremos. Sabremos de qué estamos hablando, porque en la lengua, somos idénticos, estamos ungidos por la misma gracia. Y me oirán en Tucson, y en San Antonio, y en Sacramento, y en Newark, y en Houston, y en Manhattan.

Tengo en la boca una lengua invasiva, que no recula, y sabe entrar en mezclas nuevas porque se sabe el fruto de una permanente hibridación a través de la historia; la lengua que ya llegó cambiada a América después de siglos de recibir un torrente de palabras del árabe y el muzárabe, después de haberlas recibido del fenicio, del griego, del latín, y que antes las  había recibido también de los celtas y de los godos y los visigodos.

Y cuando fue traída al Caribe por las carabelas, tuvo su primer encuentro con el taíno, y después, al expandirse hacia el centro y el norte y el sur del continente, entraría en tratos con el náhuatl, el maya, el quechua, el aimara, y con cuántas lenguas aborígenes más, y luego con las lenguas de los esclavos africanos, y el francés y el holandés y el inglés corsario en el Caribe, y el italiano de las masas inmigrantes en el Río de la Plata, que dio el lunfardo.

Unas lenguas entran en otras, caudales de distintos ríos. Augusto Roa Bastos es un híbrido del español y el guaraní, de otra manera no existiría Hijo de Hombre. La sintaxis quechua entra en la escritura de José María Arguedas, de otra manera no existiría Los ríos profundos. Sin la lengua yoruba, congo o mandinga y su profundo palpitar de tambores, no existiría Songoro Cosongo de Nicolás Guillén.

Aguas revueltas de ríos distintos hasta convertirla en una nutrida amalgama que la hará a la vez irreconocible, y reconocible, una sola en su vasta y caótica diversidad que ya de este lado, el lado de los emigrantes hispanos a Estados Unidos, se vuelve más vasta y sigue nutriéndose y transformándose.  No empobreciéndose, como pueden pensar los académicos, sino enriqueciéndose, porque una lengua viva que emigra, y no se queda enclaustrada en su propia casa, siempre lleva las de ganar.

Cuando en América hablamos acerca de la identidad compartida, nuestro punto de partida, y de referencia común, es la lengua. No somos una identidad étnica, no somos una multitud homogénea, no somos una raza, somos muchas razas. La diversidad es lo que hace la identidad. La homogeneidad no es unidad, sino muerte.  Tendremos identidad mientras la persigamos y queramos encontrarnos en el otro. Pero somos una lengua, que tampoco es homogénea. La lengua desde la que vengo, y hacia la que voy, y que mientras se halla en movimiento, me lleva consigo de uno a otro territorio, territorios reales o territorios verbales,  desde el territorio mismo de la infancia.

La lengua ladina que se llevaron hacia Turquía y el Medio Oriente los judíos en su diáspora desde la Península en el siglo quince, el mismo año de 1492 del descubrimiento, y el mismo año en que los moros dejaron su último reducto de Granada, encuentra eco en la lengua arcaica acarreada por los andaluces y extremeños que se repite en lo hondo de la entraña campesina de Nicaragua: «endenantes lo vide pasar con la fresca, su merced, y agora lo tengo otra vez frente a estos mis ojos». El niño nunca olvida esas frases oídas en su pueblo natal de Masatepe,  que tienen una música extraña y antigua que enamora el oído, y andarán siempre con él en su memoria de escritor.  Tengo memoria, luego escribo. Tengo lengua, luego escribo. Escribo, luego existo.

Oí a hablar a esa gente humilde que conservaba la lengua del siglo de oro como reliquias vivas, depositadas en resquicio, en una oquedad sin tiempo. Porque la lengua española es eso, estratos geológicos superpuestos, vocablos escondidos que la retienen en sus fuentes primigenias; y encima la agobiante modernidad que trastoca los vocablos que buscan el cauce de las necesidades tecnológicas, porque quien no inventa tecnología tampoco inventa los términos de la tecnología, y entonces la lengua abre sus valvas para recibir esas palabras ajenas, y volverlas propias.

Vuelvo a mi misma vanidad de antes. Me expreso en la lengua que hablan quinientos millones de seres. Es una lengua de uso común, que sirve para comunicar necesidades y crear vínculos sociales y económicos de manera constante, un gran mercado común de la lengua a través del continente, y desde allí, desde sus múltiples puertos, en viaje de ida y vuelta a la Península, de donde vino. Pero es también, y su invulnerabilidad tiene mucho que ver con ello, una lengua literaria que alguna vez  en el futuro será lengua tecnológica sin dejar de ser literaria.

Una de las grandes lenguas literarias de la humanidad. No puedo sentirme solo, por tanto. No tengo mi lengua por cárcel, sino el reino sin límites de una incesante aventura, de Cervantes a García Márquez, de Góngora a Rubén Darío, de Alonso de Ercilla a Pablo Neruda, de Bernal Diaz del Castillo a Miguel Ángel Asturias, de Sor Juana a Javier Villaurrutia, de Miguel Hernández a Ernesto Cardenal, de Pérez Galdós a Carlos Fuentes, del Inca Garcilaso a César Vallejo, del Amadís de Gaula a Vargas Llosa, de García Lorca a José Emilio Pacheco. Ésos son los símbolos de la identidad buscada.

Nuestra lengua, nutrida desde múltiples vertientes, y por tanto mezcla portentosa, viene a ser un instrumento no sólo de comunicación entre grandes distancias, y entre millones de seres, sino también una lengua de invención. Una lengua de miles de escritores, y la lengua que se transforman todos los días en lugares remotos entre sí, y que avanza como un alud hacia acá, hacia el norte del continente, traspasando las fronteras y conservando su capacidad agresiva de transformarse. De ser siempre otra siendo siempre la misma.

Es nuestra lengua mojada. La que entra oculta a los Estados Unidos en los furgones de carga, clandestina y hacinada en los vagones de los ferrocarriles que atraviesan la frontera, la que pasa debajo de las alambradas, la que traspasa el muro inteligente, la que burla los detectores infrarrojos,  la que no se deja encandilar por los reflectores, la que huye de los perros de presa que saben oler pobreza y sudores, y de los cebados granjeros de Arizona convertidos en vigilantes armados de fusiles automáticos. Vigilante. Palabra ésa que, ironías de la lengua perseguida, ellos mismos la usan en español.

Es la lengua que el sheriff Arpaio viste con uniforme de presidiario color rosa y la hace desfilar por las calles de Phoenix para escarnecerla. Viene desde tan lejos como Bolivia, el Perú y Ecuador, acampa en el río Suchiate esperando la noche para pasar nado desde Guatemala hacia México, siempre acosada a lo largo de su marcha temerosa hacia el otro río, el río Bravo, clandestina, y por tanto subversiva. Es la lengua de la pobreza, que cae bajo las balas de los Zetas en su camino, lengua triste y masacrada que sin embargo vuelve a despertar al nombrar cada vez al dolor y la miseria, pero también a la esperanza.

Nace todos los días, se acomoda todos los días, se nutre, se aclimata, camina. Cambia mientras camina, mientras atraviesa territorios y fronteras distantes. El español de la Tierra del Fuego y el de los salares del desierto de Atacama, el del las alturas de Machu Pichu y el de las tierras calientes del Guayma, el español del valle del Cauca y los llanos de Apure, el español de la estrecha garganta pastoril iluminada por el fuego de los volcanes que es Centroamérica, el español campesino del Cibao dominicano y el insaciable español habanero, el español tapatío y el de los chilangos de la región más transparente del aire, y el del desierto de crudos espejismos de Sonora, el español de las dos Californias, el de las madreadas mexicanas en Los Ángeles, el de los murmullos de los inmigrantes ecuatorianos y bolivianos perseguidos en San Diego, el de los nicaragüenses que lloran de cabanga en San Francisco por su paisaje perdido, el de los tex-mex del Paso, el de los chicanos de Yuma. La raza.  El español de la Nueva Orleáns de los hondureños dejados  desde antaño en las costas de Luisiana por los barcos bananeros de la Flota Blanca, el de la Florida de Ponce de León donde se habla en son cubano, el de los salvadoreños ardidos de patria en las barriadas de Washington, el vasto e intrincado español de Nueva York cantado por los dominicanos,  y por los portorriqueños que se inventan cada día como newricans. Una lengua que crece pero no se divide, se hace diversa pero no cercena su cordón umbilical, una lingua franca que no amenaza fraccionarse, como le ocurrió al latín, sino que se ampara en su  pasmosa y elástica diversidad.

La lengua en que vivimos. La lengua que siempre está atravesando fronteras, clandestina entre clandestinos, seguirá siendo la misma lengua híbrida, la que vino desde el latín y el muzárabe, y vendrá luego también del inglés en el territorio conquistado de Estados Unidos. Un nuevo español más allá del río Bravo, donde marqueta por mercado, grosería por grossery, tuna por atún, soques por calcetines, sopa por jabón, carpeta por alfombra, tendrá un día carta de legitimidad en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua.

En ningún otro momento como ahora la lengua castellana ha sufrido tantos cambios porque está sometida a amplios traspasos culturales determinados por la globalización, y porque es cada vez más territorio de los jóvenes, en la medida en que las cifras de población les dan la absoluta primacía, lo que la hace más viva y enérgica, y porque es una lengua que viaja como nunca antes. Esa lengua mojada sufrida y clandestina que crea sus propios ámbitos de acción en el territorio donde llega, y que al expresarse en términos literarios toma en cuenta su nuevo paisaje social, y por tanto, su nueva carga semántica.

Estas circunstancias dan a la lengua nuevos códigos, cerca del lenguaje digital, del universo cada vez más dominante de las imágenes, de los nuevos paradigmas de la comunicación, y de las hibridaciones más sorprendentes, al mezclarse con lenguas aparentemente antagónicas, como el inglés. Pero ya viajó un día hasta el Japón, en tiempo de las misiones jesuitas, y quedó la palabra tempura en los menús, que no es sino temporada, la temporada de Cuaresma.

La lengua clandestina, la lengua que se disfraza. No es la primera vez que ocurre. El Quijote fue un artículo de contrabando en América, como todas las novelas, prohibidas porque encandilaban las mentes y encendían las imaginaciones con fuegos maléficos. Es decir, se prohibió la imaginación, que triunfa siempre contra las prohibiciones, y así como el Quijote entraba en América escondido en barriles de tocino, o de vino, o en fardos de barajas, vaya a saberse, así pasa hoy día nuestra lengua mojada, que cruza, aún a nado, hacia la tierra prometida, donde la utopía se quebranta y sufre sus peores decepciones.

Cinco ejemplares de la primera edición del Quijote llegaron a México en 1605, el mismo año en que se publicó en España, a bordo de la goleta «La Encarnación», y fueron examinados por la guardia aduanera del Santo Oficio en el puerto de Veracruz. Se les dejó pasar esa vez porque era muy pronto, quizás, para que aquel artículo que contaba las aventuras de un loco que en la sinrazón buscaba la libertad, fuera certificado como indeseable y peligroso para la disciplina y la cordura propias de los buenos súbditos del poder.  Pero no tardaría mucho en pasar inadvertido.

Los que mandaban altaneros desde arriba, y los que se dejaban mandar mansamente desde abajo, sin alegatos de por medio, y sin imaginación de por medio, eran, tanto para Erasmo como para Cervantes, los verdaderos locos. Lo siguen siendo. Los locos con poder, que vienen a resultar la peor especie de locos. Los que visten de rosa a los prisioneros indocumentados, y los pasean por las calles, que siempre han existido en la vida, y en la literatura.

Y la mayor parte de esa primera edición tuvo como destino las Indias, es decir, el Quijote se leyó entonces más en América que en España, algo que dice mucho de esa proclividad nuestra a los frutos prohibidos, a los artículos de contrabando, y al riesgo de las invenciones, ya no se diga a buscar en las invenciones lo que ya sabíamos que existía desde antes en los hechos. Lo que la vida, y sus exageraciones, le dictan al oído a la literatura.

La lengua que se paraliza en la boca es una lengua muerta. Ya sabemos que el español es la segunda lengua más hablada en los Estados Unidos, y el número de los hispanohablantes es cada vez más creciente.  Éste es un país bilingüe, por mucho que pese al sheriff Arpaio. Pero el español es también en los Estados Unidos una lengua literaria, que es la otra manera de que una lengua viva sin riesgos de muerte. Una lengua de los escritores que han traspasado la frontera, o que han nacido en el territorio de Estados Unidos, y escriben en español. Unos hablan la lengua, otros la escriben, y estos son sus dos puntales vitales. Es un asunto verbal, no territorial.

Estos escritores, que emigran, o que son hijos de la inmigración, pertenecen a un nuevo mundo, el de la cultura latina en los Estados Unidos. Latina, o hispana. Una cultura híbrida, variada, y contradictoria, sorprendente y sorpresiva, que varía su sintaxis, que crea neologismos, que se aventura a inventar.

Se trata de una literatura forjada desde la lengua castellana frente a un nuevo paisaje y una nueva circunstancia, una literatura que nace de la voz y de las experiencias de miles de inmigrantes anónimos, los mismos que se suben en Tierra Blanca, en el estado de Veracruz, al Tren de la Muerte,  los mismos que se arriesgan en las aguas del río Bravo a morir ahogados, los mismos que son engañados por los Coyotes, y que si una cosa llevan consigo en su aventura es su lengua mojada. Son protagonistas de una invasión verbal que cada vez más tendrá consecuencias culturales. Consecuencias de dos vías, por supuesto, porque cuando las aguas de un idioma entran en las de otro, se produce siempre un fenómeno de mutuo enriquecimiento.

Hace una década se publicó una antología de escritores latinos en Estados Unidos, Se habla español, preparada por Edmundo Paz Soldán y Alberto Fuguet. El libro reúne a 36 cuentistas, residentes en diversos estados,  jóvenes todos, y la suma de todos sus textos nos da una imagen de ese mundo nuevo, variado y sorprendente.

Personajes latinos en Minneapolis, o en Los Angeles, o en Mobile, o en Boston, que viven en las páginas de ese libro, y fuera de ellas. Los hondureños que en la calle Canal de Nueva Orleans hablan, cuando no, de mujeres y de parrandas, cortando a tajo de cuchillo las palabras; el dulce deje andino peruano, que tiene tanto de quena, escondido en algún recoveco de Baltimore; el caramelo dentro de la boca de la cadencia paraguaya, en la que despierta el guaraní, escuchado a lo mejor en Portland; esa mezcla de lamento y desafío que tienen las improntas de la lengua costeña venezolana, dos maracuchos hablando en un bar de medianoche en Orlando; la reserva amanerada de los bogotanos que escogen una a una las palabras como si las consultaran antes en el diccionario de Caro y Cuervo, saboreando su propio café en la barra de algún puesto de Starbucks en Dallas; la estridencia alborotadora y pendenciera de los nicaragüenses en el Miami asoleado que a ellos se les parece a Managua, como si nunca hubieran salido de allá; las palabras que arden como brasas en la boca de los dominicanos de Manhattan, y las que tienen los arpegios de violín rural, restregado con malicia y ganas de llanto, en las voces de los mexicanos de Chicago; o esos salvadoreños, en fin, siempre en grupos en los andenes del metro de Rosslyn, en Arlington, conversando de todo, como si nadie los estuviera oyendo mientras yo acerco mi oído avaricioso a lo que dicen, y sé entonces que otra vez hablan de triunfos perdidos, de ausencias y de penas.

Que una generación tras otra de escritores trasplantados a Estados Unidos se manifieste más allá de las viejas fronteras, con vivacidad creativa, es una prueba de que la literatura castellana será cada vez más ubicua, no sólo en cuanto a escenarios, sino en cuanto a la lengua misma. Un castellano de las Islas Canarias, o de La Patagonia, y otro de San Pedro de Macorís, o de San Juan de Puerto Rico, o de San Cristóbal Las Casas, o de Castilla La Mancha; y también un español literario de Atlanta, o de Brooklyn.

Pero es aquí donde me paso al otro lado del espejo, y veo mi lengua en otra lengua que de todas maneras sigue siendo mía, la nueva lengua en que escriben Rosario Ferrer, Julia Álvarez, Sandra Cisneros, Oscar Hijuelos, Junot Diaz, Daniel Alarcón. Desde el inglés, como Conrad, o como Nabokov.

¿Me contradigo? No me contradigo. Escribo en español, desde el español, seguiré haciéndolo toda la vida. Peor el fenómeno de la emigración es complejo, y siempre enriquecedor. Los idiomas, como los ríos caudalosos, se van por muchas vertientes, y sus caudales van variando de acuerdo a los territorios que atraviesan.

No es lo mismo abandonar una lengua madre en la edad madura para adoptar otra, porque esa lengua madre tiene fronteras estrechas, que escribir en la lengua dinámica del emigrante niño que escucha hablar en su casa el español, y en la calle el inglés, y entonces lo que va a dar a la escritura literaria es una mixtura, una amalgama verbal que significa la creación de un nuevo lenguaje que no hace sino reflejar la experiencia diaria, que es una experiencia oral transmutada en experiencia escrita, y que, por tanto, no puede dejar de ser literaria.

Es lo que resulta en la novela de Junot Diaz The Brief Wondrous Life of Oscar Wao. Es cierto que es una novela escrita en inglés, pero es un lenguaje híbrido, que no podría explicarse sin las constantes inserciones del español oral caribeño, que bien puede ser también el español oral de los emigrantes dominicanos a Nueva Jersey. ¿Cuántos españoles hablados dominicanos habrá, en todo caso, en Estados Unidos? El de Newark, el de Manhattan, el de Providence, el de Tampa.

Es una novela escrita en un nuevo inglés, un inglés distinto, que yo pienso que no es traducible al español. ¿Puede traducirse satisfactoriamente el Ulises de Joyce? Creo que tampoco. Las complejidades que presenta la novela de Junot Diaz a la hora de trasvasarla al español no son pocas, la primera de ellas, que el sistema nervioso de la novela, el que crea las sensaciones, se halla en el español oral que reproduce, y que sólo tienen sentido al lado del texto narrativo en inglés; porque si no, todo el texto en español, el original más el traducido, pierde su sustancia.

Pero este lenguaje híbrido, o mixto, no es sino una consecuencia cultural que nos enseña el mundo de donde proviene la novela. La novela proviene de la emigración, y toda emigración no sólo deja atrás una historia nacional, sino que la trae consigo, en la memoria y en los sentimientos de la familia. La familia, como protagonista, es un distintivo de la literatura latinoamericana, de lo que resulta siempre una saga. Somos cronistas del pasado, y de los sucesos públicos que ensombrecen ese pasado, en cualquier idioma que escribamos.

Seguramente Junot Diaz sería de todas maneras un excelente escritor si hubiera olvidado ese pasado dominicano, pero lo que estoy juzgando es una novela suya escrita en clave latinoamericana, que cuenta la historia de una familia bajo el peso del terror de la dictadura del Generalísimo Rafael Leónidas Trujillo, y que entra en disputa con La fiesta del chivo de Mario Vargas Llosa para narrar el trujillato.

Trasplantado a su inglés híbrido, Junot Diaz se hace cargo de la historia de su país, y no abandona la sustancia imaginativa latinoamericana que nunca deja de traslapar la historia pública, siempre preñada de excesos y anormalidades, con las historias privadas, porque las dictaduras, los exilios, son factores del destino que alteran las vidas privadas, y el novelista, entre nosotros, siempre está allí para servir de cronistas desapasionado de esas maneras en que las vidas privadas se transforman bajo ese peso que bien podemos llamar destino, o llamar poder.

¿Qué poder es ése? El poder de las viejas dictaduras de los caudillos vestidos de general napoleónicos, sin olvidar el tricornio emplumado, y que se proclaman sin sonrojo padres de la patria, o rebautizan a las capitales con su propio nombre, como Trujillo, que ordenó que Santo Domingo se llamara Ciudad Trujillo, y que mantienen las salas de tortura en los sótanos de sus propios palacios presidenciales, o a las prisioneros metidos al lado de las fieras en las jaulas de su jardines zoológicos privados, como hacía Anastasio Somoza;  el poder de las satrapías militares científicas de la segunda mitad del siglo veinte, que practicaban la doctrina de la seguridad nacional persiguiendo sin tregua al enemigo interno, que eran los jóvenes, miles en las listas de desaparecidos, niños arrancados del vientre de sus madres antes de ser asesinadas para ser dados en adopción. Todo eso ha sido novelable y lo sigue siendo. Está en la sustancia de nuestra realidad, y de nuestra literatura, y entre ambas se crea una frontera dichosamente difusa.

Pero está también el poder de las grandes desigualdades económicas que empuja al exilio a miles de espaldas mojadas, los que traen en sus bocas la lengua mojada, porque estas emigraciones en busca del sueño americano no son sino exilios. Y está el poder del narcotráfico, que asesina todos los días y desmiembra familias, corrompe y compra jueces, fiscales y policías, y aún políticos, y financia campañas electorales. Todo esto ha sido novelable y lo sigue siendo, y la novela latinoamericana no puede desprenderse de esta piel, ahora puedo decir, en cualquier lengua que se la escriba.

¿Qué es, sino una novela latinoamericana,  Lost city radio, de Daniel Alarcón? La guerra librada entre la guerrilla maoísta de Sendero Luminoso, y el Ejército del Perú, ha sido una de las más crueles y despiadadas en la historia del continente, una guerra en que ambas fuerzas convirtieron por igual en víctimas a la población campesina. Miles de inocentes asesinados por ambos bandos. Para un novelista peruano, se trata de un tema insoslayable. El tema, y sus consecuencias en la sociedad, y en las vidas de las gentes más humildes. Santiago Roncagliolo, que pertenece a la misma generación de Daniel Alarcón, pero que escribe en español, lo retoma en su novela Abril rojo, las sombras del terror que años después de acabada la guerra, todavía reinan en Ayacucho.

De eso se trata también la novela de Daniel Alarcón, del peso que diez años después esa guerra sigue teniendo en la memoria y en las vidas de las gentes que la sufrieron. Desde una aldea perdida en las sierras, un niño viaja a Lima llevando consigo una lista de desaparecidos para ponerla en manos de la conductora de un programa de radio, cuyo marido también se halla desaparecido. Sin las atrocidades de esa guerra, sin el terror, sin las arbitrariedades que trajo consigo, no habría historia que contar. Los programas de radio donde la gente expone sus quejas los hay en todas partes del mundo. Pero en Perú, lo que el niño lleva a los estudios de la radio es una lista de desaparecidos.

Y estoy hablando de los escritores más jóvenes, aferrados a los viejos temas de la historia pública porque son fantasmas que no pueden desterrar de la memoria que han heredado, una textura que va más allá de la lengua en que se expresen. Son, al fin y al cabo, historias de desterrados, las que todo el que se va lleva consigo al exilio, en su memoria y en su lengua. La lengua mojada. Pero que sólo quien recibe la gracia de la escritura puede expresar la historia, o su historia, en las palabras.

Lengua se llama en quiché a quien habla en nombre de los demás, porque tiene el don de la palabra y representa así a los que no tienen voz. La persona es la lengua. Los que hablan, y los que escriben, para quede memoria de las ocurrencias del pasado, estén donde estén, son los lenguas de la tribu.

¿A qué otra cosa mejor puede aspirar un escritor, de este lado de la frontera o del otro,  sino a ser lengua de su tribu?

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Escritor nicaragüense. Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes 2017. Fundó la revista Ventana en 1960, y encabezó el movimiento literario del mismo nombre. En 1968 fundó la Editorial Universitaria Centroamericana (EDUCA) y en 1981 la Editorial Nueva Nicaragua. Su bibliografía abarca más de cincuenta títulos. Con Margarita, está linda la mar (1998) ganó el Premio Internacional de Novela Alfaguara, otorgado por un jurado presidido por Carlos Fuentes y el Premio Latinoamericano de Novela José María Arguedas 2000, otorgado por Casa de las Américas. Por su trayectoria literaria ha merecido el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso, en 2011, y el Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria en Idioma Español, en 2014. Su novela más reciente es Ya nadie llora por mí, publicada por Alfaguara en 2017. Ha recibido la Beca Guggenheim, la Orden de Comendador de las Letras de Francia, la Orden al Mérito de Alemania, y la Orden Isabel la Católica de España.