Sobre Breves incendios: Poemas escogidos, de Gema Santamaría

1 diciembre, 2025
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Moisés Park reflexiona sobre la muerte y la casa como símbolos del paso por la tierra en una selección de poemas de la poeta nicaragüense Gema Santamaría recogidos en Breves incendios (Quiebraplata, 2024), que ofrece una muestra de su creación literaria desde su segundo poemario, publicado en 2007. Los poemas de Santamaría, nos propone Park, condensan una verdad atemporal: el ejercicio de la memoria es habitar la temporalidad de la vida.

La poesía de Gema Santamaría recogida en Breves incendios: Poemas escogidos (Quiebraplata, 2024)medita sobre la muerte, la maternidad, la migración y las memorias, ¿o serán todos estos el mismo tema?, porque “un tema busca un tema, como diría Chantal Maillard” (p. 53, en la sección “Transversa”). Gema añade que “al tema le falta una casa / no sabe por dónde empezar a llorar” (ídem). Con momentos íntimos en verso, se revelan memorias sobre la muerte, o la inmortalidad de la memoria, sobre la casa del pasado o el pasado como casa, la memoria como hogar o nuestros sueños como una noche afilada que nos abre un pasado obstinado. 

               El tema de la muerte de una madre aparece en “Cama 132” (pp. 98-99, en la sección “La madre era la casa”), un poema narrativo que nos posiciona ante la terrible fatalidad del fin de la vida, que nos priva de rencores y que nos lleva a la ternura y a reconocer “tu cara, tus facciones, tu ternura” (p. 99). La muerte no solo nos hace llorar, a veces los sollozos son gritos y silencios: “Me dices que sus gritos te exasperan, / que te hacen querer gritar a ti también, / porque nosotras, tus hijas, te hemos abandonado”. Pero la muerte también nos permite entender las paradojas de la vida: “A pesar del dolor, del miedo y la angustia / eres tú en cada gesto: / mi madre vuelta hija, vuelta niña, desamparada”. La vejez y la muerte reducen a los humanos a números, como en “Cama 132” o en “Carta escrita a los 30” (pp. 110-111, en “La madre…”); pero estos versos humanizan el horror del trauma y la vejez, la posibilidad de amar y amarnos a pesar del dolor del pasado traumático o del presente lleno de ecos de lo que dijo la madre.

Asimismo, la muerte de pájaros, tan abundante en la poesía nicaragüense, es metáfora o, acaso, símbolo de la estabilidad política en Nicaragua, de la infancia y los años de antaño, o de la esperanza del mañana. La muerte de criaturas que vuelan o cantan en poemas como “llovizna” (p. 17, en “antídoto para una mujer trágica”) y “10:30 de la mañana y aún no estamos listos” (pp. 58-59, en “Transversa”) no puede sino hacernos pensar en cómo estos “pájaros de sal” (p.17) son también ángeles y parte de un universo en el que todo está conectado: tierra, cielo, lluvia y las frágiles aves que nos hacen soñar en el efímero canto o el majestuoso vuelo.

               La casa se reformula en sus poemas de manera tan abstracta como la propia existencia, pero, a la vez, como un espacio inhabitable, no por su inexistencia, sino por su incomodidad o imposibilidad emocional. La casa es liminal pero limitante; está en los márgenes, pero también margina. La casa es la identidad construida o destruida, que no habitamos, que no podemos habitar y/o no sabemos habitar:

casa. vivir en el paréntesis. vivir en el mientras tanto.
en la cuerda extendida y horizontal.
entre dos puntos
:
no ser la equilibrista. ser la cuerda, la cuerda misma.
en su punto más céntrico e inestable.
casa. ¿cómo se habita eso?
                      (“un tema…”, p. 53)

               En “la casa en el kilómetro 14 y ½” (pp. 106-107, en “La madre era la casa”), donde observamos detalles de una casa de antaño, rebrotan imágenes de un ecosistema de simbolismos de familiaridad rústica, terrenal y cósmica: “árboles de mango”, “murciélagos […] glotones”, perras ambulantes: “Había perras, siempre había perras. / Entrando y saliendo de la casa, / con las tetas viejas y húmedas, / con el sexo rojo atrayendo a los machos en cada luna”.  Y la “luna era gorda y amarilla. / Estaba manchada. / Nos alumbraba como una luciérnaga esférica”. La añoranza, mezclada con la nostalgia, se aleja de la melancolía, optando por pertenecer a un pasado, a un espacio, pero también a una memoria que, paradójicamente, siempre está presente, como la luna.

En el campo la luna es más gorda, más amarilla, más familiar y local, como insectos luminosos que, a diferencia de la luna, se apagan para recordarnos de la temporalidad de sus luces. Así es la memoria en estos versos que, con su humana particularidad etérea, también es eterna. Su voz híbrida, pero a la vez íntimamente local y abiertamente universal, nos recuerda nuestra fragilidad en la inmensidad de la noche: “nos creemos soñadores. / aún no hemos probado el filo. / ni siquiera intuimos sus navajas” (“noche en managua tras la muerte de los gallos”, pp. 80-81, en “Transversa”). Sus versos son nocturnas lunas o luciérnagas o murciélagos glotones, que nos invitan a meditar en nuestras memorias, a saborear nuestra sangre, a volver a habitar casas pasadas, por medio de memorias de nuestro pasajero tránsito en esta vida, que es la única casa con patio para ver la luna.

Profesor asociado de la Universidad de Baylor (Texas, Estados Unidos). Su investigación se centra en la narrativa y el cine latinoamericano y transpacífico. Es autor de Figuraciones del deseo y coyunturas generacionales en literatura y cine (Peter Lang, 2014), y de los poemarios El verso cae al aula (Hebel, 2017) y Poemas marciales (Amanuense, 2019), publicado en español e inglés.