La Quebrada
1 diciembre, 2025
¿Qué ocurre cuando la intimidad se desplaza hacia plataformas anónimas y redefine los límites de lo que una vida aún puede ser? En este cuento incluido en Cicatrices (BUAP, 2024), Ana Fuente explora cómo una mujer atrapada en la rutina doméstica desdobla su identidad a partir de una relación digital que mezcla deseo y sobrevivencia.
“Te quiero ver en cuatro” leí en el chat antes de responder titubeante “¿en cuatro?”. Lo que antes pudo ser una petición, hoy era una orden: “ponte en cuatro patas y llénate de crema”. Cerré la computadora de golpe como si me quemara los dedos; tras colocarla sobre la barra de la cocina, recargué mi peso en la esquina de una de las sillas altas del desayunador sin sentarme de lleno. Conté hasta diez, hasta veinte y hasta treinta con las manos en el pecho para aliviar la taquicardia que me impedía respirar. En el reflejo del vidrio del trastero encontré mi cuerpo encorvado y desnudo, apenas cubierto por el mandil de cocina, y examiné la carne flácida de mis brazos y las líneas que roían mi cuello, como canaletas de irreparable vejez. Estiré la piel de mis ojeras para comprobar que ya no volvía a su sitio y me revolví la cabellera hasta que los mechones de canas del fondo se asomaron para avergonzarme aún más.
Con todo y mis cincuenta y cinco años, él quería verme en cuatro.
Preparé un té con las manos aún temblorosas a sabiendas de que Raúl no llegaría sino hasta bien entrada la madrugada, como todos los jueves de dominó. Recorrí la casa en busca de un lugar específico, ese donde pudiera sentarme cómodamente sin calzones, y llegué a mi cama. Tomé el teléfono para llamar a Mariela.
— Dice que me quiere ver en cuatro.
— Dile que eso cuesta más.
A veces no soporto el aire hosco de mi hermana ni el tono de obviedad en sus respuestas, pero esquivo el conflicto dejándola hablar mientras pienso en cualquier cosa. Recuerdo, por ejemplo, las veces que Raúl y yo nos sentábamos en una barda del mirador a ver a los muchachitos que se lanzaban al vacío en la Quebrada. Tan pronto los veía abrir los brazos en cruz, con esos hombros hermosos y torneados, despojados de miedo y rebosantes de ambición, me tapaba los ojos y encogía los hombros creyendo que en cualquier momento alguno chocaría contra la piedra y veríamos los ríos de sangre mezclarse con el agua de mar. Raúl intentaba separarme las manos de la cara hasta que escuchábamos a la gente aplaudir y yo finalmente soltaba el cuerpo para volver a respirar. Entonces nos reíamos a carcajadas.
Hubo un tiempo en que nos reíamos a carcajadas.
Eso fue mucho antes de que le ofrecieran el trabajo en la Ciudad de México y nos mudáramos para acá, cuando fuimos juntando buen dinero gracias a que resultó ser un excelente vendedor de bienes raíces. La labia con la que me convenció de casarnos funcionaba también en las ventas; su carita bronceada y su acento acapulqueño le hacían creer a la gente que le habían comprado una propiedad al mismísimo Jorge Campos, le decía yo, al tiempo que me dedicaba a mantener la casa impecable, a consentirlo a él, a nuestros bebés Román y Elena, y a cocinar lo que se les antojara. El orden del día a día funcionaba como relojito suizo y pensé, porque a la buena vida es fácil acostumbrarse, que podríamos mantenerlo así siempre.
El año de 1994 no sólo me demostró lo estúpida que era mi idea, sino también que las cosas siempre pueden ir a peor. La devaluación fue el gran azotón contra las piedras sin agua que amortiguara el golpe: el negocio de Raúl se cayó, perdió las inversiones que había hecho, nos quitaron el terreno de Acapulco y hasta vendimos el coche. Mariela, que estaba terminando la carrera, nos ayudaba con los niños durante todas las horas que Raúl debía cumplir en su puesto de supervisor en la fábrica de Bonafina y las que yo trabajaba como cajera en el Palacio de Hierro.
Para sacar un dinerito extra, os fines de semana preparaba flanes y pays que llevaba con mi hermana para vender en su Chevy en las calles del Pedregal. La producción era pequeña y vendíamos pocos, pero al cabo de unos meses teníamos tanta clientela que no nos dábamos abasto. Si llegábamos a las 10, a las 12 no nos quedaba ni una migaja. Cuando Mariela decidió irse a hacer la maestría y me quedé sin ayudante y sin Fordcito, tuve que regresar a cuidar a los niños y dejar ambos trabajos: adiós al Palacio de Hierro, adiós al Pedregal. Las señoras empezaron a llamarme por teléfono para hacer uno que otro pedido y así, despacito, despacito y horneando pasteles, fondants y tartaletas, levanté mi negocio: “Pastelería Nina, repostería de alta gama”.
Raúl siguió en Bonafina hasta que medianamente salimos a flote y la gente volvió a comprar casas y rentar departamentos. Aunque nunca como antes, recuperamos algo de lo perdido y nos alcanzó para ampliar la cocina y para que Román y Elena pudieran irse a estudiar a Monterrey como querían. El orden volvió durante algunos años mientras hacíamos planes de nuestra vejez, adónde nos iríamos a viajar, en qué playa del país nos retiraríamos. En aquel entonces todavía éramos capaces de reírnos, aunque fuera bajito, porque desde la devaluación Raúl había empezado a tener cierta predilección por las cubitas nocturnas y el alejamiento que supongo natural en todas las parejas había hecho mella en nosotros. Si el paso de los años no perdona, el paso de las crisis, además, castiga.
El tiro de gracia nos lo dio el 2020, cuando el virus detuvo al mundo. La posibilidad de contagio, la falta de medicamentos y lo lejano que parecía el desarrollo de la vacuna provocó una recesión sin precedentes: se detuvieron los viajes, los comercios, las ventas, las economías, las relaciones personales y el contacto físico. Cualquiera podía ser portador de una enfermedad potencialmente mortal, las conversaciones se inundaban de casos medianamente conocidos —¿te acuerdas del hijo de? ¿tú conociste a? ¿sabes quién se murió también?— y lo que pintaba para ser la solución inmediata era no salir de nuestras casas. Para nosotros, el encierro significó que no tuviéramos ganas de vernos ni al cruzar el pasillo —y cómo querría yo convivir, si a las 4 de la tarde ya sólo servía para tambalearse del sillón al baño y de regreso— y la pandemia nos dejó sin trabajo: la incertidumbre financiera hizo que la gente no quisiera arriesgar su dinero y la falta de fiestas y reuniones echó por la borda los pedidos de pasteles. Pasé de tres pedidos al día a, si acaso, un par a la semana.
Los hijos se habían mudado lejos, de mi negocio no quedaba nada y mi matrimonio era una nebulosa de convivencia fantasmal: estábamos sin estar. Llamé a Mariela para preguntarle si quería comprarme el carro, pero resultó que ella estaba pagando ya las mensualidades de una camioneta nueva.
—¿De dónde sacas dinero para comprar eso? ¿Hay mucha gente pidiendo traducciones o qué?
Convencida de que mi hermana vendía drogas o de que finalmente había encontrado a algún anciano que la mantuviera, no creí en su respuesta:
— Lavo y pelo pepinos con los pies.
— Yo también quiero hacerme rica lavando pepinos — le dije.
— No seas babosa, Clau. Tienes unos pies horribles y muy torpes. Búscate otra cosa que sí puedas vender y yo te explico cómo hacer tu canal de internet.
Tuvimos varias sesiones en las que me mostró el funcionamiento de la plataforma donde había encontrado un sustento mejor que si hubiera hecho el doctorado. Me explicó la importancia de la cantidad de vistas y cómo funcionaban las suscripciones a mi canal, además del porcentaje que me correspondía de cada pago. Yo desconocía la existencia de la página en cuestión porque las redes sólo me sirven para enterarme de lo que hacen mis hijos a 3 mil kilómetros de aquí. No había mucho más para mí, hasta que abrimos mi cuenta y me dediqué a hornear día y noche, a hacer betunes, budines, rellenos, y coulis de frutas tropicales. Buscaba en youtube los videos de Paulina Abascal y las antiguas transmisiones de Chepina Peralta y subía videos con los mejores secretos de mi cocina. A pesar de mi esfuerzo, llegaba a un par de decenas de vistas, cuando mucho. Mariela, sin embargo, tenía millares sólo por pelar pepinos; cuando me suscribí a su canal, entendí por qué.
— Lo que tú haces se llama prostitución.
Desde niñas, siempre he sabido reconocer cuando mi hermana exagera la risa porque está a punto de humillarme.
— Eres pobre por mojigata, Claudina. No es prostitución. O sí. No lo sé. Pero me vale madres porque estoy ganando más dinero que si hiciera doscientas traducciones al día. Y solamente pelo pepinos.
— Tus videos seguramente los ven señores asquerosos porque les excitan tus pies, Mariela. No nos hagamos tontas.
— Seguramente. Pero yo no los veo, ni los toco, ni sé nada de ellos. Yo sólo pelo pepinos y les doy alegrías. ¿Quieres tener a más de dos señoras sin quehacer viendo tus videos? Sigue haciendo pasteles, pero hazlos encuerada. Vende algo nuevo, Claudina.
— Soy una mujer casada.
— Y Raúl está casado pero no te es infiel por ver porno o chichis en el puesto de periódicos. Así no vas a llegar a nada.
Dejé descansar un tiempo la idea. Las cuentas llegaban en bonches de sobres, desde los gastos de los hijos hasta la hipoteca y las mensualidades de los préstamos. Mi marido seguía en el sillón y salía de vez en cuando a algún mandado, sin miras a que su situación laboral mejorara. Había bajado los brazos por completo, como si el virus le hubiera aniquilado el ánimo, como si la marea finalmente se hubiera retirado del todo antes de que la caída le desbaratara el carácter contra el suelo rocoso. El día que decidí quitarme la blusa, Elena no tenía dinero para pagar el cuarto que rentaba en la residencia de la universidad.
Aparecí en la pantalla con el delantal sobre el pecho desnudo; un cubrebocas, un gorro de chef y unos lentes acrílicos me cubrían el rostro y el cabello. Cociné un pay de queso con zarzamora en un video que duraba poco más de media hora, lo subí en un canal que Mariela tituló “MILFormas de hornear” y ella lo recomendó ampliamente a sus seguidores: en dos horas, tenía cientos de vistas. El jueves siguiente, único día de la semana que Raúl estaba fuera toda la tarde y gran parte de la noche, subí otro más preparando un pastel de tres leches. Las vistas aumentaban exponencialmente junto con mensajes de hombres que se permitían decirme toda clase de vulgaridades, pero en esa mar de obscenidad hubo uno que llamó mi atención: “con o sin ropa, a mí lo que me gusta son tus recetas”.
Me pareció un comentario tierno de alguien que verdaderamente apreciaba mi repostería. Le agradecí el comentario y me ofrecí a enviárselas por escrito en caso de que quisiera intentarlas él mismo. Días después, recibí la primera foto de lo que había preparado junto con un video suyo partiendo una tarta sueca de chocolate amargo. En el video sólo alcanzaba a verse una mano varonil y un antebrazo cuyos músculos hacían un poco de esfuerzo con el cuchillo mientras una voz gruesa y profunda alcanzaba a decir que al parecer le había quedado un poco duro. Después, carcajadas. Hermosas, sonoras y graves carcajadas de hombre.
A partir de entonces, mis días empezaban con un mensaje suyo sobre algún dato curioso de repostería —¿Sabías que Jordi Rocca sufre de distonía y que los egipcios fueron los primeros en hacer pasteles con levadura?— y terminaban con él deseándome buenas noches y sueños deliciosos llenos de postres. Mi canal seguía recibiendo más y más vistas, siempre con el like que él le daba a mis videos. Me excitaba pensar que estaba del otro lado de la pantalla y me dejaba llevar pensando que era el único que los veía, una especie de transmisión privada y exclusiva. El resto de los mensajes pueriles en mi bandeja de entrada no tenían la menor relevancia; en él pensaba la primera vez que permití que mis pezones se asomaran por encima del delantal y en él pensaba cuando decidí quitarme los pantalones para preparar una Tarta Tatin.
“No sé cómo decirte que me encantan tus nuevos videos”, me escribió. A partir de entonces, la dinámica de nuestras conversaciones cambió: cada vez más a menudo, soñaba conmigo y me lo describía en mensajes matinales que pasaron de ser ideas sugeridas como “estabas en mis brazos” a descripciones de qué tan mojada estaba y cuánto deseaba hacerme el amor. Lo que en un inicio fueron anónimos mensajes de texto, se convirtió en largas y detalladas notas con su voz tersa, pausada y serena.
Recorría la cocina, el comedor y la sala, escoba en mano, con los audífonos conectados al celular escuchando mensajes que guardaba celosamente mientras Raúl, mimetizado con la sala, veía la tele día y noche de viernes a miércoles.
La adrenalina es, sin lugar a dudas, el motor más potente y más puro: escuchaba las historias de depresión y ansiedad de mis amigas desde la cocina donde no paraba de producir, casi tanto como en mis mejores años de repostera. Me motivaba tener un pretexto para hacerle llegar una foto de mis ideas más recientes, recibir una respuesta de aplauso, de admiración.
— ¿Y todos esos postrecitos?— me preguntó Raúl agachado frente al refrigerador. Me paralizó pensar que mi marido estaba a punto de descubrir esa extraña infidelidad culinaria y que saberme dedicada a cocinar para alguien más despertaría en él una furia contenida y catastrófica.
— Espero que los vayas a vender y no te los comas todos, hay que tener cuidado porque esto de estar encerrados va a hacer que te pongas gordísima.
Le dije que se comiera el que se le antojara y me refugié en los archivos de mi teléfono. A medio día, J, seudónimo que usaba en su suscripción, me enviaba videos de las recetas que preparaba, de las que obtenía de otras páginas y de las que se le ocurrían. Los listados de ingredientes, con toda franqueza, me daban lo mismo: yo quería verlo amasar con los antebrazos enharinados y alguna vez alcancé a ver su barba tupida reflejada en un platón. Eso bastó para que así sin rostro y ensamblado con las herramientas del subconsciente, mi propio Frankenstein del erotismo también se me apareciera en sueños: una madrugada desperté agitada casi convencida de que había gemido. Por primera vez soñé que tenía un orgasmo y, tras años de no haber logrado uno, lo tuve. J me tomaba de las nalgas y me cargaba, en una de esas posiciones que en las películas parecen inverosímiles a los ojos de los humildes y exhaustos matrimonios de treinta años que tenemos sexo sin sudar, para recargarme contra una pared de cemento y ahí, sin mayor preámbulo que el deseo que ya veníamos arrastrando, penetrarme. Después de eyacular, las palmas de sus manos recorrían mi entrepierna y la exploraban hasta hacerme temblar en ese espasmo prolongado que ya no recordaba. Embriagada por las endorfinas y las probaditas de Kirsch para mi próxima receta, le escribí: “Te soñé. Me venía en tu mano”.
A la mañana siguiente, un cálido rubor tiñó mis mejillas cuando recordé cada palabra, pero se convirtió en una risita incontrolable al leer que la imagen le parecía una belleza. Raúl seguía acostado roncando junto a mí y me pregunté por qué la vida se tenía que terminar ahí, con su hedor acedo a alcohol digerido, con sus desvelos televisivos de las cuatro de la mañana y con esa costumbre de no verme más, como si tres décadas me hubieran desvanecido hasta la invisibilidad.
Las visitas en mis videos de repostería empezaban a contarse por miles. Pensando en que J era parte de la audiencia y animada por traguitos de Baileys y Controy, le di rienda suelta a mi afán seductor. Lamía el betún del filo del miserable, chupaba la crema de mis dedos, probaba las cerezas y las fresas a jugosas mordidas y dejaba que finos hilos de leche del vaso escurrieran por mi pecho. J enviaba mensajes para agradecerme y notas para relatarme cómo soñaba conmigo y mi Tiramisú, mi pastel imposible y mis panes de nata. Empezó a hacer peticiones muy puntuales, como que en el video siguiente lamiera el chocolate del tazón o que me embarrara el cuello con el coulis de mango. La parafernalia para no ser reconocida se redujo entonces a un antifaz de noche al que le abrí huecos para los ojos porque toda maniobra perdía sensualidad cuando tenía que encontrar un espacio bajo la careta y la mascarilla.
— Es un cliente, Claudina. No hagas la pendejada de pensar que es amor. Dile que si quiere ver eso, abres otro canal que le va a costar más. No regales así tu trabajo.
Me arrepiento de haberle contado a Mariela el asunto de J porque está lejos de entenderlo, a años de pérdidas de colágeno y ganancias de arrugas. No está agotada de ver cómo todo se puede ir a la mierda en un segundo frente a nuestra incapacidad de controlarlo por la mala decisión del secretario, por una epidemia que no imaginamos o por lo que sea: todavía ignora que no hay certeza más allá de lo que hagamos hoy porque todo, siempre, puede irse al carajo. No es amor a él, quise decirle, sino a sentir que no pasaré el resto de mis días apoltronada en el sofá comiéndome las uñas con películas de gente que sí vive, que sí hace, que sí coge.
— Tienes razón, Mariela. Le voy a cobrar más.
Tan pronto cuelgo el teléfono, me dirijo a la cocina mientras pienso en J dándome una orden tajante con su voz cachondamente cavernosa. Abro la computadora que coloco en el piso y siento la loseta fría y dura bajo la piel de mis rodillas. Ni siquiera el ruido de la llave en el cerrojo de la puerta de entrada logra distraerme cuando sumerjo la mano derecha en el bote para embadurnarla y cierro los ojos con la imagen de la marea llenando la bahía en ese instante: es mi momento de abrir las piernas, despojada de vergüenza y rebosante de crema, y lanzarme al vacío.
Cdmx, 1984. Estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Ha sido beneficiaria del apoyo Jóvenes Creadores del FONCA y del PECDA BC en la categoría Creadores con trayectoria. Ha publicado cuento y ensayo en revistas y en diversas antologías publicadas en México y el extranjero. Es autora de los libros Chicharrón de oso y algunos cuentos del fracaso (FETA 2018), Mosaico de lo insólito (La Rumorosa, ICBC 2021) y Cicatrices(BUAP, 2023). En 2019 recibió el Premio Nacional Dolores Castro de Narrativa por La Ley Campoamor (IMAC 2019, Nitro Press, 2023). En 2025 obtuvo el Premio Estatal de Cuento por el libro Territoria.