Roberto Leal: 5 poemas
3 agosto, 2025
Emparentada en buena medida por la poesía de la experiencia desarrollada por poetas como Luis García Montero, Roberto Leal prefiere utilizar sus recuerdos y sentimientos como elementos multiformes que hacen girar los engranajes del poema. Sabe bien que estos le han acompañado desde su infancia y dan forma a su vida como si fuese un álbum literaria. La muerte de un perro, el sueño de un niño, el alcohol, los sitios de la nostalgia son imágenes que pueblan su poesía.
Una perra me espera
Algo desdibujó su rostro
y le puso lágrimas tecnicolor.
Algo muy grave, un cáncer
invadiendo la aorta.
El veterinario fue tajante
la dormimos o se asfixia lentamente.
Regresando del trabajo vi
cómo los perros callejeros la montaban.
Jadeantes con sus penes rosados,
erguidos, esperaban turno.
Le abrí la puerta de mi patio.
Cavó la tierra para dar a luz.
De ese hueco creció un árbol de bronce.
Dos meses después éramos ocho
y la limpieza de mierda mi segundo empleo.
Después de regalar a sus cachorros
fuimos muchos domingos al mar.
Perseguía gaviotas mientras yo fumaba.
En las noches que volvía a casa
podía hablarle como niño baboso
y quitarme un poco la lastra del día, y reír
y no estar tan solo.
Así los tiempos, hasta que llegó el eclipse.
Los perros de la cuadra aullaron
buscando la luna.
Estaba fatigada, tendida a mi lado.
Hay que dormirla.
Dormir, ese cliché que usan los veterinarios,
suena mejor que eutanasia.
Dormir es poner el dedo en la llaga
de la resurrección.
Todo fue muy rápido.
Soñé esa noche con un largo puente.
Prendí un cigarro y empecé a atravesarlo.
Serpientes venenosas
De niño soñaba con serpientes
que mudaban epidermis
y envenenaban a los despistados.
La sorpresiva mordida
los dejaba con la pierna coagulada.
El remedio era la amputación.
Eso, o morir paralizado.
A los que sobrevivían
les quedaba un muñón nauseabundo.
Crecí. Murió el niño que me habitó.
A veces me duermo profundamente
y siento estiletes en la pierna lívida.
Despierto agitado y veo mi extremidad
llena de escamas.
He ido despistado por la vida
entre ofidios caminando.
El dolor del muñón me recuerda
que en algún punto de la existencia
me volví parte de la ponzoña.
La espina del ron
Tal vez sí me miró alguna vez.
Fue el día que amanecí
con el ojo morado por un golpe
de botella que me dio mi padrastro,
otro borracho azul.
Aún tenía la espina del ron enterrado latiendo
en el pómulo derecho y estaba aturdido,
pero llegué puntual al trabajo nocturno (9 pm en el 7 Eleven).
Llovía, los árboles se morían de tanta lluvia.
Salí del baño después de descargar
un hilo grueso de orina
que enmudecía el silencio blanco del bacín
y la vi abrazada de un fanfarrón rico.
Se dirigieron a las botellas,
cruzamos miradas, llevaron los destilados más caros,
se fueron en un BMW rojo.
El agua no se detuvo toda la noche.
Amanecí con el ojo más inflamado.
Terminó el turno y salí al humedal de la calle con la única certeza
de que llegaría a casa a despertar a mi madre empastillada.
Monster ballads
Ernesto supo de mis congojas. Me prestó su Vocho del 84 y cien pesos para ir por una muchacha de esquina. Subió la tabasqueña de los tatuajes en las muñecas, la que bailaba Don’t cry en el teibol. No había prisas esa noche, quizá ambos queríamos algo más amable que el sexo.
Paramos a tomar en el parque, unos adolescentes jugaban la reta de fútbol. Comenzó a llover. En la radio sonaba The flame de Cheap Trick
♪ Another night slowly closes in, and I feel so lonely ♪
– ¿Qué harás con los cien pesos?
– Serán para comprarme una guitarra
Reímos. La chica era más sincera que el hambre, y sus tatuajes escondían los tajos de la navaja. Me dijo que presagiaba los domingos con su ojo de cuervo y que los dados eran sus únicos confesores.
Inmaculados, oyendo baladas nos dormimos, casi sin tocarnos.
Clareaba, cuando abrí los ojos. Ya se oían pasos, puertas, toses. Encendí el auto, avancé por las calles mojadas. Las gotas se esparcían en el parabrisas como los gusanos transparentes del olvido. Nos despedimos y saqué la cartera. Dijo no cogimos, no puedo aceptar tu dinero. Cerró la puerta, di vuelta en la esquina.
Mientras iba a devolver el auto, el sol y los zanates estremecían mis sienes. La jaqueca ya estaba bien puesta y la cortina de la soledad descendía ante mis ojos.
Estampas de fin de siglo
Eran los años del SIDA. Jordan aún no le ganaba a los Bad Boys.
Axl con sus chillidos orgásmicos.
Bebíamos agua caliente del tubo de la calle sin temor al cólera;
era el tiempo del Nintendo y la Perestroika. Y no entendíamos nada.
El Huevo se drogó tanto que nunca regresó del viaje.
Sport robó ebrio un auto y se aporreó en un poste.
Éramos nada más que materia pura, fibras, harina amasada de ideas rugosas.
Inertes en la cancha del parque vimos los azules más claros del cielofumando faros sin filtro, alegres de vodka.
Y hubo disparos o tronidos que se confundieron
con disparos, pero sólo fue el escape de un motor.
Del auto bajó una joven de piernas exquisitas y patinó largas horas en nuestros deseos.
Nunca volvió al parque, se embarazó de nuestras miradas.
Había silencios tensos en las casas.
Papá siempre cansado por el trabajo, teníamos que hablar bajito.
La mansión amurallada de los turcos se acumulaba de murmullos,
hervía súbitamente con alaridos y doña Elías salía llorando a la calle en brasier.
Quedó loca, pobre, y siempre muy rica.
Acechaba el fin del siglo con sus imposiciones.
A nosotros nada nos perturbaba
porque vimos a Gibson lisiado conectar al right field
¡la bola se va, se fue! gritó Mago Septién, y Eckersley
lamió su bigote viendo la tierra.
Mientras tanto, muchos se iban
al servicio militar, a la quimioterapia,
al encierro de las instituciones,
a la maternidad prematura.
Todos inconscientes de que se acababa la etapa de los tahúres mancos,
la época de estar en la tercera línea, y ya casi éramos adultos
sin conocimiento de relojes
y con algo de suerte.
Casi todos se fueron de la colonia.
Regresé alguna vez. El parque yerto,
las casas con sombras decrépitas,
las palomas zureando en los techos,
las ventanas perpetuamente húmedas.
Los que quedamos estamos parados en segunda línea
intentando descifrar el reloj,
con las llaves de la infancia colgadas al cuello
esperando vanamente a que nuestros padres regresen de trabajar.
Mérida, Yucatán, 1981.
Es médico especialista en neurología con estudios en la Universidad Autónoma de Yucatán, la Universidad Nacional Autónoma de México y la Universidad Autónoma de Barcelona. Paralelamente a la medicina, escribe poesía y narrativa. Ha publicado dos poemarios: Coyota carva (Editorial Unas Letras, 2019) y Hay mucha luz en los pasillos (Editorial Unas Letras, 2020). Vive en Mérida con su esposa y su hija.