Por Eunice Lecorp.
Por Eunice Lecorp.

Tres apuntes sobre la mirada

1 junio, 2026

Uno

En la cultura árabe los ojos de las mujeres se restringen, particularmente, en los lugares públicos: no pueden posarse sobre cualquier persona. En otras regiones, esta domesticación de los párpados puede adquirir dotes artísticas. Las ejecutantes de algunas danzas clásicas de la India aprenden no sólo a bailar con el torso y los brazos, sino también con los ojos. Los drishti bedha son ocho movimientos de la mirada —de arriba abajo, rauda de un lado a otro, fija como un maleficio— que forman parte sustancial de la coreografía. No basta con balancear el cuerpo, sonreír y aprender la técnica con cada músculo; los ojos también se educan para moverse en consonancia con todo lo demás.

¿Por qué nuestros ojos son tan expresivos, capaces de comunicar lo que ni siquiera el lenguaje se atreve? Esa elocuencia se debe a que embriológica y anatómicamente los ojos son una extensión del cerebro, explica el psicólogo Eckhard Hess. Por ello, permiten saber qué es lo que ocurre en el interior de la mente: cómo procesamos cada estímulo, qué rechazamos y deseamos, a qué prestamos atención. Los movimientos mínimos e incluso el tamaño de nuestra pupila nos revelan casi por completo. Probablemente esta sinceridad sea una herencia de nuestras raíces simiescas, cabe recordar que en el mundo animal la mirada es un imprescindible medio de comunicación: los ojos fijos amenazan, así los miembros dominantes amedrentan a los animales más débiles. Flora Davis ha escrito que, en algunos experimentos, se ha comprobado que los monos resienten ser observados incluso si quien los asecha se encuentra oculto; aunque le estén dando la espalda, sus ondas cerebrales se notan alteradas cada que reciben una mirada directa.

Aún no sabemos si los seres humanos compartimos a tal grado esa sensibilidad a ser vistos, aunque de ser así, ello explicaría por qué se enciende en nosotros una alerta al sabernos inspeccionados por alguien más. ¿Por qué nos volteamos cuando sentimos que nos cruza la nuca una mirada tan pesada, que es casi táctil? ¿Es nuestra imaginación o estamos dotados de una intuición que nos hace sabernos espiados? De comprobarse que al mirar entablamos un verdadero contacto físico y que nuestro cuerpo lo percibe, aunque sea en niveles microscópicos, mucho tendríamos que pensar quienes sentimos un terror que nos recorre a flor de piel en la oscuridad de nuestras casas. Pero dudo que alguien se anime a indagar acerca de esa fuerza ominosa que, en el silencio de la noche, nos hace sentir espiados; qué es aquello que a veces nos mira con fijeza en la penumbra.

Dos

La desconfianza de ser vistos es una sensación compartida por muchos seres humanos. Hay quienes sospechan que las miradas pueden ser tan intensas que son capaces de enfermar, traer desgracias o, incluso, ser letales. De hecho, una de las supersticiones más extendidas a lo largo del globo es el mal de ojo. Se piensa que casi la mitad de la población mundial cree en ella. Enlistar el sinfín de talismanes que se han concebido como protección resulta casi imposible: la mano de Fátima de los israelitas, la semilla ojo de venado usada en América Latina, el cornicello italiano que puede sustituirse por la consabida señal de cuernos, el ojo de Horus en el Antiguo Egipto, los impúdicos fascinus de la Roma clásica con forma del miembro masculino, incluso los ojos azules que eran pintados en los navíos para proteger de los malos augurios.

A esta larga lista debo sumar un remedio familiar. Cuando mi madre, primeriza y asustada, se percató de que su bebé no dejaba de llorar luego de recibir visitas, pidió consejo a su suegra. Mi abuela decía que los recién nacidos resienten ser el centro de atención de aquellos ojos expectantes que llegan a conocerlos. Para quitarles ese mal, prescribía que las mamás les trazaran con la lengua una cruz en la frente. Mi madre puso en práctica la receta y no sólo surtió efecto: además de calmar el llanto casi al instante, se percató de que la boca le había quedado escaldada, percibía un sabor saladísimo como si hubiese probado agua de mar.

Aunque con variantes, estas creencias y temores son sumamente arcaicos. En sus Charlas de sobremesa, Plutarco señala que existen personas que por mirar a los niños les causan muchísimo daño. Plinio el Viejo no únicamente afirmaba que había pueblos (como los tribalos y los ilirios) capaces de matar con una mirada colérica, sino que además tenían dos pupilas en lugar de una o la efigie de un caballo dibujada en alguno de los ojos. No menos impresionantes son sus notas al respecto de la agudeza de la vista dentro del mundo grecolatino: menciona que alguien metió dentro de una nuez una Ilíada de Homero escrita en pergamino y que un tal Mirmécides elaboró un barco de marfil tan pequeño que podría ser escondido entre las alas de una abeja.

¿Qué tan ciertas son estas historias? No sólo habrá quien se lo pregunte ahora, en la antigua Roma había muchos que también recelaban de estas aseveraciones. A aquellos escépticos Mestrio Floro solía decirles que la racionalidad estorba cuando nos hace renunciar a nuestra capacidad de asombro, porque matan la filosofía, los que desconfían de lo sorprendente. Cómo no creería yo en el mal de ojo si tuve una vecina con la capacidad de liquidar a mis plantas ornamentales mediante un halconeo desde su ventana. Habrá quien diga que era una coincidencia y la muerte les llegaba por razones biológicas, pero sólo sé que mi jardín floreció como nunca y se mantuvo próspero tan pronto ella se mudó a otra colonia.

Tres

La mirada se suele comparar con un rayo por esa capacidad de fulminar en un instante. Parece una descarga eléctrica: no es algo que podamos tocar ni sostener en nuestras manos, pero quiebra el cielo gris con su clamor y lacera lo que toca en la tierra. Balor, un personaje de la mitología celta, tenía el poder de la mirada letal en forma de relámpago; ostentaba un ojo en la frente y otro más en la nuca que siempre permanecía cerrado, al abrirlo descargaba una centella mortal sobre aquello que mirara.

Otras creaturas y bestias también sintetizan nuestro miedo a ser observados porque poseen, como Balor, una mirada mortífera: el catoblepas, fiera de cabeza tan pesada que siempre la llevaba gacha; el basilisco, serpiente altamente ponzoñosa; y Medusa, la famosísima gorgona que convertía en piedra a quienes se cruzaran en su camino. Es célebre el episodio en que Perseo se acerca a la mansión prohibida para enfrentarla y, en las inmediaciones, se ve rodeado por una serie de humanos y fieras petrificadas. Seres que no tuvieron tiempo ni de una última exhalación, pues sucumbieron instantáneamente al tornar su carne en roca. Cauteloso con sus ojos, Perseo utiliza su escudo como espejo y, en el filo de la lámina, observa la amenazante cabellera de culebras. Ya que la gorgona se ha rendido ante el sueño, se acerca a ella y la degüella con la espada. Su lección es contundente: vale más la astucia que la fuerza, las miradas perspicaces destronan al relámpago. Perseo condensa no sólo la importancia de aprender a observar, sino de imaginar nuevas formas de hacerlo. Por eso Italo Calvino, me parece, dice que la literatura es ese escudo donde se reflejan las realidades más cruentas; por funcionar como un falso espejo, nos permite enfrentarlas como no lo habíamos sospechado antes.

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Ciudad de México, 1993. Ensayista, docente y editora. Ha ganado el Premio Nacional de Ensayo Joven José Luis Martínez 2020 por el libro Dios tiene tripas, el Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2017 por Tomografía de lo ínfimo, el Premio Dolores Castro 2016, entre otras distinciones. Ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y del programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA). Fue residente en el programa Latitude 43 convocado por el Ayuntamiento de La Coruña, España. Es doctora en Literatura Hispánica por el Colegio de México y, actualmente, secretaria de redacción de la revista Letras Libres.