No hay deuda que no se pague

3 agosto, 2025

En este cuento de Pol Popovic, un joven filósofo absorto en la lectura de un tratado existencialista presencia un caos urbano provocado por un embotellamiento que deriva en una revuelta vial. La situación escala hasta volverse un espectáculo absurdo y casi carnavalesco.    

Sumido en una lectura de índole filosófica, el lector se removió sobre una banca carcomida por la contaminación del tráfico. Había pasado horas en la misma postura y el entumecimiento iba subiendo desde sus glúteos. Y como un mal nunca viene solo, una jaqueca se unió al malestar de los glúteos para amargar su existencia citadina. Estas molestias fueron aguantadas gracias a la esperanza de sentir una elevación en vías de la epifanía intelectual. Efectivamente, dedujo el lector con un suspiro, el autor tiene razón: el estudio de la Nada emana de la monotonía de la vida urbana. 

Durante la mortificación de las sentaderas y los sesos, el joven se empapaba de las más novedosas ideas que han revolucionado la interpretación existencialista gracias a la ardua labor de las eminencias intelectuales. El autor del libro, dotado de una confianza en él mimo que superaba la de Nietzsche, logró exprimir la esencia humana del siglo veinte. Mediante una ósmosis fenomenológica, puesta en marcha en el momento de la creación filosófica, el lector ha comulgado con la sapiencia del vacío existencialista. Este libro ha revolucionado la estructura del pensamiento al imprimir su visión nihilista en la sociedad futurista. 

A pesar de una eufórica inspiración intelectual y estilística, el autor del libro no ha logrado plasmar de manera sintética su descubrimiento hermenéutico y, por tanto, se vio obligado a escribir centenares de páginas para efectuar una aproximación a la consciencia antropológica del ser inmerso en la lógica. La hazaña fue consumada al batir la materia oscurantista –a semejanza de un chef que mezcla ingredientes no revelados, pero en la preparación del platillo integrados– ya que esta exigía una reiteración constructivista basada en la transformación subjetivista y con ocasionales toques de la contradicción pesimista. 

El autor ha demostrado a los que podían y querían entenderlo que así se cierne la materia trascendental para extraer la quinta esencia que tras innumerables contradicciones –entre otras, el uso del método “Hipótesis introducida, tesis destituida, hipótesis invertida”– llega a revelar la naturaleza de la esencia que reveló la omnipresencia de la Nada a los pocos selectos.

Los transeúntes se detenían ocasionalmente para observar la gestación intelectual del joven que se removía sobre la banca como una gallina clueca. Disfrutaban del espectáculo de esta figura delgada de piernas cruzadas, se fijaban en su pierna izquierda que se enganchaba en la derecha como una deducción que amarra la hipótesis. Luego, el movimiento se invertía, la pierna derecha se sobreponía a la izquierda. Esta alternancia parecía seguir el ritmo de la lectura y el dolor de los glúteos. Mientras tanto, la mirada del lector atravesaba sus anteojos de lectura y penetraba en lo más hondo del abismo intelectual que el siglo XX había concebido. 

Uno que otro viandante se reía por lo bajo. Un niño preguntó a su papá por qué el señor estaba enojado con el libro e insistió en el «mucho enojo del señor». El chiquilín no lograba concebir la noción de la vorágine que succionaba los sesos y arrugaba el entrecejo del señor. Se trataba de un proceso interno y no un deslizamiento por encima del texto. 

Al llegar heroicamente al final de la sección que puso un alto al ajetreo filosófico con varios reglones en blanco, el joven lector dejó descansar el libro sobre la banca y el sonido de las patillas de sus lentes concedió una tregua a su mente. Se incorporó venciendo el entumecimiento y encendió un cigarrillo. Pese a su intención de descansar, su mente persistía en la búsqueda de la Nada que huía y se alejaba en el tumulto de la ciudad agitada. 

Al fin y al cabo, liberada del peso filosófico, la mirada del joven iba recorriendo la avenida de arriba abajo sin sufrir ningún impedimento. De improviso, el joven se percató de que algo no seguía la marcha acostumbrada. Le invadió un pavor de que su mente se hubiera ahogado en la Nada y que ahora su alma vagara despistada. 

La mente del lector encontró la vereda apropiada para regresar a la inmediatez urbana. En el fondo, una hilera de coches quedó atascada en el sopor de la media tarde, mientras una gama de pitidos intentaba sacarla del bache para que reanudara su avance. A su socorro, acudieron los bramidos de rostros enajenados que se asomaban a las ventanillas. En vano, instaban a la manada de hierro y cristal a reanudar su avance. Esta permaneció varada en el asfalto, rumiando con sus motores encendidos el letargo de la media tarde.

Un pequeño coche de color rojo chillante inició una maniobra digna de un velero trasatlántico. Viró hacia la banqueta, luego retrocedió hacia una máquina rugiente ubicada a un par de palmas de su popa. El timonero del rojo evaluó los ángulos que sus ruedas formaban con la banqueta y confiando en el potencial de sus velas hinchadas por el coraje vial, subió a la banqueta con las llantas delanteras. Tras un chillido de caucho seguido de un sonido de raspado que ocasionó su fondo contra el borde de la banqueta, las llantas rezagadas siguieron a sus predecesoras. El transgresor rojo del código vial hinchó sus velas con ganas y zarpó por la banqueta que se abría camino por un costado de los coches estancados. A su derecha, detrás de un pretil de piedra, fluía un río en sentido contrario. 

Al grito revolucionario de pitidos y chillidos que revelaron su inconformidad con el estado de inmovilidad, uno tras otro, los automóviles empezaron a subir a la banqueta para tomar el derrotero trasado por el rojo. Mediante sus aceleradores y bocinas, los insurgentes desafiaban a un hombre en uniforme azul cuya esbelta figura dominaba la escena desde la banqueta opuesta. Su figura remataba en una gorra con visera brillante parecida al pico de un ave de rapiña. Su cara hinchada lanzaba pitido tras pitido a los choferes que le respondían con ademanes soeces. Otros se hacían de la vista gorda y permanecían enfocados en la delicada maniobra de subida a la banqueta y la aceleración a fondo. La nueva regla del juego vial consistía en evitar a toda costa cualquier contacto con el parapeto y los demás coches que iniciaban la escapada por la vía inaugurada por el filibustero rojo. 

Algunos peatones estaban dispersos a lo largo de la recientemente abierta vía de sube-y-acelera, su situación permaneció indefinida por el nuevo código vial. Impulsados por el instinto de sobrevivencia, algunos saltaron en el último instante sobre el pretil de piedra tallada. No tardaron en ejercer su derecho a la libertad de expresión en todas sus formas verbales para ocultar su miedo y pedir compasión que obviamente no existía en tiempos de sublevación. Siguieron vociferando hasta quedarse afónicos mientras los bólidos los abanicaban y atizaban su furor. 

Una máquina cuadricular de producción estadounidense asomó su trompa a la banqueta y quedó inhibida por el pitido del garante del código vial. Un Peugeot –propulsado por su motorcillo entusiasmado– vino a estrellarse con todo su poderío raquítico contra la trompa del mastodonte. Dos cajas de fierro embonadas, inmóviles en un equilibrio posmodernista, esperaron su castigo que no tardó en anunciarse en el rostro del oficial de tránsito invadido de convulsiones, daba a luz su ira y desdén por aquellos filibusteros atrapados en su propia red. Mordió su silbato con furia y rompió un diente, escupió el diente y pronunció un atrevido veredicto vial. Seguía salpicando palabras y sangre mientras se encaminaba hacia los transgresores atrapados en el abrazo metálico. 

El rostro retorcido del oficial auguraba la severidad del castigo reservado para los ángeles caídos. La dama del coche de producción estadounidense bajó su mirada al tablero y se hizo más chiquita que un grano de anís. Quedó rendida ante la llegada del verdugo que se le acercaba lenta pero inexorablemente.

Cuando el oficial dejó atrás una banqueta para tomar control de la otra donde yacían los coches accidentados, la avenida sufrió una segunda hemorragia. El tráfico desbordó la orilla opuesta a la del accidente y emprendió su propia estampida por la banqueta. Ellos también se consideraban herederos del derecho republicano y capaces de romper los grilletes del despotismo vial para gozar de la libertad absoluta. 

Metido entre los autos de la calle, el oficial giraba la cabeza de un lado al otro. La vista del caos bombeaba la sangre por las venas de su cara. El embrollo se ha vuelto parte de su esencia existencial sin que tuviera el menor conocimiento de la obra filosófica que el joven lector estudiaba en el parque.  

La figura del oficial, ahora en su papel de chivo expiatorio, expresaba su impotencia con gestos erráticos ante los automovilistas ubicados en sus butacas de acero y cristal. Se trataba de los ciudadanos fieles a las ordenanzas municipales, se quedaron en la calle en lugar de involucrarse en correrías delictivas por las banquetas. Ahora, pedían a gritos cuentas al señor oficial. Algunos rostros abandonaron la intimidad de sus vehículos para asomarse a la calle y contribuir a la sinfonía de la vulgaridad vial. 

Los automovilistas recordaron al oficial cuanto sus relaciones maternas tanto sus funciones municipales. El cutis del hombre uniformado cambiaba de color a semejanza de un semáforo. Cuando las cuerdas vocales de los sinfonistas se desgastaron a punto de volverse afónicas, le pronosticaron una vida larga en los más viles círculos del inferno y se encerraron de nuevo en sus butacas de hierro. 

Sumido en la vegetación del parque, el lector del texto filosófico irrumpió en carcajadas por el espectáculo vial en el que el hombre uniformado fungía de protagonista. Se doblaba expulsando chorros de risa, luego se enderezaba y sus pulmones jalaban aire como un pez fuera de agua. Observaba los ademanes del oficial ovacionado por el público vial y estallaba de nuevo en carcajadas. 

El guardián del orden público sintió las miradas provenientes del parque y las carcajadas del joven filósofo se mezclaron con el rechinido de sus dientes. Cautivado de un arrebato de goce, el espectador del parque siguió desgranando risotadas en su paraíso verde. De pronto, la mirada del joven tomó una instantánea de la realidad y en ella apareció la cara del oficial de tráfico. Una vez que este soltó la lengua, su boca se volvió una fuente inagotable de injurias. Juraba y perjuraba sellar el destino del joven con unos métodos bárbaros. Este quedó absorto por el comportamiento de aquel oficial vuelto un energúmeno. La cara del hombre uniformado se estiraba y arrugaba siguiendo los movimientos de su mandíbula, solo la nariz permaneció igual.  

La risa del joven filósofo se desvaneció y lo dejó solo ante una persona de dudosa disposición para una conversación filosófica. Bueno, lo culto y lo cortés siempre ayudan a resolver malentendidos, pensó el joven. Una conversación sobre las imperfecciones de la transportación urbana y sus áreas de oportunidad acaso permitirían limar las asperezas. Obviamente, es un tema de interés común, aunque la formación del oficial vial lo obligaría a abordarlo de manera superficial y algo pragmática. Sin embargo, su perspectiva simplista –viéndola de maneras narratológica, semántica y social– podría convertirse en una plataforma experimental de nuevas consideraciones, dedujo el joven. 

–Estimado señor policía –el joven se apuró a iniciar la conversación y estrenó una mirada ceñuda ante el oficial que se le aproximaba–, debo admitir, si usted me lo permite, que las contingencias de la vida ajetreada que promulga la modernidad, en la que nos vemos inmersos y en la que necesitamos desempeñarnos de modo eficiente y concertado con el resto de la ciudadanía, parece subordinada al tiempo circular del que los celtas y los romanos se percataron desde el umbral de nuestra civilización –con la mano, el joven filósofo esbozó un gran círculo para representar la transformación cultural a una persona de escasos alcances teóricos–. Esta forma del despliegue giratorio del tiempo en la fatídica época de la cultura occidental moldeó la idea y, posteriormente, el esquema del traslado vial a través de sus modalidades poco pragmáticas, para no decir deplorables. Por tanto, como lo podemos atestiguar en nuestra cercanía –el joven levantó el brazo en dirección de la calle como si buscara un modelo concreto para su presentación antropológica–, el círculo le lleva ventaja a la rectitud de la trayectoria vial. Como puede imaginárselo, el círculo engendra el movimiento circular, gira y gira como una rueda, mientras la línea se estrella como un vector contra las superficies duras –y el joven dio un golpecito con su puño contra la palma de la otra mano para demostrar el inconveniente ocasionado por la rectitud.

El joven filósofo se sintió liberado del impacto ocasionado por la llegada intempestiva del oficial y su expresión amenazadora. Pero, con la exégesis sobre el tiempo y la vialidad, la cara del hombre de tránsito quedó embargada. El joven iba a detallar con desenvoltura una condición sine qua non expuesta en Du contrat social de Rousseau y aplicarla a la movilidad urbana cuando un ardor estalló en su mejilla izquierda. Aunque no la vio llegar, el filósofo dedujo acertadamente que el ardor fue ocasionado por una bofetada bárbara que interrumpió su análisis posestructuralista y ocasionó un corto circuito mental.

El joven no pudo deducir a ciencia cierta si sus articulaciones se aflojaron o el suelo temblaba. Pese a esta incógnita, logró retroceder sin caerse. Pensó en recoger sus anteojos –que le dotaban de un aire distinguido– para dar tiempo a su cuerpo de restablecer el control de sus funciones motrices y a la vez permitir a sus sesos reponerse de la descarga eléctrica de la bofetada. Aunque estos no recobrasen en el acto la capacidad de discernir los matices de diversas nociones metafísicas de Tátacor, el joven esperó recuperar por lo menos la capacidad de llevar a bien su dolorosa interacción con un plebeyo vial. Empero, no pudo acercarse ni un ápice a la banca donde yacían sus lentes, el ángel de la maldición vial estaba a un par de dedos de sus narices y sus ojos lo mantenían en jaque. El joven sintió que la tregua pendía de un hilo que amenazaba con romperse en cualquier instante y se rehusó a adivinar las consecuencias de este rompimiento. 

Con la mente remolineando, el joven pensó que el evento desdichado no era más que una barbaridad promovida por el abuso de poder que el uniforme concedió al oficial y contempló la opción de abordar el tema del derecho civil como fundamento de la democracia en un país portador de la civilización occidental. Sin embargo, la idea de una nueva incursión en el ámbito de la oratoria, ante este plebeyo bélico, no superó la prueba del pragmatismo. Su mente rechazó la idea de apaciguamiento del bárbaro por su potencial de provocar un nuevo escozor facial. Y para dificultar aún más la reconsideración de los pros y los contras de las opciones disponibles, el aliento impregnado de olor a tabaco y comida del oficial intensificó el mareo del joven filósofo. En zozobra, su mente luchó para formular una frase firme y certera sobre su situación legal en esta ciudad, ajena y de costumbres desconocidas para él, pero hermanada con las demás conglomeraciones citadinas basadas en el estado de derecho y bañadas en la sangre de los mártires revolucionarios. 

Indeciso sobre su plan de acción y con el zumbido de la bofetada en los oídos, la mirada del joven se deslizó por la nariz aguileña del oficial y su hilera de botones para terminar rebotando contra el suelo y escabulléndose hacia la avenida. Allá, en medio del caos, flotaba la figura de un vagabundo andrajoso con brazos extendidos. Acaso se trata de un espejismo, pensó el joven. De puntillas, el vagabundo se acercó a un coche blanco. Adentro, una mujer trataba frenéticamente de subir el vidrio con las dos manos, pero daba a la manija en el sentido equivocado. La ventanilla permaneció abierta, mientras el esfuerzo de la mujer estiraba las venas y los ligamentos de su cuello. 

El vagabundo se volteó hacia el parque meciéndose en el aire con los brazos extendidos como un cóndor que planea en las alturas, lejos de la urbanidad y sus leyes. Su mirada se cruzó momentáneamente con la del filósofo. Al terminar el giro, el vagabundo insertó su greñuda cabeza en el coche blanco cuya ventanilla nunca llegó a cerrarse. La histérica mujer le propició una sarta de golpes, empujones y gritos sin obtener ningún resultado.

Algunos choferes alzaron sus miradas al cielo implorando a dios que actuase en favor de la dama. Otros tantos sacudieron sus cabezas en señal de indignación ante tal atropello de valores cívicos. Un señor rechoncho, planchado impecablemente del cuello hasta los talones, abrazó por detrás al usurpador del espacio privado de la dama e hizo fuerza para sacarlo del coche. Al sentir un cosquilleo –ocasionado por las manos acojinadas de un administrador–, el sinvergüenza realizó una zambullida de pato y penetró hasta la cintura en el interior del auto.

Aún desorientado por la vibración del zumbido en los oídos y desprovisto de adecuadas palabras jurídicas para reivindicar su derecho a la risa, el joven filósofo apuntó hacia el coche en el que estaba zambullido el vagabundo y sonrió al oficial. 

En un abrir y cerrar de ojos, el oficial echó a correr deteniendo su gorra con una mano. Llegó hasta el puñado de hombres que jalaban las piernas medio desnudadas del vagabundo. Este no mostraba signos de aprecio por las cosquillas que le provocaban los caballeros y pataleaba con saña. Una coz dio en el mentón del señor rechoncho que se dejó caer sobre sus glúteos y permaneció sentado con las piernas extendidas como un oso de peluche. Los demás no se atrevían a acercársele para darle los primeros auxilios por miedo a las patadas de unas piernas blancas y largas cuyos talones salían disparados a diestra y siniestra. 

Envalentonados por la llegada del guardián del orden, los samaritanos agarraron las piernas del intruso y lo arrancaron de la ventanilla. El oficial se inclinó hacia la mujer del coche blanco para dirigirle palabras de consuelo, mientras los socorristas se regalaban apretones de manos y palmadas de victoria. Risas y comentarios revoloteaban en el corrillo que celebraba el amparo de la dama de un acosador peludo y desnudo a medias. Ella no carecía de ánimo para seguir reiterando su historia de horror representando el comportamiento del transgresor de su espacio privado. 

El caballero que sufrió el disparo del talón en la cara se retiraba titubeando mientras un compañero de armas lo sostenía de un brazo. No se sabía si el compañero sonreía por los pasos desquiciados del caballero o por el orgullo de haber participado en una misión de rescate. 

Mientras emprendía su retirada, el vagabundo detenía su pantalón desgarrado con una mano. El hombre no tenía calzones, su humanidad se ocultaba bajo una camisa carcomida por la miseria y un pantalón caído a medias. Avanzaba sin ningún intento de voltearse para no mostrar su cara de vencido a sus vencedores.

De pie en el parque y aliviado del susto, el joven filósofo no podía desprender su mirada del vagabundo. Traía una barba roñosa, con una mano empuñaba el pantalón a medio muslo, mientras la otra se columpiaba. El filósofo mirón se acordó de la pintura de Caín por Fernand Cormon cuya figura encorvada también se dirigía hacia la Nada. El vagabundeo de los dos viajeros se fundamentaba en las teorías de Tátacor porque alimentaba la ilusión de una llegada sin que existiera una destinación fija. 

Mientras cojeaba, el vagabundo se apoyó con la mano libre en el chasis de una limosina en cuya pintura metálica viboreaban los colores del entorno. Su chofer, que fumaba un puro negro con etiqueta roja, exhaló una bocanada por la ventanilla. Primero salió un hilo gris y luego se formó una nubecilla que atajó al vagabundo. Este trató de esquivarla girando la cabeza, pero resultó envuelto en ella. 

Tras un abaniqueo de la mano para despejar el humo, el vagabundo apuntó con su barba al chofer de la limosina. Con una sonrisa discreta, el señor se volteó al otro lado. El golpe que el vidrio dio al cerrarse y el sonido del seguro de la puerta expresaron su desinterés en cualquier interacción con el pobretón pelado. 

De improviso, el vagabundo saltó sobre la tapa del motor de la limosina y efectuó unos pisotones de miedo, la lámina asumía una nueva forma a cada porrazo. Con ojos espantados, el chofer observó inmóvil el rediseño de su coche. Al zafarse del nudo catatónico que oprimía su pecho, irrumpió en un frenesí. Golpeaba el cristal con el reverso de una mano, intentaba abrir la puerta con la otra, profería groserías inimaginables mientras su cuerpo luchaba contra el cinturón que lo mantenía pegado al respaldo.  

En el cierre del ímpetu de la danza prehistórica, el vagabundo se arrodilló, apoyó la frente en el parabrisas y con sus índices estiró las comisuras de sus labios hacia las orejas como si manipulara una máscara de caucho. Le mostraba su enorme lengua cuya punta culebreaba al ritmo de las groserías del chofer. 

Al oír el vocerío de una gavilla que se aproximaba, el vagabundo subió al techo de la limosina e inició el ensayo de su baile de cóndor con los brazos estirados. El filósofo del parque quedó hipnotizado por el planeo del ave andina surgida del espejismo vial. Poco a poco, los pasos y los gestos de la danza iban reviviendo la hilaridad del joven filósofo que fue bruscamente apagada por aquella bofetada. Agachado bajo la copa de un árbol, el filósofo se regalaba unas risas quedas manteniendo los ojos fijos en el danzante perseguido por una cuadrilla de socorristas. 

En un par de ocasiones, las miradas del vagabundo y el filósofo se cruzaron. Animado por el contacto visual con su salvador y la lejanía del oficial, el filósofo empezó poco a poco a aplaudir y vitorear las escapadas del danzante que saltaba de un coche a otro con ventaja sobre sus perseguidores. Cuando estos se quedaban atorados entre las defensas y las puertas abiertas, el vagabundo desplegaba su movimiento giratorio que adquiría las dimensiones de un leitmotiv artístico. Unos viandantes empezaron a animarlo a seguir con su danza improvisada al vapor de la huida. 

Con la confianza avivada por los vítores, el vagabundo se dejaba cercar cada vez más por una docena de choferes cuyas carrocerías quedaron remodeladas por sus descalzos pies. Entre más se le acercaban, más aplausos cosechaba. Ojos animados lo seguían desde las banquetas y el parque.

Tras un paso en falso, lo agarraron con los tobillos enredados en el pantalón. Este nunca fue amarrado debido a la pérdida del cordón durante su extirpación del coche blanco. Mediante un estirón colaborativo, la presa fue derribada e inmovilizada sobre la tapa de un cofre. 

Un policía con intensiones poco amigables se abrió camino entre los cazadores del bailarín, apretaba un par de mariposas en la mano. El brillo del acero hirió el ojo del vagabundo y al anticipar el ademán del policía, se contorsionó y clavó sus dientes en la muñeca que estaba al alcance de su barba. El grito del mordido tronó en los oídos de los perseguidores y aflojó sus apretones. Con una sacudida, el vagabundo se liberó del apretón dejando su pantalón entre las manos de sus perseguidores. 

Vigorizadas por la sensación de libertad y el cosquilleo del viento, sus largas y huesudas piernas dominaron con entusiasmo los techos y los precipicios formados por la columna de coches. La frescura del aire despertó sus instintos salvajes, efectuó algunos saltos y maromas de miedo que cosecharon aplausos del público que se amontonó de ambos lados de la avenida. Ahora, estos tapaban las vías de los choferes filibusteros que no podían más que observar y anticipar con temor un salto de este salvaje sobre sus coches. 

Las veces que el bailarín perdió el equilibrio, los porrazos de su cuerpo contra el metal y el cristal dejaron parches rojos en su piel. Tras el crujido de sus articulaciones puestas a prueba, se incorporaba de salto para hilvanar nuevas proezas que le permitían sumergirse de nuevo en el vértigo de la bravata. El vuelo de sus piernas atizaba el terror de los choferes y la emoción de los espectadores. 

–¡No!, ¡Alto!, ¡No sobre el mío!, ¡Perro callejero! –Resonaban los gritos de choferes.

Tras una subida escalonada, tapa-espejo-techo, el vagabundo vuelto acróbata se irguió sobre la cabina de un camión. Improvisaba los pasos alegres de una polca exponiendo su humanidad huesuda a los perseguidores y rociándolos con sus jugos vitales. Entre sus mechones pegoteados, centelleaban dos ojos saltones. Los que fueron rociados por la lluvia ácida parpadeaban y sacudían las cabezas para desprenderse del escozor. 

Enardecido por las ovaciones y las injurias, el danzante iba introduciendo nuevas técnicas, cada vez más atrevidas. Tras un salto, un tobillo se torció, el pie resbaló y el rebelde contra el suelo dio. Una avalancha de bastonazos y puñetazos le cayó encima. En su estado de libre infractor, pagaba su hipoteca social con carne y sangre que heredó al llegar a este mundo. Los policías no tomaron en consideración las circunstancias atenuantes de su cuerpo ensangrentado. El infractor no tenía papeles ni pantalones, su piel resultó la única ficha de pago al momento de cobranza. 

Asomándose entre las cabezas de los espectadores, el joven filósofo observó el cierre del espectáculo. Luego se volteó, apretó el paso y se alejó de la muchedumbre. Recogió sus pertenencias de la banca y tomó el atajo a su estudio. Este se escondía al final de un largo pasillo por el que tenía que caminar de lado para no rosar las paredes pintarrajeadas y manchadas por varias generaciones de residentes. Las paredes siguieron tomando y guardando las huellas digitales de sus residentes para guardar en su memoria la prueba de su existencia urbana. 

Después del espectáculo del bailarín vial, el joven filósofo pasó días enteros entre páginas de la hermenéutica sobreviviendo con la comida seca que llevó su mandíbula al borde del desencajamiento. La labor intelectual se conjugaba con caminatas, obligatoriamente nocturnas, a fin de evitar cualquier encontronazo con el oficial de tránsito. Cruzar caminos con ese hombre de escaso alcance intelectual hubiera sido potencialmente perjudicial para su mejilla que permaneció hinchada durante una semana tras aquella bofetada. No se le olvidó ni mucho menos perdonó la vulgar indisposición de aquel patán para cualquier tipo de discusión filosófica ni apreciación artística.

Regresando cabizbajo de la tienda de alimentos, la cabeza del filósofo estaba repleta de pensamientos y el estómago vacío, pero una bolsa de provisiones entre sus manos lo consolaba. Pasó por el costado de un café colmado de rumores y exclamaciones, una concurrencia de africanos celebraba la llegada del fin de semana. Fumaban, tomaban y discutían de viva voz los paradigmas filosóficos. Las exégesis que salpicaban de este recinto eran desprovistas de circunvoluciones de Tátacor, más bien, encarnaban la lógica cartesiana que caracterizaba el perfil intelectual de este café. Sus pensadores se ponían a debatir, negar hipótesis y sostener teorías de Descartes, Rousseau, Marx, Nietzsche, Maquiavelo, entre otros. Siempre mantenían en pie la premisa de dos-más-dos-son-cuatro independientemente del momento y del lugar en que se hacía el cálculo. En otros términos, estos jóvenes trataban de comprobar que las teorías de Tátacor no eran más que embrollos. Estas posturas ultrajaban al filósofo cuya juventud había jurado lealtad a la lógica rotacional y, en ocasiones, la incógnita transversal. 

Cuanto más el filósofo se acercaba a su estudio, con más cariño abrazaba su bolsa de papel cartón. Adentro, un yogur con tapa azulada y las rebanadas de carnes frías hacían compañía a un pan que se asomaba de la bolsa. El crujido del papel presagiaba el festín y hacía agua la boca del filósofo. Este anticipaba el hundimiento en su sillón de resortes vencidos, pero dotado de anchos descansabrazos que servían de mesa para los alimentos y vasos de plástico. Los resortes rechinantes junto con los manjares empapados de vino avinagrado marcaban la salvación del zumbido mental que ocasionaban sus estudios. Durante el trayecto, el filósofo tragaba saliva en anticipación de su recompensa por las penas infligidas por Tátacor.

Al doblar la esquina de su edificio, el filósofo estuvo a punto de chocar con un hombre desgreñado, pero se detuvo a tiempo. Una proximidad molesta los mantuvo en jaque durante un momento. A través de sus mechones grasosos, el greñudo escudriñó el contenido de la bolsa. Satisfecho con los resultados de su pesquisa, esbozó una sonrisa. 

–¿Para mí? –inquirió el hombre apuntando con la mirada a la bolsa de provocaciones.

–¡Cómpratelo tú mismo! Aún no he abierto un restaurante de beneficencia –y el filósofo giró a un lado alejando la bolsa del impertinente–. 

–¿Cuánto te hubieran costado esas carcajadas de loco? ¿Sabes que estás loco? Nunca he visto a alguien reírse como tú. –El hombre esperó en vano un comentario del joven filósofo y continuó el cuestionamiento.

–¿Y la entrevista, jeje, con el juez para delitos menores? Ya sabes cómo trabajan los jueces, ¿no? –y el hombre dio un par de palmadas al bolsillo de su pantalón recientemente adquirido en un depósito de beneficencia. Como no recibió ninguna respuesta, el greñudo retrocedió un par de pasos, extendió los brazos y empezó a girar sobre la punta de sus pies. Un «aah» se escabulló de la boca del joven filósofo.

¡Ah! –repitió el hombre la exclamación del joven–. ¿Te sirvió para algo el tan-tan? –y pisoteó el suelo al modo de la danza salvaje–. Creo que mi súbita inspiración artística te ayudó a deshacerte del agente de tránsito. Ese puede ser retemalo. Ya lo notaste, ¿no? 

La elocuencia del joven filósofo quedó segada. Extendió su bolsa de provisiones hacia el hombre. Este la tomó despacio, echó otro vistazo adentro, hizo una mueca desdeñosa y asintió con escasa conformidad. 

–Bueno, gracias. ¿Estás seguro que puedo llevármela?

El joven asintió.

–Bueno, si insistes tanto…

El visitante se volteó para alejarse, pero se detuvo.

–Oye. ¿No tendrás algo que te sobre? –y dio un par de palmaditas sobre el bolsillo de su pantalón.

–Claro, no hay deuda que no se pague –y el joven vació el contenido de su monedero, junto con un billete doblado, en el hueco de la mano tendida. El danzante aéreo aceptó el pago demorado sin pedir una compensación por el retraso de sus honorarios. Lo deslizó en el bolsillo de su chaqueta algo estrecha, musitó unos sonidos incomprensibles y se retiró con las utilidades de su función.

Al bailarín vial 

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Nació en Belgrado, ex Yugoslavia. Vivió y sobrevivió en cinco países. Impartió clases en dos universidades mexicanas y dos estadounidenses. Participó en actividades académicas con: cuarenta y un artículos, cuatro libros individuales, coordinación de once libros colaborativos, cuarenta exposiciones y siete capítulos de libros. También ha sido integrante de diez comités editoriales, cuatro academias y presidente de la Asociación de Profesores del ITESM.