Será la humedad
1 diciembre, 2025
Publicamos este cuento de Sophia B. Heredia, incluido en su libro de relatos Bajo el sur (Comma Ediciones, 2023), donde la autora retrata a una mujer que atraviesa los días posteriores a una ruptura.
Los duelos apestan. Me duele respirar y el llanto llega a mí en los momentos más insospechados. Lloro en las calles, en los cafés, en las avenidas, en la bici; de día y de noche. ¡¿Cuántas horas no gasto absorta en la estúpida pantalla de mi celular?! Las tardes son opresivas y el calor me hunde en la hamaca.
Desde que Yamire me dejó, la vida se puso áspera. Ahora vivo en una especie de estudio en la colonia Alemán. El espacio tiene un pequeño frigobar que no refrigera bien, así que compro únicamente lo que puedo consumir en unas cuantas horas. Aunque no hay boiler, el agua siempre sale hirviendo. Entre mis comodidades, cuento con una mesa de plástico de superficie irregular en la que suele peligrar mi única taza de café. En el centro de la sala hay un círculo de mosaicos de color azul, muy distinto al suelo del resto del estudio. Me intriga saber qué uso le dieron los inquilinos anteriores. Inspecciono cada mosaico y encuentro una marca extraña, como hecha con cuchillo.
A esta hora llegan los fantasmas de mi relación fallida y emerge lo que mi terapeuta llama la sombra de la melancolía. Pruebo la escritura terapéutica y pienso que el dolor ha disuelto duros minerales en mí y ahora gotean corrosivos. Me sé en medio de un proceso físico y espiritual. Alquímico. No sé expresarlo bien. Cuando me preguntan, sólo digo que algo se rompió en mí.
Los pocos muebles que tengo le dan una extraña sensación al espacio. Es mi hogar, pero no es mi hogar. Mis cosas están ahí, pero si alguien me preguntara de quién son, creo que no sabría contestar. Me digo que la música siempre me ayuda y prendo la radio. Conforme se acaba el vino y la noche me aísla, pienso en lo mucho que me asusta ser de esas personas que nunca se reponen del duelo. Subo el volumen para olvidarme de todo. Al bailar, me muevo como una bestia herida y pienso que si pudiera hacer esto durante tres días seguidos, me libraría de esta angustia y olvidaría todo de mí.
La sala sin muebles me invita a girar y girar sobre los mosaicos, ese espacio en medio de la nada. Las ventanas altas dejan entrar una leve corriente de viento. Golpeteo los mosaicos con los talones y doy de saltos, porque estoy sola y nadie me ve, porque nos conseguí un espacio a mi depresión y a mí para que juntas seamos ferales. En un giro, mi pie se atora con algo y caigo de bruces derramando mi copa. El vino se esparce y filtra entre los mosaicos antes de que pueda incorporarme a limpiarlo. Estás ebria, vete a dormir, Elena. Un día a la vez.
Escucho un ruido muy fuerte, gutural, como una especie de vibrato. Siento taquicardia y veo si el foco que cuelga sobre mí se mueve. No. No está temblando. Aquí no tiembla, me digo, estás muy lejos de casa. Me voy de nuevo a la cama pensando en los resabios de trauma que me dejó el terremoto.
Despierto cruda en la mañana y me doy cuenta de que no tengo agua. Me pongo chanclas y camino las siete cuadras que me separan de la máquina expendedora. Mientras relleno el garrafón, sudo tanto que quiero llorar. Al regresar, pongo a enfriar agua en el frigobar para la Elena del futuro, esperando que lo considere un acto de amor propio. Quiero escribir, pero sólo me salen cartas repletas de veneno. Intento con un cuento, pero cada que cierro los ojos pienso en Yamire. Debe de haber alguna manera de cambiar mis patrones. En cuanto me siento a escribir, me llegan sus palabras hirientes y las repito como un mantra, las aderezo para que suenen más crueles, de modo que pueda distanciarme de ella.
Cuando el sol llega a su cenit, se vuelve imposible pensar. Voy por agua helada al minirrefri, cortesía de la Elena del pasado, y noto que mi pie se detiene en uno de los mosaicos. Vuelvo a apoyarlo y para mi sorpresa el mosaico se mueve. Recuerdo la rapidez con la que el vino se filtró en el suelo. Intento levantar el mosaico y se me ocurre que quizá en estas tierras también enterraban sus tesoros. El mosaico no se mueve. Paso mi dedo por la marca del cuchillo, ¿qué significará? Trato de hacer palanca para levantar el piso suelto. Alguien toca a mi puerta. Es mi colega del trabajo que vino por mí.
Aparentemente, Yamire tiene una nueva pareja. Me paralizo al verlos pasar, yo en mi bici y ellos en un carro. Vuelvo al trabajo sin decir nada. Al terminar la jornada, decido invitar a mi colega a casa. Le sorprende la propuesta, pero acepta de inmediato. Al llegar quiere que cojamos, me niego. Mi libido está por el suelo. Le pido que me abrace y logro dormir.
Despierto de golpe creyendo escuchar de nuevo el sonido gutural. El ruido se va disipando junto con mi sueño. “¿Lo escuchaste?”, le pregunto a mi colega, y me responde: “¿Qué cosa?”. La madrugada se detiene. Abro las ventanas y el silencio me parece abrumador. No corre el viento; el calor es humedad interminable. Prendo el ventilador y me agobia la tibieza del aire, mejor lo apago. Volteo la almohada, me quito la ropa; la incomodidad no amaina. Miro a mi colega y lo detesto por ser una fuente de calor. No puedo dormir. Abro con cuidado las puertecillas que separan mi habitación de la sala. Paso los dedos por el borde levantado del mosaico. Me recuesto en el suelo y pego mi frente al piso. Imagino lo que hay debajo, el subsuelo, y casi puedo oler la tierra. La siento viva, que respira. Me calmo. Pienso que se debe estar bien unos metros allá abajo. Quizá un río subterráneo corra por ahí o haya un cenote. Me quedo tranquila pensando en las piedras, en el agua y en que lo que hay allá abajo está protegido de nosotros. Es un rincón secreto que ahora conozco. Y aunque nunca haya estado allá abajo, me da paz recostarme en este lugar.
Despierto confundida. Me quedé dormida sobre los mosaicos azules. Antes del amanecer el ambiente por fin refresca y regreso a la cama. Paso un rato viendo el techo, y cuando mi colega se despierta le digo que vayamos al mercado por fruta y un café. “¿De qué hablas?”, responde irritado, y me jala para que me pegue a él. Cogemos, pero no me quito de la cabeza a Yamire en el coche con su nueva pareja. Parecían divertirse. De camino al trabajo él invita el café. Me gusta la simplicidad con la que nos asumimos en un lugar neutro. Un corazón roto apenas se disimula y él lo sabe. Paso el día pensándote, Yamire.
Al llegar a casa noto que otros dos mosaicos están levantados. Esto está tomando nuevas dimensiones. Le escribo al casero. Oiga, señor, pues fíjese que esto está pasando. ¿Cómo que se levantó el piso? Pues así como lo oye. ¿Será la humedad? A ver, mándeme foto. Se la mando y dice que pasará mañana. ¿Alguna hora que pueda darme para esperarlo? En el transcurso de la mañana. Ah, va va va.
Intento levantar el segundo mosaico, pero está afianzado al suelo. El piso sobresale unos centímetros y pareciera haber abultado un tercer mosaico, casi como si un animal hubiera corrido por debajo. Me voy a la cama y otra vez te pienso, Yamire. Veo mis cosas y no tienen significado. Nunca me había sentido tan foránea. Yamire, ¿quién eres?¿Quién soy yo?
Elegí este lugar porque tiene techos altos, para que circule el aire. Por las noches a veces escucho a los perros y a los árboles mecerse a lo lejos. Y ahí está de nuevo el ruido. Me marea incorporarme rápido. Prendo las luces con la esperanza de encontrar la fuente del sonido. Pareciera venir del subsuelo.
No tiembla, pero el piso se mueve. El golpeteo de los mosaicos arroja sonidos agudos. Los mosaicos se rompen con estruendo. El piso se abre, primero dos lozas pegadas a la pared, luego las que siguen. Quiero gritar pero enmudezco. El ruido de la tierra no se parece a nada que haya escuchado. Un boquete se abre a lo largo de mi estudio. Mi estudio. El olor a cenote lo inunda todo. Huele a agua negra cubierta de oscuridad y estalactitas. Me digo que esto no está pasando. El piso bajo mis pies tiembla y retrocedo, pero es muy tarde. Resbalo. Algo golpea mi cabeza. Escucho objetos pesados que caen al agua y todo se oscurece. Caigo al cenote de espaldas. Chapoteo y trago agua. Al mirar hacia arriba, más allá de la caverna, alcanzo a ver el techo blanco de lo que solía ser mi casa. Varios mosaicos azules me caen encima y me sumerjo para que no se estrellen contra mi cabeza. Nado hacia el borde de la cueva. Me sujeto a las paredes de piedra y volteo arriba. Ya no sé quién vive allá arriba, pero lo que veo me es familiar y sé que debo salir de aquí. Intento escalar por las paredes cavernosas, pero el techo se va cerrando como si las piedras estuvieran vivas.
Nació en 1995, Guadalajara, Jalisco. Narradora y guionista. Cursó el diplomado en cine en el DIS y estudió escritura creativa en el Colegio de Escritores de Latinoamérica. Ha sido becada por el FONCA (2021), por IMCINE (2022) y por el PECDA Jalisco (2022) en las categorías de cuento, reescritura de guión y novela, respectivamente. Es entusiasta de los libros y sus procesos. Tiene experiencia como correctora de estilo y ha impartido varios talleres relacionados con la escritura y la creación. Publicó el cuento “Rascadito” en el número 111 de la revista Luvina y el cuento “Ixtab” en la revista GatoPardo. En el 2023 publicó un libro de cuentos llamado Bajo el sur, con Comma Ediciones.