Big Fish Supper Club, Bena, Minnesota (1980) photography in high resolution by John Margolies.
Big Fish Supper Club, Bena, Minnesota (1980) photography in high resolution by John Margolies.

Redención (O la pasión del pico rojo)

11 octubre, 2021
Presentamos el cuento ganador del Premio Carátula 2021, que tras la deliberación, resultó ganador el cuento Redención, sometido por el pseudónimo “El Sueco” y cuya plica de recepción fue la número 62. Una vez abierta la plica, el creador resultó ser Carlos M-Castro, de Nicaragua, cuyo texto, según el jurado «es un cuento arriesgado que aborda un tema de mucha actualidad (…) Su forma se aleja del planteamiento clásico para crearse una estructura enigmática, en la que no todo se dice y asoma el misterio de los grandes momentos históricos”.

Ese viernes de junio Lucrecia salió del apartamento insultándome y se montó a su jeep para juntarse a la protesta. Es verdad que no debí escribir lo que escribí sobre La Banda del Pico Rojo ni mucho menos poner los nombres de ella y de las otras muchachas; pero ¡cómo iba yo a saber que el Gobierno le había metido un spyware a mi computadora!, ¿verdad? De todas formas, tomaba mis precauciones y desde temprano la había llamado para pedirle que leyera mi artículo antes de publicarlo.

—¡Mandame la chochada por correo! —me dijo fastidiada.

—Mejor venite, Lucky, en serio, no sé si sea prudente…

Lucrecia y yo nos conocimos por culpa del Sueco. Un día el maje me llegó a buscar para que fuéramos a una exposición de arte queer. Me empezaba a recuperar de una depresión muy fuerte, tenía rato de no salir y quería seguir encerrado, con la mente puesta en una consultoría que recién me habían conseguido; pero él insistía.

—¡No seás boludo, Ernesto!, a esos eventos llega mucha niña esnob disfrazada de lesbiana, llegan en pares, una más rica que la otra, buscando en realidad una polla lo suficientemente grande para embrochetarlas.

Traté de disuadirlo diciéndole que acabaría en la cama con alguna trans (yo conocía muy bien su heterocentrismo de machito progre), pero no se rindió, y alegó que tenía el mejor ojo de toda Managua.

—¡Ojo clínico, Ernesto!, a mí ningún marica me lo da con el dedo.

—¿Por qué no vas con Maycol?

—¡No, hombre! Ese maje es demasiado puritano para estos bacanales. ¡Vamos!, te hace falta un poco de aire, es aquí cerquita, nos vamos caminando. No me hagás desperdiciar el único día libre que tengo esta semana, prix.

La actividad la había montado la [email protected] MorboSintaXXXis. El acceso estaba decorado como una inmensa vagina de látex que era imposible no rozar (el Sueco, flaco y alto, cabeceó intencionadamente lo que parecía un par de testículos colgados del dintel); apenas franqueamos la puerta, oímos unos gemidos, sonido que se activaba cada vez que alguien atravesaba los labios exageradamente carnosos y que duraba todo el recorrido del pasillo, iluminado por una débil luz sanguinolenta, hasta el interior del local. Normalmente allí era un cine porno.

—¡Ernie, cariño! —me interceptó con los brazos en V, la cabeza enmarcada con guirnaldas azul eléctrico, un conocido mío, amigo de una chica con la que estuve saliendo un par de años antes. Para él yo resultaba ser algo así como su BFF, a falta, supongo, de alguien más cercano que tuviese una pizca de mi paciencia y buenos modales. Ricardo, que usaba el nombre artístico de Chantilly y medía como metro y medio, se me colgó del cuello y me arrastró hacia el espacio donde estaba su instalación, ignorando sin pudor al Sueco, quien caminaba hacia otro lado mientras me mostraba sus pulgares y me sonreía y levantaba sus cejas.

—Tomá, te ves cansado. —Ricardo me alargó un vaso.

—Está bien rico. ¡Probalo! —Una mujer en minivestido hecho de bolsas para basura había aparecido al lado mío, diciéndome eso y apoyando sus manos en mi hombro. Su cabello, corto y fucsia, estaba lleno de escarche.

—¿Ves esta puerta? —Ricardo señaló una especie de habitación que en realidad era una inmensa caja de cartón, como esas cabinitas para tomarte fotos, a la que daba acceso una puerta improvisada con más plástico negro—. Te conduce hacia lo que deseás con más ardor.

Había terminado mi bebida y la mujer fucsia me quitaba la camisa.

—Mi instalación consiste en la satisfacción plena del mayor de los deseos —me susurraba Chantilly al oído con afectación—. Y vos vas a ser el primer beneficiario de mi arte.

A medida que me hacían entrar, mi cuerpo se aligeraba, mis pensamientos se adelgazaban y expandían, dejando mi cabeza en blanco. Sentía un calor intenso. Y experimentaba una erección dictatorial.

La mujer me había desvestido por completo. Yo me prestaba dócil al juego. Dentro de la caja, permanecí inmóvil. Hubo silencio. Estaba completamente a oscuras. De pronto sentí una mano apretarme una nalga. Otra me acariciaba una mejilla. Otra más me sopesaba los testículos. La mano de la nalga se duplicaba. Mis pezones eran pellizcados. Otra mano sujetaba mi pene. Yo fluía completamente, sin moverme todavía, al ritmo sincronizado de todos los estímulos. La realidad se alejaba.

Abrí los ojos y me vi acostado, vestido y con zapatos, sobre una enorme cama. Una cortina ocultaba un sol vespertino que casi se hundía en el horizonte; me di cuenta porque, apenas desperté, alguien —una silueta femenina— la descorría y me empezaba a disparar una retahíla de palabras al principio incomprensibles.

—No te entiendo.

—Que si te sentís bien. ¿Te-sen-tis-bién? No jodás, para ser un fucking escritor tu capacidad lingüística es demasiado limitada. Yo no sé cómo es que te paran tanta pelota, si a duras penas sos socialmente funcional, ¡más bien sos como un chavalito vos!

Eso último lo dijo gritando desde el baño, que estaba dentro de la habitación y desde donde empezaban a escucharse a la vez algunos pedos fofos.

—Si te sentís incómodo, andá a la cocina, ahí hay café —volvió a gritar—. A ustedes los hombres les cuesta aceptar que nosotras también cagamos. No sé, maje, la verdad es que…

No la seguí escuchando. Salí de donde estaba. Logré por instinto llegar a la cocina, luego de atravesar un pasillo y bajar unas escaleras. Estaba en una casa absolutamente desconocida para mí; se trataba de una casa de familia, sin duda, por los retratos colgados en las paredes, el comedor de varias plazas, la enorme refrigeradora llena y ordenada. Una familia bien, además, con un sentido de la decoración muy alejado del kitsch latinoamericano al que yo estaba acostumbrado. Era la casa de la familia de alguien, pero ¿de quién? La voz de la mujer, sin duda joven, que acababa de atacarme con sol, palabra y flatulencia no me sonaba a nada en ese momento.

Serví agua con hielo en un pichel de vidrio usando el dispensador de la puerta de la refri, cuyo funcionamiento no tardé mucho en descifrar, y al instante procedí a rellenarlo para tomar más, mientras infructuosamente trataba de reconstruirme la noche anterior y conjeturaba cómo había terminado allí.

—¡Maje, ese hijueputa sí se puso bien loco! —Una voz ronca de mujer interrumpió mis cavilaciones. La conversación me llegaba en sordina, apenas distinguía palabras sueltas. La otra persona, un hombre, respondía con monosílabos; se oía la primera voz huracanada, casi un soliloquio, desde la parte exterior de la casa.

Los sonidos dejaron de escucharse durante varios segundos y de pronto me espantó la misma voz a mis espaldas:

—¿Te culeaste a la Lucrecia?

Me quedé viendo seguramentecomo imbécil a la propietaria de esa voz ronca que me interpelaba. Antes de poder adivinar que me hablaba a mí, prosiguió sin respirar:

—¡No, hombre, si estabas hecho un zombi! ¡Qué ibas a poder hacer ni mierda! Seguro ni se te paró. —Al notar mi desconcierto, se quitó unas enormes gafas oscuras que llevaba entre su diminuta nariz y su frente blanca y pronunciada—. Soy Adriana, maje, estás en mi casa. La Lucrecia te trajo bien tarde anoche: me dijo que no te podía dejar ahí tirado, que te encontró a media calle en pelotas ahí por el lado de Santera, detrás del edificio Pellas, y, como no podía llevarte así a la casa de su mama y no tiene ni puta idea de dónde ni con quién vivís, me llamó a mí aprovechando que estoy sola. Tenés suerte, hijueputa, te hubiera llevado la pesca y ahorita estarías hecho turca en alguna celda o quién sabe si no te hubieran desaparecido. Esta maje te vio y dice que te reconoció de una entrevista que te hicieron en el periódico hace poco para lo de «Les2000». Vos te llamás Ernesto, ¿no?

Apenas pude asentir con la cabeza, al tiempo que me incorporaba.

—No te levantés, niño, quedate hasta recuperarte; ahorita baja la Lucrecia y te conseguimos ropa más apropiada. Te bañás, te cambiás, comés algo, chill’in!

Apenas entonces noté que llevaba puesto un pantalón de tela aguada, como tres tallas más grande que la mía, una faja que más bien parecía cordel para tender ropa, zapatos tenis de mujer y una camisa como bata de doctor, sin calzoncillos. El acompañante de mi interlocutora, casi tan joven como ella, permanecía en silencio mientras organizaba las compras.

—Te puse eso para no andarte en bolas en la calle, honey —me dijo de pronto la chica de arriba, que recién aparecía con un cigarrillo en la mano y a quien ya no necesité que me presentaran: era Lucrecia—; tenía que hacer unas vueltas antes de traerte para acá. —Jaló una silla y se sentó muy cerca de mí—. No creás que siempre ando ropa weird buscando nudistas desorientados en la calle —hablaba sin quitarme sus enormes ojos negros de encima—: de casualidad andaba esas chochadas que me dejó la Elena, una bróder que hace teatro…

Eso fue a fines de marzo. De repente mi depresión se había curado y me volví un experto en la programación cultural gratuita de Managua. ¿Vamos a un concierto de jazz? ¿Te gusta el teatro experimental? Mirá, hay un torneo de ping-pong… Cualquier excusa me valía para verla. Al principio nos acompañaba siempre alguna de sus amigas —Adriana, Elena, Ximena, otra vez Adriana—, que invariablemente, y de modo muy directo, me interrogaba acerca de mis intenciones, mis hábitos sociales, mis lecturas y hasta mis opiniones políticas. Poco a poco me fui ganando la confianza de las muchachas, que se llamaban a sí mismas La Banda del Pico Rojo por usar todas el mismo tono escarlata de pintalabios cuando se juntaban, y unas semanas después ya Lucrecia y yo pasábamos todo el tiempo que nos quedaba libre a solas.

La relación fue tomando pronto un ritmo in crescendo que entrelazaba nuestras rutinas y nos hacía pasar cada vez más a menudo la noche juntos en mi pequeño apartamento rentado. No tardó en comenzar a dejar piezas de ropa, libros, su cepillo de dientes. Una mañana de fin de semana se me salió decirle, mientras le revolvía las cejas cuando dormitaba a mi lado, que se viniera a vivir conmigo. Lucrecia no me dijo ni sí ni no, pero desde ese día ya solo iba en ocasiones, montada como siempre en el jeep viejo que había sido de su papa, a ver a su mama y a pasar con ella algunos ratos en su casa. Yo no sabía demasiado a qué jodido estábamos jugando, pero mi vida y mi escritura parecían fluir mucho mejor que nunca. Hasta que las lluvias de mayo nos trajeron junio en sus escorrentías sucias que desbordaban los cauces hediondos de Managua.

Entonces empezaron las protestas del movimiento de ancianos. El Gobierno se negaba a darles una pensión reducida por haber cotizado al seguro social menos de lo establecido. Nosotros nos enterábamos por lo que salía en la tele o en el periódico donde Lucrecia trabajaba como fotógrafa. A mí poco me interesaba el tema, pero ella lo seguía muy de cerca y no me hablaba de otra cosa; a mis 32 años, la verdad, yo solo quería darle a mi carrera de escritor la calidad de una carrera de escritor, que el agente literario con el que acababa de conectarme Milton me consiguiera algún contrato editorial decente, salir de la trampa mortal llamada Nicaragua, dejar de depender de los fondos de la cooperación externa que conseguían las oenegés para las que eventualmente trabajaba.

Lucrecia era distinta. Aún en sus primeros veinte, su juventud, y acaso también la crianza que había recibido en uno de los llamados barrios orientales de Managua, tan combativos durante la insurrección antisomocista treinta y cinco años atrás, la hacían quizá mucho menos reluctante que yo a los discursos de salvación nacional, compromiso social o colectividad solidaria que se venían escuchando desde que tengo uso de razón y que me habían alejado de más de uno de mis amigos. El mismo Milton, que desde la muerte de Andrés se había vuelto la mano derecha de Sergio Ramírez en esa suerte de Ministerio Paraestatal de Cultura que dirigía, tenía o creía tener mayor conciencia de «nuestra realidad» que yo, que le llevaba tres o cuatro años; esa fue la impresión que tuve, al menos, cuando me entrevistó en el programa radial que acababa de empezar con la plata de los españoles, «Les2000». No. Lucrecia no me había hecho «despertar» o «abrir los ojos».

Por eso, cuando un grupo de viejitos se tomó la sede del seguro social como medida de presión, el pequeño mundo que habíamos construido entró en una especie de glaciación intempestiva. A mí seguía sin importarme gran cosa lo que ocurriera en eso que yo consideraba una prisión de seis millones de reclusos (reclutas potenciales de causas perdidas), pero ella insistía en que debíamos intervenir, organizarnos, acompañar a los abuelos en su lucha, Ernesto, ¡cómo podés ser tan insensible!, por eso este país no avanza, con personas como vos… ¡esa indiferencia, Dios mío!

Y al parecer no era la única poseída por esa idea. El mismo día de la acción de los llamados adultos mayores, que fue un lunes, el tema era lo único de lo que se hablaba en redes sociales. No sé bien cómo comenzó el asunto, pero en unas cuantas horas ya eran cientos los chavalos que alucinaban con un «despertar masivo de conciencias» y activaban ese pequeño redentor-justiciero (mezcla de Guevara y monseñor Romero) que todo nicaragüense parece llevar dentro. Lucrecia no tenía mucho de haber llevado su ropa, sus libros y sus otras cosas al apartamento, y movió casi todo de vuelta a donde su mama cuando, tras una discusión que ya me había exasperado, le dije que esa solidaridad ultraselectiva suya era un signo de la estupidez de la clase media urbana enajenada y miope en la que se regodeaba, que represión había habido en el país desde hacía ya un buen rato y que otra cosa muy distinta era que a ella y a sus amiguitas pendejas les valiera mucha verga cuando la violencia del Estado no afectaba a alguien con quien no pudieran o no quisieran identificarse.

Según me contaban amigos en común, Lucrecia llegaba dos o tres veces al día a la sede del seguro, como varios otros muchachos, incluidas por supuesto esas a las que yo había insultado, a hacerles compañía a quienes desde dentro y desde fuera del edificio reclamaban lo que creían su derecho inalienable. Incluso Milton, que publicaba en sus canales de redes sociales videos de las sentadas, las consignas, las canciones, los bailes y toda la «efervescencia contestataria» (en la expresión de un tuitero), se había unido al espontaneísmo que ya tenía hashtag y no poca atención mediática. Muy pronto empezaron a organizarse en comités para canalizar donativos, reclutar estudiantes de medicina o médicos recién graduados para atender a los ancianos que lo necesitaran, tratar de meter comida y agua al edificio para los que resistían dentro… y quienes mayor dinamismo y creatividad le daban al movimiento, con un liderazgo para mí inesperado, eran precisamente Lucrecia y sus amigas: La Banda del Pico Rojo (Adriana, por ejemplo, se la pasaba en su Yaris resolviendo cuestiones logísticas mientras agitaba las redes para conseguir más apoyo).

La efervescencia era en realidad contagiosa y, durante los primeros días de esa semana, al parecer los viejitos (y los chavalos) se mantenían a salvo de la represión estatal por ser el trending topic. Internet era un hervidero de teorías conspirativas, sobre todo en foros progubernamentales; hablaban de «revolución de colores importada» y «manipulación de la derecha», que usaba de peones a «los culitorrosados esos que en su puta vida se han acercado a un asentamiento espontáneo donde la gente vive a orillas del cauce entre paredes de plástico negro, sin agua potable ni calles asfaltadas». Yo seguía sin poder comunicarme con Lucrecia, que rechazaba mis llamadas e ignoraba mis mensajes, hasta que al tercer o cuarto día obtuve su indulto por mediación de Milton, quien le había mostrado un artículo que escribí en apoyo a lo que estaban haciendo y que se había publicado en una revista más o menos popular.

El ambiente en las zonas céntricas de Managua era tenso. La policía patrullaba las calles cercanas al seguro social todo el tiempo y frente al edificio, cuyo suministro de agua y electricidad había sido interrumpido por órdenes gubernamentales, había un dispositivo de seguridad muy robusto, con varias docenas de agentes especiales que de vez en cuando, si alguno de los chavalos se alejaba del grupo principal, hacían una captura y se llevaban al infortunado a una prisión o a los predios de un cementerio cercano donde lo vapuleaban. Varios afiches alusivos a lo que sucedía circulaban en la web y algunas pintas podían leerse en uno que otro muro de la ciudad. Yo, arrastrado a esa acción política cuasintestinal por (algo que no sé si atreverme a llamar) amor a Lucrecia, redactaba artículos como el que me había devuelto a la órbita de nuestra relación y, cuando la situación parecía tensarse al límite, fue que entrevisté a algunas de sus amigas y escribí sobre La Banda del Pico Rojo.

Ese viernes, entonces, Lucrecia salió del apartamento hecha una fiera sin que mis palabras sirvieran de nada, sin que importara que hubiese eliminado el texto frente a ella y que no hubiera, según yo, salido de mi máquina. Nunca debí escribir lo que escribí sobre La Banda.

Estuve varias horas marcándole a su celular y texteando a nuestros amigos en común, sin poder ubicarla ni mucho menos comunicarme con ella. Había oscurecido. No sabía qué hacer. La paranoia a esas alturas me martillaba las sienes. Monitoreé otro par de horas lo que se decía en redes. Finalmente decidí ir al lugar de la protesta, que hasta entonces había evitado visitar. Salí del apartamento, pero antes de que acabara de cerrar la puerta me interceptó el Sueco, que apareció de la nada.

—¡Loco, loco!, ¡perdoname! Vos sos mi hermano, ¡vos sos mi hermano, loco! —Se miraba muy alterado, yo sabía que en las últimas semanas había estado metido en un bacanal heavy, yéndose en pega y viviendo prácticamente enranchado en la casa de una maje que acababa de conocer—. ¡No vayás, Ernesto! ¡No vayás! Yo no quería, hermano, yo no quería, yo no quería.

Me confesó que se había involucrado con unos locos que se creían iluminados y querían establecer algo así como «las líneas ideológicas de la Nación»; un grupo de chavalos cercanos al Gobierno que hacían círculos de estudio sobre los temas más diversos y practicaban especies de rituales iniciáticos cada vez que uno «ascendía de nivel», mientras se metían una que otra sustancia estimulante. Para expandir la mente, Ernesto, solo eso, solo eso, solo eso…

Así fue como supe del plan que supuestamente tenían para desbaratar el movimiento. Dejé al Sueco acostado en mi cama, dormido, enllavé bien la puerta y me fui. Me sudaban las manos. Salí corriendo hacia la calle principal para buscar un taxi. Los peores pensamientos me asaltaban. Sonó mi celular; todavía no alcanzaba la avenida. Dejé de correr: era Lucrecia.

—¡Toda La Banda, maje!, ¡toda La Banda! ¡Alagramputa! ¡Malditos! Me voy a la mierda, ¿oíste? ¡A la mierda todo!

No me dejó hablar. Cortó. Intenté llamarla de vuelta, pero ya su teléfono ni siquiera daba tono. Paré al fin un taxi y, reclinado a la ventanilla, le dije al conductor a dónde quería ir; negó con la cabeza y, sin decir nada, arrancó. Otro taxi se detuvo de inmediato. ¿A dónde vas? Ahí por el edificio del seguro. Te puedo dejar por la rotonda El Güegüense, lo más cerca; toda esa zona está cerrada, hermano, está la pesca ahí regada, no hay pasada. Tendría que caminar como veinte calles, según decía el taxista. Miré mi celular: pasaba de la medianoche. Traté de imaginar rápidamente cómo sería el trayecto; los policías me detendrían o mínimo me impedirían el paso; conocía la zona, había pocas opciones para rodearla sin terminar caminando cinco o seis veces más; era una locura.

Regresé al apartamento y desde ahí traté de comunicarme con alguno de mis conocidos involucrados en el asunto. Milton me respondió que había tenido que atender algo urgente de Ramírez. Le dije que tenía que avisarles a los chavalos, pero cuando me pidió que le aclarara de qué le hablaba y si estaba cien por ciento seguro, dudé si contarle lo que me había dicho el Sueco, que aún dormía en mi cama. Seguí intentando comunicarme con alguien que pudiera decirme algo sobre Lucrecia o sus amigas, pero nadie sabía nada. En las redes todo parecía en calma, se atribuía la presencia de la policía a otras razones supuestamente rutinarias, ni los medios más acérrimamente opositores decían nada sobre lo que pasaba en las inmediaciones del seguro. La llamada de Lucrecia; lo que me había dicho el Sueco, que podía ser o no verdad, delirio yonqui o confesión arrepentida; el repentino silencio de las redes y los medios… Nada olía bien.

Pasé en vela toda la madrugada. A la mañana siguiente prendí la tele y puse el primer noticiero que encontré: era uno de nota roja. En solo los titulares pude ver un jeep muy parecido al de Lucrecia hecho acordeón en un barranco, a pocos metros de un Yaris con las llantas hacia arriba igualito al de Adriana. El reportero, que citaba a «las autoridades de tránsito», hablaba de consumo de psicotrópicos y al menos media docena de víctimas mortales, «todas del sexo femenino». Hacía comentarios soeces y absolutamente desagradables sobre ellas. La cámara enfocaba ángulos innecesariamente íntimos de los cuerpos de las chicas. Sentí ganas de vomitar. No pude seguir viendo.


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Managua, Nicaragua, 1987.
Es licenciado en Lengua y Literatura Hispánica por la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua). Es autor del libro Antropología del poema (Leteo, 2012). Su trabajo aparece en las antologías Flores de la trinchera: Muestra de la nueva narrativa nicaragüense (Soma, 2012), Apresurada cicatriz: Instantáneas de poesía centroamericana (Literal, 2013), De ahí nomás: Poesía actual de Centroamérica y del Caribe (Vox/Germinal, 2013), Voces de América Latina [Fictio] III (Mediaisla, 2017) y 4M3R1C4 2.0: Novísima poesía latinoamericana (Liliputienses, 2017). En la actualidad estudia la maestría en Enseñanza y Aprendizaje en ADA University, Azerbayán.