Poemas de Marissa Russo
3 octubre, 2026
Los presentes poemas de Marissa Russo parten de la idea del poema fragmentario. El primer poema, Stella Maris, contiene un gesto intertextual en el que la autora nos revela su preferencia por determinados artistas canónicos, como: Martí, Mozart, Gaite, y Pizarnik. El poema Rizoma del encantador, trata sobre la pérdida del padre, y la manera en que la hija intenta comprender y continuar su legado. Los árboles, las raíces y el suelo funcionan como metáforas de la memoria, el linaje y la herencia afectiva.
STELLA MARIS DEL 27 Y EL 28 (Revisitado)
Tríptico de mareas
A Stella Maris Russo
La memoria es como un cuarto de atrás:
uno no sabe lo que puede encontrar cuando abre la puerta.Carmen Martín Gaite
—No importa si fue en febrero o en enero —decís—.
—Madre, los almanaques se inventaron para que la tinta obedezca.
I. Germen
Antes del llanto,
la música ya marcaba tu pulso,
y la poesía dejó su primera señal en tu cuna.
Creciste con la certeza de que todo ritmo
también se escribe sobre el tiempo.
Naciste en febrero,
en la frontera del último día,
cuando el calendario afinaba su partitura
para ensayar un marzo.
Enero dejó dos lámparas:
Martí alzó su trinchera de ternura;
Mozart, la nota secreta
que hoy sostiene tu nombre.
En las noches de nuestros exilios
me enseñaste a custodiar una rosa blanca,
amuleto contra el cielo abierto.
De tu gesto aprendí que sembrar sostiene,
y que el idioma levanta cordillera
cuando lo habitamos con asombro.
Tu mes trazó la huella,
los otros se anidaron el margen de enero,
pero en este país que es el poema
las fechas cambian de cauce
y allí prende tu germen.
II. Mapa
Tu trazo despliega territorios
sobre mis cuadernos.
Abrís las tapas
y la mesa de noche respira.
De allí salen pasajes:
voces hacia la isla que habitamos,
escrituras sin domicilio fijo.
Cada ciudad dejó una coordenada
en nuestro ruta de regreso.
Cada libro guarda una clave
que solo vos sabés descifrar.
Por eso las preguntas
vuelven a tus manos:
vos les das puerto.
III. Constelación
El mar, lleno de urgencias masculinas,
bramaba en derredor de tu cintura.Leopoldo Lugones
Las lecturas familiares
tendieron una bóveda
sobre la infancia
Con Gaite
crucé el umbral que faltaba.
En su cuarto reconocí a Pizarnik:
ya cruzaban sus voces
antes de mi entrada al coro.
Madre, te llevé a Alejandra.
Vos viste antes la red:
Pizarnik no soltaba
a quien rozaba su borde.
Sus versos
se volvieron rezo
entre nosotras:
[maris, maris]
debajo estoy yo
[maris]
Gaite empujó la ventana hasta el tope.
Alejandra dejó una hendija en el aire.
Allí,
tu palabra abrió sal.
Abuela Estela abrió la orilla,
vos guardaste su marea,
y yo, Marisa,
del mar por nombre,
llevo esa brasa
bajo la lengua.
RIZOMA DEL ENCANTADOR
Tríptico de raíces
A Ricardo Russo, in memoriam
I
Papá ama los árboles.
De niña imaginaba: “Es artesano de gigantes”.
Me enseñó que nido es la primera palabra
que los sauces pronuncian.
Nitrógeno, raíz, corteza
se conjugan en su boca
Como un rizomal de mariposa.
En las islas del Tigre
pensé que los árboles eran mis hermanos.
Una mañana de enero me dijo:
“Debajo de este parque hay otro parque”.
Aprendí que el cielo comienza en las raíces.
II
Soy la cavidad donde tiembla su aliento fósil.
Cedo al murmullo que aún no sube del humus.
En pleno vuelo, el aire arrastra
la materia del tronco,
despojada de su llama.
La piel de papá ya no guardará
el abrigo de su olor
ni el deshielo de su canto.
Su eco —fibra tensa de eritrina— me acompaña,
pero no me doblega.
Llevo el pulso del linaje
en la boca y en los pies.
Aún no lo han sembrado.
Esa yerba dormida me espera
y yo —en este vuelo sin tregua—
me acerco, sin tocar aún:
con lo no dicho latiendo
en el beso
que dejo en su frente y en sus manos.
Esos dedos:
brotes del árbol que él fue
dialogan con lo invisible.
Si el cielo inicia
en la caverna de tu bosque,
mi paso no despide:
arraiga.
Te nombro.
Siembro.
III
Él no hablaba de la respiración del suelo.
Solo escuchaba.
Descifraba su alfabeto sin palabras.
Donde otros medían,
él desentrañaba
la paciencia de la hondura vegetal.
—No busco respuestas —decía—.
Ella guarda memoria:
humedades antiguas,
tensiones que aún germinan.
Sabía qué rama acercar al agua.
Su lengua madre era la del bosque:
descifraba los suelos,
interpretaba su aliento.
Amaba a las eritrinas.
Llegué a imaginar que,
si hubiera nacido
en el instante en que las traducía,
me habría llamado
por el susurro que ellas murmuran.
Lo sigo leyendo en la grieta,
en la savia que insiste,
en una ausencia
que no se endurece.
Ahora comprendo:
eras poró.
Me sostenías en sombra,
como al café.
Padre,
desde la piel del árbol
la lluvia te recita
y me nombra.
Buenos Aires, Argentina, 1969. Entre sus libros destacan El idioma de los parques/The Language of the Parks (2018), que recibió una mención honorífica en los International Latino Book Awards; Jardines colgantes (2020); El cielo comienza en las raíces (2020); La joven ombú (2024), e Il linguaggio dei parchi (2024), edición italiana con traducción de Emilio Coco.