Lo intangible al dejar la rosa florecer

1 junio, 2026

Escribir con el verso justo, sin más ni menos adjetivos; decir mucho con pocas palabras y lograr que el poema florezca sin describir la flor, así como pedía el poeta chileno Huidobro, son el tema central del ensayo de Adair Zepeda. En él, el autor reflexiona sobre el paso del tiempo en el proceso creativo, proponiendo una escritura que no pierda su maestría por la pasión desbordante de contar.

 

I

El don de la palabra viene muchas veces acompañado del de la elocuencia, o por lo menos, en principio debería ser así. No obstante, sucede que, en bastantes ocasiones, la capacidad de emitir sonidos no siempre está acompañada con la de pensar adecuadamente en dichas proyecciones a lo largo de la garganta. En especial cuando se es demasiado joven, y la ingenuidad, sumada a la inexperiencia, y esa soberbia engrandecida por la estupidez, nos hace abrir demás al flujo sanguíneo de los músculos del cuello. Otra forma de decir lo mismo es: cuando se es un remedo de ‘joven’ (escritor), es posible tener más una incontinencia lingüística a un genuino trabajo escritural. Las palabras son en muchos casos nuevas, los conceptos, los sonidos, la paráfrasis y la lectura entre líneas que nos puede permitir acceder a mejores estados de la inteligencia. Claro, para que eso suceda hemos de atravesar el terrible pantano de la verborrea.

Como se puede adivinar, la cacofonía no es obra de la casualidad. Hablar por mero instinto, apenas sin motivos ni reflexión, semeja al otro acto fisiológico, que tiene por última finalidad lo mismo. Expulsar del cuerpo aquello que está causando un daño intestino debido a la poca digestibilidad de su materia. Hacemos ruido como animales salvajes ya sustraídos de su hábitat, incompletos en la tarea de madurar para ver que no cualquier sarta de consonancias ligeramente rítmicas, una prosa ordinaria, y aún peor, una poética de pacotilla debiera ver la luz. Pero nos gana la vanidad, la soberbia. Pensamos en la novedad por aportar al mundo, y que justo nosotros somos los portadores de una vanguardia de verdades cósmicas jamás concebidas por nadie, salvadores de la realidad. Tontos e ingenuos.

Hablo por lo menos sobre mí, que he tenido a bien o mal, la tarea de sistematizar de manera iterativa una serie de malas cartas, de hórridos poemas, y de pobres ideas literarias a lo largo de mi procrastinada vida. Apantallado por Rimbaud, como tantos, deseaba publicar a la brevedad, fuera cual fuera el medio. Tenía esa extravagante idea de que el acto de compartir por sí mismo valdría la pena, y eso le daría mayor sentido a la propia existencia. Basta saber, jamás nunca ocurrió tal escenario, pero sí ha quedado detrás una estela curiosa de lo prematuro, de lo inexacto, de lo poco pulido. El maestro ha aprendido no sólo una técnica, y ha perfeccionado los movimientos y las bases de aquello ahora dominado. El maestro, por demás, se ha sometido a sí mismo, y conoce las virtudes y defectos en su principal herramienta, sea el cuerpo o la plástica de la mente; o ambos o ninguno. La perfección es un acto tangible, aunque también lo es metafísico, lo es moral, lo es inmaterial. El maestro es capaz de enseñar a otros no por su conocimiento, sino por la minimización de imperfecciones que manchen su quehacer. Y yo no lo soy.

Pero cuando uno es joven no lo entiende; y quizá ni ahora en la prematura liviandad de la líquida vejez pueda distinguir la diferencia. Escribir más por un sentido animal a necesidad, atinar alguna nota en la flauta rota, y asumirse con una vocación auto seleccionada. Tal vez por eso muchas filosofías antiguas invitaban al silencio y a la reflexión para alcanzar en esa breve lucidez un sitio donde poder escucharse uno mismo más allá de la vanidad, de la infección, la fantasía. La incontinencia lingüística se acompaña por la desproporcionada soltura en los vocablos, que bien o mal usados, se deja caer sin contemplación sobre todo lo cercano; especialmente con las redes sociales.

Verborrea, porque es una especie de enfermedad, una debilidad intestinal que ahoga los pensamientos, nos marea y supura a través de las páginas de cualquier revista, plataforma de medios o feria. Claro, la juventud no se pelea con el talento, como afortunadamente tantas pruebas hay. Mas en mi caso, según lo visto al releer los antiguos manuscritos propios, hay más necesidad de ahuyentar el ruido que de construir, genuinamente, un paraíso brillante. Tampoco me quejo de lo recorrido, pues esas heridas ahora me han prevenido para ser más cauto en el proceso creativo, y reviso con cierta nostalgia aquella antigua versión propia que se hundía entre palabras complejas, frases inagotables de trabalenguas superfluos, y de la retórica de la nadería. Aquello es testimonio de una criatura presta a sostener con sus huesos esta nueva forma de divagaciones todavía tan perdida como desde el primer momento. Mientras, continúo escribiendo.

II

Me hago viejo, obstinado, y necio. Supongo que hay algo de inevitable en esa trinidad de la fatalidad. Sin embargo, creo, esto de comenzar a tener dolencias recurrentes y obsesiones por cómo acomodar los objetos en la casa tiene su lado positivo. Al menos, desde la despiadada necesidad de escribir barbaridades sin el menor filtro, sin la menor cadencia o mesura. No me refiero a los temas, pues la autocensura es un tema aparte, quizá debatible, pero que no atañe a la terrible capacidad de la verborrea. Y sucede que cuando uno se toma tiempo en dejar reposar algunos textos de la febril juventud, quizá años, décadas a veces, se da cuenta de la terrorífica marea de vocablos, adjetivos y conceptos, normalmente mal aterrizados, dejados como testimonio de la inmadurez, de la experimentación descontrolada, de la inexperiencia evidente (vaya semejanza al ponerlas juntas). Como escritor, especialmente de poesía, me dejé llevar más por la marea a la calidad, pienso ahora, y edito textos dejados en la gaveta, suspendidos del resto del tiempo. Desgastante trabajo.

Aquellos no sólo eran textos febriles, sino un auténtico alud de lo innecesario, el ejercicio de la irreflexión, de la vacuidad, de la sonoridad casi pornográfica y sin miramientos desparramada a lo largo de las páginas. Como un niño que aprende a hablar o a hacer un truco, y continúa  aferrado porque es algo novedoso, escribía más por inercia a razón justa, y eso ha quedado plasmado en poemas ahora editados con un cuchillo de carnicero, soltando golpes a ciegas porque de cualquier manera sólo puede mejorar antes de empeorar. Duele aceptarlo, en la juventud parecemos más monos cilindreros que auténticos conocedores de lo mínimo del mecanismo de ejercer con prudencia el sonido. Porque ideas interesantes había, pero la ejecución era terrible, los mensajes parcos y confusos, y el resto es un aluvión de adjetivos y configuraciones vocales por demás sosas y mediocres. (No es que haya mejorado realmente, pero cuando menos, me da un poco menos de vergüenza al leerlo un par de meses después). Además, me gusta la palabra verborrea porque es fonéticamente cercana a su verdadero sentido. Un flujo continuo de oraciones y pensamientos sin principio ni orden, descompuestos, signo de la mala comprensión de las habilidades adquiridas, así como en el estómago, y al mismo tiempo de la novedad de ejercer un oficio desde la intransigencia.

Tal vez sea curable, espero, por agotamiento, pues no sé si haya sabiduría en enmendar lo hasta ahora hecho, o si el día de mañana veré con el mismo desespero esto ahora de apariencia  «rescatable», «publicable», «legible». Claro que hay una virtud, y es la de la tarea ardua de registrar pensamientos, de ir evolucionando, como quien se mira en el espejo y nota con claridad las arrugas que antes no estaban allí. Ese testimonio da más cuenta del proceso al mensaje mismo, y en ello hay una espiga crecida al calor adecuado. Ahora que me siento a trabajar en esos textos, no me reconozco, aunque un hilo de esa voz hace resonancia con la actual, un vestigio como el apéndice, aun no muerto. Madurar como escritor implica dejar ir los textos, las ideas, las imágenes o metáforas, a veces cómicas, a veces casi infantiles, que construyeron un instante de ese meta narrador mediante la conciencia escritural.

Cuando uno se hace viejo comienza a valorar la mesura, la brevedad, lo más directo. No hay nada de malo en el circo, en el goce del lenguaje, en la fiesta del sonido. Sin embargo, debe florecer la maestría en ello, y no sólo la pasión. Se debe afinar el instinto, entrenar los dedos con consistencia, pensar lo que se escribe. Envejecer implica el acto de tomar control sobre uno mismo a manera de reducir la redundancia, ser claro, ser eficiente, prudente y respetuoso con el posible lector; aceptando la fugacidad de la vida y la abundancia de los textos. Madurar como artista requiere aprender a usar de manera amable el lenguaje, evitar los claroscuros no planeados, las heridas en la mala conceptualización, y la sutil inteligencia dentro de lo abordado. Decía Huidobro (1916) que no había que cantarle a la rosa, sino hacerla florecer en la mano. De eso se trata, alisar la pluma hasta hacer una línea lo suficientemente valiosa tras ser escrita, y que en su poderoso mensaje se reconstruya el mundo, no un panfleto nefasto y aletargado por la tediosa charlatanería.

Referencias:

Huidobro, Vicente. «N. 29 Arte poética». El espejo de agua. Antología poética. Archivo Fundación Vicente Huidobro, Biblioteca de Humanidades, Pontificia Universidad Católica de Chile, 1916.

Comparte en:

México, 1986. Economista y director de Ediciones Ave Azul (aveazul.com.mx). Premio Internacional Iberoamericano «José Gorostiza» 2025; Certamen Literario José Arrese 2023, 1er lugar en poesía; Premio Nacional de cuento «Gabriel Borunda» 2021; XVI Premio Nacional de poesía Tintanueva 2014; 1er lugar III certamen Buscando la Muerte, del Centro Cultural Mexiquense Bicentenario, 2014. Es autor de Sacrificar mariposas (Diablura, 2025), La lira encantada (Alja Ediciones, 2025), Corona de ascuas (Letras de Barro, 2024), Los pasillos de la muerte (Tintanueva, 2022), Los ojos del gato (Ave Azul-Alja, 2021), Glosa del reproche (Letras de barro, 2020), Ofrenda de palabras (Versoterapia, 2020), Reminiscencias (Tintanueva, 2014; Ave Azul, 2019), y Raíces bajo las rocas (Alja Ediciones, 2016). Además, es miembro y editor del Colectivo Entrópico (2003-2024). Columnista en Opinión de Yucatán. Disponibles en Amazon y SmashWords.