Ovnis
7 agosto, 2026
Era el turno de Cristóbal de disparar. Apenas empuñó la pistola recordó una vez cuando, unos años atrás, se le había escapado un tiro del revólver 22 que su padrastro guardaba en un cajón de la casa de veraneo. Por suerte la bala, la balita mejor dicho, fue a incrustarse en una viga esquinera de la cabaña. Cristóbal agradeció haber estado solo esa tarde; no solamente porque la bala pudo llegarle a alguien, sino porque no hubo nadie para escuchar el disparo. Pero una nueve milímetros era diferente. Para empezar, la pistola era mucho más grande, con un diseño moderno y afinado. Segundo, era verdaderamente pesada. Y lo otro, que notó cuando soltó el primer disparo contra el tambor de aceite GULF, sobre su característica banda naranja, es que el ruido de la detonación se repartía en diferentes direcciones de esa noche callada, más allá de los cerros a su espalda, del acantilado que daba al mar, del camino de tierra por el que Cristóbal y su colega habían llegado.
—Ni lo tocaste, tira de nuevo.
Acomodó los dedos, pero sus manos parecían tomar una esponja engañosa, y el gatillo… había que tener fuerza. Quizás el bourbon y la coca, después de haber estado la noche entera y todo ese día jalando, lo habían ablandado un poco. Pero lo intentó. Apuntó, o creyó apuntar, entre la U y la L del tarro vacío y apretó el gatillo varias veces, como en las películas.
Gastó cuatro balas más y al fin le dio, aunque fuera de la banda naranja.
—¡Ja! Ahora prueba tú —Freddy, el dueño de la pistola, se divertía viendo cómo fallaban sus invitados.
Cristóbal le pasó la pistola a su amigo Erik.
Erik era un tipo grande, ancho y alto. Su sola presencia amenazaba, como pudo comprobar Cristóbal una vez que, después de un día de venta en terreno por una zona rural, a los colegas se les ocurrió pasar al prostíbulo de un pueblo campesino. Habían tomado piscolas, era tarde. Al asomarse a la casa con una luz verde en la puerta, vieron cuatro mesas alrededor de un Wurlitzer añejo. Cruzaron la puerta abatible de cantina, como en los wésterns, y apenas al cruzar el umbral uno de los viejos repartidos en las sillas del local se paró tambaleando y se plantó, desafiante, cabeza y media más abajo, frente a Erik para decirle:
—¿Y a vos qué te pasa?
No había hecho nada, pero Erik era grande.
Erik tomó el arma como si le hubiesen entregado una piedra caliente. Al constatar su peso le echó una mirada entre sorprendida y drogada a su amigo Cristóbal y se paró con las piernas levemente separadas frente al tarro. Levantó la mano derecha con el arma y metió la izquierda por debajo como para afirmar el pulso. Disparó una vez. El tiro dio en el medio del tambor. Freddy soltó una risita. Erik tiró dos veces más y el sonido de los disparos, parecido al aullido de un animal en las cercanías, se escondió detrás de los eucaliptos y fue absorbido por las estrellas.
—Mejor poh, hueón, mejor.
Entonces fue el turno de Freddy.
Era su pistola, así que la recibió como el padre que toma a su guagua después de ser presentada entre los parientes. Su mano izquierda fue a tomar el cigarro que tenía en la boca y lo bajó mientras la mano derecha subía con el arma, apuntando al tambor. Los amigos pensaron que, como ellos, Freddy iba a fallar, pero las tres balas, una detrás de la otra, fueron a clavarse en la G, en la U y en la L de la marca. De la pura impresión, Cristóbal ni siquiera alcanzó a escuchar las detonaciones. Cuando volvió en sí la noche estaba tan callada como antes, o casi, porque un rugido terminaba de evaporarse desde el interior del cilindro que giraba sobre su eje, sin decidirse a caer.
Freddy dobló los brazos y las piernas en un gesto de triunfo. Regresó su mano con el pucho a la boca, aspiró y se volteó hacia los vendedores de licor al mismo tiempo. Ambos comenzaron a celebrar su hazaña y felicitarlo, pero de repente Freddy, que hacía una mueca como de risa, se puso serio, abrió bien los ojos y se llevó un dedo delante de los labios.
—¡Shht!
Cristóbal supuso que con el ruido se habían despertado sus padres, que vivían en un chalet ni tan lejos ni tan cerca de la cabaña de Freddy. Pero hacia ese sector de la parcela las luces se veían igual de amilanadas que antes y, sobre la puerta de entrada, ninguna sombra humana recortada. Erik, por su parte, pensó que serían los pacos, curiosos de conocer el origen de la balacera. Pero tampoco había rastro de balizas manchando la noche campestre. El loco Freddy, como todos lo llamaban a sus espaldas, mantuvo el índice de su mano derecha encima de los labios y movía las pupilas de un lado a otro, iluminado por la escasa luz que llegaba desde su cabaña.
—Los ovnis…
Freddy andaba a torso desnudo, o casi, porque llevaba una funda de pecho para la pistola. La metió ahí e insistió dos veces más en que hicieran silencio, apuntando esta vez al cielo con los labios. Erik y Cristóbal miraron hacia la noche. La única luz a la redonda, además de la ampolleta y de los cuadros amarillos de las ventanas del comedor de la cabaña, venía de la casa de los padres. El resto era de las estrellas, en el cielo, donde todo estaba inmóvil.
—Aquí de vez en cuando vienen los ovnis…
Erik y Cristóbal se miraron. También miraron el cielo, otra vez, en diferentes direcciones. Cristóbal vio una estrella fugaz que desapareció muy pronto, pero no alcanzó a comentarlo.
—Me dio sed —dijo al final Freddy y caminó de vuelta a su cabaña.
Los vendedores de licor entraron con él.
Al abrir la puerta salió la música, la misma que llevaba cinco horas sonando. Era un disco de Charly García que incluía dos versiones diferentes de «Fanky», una en vivo, otra de estudio. Cristóbal vio los vasos sobre la mesa, vacíos. Tomó la iniciativa y sacó una botella de la caja de Jack Daniels que habían llevado como ofrenda a su amigo y proveedor de cocaína, el loco Freddy. Sirvió tres vasos.
—¿Queda hielo? —preguntó Erik.
—¿Para qué querís hielo?
Freddy dijo eso y fue a su pieza. Cristóbal y Erik empinaron sus vasos, sin más dudas, aunque un poco inseguros, porque no sabían si aún quedaría coca. Se miraban entre sí con esa pregunta en la mente cuando se voltearon a la pieza de Freddy y lo vieron salir con una bolsa miniziploc llena de polvo blanco. Vertió el contenido completo sobre un espejo que estaba en la mesa.
—Voy a buscar un cuchillo.
—Tranquilo —dijo Erik, sacando su carnet de la billetera —déjenmelo a mí.
Con el carnet de identidad, Erik empezó a moler las piedras blancas que flotaban sobre el polvo brillante. Aprovechó la superficie del espejo y separó, en nueve líneas blancas, una buena parte del contenido.
—¡Hueón! Shht… ¡silencio!
Freddy dio un salto hasta el interruptor y apagó las luces. Caminó hasta el equipo de música y acalló por completo la voz de Charly. Desenfundó la pistola y se apegó de puntillas al ventanal. Estaban casi a oscuras, pero Cristóbal tenía tantas ganas de jalar que enrolló un billete en total silencio y se guio por el tenue brillo de la coca para seguir su rastro mientras aspiraba.
—Los ovnis…
Freddy empezó a caminar de un lado a otro del ventanal sin despegar los ojos del vidrio y de la noche que se adivinaba afuera. La pistola apuntaba al suelo y Cristóbal pensó que al menos, si se disparaba, el balazo se hundiría entre las tablas del piso. Cristóbal hizo un gesto de alivio, de que le volvía la fuerza. Después de jalar la primera línea el tiritón que le dejaron los disparos al tambor de aceite se le fue de las manos. Recién entonces pudo soltar el billete enrollado y dárselo a Erik. El cuerpo gigante de su amigo, ansioso de empapar sus narices con el polvillo, se inclinó sobre el espejo y aspiró, de una sola vez, la primera de las líneas que le correspondían.
La coca era buena y quizás por eso Erik dijo:
Loco, la cagó… solo nos faltan las minas.
Freddy, al escuchar eso, caminó al interruptor y encendió las luces de nuevo. Volvió a meter la pistola en la cartuchera y sacó del bolsillo un tubito metálico para jalar su línea.
—Eso es fácil, debieron traer unas minas de Viña.
—El Cristo lo intentó –dijo Erik–, pero nos fue mal.
—Puta, Cristo, y esa maraca de la Toña, por qué no te la trajiste.
—La invité, pero no podía venir.
Erik soltó una risa.
—¿De qué te reís hueón?
—Es que la mina es recuática, yo estaba cuando la invitó…
—¿Y qué dijo?
Cristóbal le hizo un gesto a Erik, para que se callara. Pero el colega no lo alcanzó a ver, o se hizo el tonto, quién sabe.
—Este hueón le dijo: «Vamos donde el Freddy», pero la mina le respondió: «Ese hueón está demasiado loco».
Erik se reía, pero Cristóbal estaba grave. Tampoco a Freddy le pareció gracioso.
—¿Eso dijo?
—¡Sí! –Erik revoloteaba en su risa.
—¿Y vos que le dijiste, hueón? —Freddy se volteó hacia Cristóbal, enfurecido.
Cristóbal miró a su anfitrión y pudo comprobar cómo su cara se había distorsionado hasta una expresión de rabia fría. Trató de estar tranquilo, porque le parecía un asunto sin importancia.
—¿Qué dijiste hueón?
Cristóbal soltó una risita nerviosa; hizo un gesto a su amigo, tipo «vamos, hombre, qué onda», pero Freddy se veía cada vez más enojado. Hubo un silencio tenso, que se rompió cuando Freddy desenfundó la pistola y se la enterró en el pecho a Cristóbal.
—¿Qué le dijiste, hueón?
—Nada, no le dije nada…
El cañón que Cristóbal había sentido caliente al disparar, en ese momento, incrustado entre sus costillas, estaba frío. Cristóbal pensó que hace un rato esa pistola estaba en su mano, casi amiga, pero ahora, empuñada por Freddy, la desconocía por completo.
—¿Qué le dijiste, huéon?
Cristóbal miró a Erik con reproche: «Por qué le contaste eso». Erik estaba pálido. El cañón se hundió un poco más en el hueco de las costillas.
—Erís traidor, conchetumare, ¿no me defendiste, hueón? ¿No me defendiste de esa maraca?
Apuntaba al corazón. Cristóbal recordó los agujeros en el tambor GULF. Quedar vivo de un disparo a esa distancia era imposible.
—Claro que te defendí…
—¿Ah, sí? No te creo, hueón.
Freddy tenía razón en no creerle. Cuando Toña dijo eso Cristóbal se limitó a reír, porque sí: Freddy era un loco, uno obsesionado con los ovnis y las teorías de conspiración. Ni siquiera una adicta como Toña era tan ingenua como para pasar el fin de semana jalando con un sicótico como él, aunque la coca fuese buena y gratis.
—Si te defendí, hueón, lo juro.
Cristóbal no apartaba la mirada de los ojos de Freddy, que lo clavaban como bicho de insectario. Otro alfiler era la punta de la pistola, en sus costillas. Cristóbal mantenía una mirada suplicante sobre Freddy, que se veía frío, dolido, descompuesto. Solo la apartó por un momento, hacia Erik, exigiéndole sin palabras que se hiciera cargo de lo que había hecho. Erik hizo amago de reaccionar. Se acercó a Freddy por un costado, lentamente. Lo tomó de los hombros con suavidad y empezó a susurrar en su oído.
—Compadre, Freddy, tranquilo, el Cristo es tu amigo, tu amigo de verdad.
—¿Este maricón? ¡Qué va a ser mi amigo! ¡No me defendió!
—Pero socio, Freddy, qué onda, si fue una estupidez… en serio.
Freddy, pistola y ojos, se hundieron aún más en Cristóbal.
—Esa mina lleva y trae, ¿cachái?, lleva y trae.
Era una expresión de Freddy. Se refería así a las personas que contaban cosas del otro a quienes estaban enemistados o no se llevaban. A esos los despreciaba.
Erik, pálido todavía, dio un paso hacia ellos.
—Freddy, compadre… el Cristo es tu amigo, la mina es una mierda, pero el Cristo no…
Con la mano que tenía libre, Freddy hizo a Erik a un costado.
—Hueón maricón, traidor culiao… vos sabís lo que merecen los traidores.
El gigantón de Erik volvió a acercarse por detrás, casi pegado al hombro de Freddy.
—Tranquilo, Freddy, el Cristo es tu amigo.
—No me acuerdo, Freddy, la verdad, no me acuerdo qué le dije…
Era mentira. Cristóbal escuchaba el sonido de su risa ese día, una burla cómplice, coqueta.
—Tranquilo, Freddy, yo estuve ahí, sí te defendió, pero el Cristo no se acuerda…
—¿Ah, sí? ¿No se acuerda? –y luego a Cristóbal– ¿No te acordái, maricón?
—Es que no fue así como lo dijo –insistió Erik–, lo conté mal… ella dijo que eras loco, pero como un loco buena onda…
Freddy llevó la pistola a la cabeza de Erik.
—¿Seguro, hueón?, ¿estái dispuesto a morir por esta hueá? ¿Por este hueón?
—Cuidado, Freddy, compadre, tranquilo…
Freddy se vio más descolocado que nunca. Miró a Cristóbal a los ojos.
—¿Es cierto lo que dice este hueón?
*
De niño a Cristóbal le habían enseñado que la verdad era una llave dorada: las personas sabían reconocerla y la valoraban. Daba resultados, admitir los errores incluso cuando se estaba equivocado. Cristóbal recordó varios episodios de su infancia, en que debió decir la verdad y fue perdonado por ello. Le había ocurrido con su madre, con profesores, con amigos, con gente común y corriente. Pero Freddy no era un ser humano normal: era un alienígena. No se podía saber cómo iba a reaccionar. Cristóbal pensó que fuese cual fuese su respuesta, podía equivocarse y la cabeza de Erik se reventaría igual como los pájaros a los que Freddy tiraba para hacer puntería de vez en cuando. El rostro de Erik apuntaba hacia el techo, compungido. La pistola rotaba en su cabeza.
—Sí, sí… la verdad no sé bien qué dijo la mina… perdóname, perdóname…
Freddy sacó la pistola de la cabeza de Erik y volvió a ponerla entre las costillas de Cristóbal. La hundió más fuerte esta vez.
Hubo una explosión de silencio en la cabeza de Cristóbal: dejó de escuchar los gritos babeantes de Freddy, las súplicas de Erik. Todo se hizo cámara lenta, y luego retroceso, como el mar cuando se entra y aprieta antes de escupir las olas. Se sintió de pronto en la playa, frente a un mar azul, un día de verano. Pero fue solo por la mitad de un segundo, quizás menos. Luego Cristóbal rompió a llorar.
Lloró como nunca lo había hecho.
Sus primos se habían sorprendido de que fuera el único que no llorase cuando murió el abuelo. Todos, también los tíos, murmuraban: se está haciendo el duro. Lo hace porque así le enseñó su abuelo, justamente a él, que era el nieto regalón. Los hombres no lloran, era la máxima del viejo, y Cristóbal se la había escuchado no una, sino varias veces. Por eso Cristóbal, en honor a él, no había llorado en su funeral. Y tampoco había llorado en el funeral de su hermano mayor, que murió de una manera horrenda, en un accidente de auto con apenas 30 años. La madre de Cristóbal estaba deshecha, pero no Cristóbal, que se hizo cargo de todo. Tampoco había llorado cuando, varios años después de eso, lo dejó su mujer, poco después de entrar a trabajar a la importadora de licores. Ella lo llamó un día, por teléfono, desde un escondite, para decirle que tenía a otro. Cristóbal no lo vio venir: uno de sus mejores amigos. Todos esos personajes aparecieron en su mente, de improviso, en una procesión y entonando un canto fúnebre: el abuelo y el hermano muertos, la mujer y el amigo que lo engañaron, pero también otros. Entre los primeros estaba su propia madre, con una mantilla negra sobre la cabeza, llorando el cuerpo de su segundo y último hijo muerto, enterrado en algún lugar de ese terreno, y junto a ella, misteriosamente, estaba Freddy, consolándola, con la risa escondida en una mueca de llanto que parecía honesta; tras él iba Erik, acongojado y cantando también, con sangre en las narices de tanta coca; y más atrás había otros personajes, todos cantando, otros a quienes Cristóbal había olvidado por mucho tiempo: estaba Ovalle, un jefe que lo había despedido de un trabajo sin pagarle los cuatro meses que estuvo a prueba; el inspector Veloz de su colegio, que en una ocasión lo había humillado en la formación de la mañana, delante de todo el alumnado, acusándolo de un robo que Cristóbal no había cometido; detrás del inspector, venían Fernández, Martínez y Cuevas, sus tres compañeros de octavo que lo agarraron solo al final de una clase y lo golpearon en el suelo hasta dejarlo inconsciente; otros más había ahí, demasiados nombres para reconocerlos y nombrarlos todos; y detrás de todos ellos emergió una nube de polvo negro, un vaho escupido desde una caverna, al fondo, para cubrir toda la procesión y dejar apenas audible el canto incomprensible de sus voces, para que Cristóbal empezara a volver en sí, a escuchar el llanto suyo, que sustituía al lenguaje, el balbuceo del que solo brotaba una palabra clara:
—Perdóname, perdóname…
Freddy mantenía fija la pistola en el pecho de Cristóbal. El llanto y su respiración eran los únicos sonidos audibles en esa habitación. Así fue por algunos segundos, o minutos, quizás una hora, difícil saber. Freddy bajó la pistola y la guardó en su funda.
—Ya, tranquilo, hueón, tranquilo…
Erik estaba estupefacto, parado a un metro de los dos. Cristóbal, ya sin la distancia de la pistola, saltó encima de Freddy y lo abrazó sin decir nada, nada más que balbuceo y llanto. Los brazos desnudos de Freddy respondieron al abrazo, fuerte.
—Tranquilo, amigo… tranquilo.
Y mientras se hundía en ese abrazo, Cristóbal bajó a mojarse otra vez en los intersticios de su mente, se quedó quieto ante la nube negra y logró rescatar de la asfixia a su madre, a su hijo, a su hermano, a algunos de sus amigos y comenzó a abrazarlos, en un claro, en un lugar seguro. Otros salieron de la nube, unos diferentes a los que se vieron antes: amigos olvidados, profesoras amables, personas conocidas en viajes. Cada uno se acercaba para abrazar a Cristóbal, todos a través del cuerpo de Freddy. Cristóbal recibía ese abrazo que era muchos y lloraba sin parar porque no podía, no quería, solo lloraba y lloraba, sin pensamiento, sin imagen, hundido en el amor de todos ellos, en todos esos brazos, en el calor de esos cuerpos. Cuerpos que no estaban, que eran solo uno.
—Tranquilo, amigo, tranquilo.
La voz se abrió paso dentro de sus ojos. Ya no era la de Freddy, aunque salía de su boca. Estaba mezclada con otras, desde más lejos.
Cristóbal quiso responder, pero no supo si todavía tenía cuerpo.
Ingeniero agrónomo y Magíster en Literatura Latinoamericana y Chilena de la Universidad de Santiago de Chile. Ha creado diferentes editoriales, destacándose entre ellas el proyecto Editorial Cuneta. Además, es fundador de La Furia del Libro, feria de editoriales independientes. Es traductor del inglés y el francés. Como escritor ha publicado los libros de poesía Valdivia (2006), Bonnie&Clyde (2007), Aeropuerto (2009) y Monosúper (2016), sus cuentos en A cada rato el fin del mundo (2013), las novelas Matar al Mandinga (2016), ganadora de los Juegos Literarios Gabriela Mistral 2016, y El museo de la bruma (2019).
Actualmente es Director de la Editorial de la Universidad de Santiago de Chile. Es también docente del Instituto de Estudios Avanzados de la USACH, donde coordina el Diplomado en Gestión Editorial: Teorías y Prácticas del Libro.