La luz callada. El saúz de José Juan Tablada
5 octubre, 2025
El poeta mexicano Marco Antonio Murillo analiza el haiku “El saúz” de José Juan Tablada como transformación natural y mística, entre ruptura y tradición poética.
José Juan Tablada fue uno de los primeros poetas latinoamericanos en adoptar como forma de expresión el haiku, con el cual tuvo contacto durante un viaje realizado a Japón en 1900. Tablada no concebía el haiku como moda u ornamento exótico, sino como la oportunidad de nutrir al castellano de una nueva forma de lenguaje. Para Octavio Paz, Tablada “descubrió en la poesía japonesa ciertos elementos: economía verbal, humor, lenguaje coloquial, amor por la imagen exacta e insólita, que lo impulsaron a abandonar el modernismo y a buscar una nueva manera” (1981, p. 15), tal como se refleja en sus libros Un día… (1919), El jarro de flores (1922), entre otros.
En Un día… aparece un haiku que me llama la atención para su análisis, El saúz. Este brevísimo poema es uno de los textos más antologados del autor, no sólo por la imagen cargada que se despliega en 3 versos, también porque cumple con la característica del haiku tradicional de ser impresionista, la cual se antoja difícil dado que revela el choque de dos lenguas completamente distintas. El haiku dice:
El saúz
Tierno saúz
casi oro, casi ámbar,
casi luz…
Al acercarnos con detenimiento al poema, lo primero que se entrevé es una ruptura con la forma clásica oriental: existe un título, una rima y se recurre a los signos de puntuación. El título funciona aquí como una guía para el lector, le sugiere cómo abordar el texto y qué elementos jerarquizar. El saúz llega a ser el elemento más importante y los otros, oro, ámbar y luz, se encuentran sujetos a él. La rima consonante nos obliga a hermanar los sustantivos saúz y luz, intuyendo que se fragua un pacto de signos que traman la historia de una transformación.
Con estos dos elementos, Tablada rompe con la forma clásica del haikú, en donde el poeta, a través de la omisión de signos, título y rimas, pretendía poner todos los componentes fonéticos, plásticos y semánticos al mismo nivel, con el fin de que el lector entrara al poema sin ningún tipo de indicio o sugerencia que le guiase. Acaso por dicha ruptura es que el poeta mexicano prefirió llamar a los poemas coleccionados en Un día… poemas sintéticos y no haikús. “Bien sabía, dice Ramón Xirau, que el metro castellano no puede reproducir el metro japonés ni la idea del mundo que sirve de fondo al hai-kai (2004, p. 135)”. Sin embargo, no se aleja el poema de lo que sería un auténtico haiku, puesto que en primera instancia su tema está relacionado con la naturaleza.
El poeta del haiku era un nómada que erraba por los diversos paisajes y caminos de la isla nipona; las impresiones de sus recorridos, los lugares visitados, los paisajes, se registraban en su poesía. Para el haijin (poeta del haiku) caminar por la naturaleza “acerca a la tierra y ayuda a llamar a las cosas por su nombre” (Silva, 2005, Ob. Cit., p. 351), y más aún, verlas tal y como son.En ese sentido, El saúz ha tomado varios elementos cercanos a una poética de lo natural. Dice Octavio Paz, justo antes de citar aquel poema: “En sus momentos más afortunados la objetividad de Tablada confiere a todo lo que sus ojos descubren un carácter religioso de aparición” (1981, Ob. Cit, p. 17) Por su parte, apunta Xirau: “expresó a partir de Un día, su propia experiencia religiosa, experiencia unitiva donde los pájaros, los árboles, las luciérnagas son tanto un regreso a la sencillez como signos y símbolos de las creencias del poeta. Muestra de ese sentido sagrado (…), hermético de las cosas, en efecto ese saúz” (2004, Ob. Cit, p. 135).
La imagen mística que se manifiesta en El saúz está ligada a uno de los cuatro tópicos (el camino, el margen, el héroe y el juego) que Alberto Silva señala como presentes en la poética del haiku, este es “el camino”, el cual “arraigado en la tradición de los seguidores de Buda (…), sugiere cambio, tránsito, renacimiento de lo mismo” (2005, Ob. Cit., p. 345). El poema de Tablada plasma paso a paso la metamorfosis de un saúz hacia un estado de “pureza”: de lo sólido (oro) a lo transparente (ámbar), y por último, a lo etéreo (luz); metamorfosis que, sin embargo, no se lleva a cabo en rigurosa plenitud, como veremos.
La temporalidad del poema se divide en 2 partes: la primera, hallada en el primer verso (“Tierno saúz”), corresponde a una descripción en donde el tiempo de la narración equivale a cero. Esta pausa se forma a partir de un sustantivo (saúz), y un adjetivo calificativo (tierno), cuya función es: 1) situarnos a la manera del haiku clásico en una concreta estación del año, en este caso la primavera; y 2) marcar el inicio de la metamorfosis. La segunda parte, localizada en los últimos dos versos (“casi oro, casi ámbar, / casi luz…”), traza el camino de la transformación y constituye un plano de acciones. Surge aquí una duda ¿Cómo puede haber acciones sin verbos? Los verbos se encuentran sugeridos mediante elipsis; la supresión de estos no resta movimiento al poema, lo otorga de hecho, a través de la repetición del determinante “casi”, así como del uso de los paralelismos que integran a los sustantivos “oro”, “ámbar” y “luz”. Para Helena Beristáin esta condición de movimiento permite que el lector no esté ante una imagen estática, fotográfica (propia de las imágenes impresionistas del haiku tradicional), “sino una imagen cinematográfica, un proceso hermético que en tan breve espacio presenta ante nuestra imaginación el aspecto rápidamente cambiante del saúz por causa de su continuo movimiento (…) en medio de la atmósfera luminosa” (1989, p. 33).
Si bien estos elementos señalan una metamorfosis, ésta nunca llega a concretarse íntegramente en ninguna de sus etapas; en otras palabras, el saúz nunca deja de ser un árbol. Lo anterior nos lleva a un nuevo tópico del haiku: el héroe. Estos, dice Alberto Silva, “están desarmados, son improductivos, poco prácticos. No logran ni intentan ser ejemplares” (Ibídem, p. 335). Lo que hace al héroe del poema sujetarse a este tópico, es el uso de “casi”, que indica irrealización. Pienso en que si el saúz de Tablada hubiese tenido un tratamiento occidental, otra hubiese sido la suerte del poema. El árbol terminaría por disiparse irremediablemente en la luz, justo después de atravesar por una evolución orgánica e irreversible. La esencia místico religiosa que intenta mostrar Tablada, en donde el elemento central se transforma pero sin dejar de ser uno mismo, no hubiera sido posible.
Después de haber leído este haiku me quedan en el pensamiento las siguientes preguntas, acaso nacidas entre los puntos suspensivos que lo rematan: ¿La transformación del saúz se extiende más allá del texto?, o bien ¿retornamos a la imagen del primer verso, y de ahí emprendemos un nuevo recorrido por los mismos elementos? Sea cual fuere el camino que se tome para la interpretación, es innegable que nos hallamos ante una imagen visual plena y completamente cerrada: Una luz colándose lentamente por un árbol; los primeros rayos solares de una quieta mañana. Sin embargo, la luz de la imagen, que es su significado, no se cumple enteramente en el lector, permanece abierta. La polisemia que surge en sólo tres versos se hace mayor mientras más grande es nuestra voluntad de entender qué es lo que se oculta tras el saúz y la alquimia de elementos que lo envuelven.
Bibliografía
Beristáin, Helena. Análisis e interpretación del poema lírico. UNAM, México, 1989.
Octavio Paz “La tradición del Haiku”, en Matsuo Basho Sendas de Oku (Octavio Paz y Eikichi Hayashiya, Comp.) , Seix Barral, México, 1981.
Silva, Alberto. El libro del haiku. Bajo la luna, Buenos Aires, 2005.
Xirau, Ramón. “Del modernismo a la modernidad”, en Entre la poesía y el conocimiento. FCE, México, 2004.
Mérida, Yucatán, México, 1986.
Maestro en Creación Literaria por la Universidad de Texas en El Paso. Premio Nacional de poesía Rosario Castellanos (2009), Premio Estatal de la Juventud en Artes (2015) y Premio de Literatura Ciudad y Naturaleza José Emilio Pacheco 2020. Ha sido Becario del PECDA (2009), University Grant (2013- 2016), Fundación para las Letras Mexicanas (2016-2018), y del FONCA Jóvenes creadores en dos ocasiones. Es Autor de los poemarios Muerte de Catulo, La luz que no se cumple, Derrota de mar, Tal vez el crecimiento de un jardín sea la única forma en que los muertos pueden hablarnos, y La tradición del viaje a solas, que es una antología de su obra publicada hasta el 2020. Como antólogo fue coautor del libro Casi una isla: Nueve poetas yucatecos nacidos en la década de los ochenta. Actualmente es editor de poesía en la revista Carátula y docente en el área de creación literaria del Centro Estatal de Bellas Artes.